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sábado, 16 de junio de 2007

LA VEREDILLA Y EL LEJÍO. PAISAJE Y PAISANAJE

Con mi afectuoso recuerdo para Alfonso y Tato, que se han marchado hacia el Lejío y nos han dejado a todos con un profundo sentimiento de pérdida.

Manifiesta en su extensa obra nuestro filósofo Ortega y Gasset, así como una notable escuela de psicología, que una parte muy importante de nosotros mismos es fruto de las circunstancias y de nuestras experiencias vitales. De todas esas vivencias y circunstancias que conforman y modelan nuestro carácter también forman parte nuestro lugar de nacimiento, los paisajes, el entorno, su arquitectura, las sensaciones vividas y los olores de nuestra infancia que fijan secuencias de imágenes en la memoria.
Si repasamos los diversos escritos y autobiografías de los muchos emigrados y exiliados de nuestro país, todos reflejan en sus memorias un común denominador en la añoranza y en el recuerdo de España y especialmente en la recreación y en la nostalgia de los lugares donde nacieron y vivieron.
Sublimando el desarraigo en sus países de acogida, evocan en sus relatos un sinfín de personajes, calles, lugares y ambientes comunes y que como Claudio Sánchez-Albornoz expresan su angustia cuando recuerdan su tierra natal: De Ávila vengo y a ella iré un día, vivo o muerto, porque quiero dormir el sueño último junto a una vieja encina, bajo el alto cielo de Castilla. También nuestro Antonio Machado en su última poesía recuerda la Sevilla de su niñez: Estos días azules y este sol de la infancia.
Para muchas amigas y amigos de mi generación, la Veredilla y sus alrededores, testigo de voces, juegos y peleas, representan el recuerdo de una época y de tiempos mágicos de nuestra vida muy arraigados en la memoria.
Campo de batalla y enciclopedia de descubrimientos infantiles, aquel microcosmos lo conformaban pequeñas galaxias, que comprendían la calle de la Salá hasta la fuente del mismo nombre, la Alameda y sus aledaños, la calle de los Pozos hasta el Colegio Juan Armario y hacia el Lejío por el muladar, la zona de chozas hasta el tubo de hierro de abastecimiento de agua y más abajo pasada la carretera, hasta la palmera de gran porte que todavía existe al final del camino.
La Veredilla, diminutivo de vereda, tiene la forma de una gran j de trazos rectos tendida en cuesta y que con el callejón de San Sebastián, enlaza la calle de los Pozos con la calle de la Salá ó Nuestra Señora de los Santos.
A su izquierda y formando una i griega con la Veredilla, se inicia el camino del Lejío con una pequeña pendiente, que a continuación baja suavemente hasta llegar al cruce de la carretera del Picacho y de Paterna y que conecta con el Prao. Aquí y como en toda Andalucía también lo pronunciamos como el Lejío, deformación de El Ejido del latín exitu ó lugar que está a la salida del pueblo, teniendo también una cierta significación con el más allá.
En aquel tiempo, el camino ó más bien vereda hacia el Lejío, se iniciaba con un poyete en la padereta que separa el camino de la Veredilla y un grifo comunitario para dar servicio a las viviendas que no disponían de agua corriente - que eran casi todas -. Aquel grifo y el poyete servían de parada obligatoria como aseo, lavadero y mentidero del barrio y lugar donde nacían y se expandían las noticias más inverosímiles.
A su izquierda y al filo del Muladar crecía una hilera de eucaliptos y acacias del Japón, de los que la chavalería aprovechábamos sus semillas. De los eucaliptos las bolitas que nos servían de proyectiles, escupiéndolas por la boca con ayuda de un canuto de caña como lanzadera y de las flores de las acacias, como chucherías por su agradable sabor dulzón.
A la derecha del camino se asentaban una serie de pequeñas y míseras chozas en las que vivían múltiples vecinos que toreaban diariamente con el hambre. A continuación y estrechando la vereda, hileras de arbustos, zarzas y moreras que terminaban en el cruce de la carretera.
Por ese sendero hacíamos excursiones para coger y comer moras y cazar gusarapos en la charca que se formaba con las pérdidas del tubo de hierro. A veces seguíamos el camino y atravesando la carretera finalizábamos el paseo recogiendo los dátiles ya maduros que se desprendían de la palmera.
El Muladar servía de campo de juegos en el que construíamos chozas con latas, taramas y ramajos. Era un lugar de descubrimiento de los tesoros y objetos más inauditos y orgánicos que la gente tiraba por la pendiente. Desde animales muertos hasta cacerolas, tablas, papeles y trapos. También y ante algunas emergencias servía a los críos y a muchos adultos de aseo comunitario.
Por aquellos lugares y en aquella época de necesidades y carencias, trasegaban continuamente por la zona un sin fin de tratantes, chamarileros, arrieros, cazadores, cosarios y recoveros, gente del campo, vendedores ambulantes, afiladores, tamborileros y trompetistas de la cabra, caballos, mulos, borricos, perros y gatos.
El barrio y sus actores, lo conformaban múltiples vecinos de los que muchos por proximidad ó por relación, se me han quedado más grabados en el recuerdo.
Desde la esquina de la calle de la Salá y hasta la calle de los Pozos, la tienda de comestibles de Maria Alberto y Juan Guerra, Petra Tirado y Juan Rengel, la tienda de Ana Herrera y Francisco Sánchez, Jorge el del correo y Paca Herrera, la Tahona de Pepa Alberto y Diego Acedo, Isabel Romero, Vicenta Mela, Mari Cruz y Obrino, Pepa Acedo, Manuel Castillo el tarabartero, Maria Orellana y su madre Rosalía, Dolores, Manuel Márquez y Maria Muñoz, Isabel La Tronca, Francisca y Anita García, Isabel y Ana Alberto y Ana y Miguel Ardila.
Por la zona del muladar y dando a sus patios traseros, Lucia y Pepa Romero, Pepe Puerto y Antonia Nieto, Isabel Moreno, Luís el Zurdo y el taller de Antonio Hidalgo el tarabartero al que llamábamos familiarmente Toto.
Hacia el Lejío, Juan Rojas y Lola Guerra, Cristobalina La Soldá, Antonia Mora, Marbote, Guachena, Félix y Curra La Gitana, Cristo, Curra y Elvira.
De todos ellos y estratégicamente posicionados en el paisaje, recuerdo a la entrañable Ana Herrera con el soniquete que la caracterizaba, cuando ibas a comprar algo al mostrador de su tienda. Si pedías chocolate, inmediatamente te repetía “chocolatito, chocolatito”, si era azúcar, “azuquita, azuquita” y así sucesivamente.
A Toto el tarabartero solterón empedernido, tímido y amante del Dios Baco que nos instalaba columpios en las acacias del muladar, cerca del huerto de Miguel y que para animarnos al balanceo nos gritaba desde su taburete de trabajo “niños mover el cotrofo”.
A la tahona de Diego Acedo que servía de improvisado merendero para muchos niños de estomago vacío, cuando Pepa Alberto repartía los roscos duros del día anterior que no se habían vendido y los recortes de cortadillo a los que venían pegadas algunas hebras de sidra ó cabello de ángel.
A Vicenta Mela, afectuosa y sacrificada mujer, a su hija Mari Cruz y a su nieto Obrino, otro amante de la media limeta y de los cantes flamencos.
A Maria Orellana en su taller de costura, a la que visitábamos regularmente para ver y charlar con las múltiples aspirantes a costureras.
A Juan Panera paseando su voluminosa humanidad con un canasto de molletes bajo el brazo apoyado en el cuadril y voceando desde muy temprano la mercancía, ofreciéndolos “calentitos, los llevo calentitos”.
A Ramón el latero, ingeniero estañador y reparador de ollas, cacerolas y cacillos, ofreciendo los servicios con su característico y particular voceo, en el que se recreaba y se extendía en cada una de las sílabas.
También La Veredilla y el Lejío tenían olores que se han quedado impregnados en la memoria. Olores a espacio abierto, a naturaleza, a eucalipto, a lavanda, a poleo, a mirto, a biznaga, a hierba luisa, a laurel, a manzanilla y a hierbabuena. También a pan de la tahona, a tocino salado, a aliños de aceituna, a sardinas arenques, a humo de leña, de carbón y de picón, a ropa de pana, a alcanfor, a polvos de talco, a jabón lagarto, a choza y a ese olor característico a humanidad que regala y endosa la pobreza.

Tomás Acedo Alberto
Cádiz a 31 de Enero de 2007

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Este hombre es un grande¡¡¡¡¡
Poeta

El tiempo que hará...