Páginas

domingo, 4 de diciembre de 2016

DIGNIDAD

                                                                         
“La dignidad del puesto que ocupo me impide que atienda directamente el teléfono”. Esta fue la respuesta que me dio la semana pasada un alto cargo político al que, aturdido por aquel timbre impertinente, me atreví a sugerirle que lo descolgara. Me acordé, en ese momento, de aquel obispo preconciliar que, sentado solemnemente en su sillón, dejó que unos cerrajeros desmontaran la puerta de su despacho porque su secretario particular no estaba allí para abrirla: “¡Cómo Nos –exclamaba- vamos a ejecutar estas funciones”. Ahora mismo un amigo me acaba de decir: “Yo, por dignidad, no permito que mi mujer baje la bolsa de la basura al contenedor de la esquina”. Y un colega defiende que “para dignificar su asignatura no tiene más remedio que suspender a la mayoría de los alumnos”.

 La dignidad es un concepto ambiguo. No depende de las insignias que lucimos en las chaquetas o de los títulos que coleccionamos en las vitrinas. No aumenta a medida en que crecen las riquezas, el poder o la ciencia. No confundamos la grandeza con la magnitud; la nobleza con el señoritismo; la importancia con la vanagloria; el valor con el precio; el prestigio con la popularidad y la calidad con la cantidad. La dignidad no estriba en las insignes prebendas o en los cargos honoríficos, ni el brillo de las apariencias coincide con la sustancia de la realidad, ni el ruido de la publicidad con las nueces de los hechos: no es oro puro todas las baratijas que relucen en las solapas. La dignidad nada tiene en común con la jactancia, con la presunción o con la arrogancia, sino que se encuentra, justamente, en su cara opuesta. La dignidad humana guarda una relación directa con la integridad, con la generosidad, con la sencillez, con la naturalidad y, a veces, con la pobreza; depende más de la manera de trabajar que del puesto que ocupamos. Si es cierto que las peanas altas empequeñecen las figuras, también es verdad que, cuanto más bajitos somos más nos encantan las tarimas, los púlpitos y los escenarios.                            



José Antonio Hernández Guerrero
Catedrático de Teoría de la Literatura

Universidad de Cádiz

EL MAL HUMOR


Tener “mal humor” no es lo mismo que tener un “humor malo”. El primero indica un defecto psicológico, mientras que el segundo revela una escasez de imaginación. Un “genio” -sin adjetivos- es el artista o el científico que, por su originalidad, por su lucidez, por su agudeza o, a veces, por su oportunidad, destaca sobre el común de los seres humanos, sobresale sobre los hombres y sobre las mujeres normales. Es, por lo tanto, un tipo raro, excepcional y extraordinario que nos llama la atención y que nos causa la sorpresa. Pero, si a esta palabra le añadimos el adjetivo “mal” o “malo”, no sólo matizamos su significado, sino que lo cambiamos totalmente. Como es sabido, cuando afirmamos que un señor o una señora tienen  “mal genio”, no queremos decir que es un “genio malo”, sino que posee “mal carácter” o “mala leche”; aseguramos que es “antipático”, “insoportable”, “fastidioso” y “desagradable”.

Aclaro estas distinciones a propósito de una de las conclusiones a las que han llegado los especialistas que intervinieron en el Seminario del Humor que organizamos hace ya algún tiempo: todos estaban de acuerdo en que es saludable para el alma y para el cuerpo manifestar las sensaciones y exteriorizar los sentimientos: las sensaciones agradables y también las desagradables, los sentimientos positivos y también los negativos.

El que reprime las alegrías y, sobre todo, el que guarda los malos humores, disimula los rencores o camufla las antipatías -afirmaron- corre el riesgo de que le aumente la presión sanguínea y de que sufra un infarto, de que padezca úlceras de estómago, de que contraiga la gripe y hasta de que muera de cáncer. Los sufrimientos interiores y los disgustos mal digeridos –explicaron- se somatizan en forma de dolencia física con diferentes síntomas y de distinta gravedad. Por eso es bueno y necesario que, de vez en cuando, hablemos, nos quejemos y lloremos. Nuestro interior es una caldera cuya presión hemos de aflojar liberando los buenos y los malos humores.
           

José Antonio Hernández Guerrero
Catedrático de Teoría de la Literatura

Universidad de Cádiz

FOTOS DE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE EUGENIO ROMERO VERA





























martes, 29 de noviembre de 2016

FOTOS DE ALCALÁ DE LOS GAZULES CON NIEBLA







Así despertó Alcalá de los Gazules en la mañana del lunes 28 de Noviembre.

COLECCIÓN DE CABLES Y TELÉFONOS ANTIGUOS


















Colección de cables y teléfonos antiguos que se empleaban en Telefónica de España, conservada magníficamente por nuestro amigo y compañero Alfonso Pereira Ramírez, al que felicitamos por su extraordinario trabajo, digno de una mención.

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE EUGENIO ROMERO VERA








El tiempo que hará...