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jueves, 17 de diciembre de 2009

EVOCACIONES ALCALAÍNAS

21.- La Navidad en Alcalá de los Gazules

En aquellos años, la Navidad de Alcalá era diferente. A mediados de diciembre, sin decir nada, todas las familias iniciaban los preparativos de la Navidad. Los que podían, ya habían hecho la matanza para que no faltaran los chorizos, la morcilla, los chicharrones, la asadura y los salchichones durante las fiestas. El olor de la típica chacina alcalaína impregnaba todos los rincones del pueblo. Los espléndidos embutidos quedaban en reposo en los almacenes y buhardillas de las casas, para que se curaran y estuvieran listos para la Noche Buena y Navidad..

También se hacían dulces caseros: pestiños, buñuelos de viento, roscos de anís, tortas al horno, tortitas fritas, piñonates, cabello de Ángel. No había que comprar dulces, porque se hacían en casa y se regalaban. Las monjas clarisas hacían figuritas de mazapán, pan de Cádiz, polvorones... A veces, los que iban a Cádiz, a la vuelta, cuando paraba el Comes en Medina, compraban cajitas de amarguillos, alfajores, tortas pardas y otros aromas de “Las Trejas” en la plaza del Ayuntamiento.

En el Beaterio y en los demás colegios del pueblo, se colocaban en las paredes algunos adornos con símbolos navideños. Las monjas ensayaban villancicos con los parvulitos y las alumnas. Muchos hombres salían al campo para coger majoletos, lentisco, romero, palmitos, verdín de las albercas y de los tejados para montar el nacimiento. Para los chavales era un auténtico acontecimiento el montaje en un rincón de la casa: el portal con el misterio, los ríos, los caminos, las imágenes de los carboneros, de las lavanderas en el río, de los pastores con las ovejas y las cabras, de los vaqueros, de los blancos pozos... Eran estampas sacadas de la vida. El mismo pueblo era un bellísimo cuadro de un portal.

Don Arsenio y el Sr. Cobos ensayaban con un coro de jovencitas la misa de Noche Buena y los villancicos para el besapié del Niño. La misa se celebraba en San Jorge y acudía todo el pueblo. Las cantoras ocupaban el coro, pero muchos jóvenes se situaban cerca para verlas cantar. Los solos de las canciones entusiasmaban a los chavales porque había un par de jovencitas que impresionaban con sus voces a los fieles.

La misa la decía por aquel entonces el padre Mainé, párroco de San Jorge y que predicaba muy bien; de diácono hacía el padre Lara, coadjutor de la parroquia y capellán de las monjas clarisas; y de subdiácono, el padre Manuel, coadjutor y capellán de la Victoria. La celebración era una de las principales del año y la parroquia se ponía de bote en bote: mujeres y hombres, adolescentes, jóvenes, niñas y niños...No faltaba nadie.

Al terminar la misa, los jóvenes sacaban botellas de anís y coñac. Recorrían las calles cantando villancicos al ritmo del sonido de las botellas impulsadas con una cuchara y con el sonido de las esquilas que tenían en casa para las cabras. Pedían el aguinaldo o dulces. Los chavales los imitaban y hacían lo mismo, pero sin tomar licores y acostándose antes. Cuando se acostaban, aún seguían los jóvenes cantando villancicos. Y ya, en una duermevela sublime, oían aquellas melodías: “Pero mira cómo beben los peces en el río...” “La Virgen está lavando y tendiendo en el romero, los pajarillos cantando y el romero floreciendo”. Y las recuerda lleno de morrilla y de melancolía. No sabe si fue la guerra, pero eran sones tristes, para llorar.


JUAN LEIVA

El tiempo que hará...