Lucas 2, 16-21"Al cumplirse los ocho días, le pusieron por nombre Jesús"
Lucas 2, 16-21NADA MÁS VIEJO QUE EL AÑO PASADO
En periodismo solemos decir: “Nada más antiguo que el periódico de ayer.” Y es verdad, a veces es imposible encontrarlo; lo ha recogido la limpiadora, lo han mandado a la papelera o, simplemente, lo han empleado para envolver viandas o limpiar cristales. Con el año viejo es todavía peor, porque cambiar un dígito supone saltar la valla, olvidarse del pasado y alzar un muro entre el 2011 y el 2012. Nacer un minuto después de morir el año supone haber nacido un año después. Y morir un minuto antes es haber vivido un año menos.
Cuando muere el nuevo año, lo primero que hacemos es tirar el viejo almanaque y colocar el nuevo en su lugar. La familia o el amigo nos regala una nueva agenda, la abrimos y tiramos la vieja. Acompaña cierta nostalgia a este gesto, porque es un diario personal cargado de actividades, de encuentros, de trabajos, de comidas, de llamadas, de alegrías, de penas, de olvidos, de viajes, de citas con el médico, con el compañero, con el que se fue antes que nosotros, con el amigo de experiencias nuevas y de hábitos viejos…
Generalmente, el año nuevo está lleno de tópicos, de frases manidas, de lugares comunes, de expresiones vacías…No es una hipocresía, es que nos gustaría que el nuevo año fuera feliz para todos y que olvidáramos las cosas viejas, corruptas y rutinarias. Por eso decimos: “Año nuevo, vida nueva.” Incluso nos atrevemos a desear “salud, dinero y amor”. Y ya sabemos que ninguna de las tres cosas caen del cielo como la lluvia. Tenemos que sembrarlas y recogerlas con un poco de ejercicio físico y comidas sanas, con un trabajo constante y cierta previsión y con la entrega amorosa a los demás.
Claro que quizás tendríamos que cambiar el orden de la frase y no decir “Año Nuevo, Vida Nueva”, como si con el nuevo año llegara, por arte de “birlibirloque”, una vida espléndida. Mejor sería decir: “Vida nueva para un año nuevo”. En un año caben 12 meses, 365 días y 8.760 horas. Es decir que hay tiempo para trabajar, para descansar, para comer, para solazarse, para hablar, para callar, para ver, para reflexionar, para contemplar…
Por otro lado, el que haya pasado un año no significa que todo lo viejo sea malo ni peor. En Jerez sabemos que el vino mientras más viejo, mejor. Y lo mismo sucede con la experiencia, mientras más, mejor. Y con la cultura; mientras más edades tenga, más valiosa es. Y con los políticos, mientras más expertos sean, más garantías de acierto ofrecen. Son peores las cosas intrascendentes: el coche viejo, la casa vieja, los zapatos viejos… pero no las trascendentes: la fe, la esperanza, el amor...
JUAN LEIVA

“LOS PECES EN EL RÍO”
Cuando yo vivía en la calle la Amiga de Alcalá de los Gazules, en la década de los 30, estábamos en plena guerra civil. En Navidad, nos acostábamos temprano, mientras que los jóvenes pasaban por la calle cantando “Pero mira cómo beben los peces en el río”. Mi hermano Cristóbal estaba en la guerra y, una tristeza inmensa me embargaba la mente de niño, porque a mi madre se le caían lágrimas de ausencia con sus cartas.
Más tarde, en Jerez, en plena posguerra, la noche de Navidad, al terminar la misa del Gallo, de todos los patios salían voces agitanadas de las “zambombás”, en las que se cantaba: “Pero mira cómo beben los peces en el río”. Y de nuevo la tristeza inundaba mi vida, porque eran los años de la hambruna y de la pobreza y los niños aporreaban las puertas pidiendo algo para comer.
En 1945, en el Seminario Menor de San Francisco de Sanlúcar de Barrameda, aquella primera Navidad, cuando nos acostamos después de asistir a la misa de medianoche, un grupo de internos nos sorprendieron con un coro que cantaba “Pero mira cómo beben los peces en el río”. Y otra vez mi mente de preadolescente quedó invadida por la tristeza y por la ausencia de los míos.
En 1950, en el Seminario de San Telmo de Sevilla, aquella noche de Navidad, oíamos pasar a los campanilleros cantando por la calle “Palos de Moguer”: “Pero mira cómo beben los peces en el río”. Sevilla se debatía en una crisis insalvable, porque a la ciudad llegaban pobres de toda Andalucía para buscar trabajo.
En 1957, en una aldea de Sevilla llamada Corcoya, del municipio de Badolatosa y del arciprestazgo de Estepa, organizamos un coro de campanilleros y cantábamos por las calles de la aldea “Pero mira cómo beben los peces en el río”. Cuando me quedé sólo en mi habitación, la melodía seguía en mis oídos y me desolaba la soledad.
En la década de 1960, en el Cerro de los Sagrados Corazones, oíamos a los campanilleros del Aljarafe cantar: “Pero mira cómo beben los peces en el río”. Y el río Guadalquivir se deshacía en destellos de irradiaciones de luces y luceros, como si los peces quisieran saltar con el ritmo. ¡Qué tristeza, Dios mío!
Y, cada Navidad, Andalucía vuelve al villancico, para recordar a los que ya se han ido antes que nosotros, a los amigos que ya se han marchado definitivamente, a las personas que hemos querido durante el año y no han vuelto más. Y la añoranza entreteje una malla de recuerdos y de evocaciones envueltas en nubes de tristeza. Yo no sé qué tendrá este villancico andaluz que cada año vuelve a removernos los tules del alma. La letra no puede ser, porque no hay figura más cándida que ésta: “Beben y beben los peces en el río por ver a Dios “nacer”. ¡Dios mío, qué reiteraciones tan inocentes! Pero la rutina de la melodía es como una espada de tristeza que penetra en el alma. Y, para colmo, los peces ya no beben en los ríos, porque están contaminados. Pero todo el mundo sigue cantando en Navidad: “Pero mira cómo beben los peces en el río…”
JUAN LEIVA