jueves, 19 de abril de 2018

"MI SANGRE GAZUL Y OTROS POEMAS" DE PACO TEODORO SÁNCHEZ VERA



lunes, 9 de abril de 2018

EXTRAORDINARIA NOVILLADA MIXTA EN ALCALÁ DE LOS GAZULES


CARTEL Y PROGRAMA DE ACTOS SAN JORGE 2018






sábado, 7 de abril de 2018

DOMINGO II DE PASCUA

El Domingo de la Misericordia
Siempre se ha llamado a este segundo domingo de Pascua el de Tomás. La incredulidad primera del apóstol y su conversión posterior es, sin duda, uno de los más bellos relatos de los evangelios. Además, él expresó ese grito teológicamente muy importante como es: “¡Señor Mío y Dios Mío”!, preciosa jaculatoria que han expresado millones y millones de cristianos a lo largo de los últimos 20 siglos. Además este II Domingo de Pascua es un eco claro del Día de la Resurrección del Señor. La Iglesia, asimismo, celebra –y por disposición del siempre recordado pontífice San Juan Pablo II— el Domingo de la Misericordia, devoción muy bella especialmente querida por el Santo Papa Wojtyla.


1.- EL EVANGELIO DE LA MISERICORDIA
Por José María Martín OSA
1.- ¿Increencia, o indiferencia? Muchas personas ni se han planteado la existencia de Dios o viven como si Dios no existiera. Ya dijo Juan Pablo II que el gran mal de nuestro mundo es la indiferencia religiosa, es decir el echar a Dios de nuestra vida, pues entonces el hombre acaba deshumanizándose y perdiendo todos los valores que nos distinguen de las demás criaturas. La madre Teresa de Calcuta dejó escrita una sentencia que nos debe hacer pensar: "El peor mal es la indiferencia".
2- "Dichosos los que crean sin haber visto". Hemos podido ver cómo estos días de Semana Santa la gente sale a la calle y se enfervoriza con las procesiones. Impresiona ver las lágrimas de muchas personas al ver pasar la imagen del "Jesús de Medinaceli". Acuden a Él para pedirle favores miles de personas. ¿Es ésta la fe que Jesús desea en sus discípulos? Hoy Él nos dice: "Dichosos los que crean sin haber visto". Tomás vio y creyó, pero, como dice San Agustín, "quería creer con los dedos". Tiene que meter sus dedos en las cicatrices para creer. El santo obispo de Hipona se pregunta: ¿y si hubiera resucitado sin las cicatrices? Entonces…Tomás no hubiera creído, "pero si no hubiera conservado las cicatrices en su cuerpo, no hubiera sanado las heridas de nuestro corazón". Jesús alaba a los que creen sin haber visto por encima de los que creen porque han visto y hasta han podido tocar. Sin embargo, Tomás nos resulta cercano porque se parece mucho a nosotros, hombres del siglo XXI tecnificado: queremos comprobar las cosas antes de creerlas. Hay muchas personas, sin embargo, que se fían de Jesús: todo ese pueblo sencillo y humilde de las procesiones nos da ejemplo de confianza, porque creer es fiarse de Aquél que nunca nos falla.
3.- Mensajeros de la paz y el perdón. Para que nuestra fe sea auténtica es necesario dar un paso más. No vale sólo con vivir las emociones de un momento. La fe nos compromete y nos anima a seguir a Jesús y a poner en práctica su mensaje, pues "la fe sin obras es una fe muerta", nos dice Santiago. El mensaje de Jesús en este segundo domingo de Pascua es doble: la paz y la misericordia. En primer lugar, nos trae la paz: "Paz a vosotros". Es la paz que no puede regalarnos nadie más en la vida, la paz interior, la paz que da sentido a nuestra vida y la plenifica. Por eso los discípulos "se llenaron de alegría al ver al Señor". Hay algo que todavía no tenemos asumido los que nos decimos seguidores de Jesús: tenemos que ser misericordiosos. Jesús nos envía a perdonar no a condenar, es el evangelio de la misericordia lo que nos trae Jesús. Me alegré mucho al escuchar las últimas palabras del Papa Francisco en el Vía Crucis del Coliseo de Roma. Nos recordó que tenemos que anunciar el perdón de Dios, que no tenemos que tener vergüenza al proclamar que Jesús es quien salva de vedad, que tenemos que practicar la “santa esperanza”. Nosotros tenemos que ser mensajeros de perdón, aprender a perdonarnos primero a nosotros mismos y ser instrumentos de perdón y reconciliación para todos. Este es el Evangelio auténtico. Quizá muchos no dan el paso de entrar en nuestras celebraciones desde la calle después de las procesiones porque no ven en nosotros esos signos evangélicos de paz, misericordia y alegría. Hoy es el día de la "Divina misericordia". Que la celebración de este día nos ayude a ser misericordiosos todo el año.
4- El modelo de comunidad cristiana. Él forma de vida de la primera comunidad cristiana fue consecuencia de la vivencia la fe en Jesucristo resucitado. Esta no puede vivirse sólo "por libre", quedaría muy pobre, como les ocurre a mucho de los que reducen su fe a seguir una procesión. Sólo es cristiana de verdad si se comparte en comunidad. Los pilares, idealizados por supuesto, de la primera comunidad son muy claros: pensaban y sentían lo mismo (comunión de vida), lo poseían todo en común (comunidad de bienes), daban testimonio de la resurrección del Señor (evangelizaban). Sabemos también por el capítulo 2º de los Hechos que acudían asiduamente a la oración común y a la fracción del pan (Eucaristía). En el fondo, como dice San Agustín, "hallaban el gozo en lo común, no en lo privado". ¿Se parecen nuestras comunidades a ésta? ¿Qué tenemos que mejorar para ser de verdad una comunidad que sigue a Jesucristo?

EL PELIGRO DE LOS BUENOS

Lo malo de los buenos es cuando se lo creen ellos mismos e intentan, por todos los medios, persuadirnos a los demás de que lo son: cuando, para demostrarlo, se suben por su cuenta en un altar y, en vez de pasear, procesionan por nuestra calles meciéndose a un lado y a otro, como si -hieráticos, solemnes y ceremoniosos- fueran encaramados en un paso de nuestra Semana Santa. Convencidos de su indiscutible bondad, sienten la ineludible responsabilidad de servirnos de modelos de identidad, y contraen la honrosa obligación de dictarnos lecciones de moral y de buenas costumbres. Y es que, efectivamente, algunos conciudadanos ejercen estas tareas como si fueran los “buenos profesionales” o los “santos oficiales” y, por lo tanto, contraen la apremiante obligación de dedicar su tiempo a explicarnos con sus palabras y con sus obras la bondad de sus eminentes bondades.

Como es natural, todos sus consejos están impulsados por el noble afán de hacernos el bien, de ayudarnos a alcanzar la felicidad y, en la medida de sus posibilidades, a lograr un mundo mejor en el que no campeen por su respeto la maldad, la mentira, la codicia, el orgullo, la envidia, la lujuria ni todas los demás vicios del alma y del cuerpo. No crean, ni mucho menos que estos “buenos profesionales” sólo surgen en las tierras benditas de los conventos religiosos sino que, también proliferan en las arenas de los partidos aconfesionales e, incluso, en las rocas escarpadas en las que se libran las luchas sociales, económicas y políticas. Pero, en mi opinión, el terreno más propicio para que broten estos prototipos egregios de la bondad es el de los medios de comunicación; es aquí donde, en la actualidad, mejor resuenan las voces y los gestos de quienes, creyéndonos perfectos, lanzamos nuestros dardos contra aquellos que, situados a nuestra derecha o a nuestra izquierda, arriba o abajo, nos son capaces de aceptar nuestros principios ni nuestras normas de conducta.        

También es verdad que esta misión tan delicada, a algunos les resulta dura ya que sufren intensamente al comprobar cómo muchos -desaprensivos, insensibles o, quizás, perversos- no valoran sus excelentes comportamientos ni secundan sus atinados consejos. Por eso tropiezan con serias dificultades para ser, además de buenos, amables, comprensivos y tolerantes; por eso, por muchos esfuerzos que hacen para adoptar expresiones beatíficas, no siempre son capaces de disimular la acritud del vinagre con el que condimentan los sustanciosos platos que nos proponen para que los probemos.

Es posible que, si de vez en cuando, nos descubrieran con naturalidad algunas de sus grietas por las que pudiéramos percibir algunos de sus fallos humanos, ellos se sentirían más relajados y nosotros también menos distanciados. No podemos olvidar que, si la perfección y la excelencia nos producen admiración, las imperfecciones -si son asumidas con humildad- nos inspiran respeto, comprensión y, a veces, cariño. Recordemos que, cuando afirmamos coloquialmente que un personaje es “muy humano”, estamos valorando positivamente los inevitables defectos y las reiteradas caídas de quienes constituyen nuestros espejos. Humano es, por ejemplo, quien, de vez en cuando, se equivoca en los cálculos, quien ante los peligros siente miedo, quien se cansa de trabajar y de correr, quien llora en las desgracias o quien se queja del calor en el verano o del frío en el invierno. Cuando la bondad se convierte en perfección puede perder muchos de sus atractivos y resultarnos molesta. En vez de alimentarnos, puede indigestarnos.             



José Antonio Hernández Guerrero
Catedrático de Teoría de la Literatura

Universidad de Cádiz

HAY QUE VER LO ATREVIDOS QUE SOMOS LOS TORPES Y LOS IGNORANTES


Si es arriesgado dejar el poder en manos de los que carecen de conciencia, más peligroso resulta confiárselo a los inconscientes, a los ignorantes y a los torpes. Todos comprendemos el daño que puede causar un gobernante inmoral, un “poderoso” que carece de principios y de criterios éticos, un “mandamás” que, en la práctica, ignora la diferencia que existe entre la bondad y la maldad y, que en consecuencia, desprecia los valores y no experimenta preocupación alguna a la hora de orientar su vida. El inmoral, el sinvergüenza o el desvergonzado son unos “caraduras” que, con la mayor tranquilidad del mundo, se saltan las barreras y desbordan los cauces; son unos “frescales” que, en sus comportamientos, prescinden de los criterios éticos, no tienen en cuenta la leyes morales, actúan en contra de los dictados de las normas que prescriben hacer el bien y evitar el mal. Pero, si son listos, procuran disimular sus atropellos o, al menos, justificarlos.

El torpe y el ignorante por el contrario, carecen de vista o de luces y, además, mantienen cerradas las ventanas del cuerpo y del espíritu; conducen su vida a oscuras, corren alegremente por los senderos, siempre desconocidos, de las complejas relaciones humanas. Son unos inconscientes que, alojados en las blandas nubes, no pisan el suelo ni saben en qué país viven. Los torpes y los ignorantes no saben quiénes es ellos ni quiénes son los demás con los que conviven. Desconocen sus cualidades y, sobre todo, sus limitaciones; se creen más fuertes o más débiles de lo que realmente son y, por eso, cargan con unos fardos que los desequilibran y los aplastan o, por el contrario, no se atreven a caminar por sus propios pies, no miden las distancias que lo separan de los demás seres, no calculan las dimensiones de los objetos, el valor de las palabras ni la importancia de los episodios y, por eso, o se pasan de rosca o no llegan: corren las curvas cerradas con excesiva velocidad y, después, se duermen en las rectas. Lo peor es que no advierten los peligros y, a veces, juegan ingenuamente en los estrechos bordes de los acantilados, en las arenas movedizas de los desiertos o entre las rugientes olas de los mares embravecidos. No distinguen los asuntos serios de los frívolos, los problemas graves de los leves, las bromas de las reprimendas, las amenazas de los halagos y, muchas veces, lo conveniente de lo dañino.

Lo malo es cuando el torpe o el ignorante, además, son ambiciosos y se empeñan en pilotar aviones supersónicos cargados de pasajeros, en dirigir programas televisivos de amplia audiencia, en liderar partidos políticos y, no digamos, cuando logran encaramarse en un puesto de mando porque, entonces, se olvidan de que se llaman Pepe, Manolo o María, se inventan nobles antepasados y se identifican hasta tal punto con el cargo, que se sienten vejado cuando alguien se atreve a tratarlo con familiaridad. ¿Usted sabe con quien está tratando?, suelen preguntar si alguien les indica que guarden su turno o que cumplan con las normas elementales de ciudadanía.



Pero corren aún mayor peligro cuando, animados por los aplausos y por los parabienes de los leales e interesados colaboradores, se convencen de que, efectivamente, ellos sos unos seres superiores al resto de los vulgares humanos a los que tienen que dirigir y salvar; es entonces cuando sus vehementes deseos de mandar y sus irreprimibles impulsos de imponer su “santa voluntad” se transforman en imperativos éticos, en un deber de conciencia o, quizás, -aunque presuman de agnósticos- en una clara llamada del cielo, en una verdadera y trascendente vocación sagrada. Menos mal que, a la larga, la dura realidad, que siempre es tozuda, se impone, porque el tiempo borra los maquillajes, desinfla los globos y deshace las peanas de cartón piedra que ellos mismos habían pintado de purpurina.


José Antonio Hernández Guerrero
Catedrático de Teoría de la Literatura
Universidad de Cádiz

VENIDA DE LA VIRGEN DE LOS SANTOS A ALCALÁ DE LOS GAZULES


miércoles, 4 de abril de 2018

RESURRECCIÓN


Obra de Manuel Jiménez Vargas-Machuca.

sábado, 31 de marzo de 2018

FOTOS DE LA PROCESIÓN DEL SANTO ENTIERRO




























































El tiempo que hará...