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martes, 2 de febrero de 2010

EVOCACIONES ALCALAÍNAS

27.- La despedida de Alcalá

Un sábado de septiembre de 1944, próximo a comenzar el curso, su padre dijo: “El lunes, nos iremos definitivamente a Jerez” Todos quedaron desconcertados, pues aunque sabían que ese día llegaría, arrancar las raíces del pueblo supuso un trauma para los pequeños. Su padre lo había anunciado repetidas veces; es más, los hermanos mayores: Jacinta, Cristóbal, Carmela, Patricio, Catana y Gaspar ya llevaban varios meses en Jerez. Las hembras trabajaban en la Telefónica y los varones en el Ayuntamiento, en una farmacia y, en una tienda de textiles. Ahora tocaba a los pequeños y a los padres salir de Alcalá: Pepe, Juan, Santos y Lourdes. María nacería un año después en Jerez. Los padres vinieron en el camión de los muebles con Rafael en los brazos de su madre y Salvador de tres o cuatro años. Los pequeños, en el taxi de Fernando Muñoz. Cuando quedó atrás San Antonio y desapareció el pueblo, los cuatro quedaron mudos. No sabían qué decir ni qué hacer. Los ojos brillaban de humedad, pero ninguno sabía expresar lo que significaba dejar el pueblo. Era una historia que muchas familias tuvieron que vivir, pero los padres actuaban con la mejor voluntad buscando un futuro para sus doce hijos. Alcalá estaba viviendo los efectos más perniciosos de la guerra civil. El autor de Mío Cid calificó la emigración y la separación como un dolor del alma, como cuando se arranca la uña de la carne. El chofer del taxi rompió el hielo gastándoles bromas inocentes. Con tono serio les dijo: “¿Dónde hay que dejar a los viajeros?”. Aquello vino a empeorar la situación, porque se miraron unos a otros sin saber a dónde iban. El hombre se dio cuenta y dijo: “No os preocupéis. Ya lo averiguaremos.” Al rato hizo otra pregunta: “¿Este viaje quién lo paga?”. De nuevo quedaron perplejos. Ninguno se atrevió a contestar. No llevaban ni un céntimo. Otra vez el hombre intervino con humor: “No se preocupen, ya lo averiguaremos al llegar a Jerez.”
La nueva casa estaba en la C/ Arcos, nº 9. Los hermanos mayores ya estaban esperándolos. Ellos respiraron tranquilos cuando los vieron. Después, de mayor, ha pensado que un niño sin familia no es nada; que un adolescente sin familia es una tragedia; que un anciano sin familia es una desgracia. Así pues, la familia es la institución más importante que tiene la sociedad. Y habría que conservarla y cuidarla como uno de los valores fundamentales de los pueblos y de los países.
A los pocos días, el padre llevó a Pepe y a él a la Escuela de la Salle del Mundo Nuevo. Y a Santos y a Lourdes, al Colegio del Santo Ángel. Su padre los presentó al director del Colegio, Hermano Ginés de María, el cual le preguntó: “¿De dónde sois?”. “De Alcalá” –contestaron los dos con cierto orgullo-. “Pero, ¿de qué Alcalá?, porque Alcalá hay muchos: Alcalá del Valle, Alcalá del Río, Alcalá de Guadaira, Alcalá la Real, Alcalá de Henares...” Pues de Alcalá de los Gazules” –respondió él con timidez.
A sus 11 años, aún no había traspasado los límites de la provincia de Cádiz. Había oído hablar de otros Alcalá, pero para él, el más importante era, sin duda, Alcalá de los Gazules, y el más bonito, y el más blanco, y el más alto, y el más natural, y el más querido. Al poco tiempo, mandaron en su clase hacer una redacción que se titulaba “Mi pueblo”, en menos de diez líneas. Y él recuerda aún que dijo cosas como éstas: “Mi pueblo es bonito, completamente blanco. Está situado en lo alto de un monte, junto a un castillo y una iglesia. La torre de mi pueblo se asoma a todas las casas. Las casas están colocadas unas sobre otras. A veces parece que los burros andan por los tejados. Mi pueblo tiene muchos ríos, pero el que tiene más agua es el Barbate. Y las bandadas de pájaros parecen prendidas de los cielos de mi pueblo. También tiene una ermita y una romería, la de la Virgen de los Santos. Su nombre es un octosílabo espléndido: “Alcalá de los Gazules”. Se ha dicho que Alcalá es un pueblo esencialmente andaluz: su arquitectura, sus desniveles, sus espacios abiertos, sus riachuelos, sus calles, sus montes, su parque natural de “Los Alcornocales”, su gente... Lo han declarado “Conjunto Histórico Artístico”, debido a sus templos y a sus casas neoclásicas y a su arquitectura popular. En Alcalá no había dos casas iguales, porque las casas las hacía el pueblo y el pueblo no se repite. Pero llegaron las inmobiliarias y colocaron un horroroso cinturón de barriadas de casas sin identidad, miméticas, alineadas, de mal gusto...A los alcalaínos de fuera nos gustaría que se respetara el patrimonio heredado y la arquitectura se acomodara a la orografía del terreno, no al capricho de las inmobiliarias. Hay tres pueblos en la provincia que compiten por su belleza: Arcos de la Frontera, Vejer de la Frontera y Alcalá de los Gazules. Nadie debería atentar contra su arquitectura.

JUAN LEIVA

El tiempo que hará...