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jueves, 4 de marzo de 2010

EVOCACIONES ALCALAÍNAS

31.- Los humilladeros del camino

Todavía están ahí de pie los humilladeros del Santuario, para invitar a descansar y a orar. Son cruces de hierro forjado sobre piedras, de las que se diría que están ahí desde siempre. Pero nuestro paisano, Fernando Toscano Puelles, nos detalla sus orígenes. “En 1339, el hijo del Rey de Marruecos, Abdul-Melik, salió de Algeciras con ánimo de conquistar el poblado fronterizo de Alcalá. Se le opuso un contingente de tropas cristianas, al mando de la Orden de San Pedro de Alcántara y con varios Consejos de la Comarca. Este ejército hizo campamento en el “Llano del Tardal”, hoy de los Santos, antigua vega del morisco Monte Gibr(Alvar), junto al camino real antiguo o cañada del Esperón. Al amanecer -relata el Poema de Alonso el Onceno-, descubrieron los soldados un crucifijo colgado en una alta vara, hecho que nadie supo explicar y fue tenido por milagroso. Poco después se libraba la batalla de Pagana o Patrite, en el llano de la Pelea, y allí pereció el reyezuelo moro, señalándose aún el lugar. Su padre, Abdull-Hassan, vino a vengar la pérdida de su hijo, pero fue derrotado en la nueva victoria cristiana de la batalla del Salado de Tarifa. (...)

Según la costumbre, los alcalaínos levantaron el humilladero conmemorativo, Cruz de piedra sobre gradas, colocando al pie una lápida con la evocadora alabanza: SANCTUS, SANCTUS, SANCTUS. A este lugar se iba a orar en las calamidades, colocado al borde del camino real, servía para los saludos de los viandantes y tal vez punto de romería o fiesta que recordara la antigua victoria.”

En el mismo cruce de la autovía de Jerez-Los Barrios, se sigue apostando la primera cruz. El Santuario de la Virgen de los Santos está a una legua de Alcalá. La legua de tierra es la medida antigua castellana de longitud, que equivale a 5.572 metros, unos cinco kilómetros y medio. Pero en Alcalá se decía, a ojo de buen cubero, que el camino a Los Santos tenía una legua; total, cinco kilómetros. De manera que todos los chavales sabíamos la distancia y, cuando hacíamos el camino los sábados o domingos de mayo, íbamos anunciando los kilómetros que quedaban.

Llegábamos por San Antonio a la carretera de Jerez y quedaba casi la mitad del camino. Subíamos hasta el cruce de los Santos, por la Venta Braulio, se atravesaba la carretera y se tomaba el camino del Santuario, donde hoy está situada la Venta de Germán.

Allí se encuentra la primera cruz o humilladero y quedaba, aproximadamente, un kilómetro para llegar al Santuario. A unos trescientos o cuatrocientos metros, encontrábamos la segunda cruz, desde donde ya podíamos ver el Santuario. Era como una aparición entre los olivos verdosos y blanquecinos, para los que hacían el camino a pie. Y, terminada la suave pendiente, encontrábamos la tercera cruz y la entrada a la ermita. Los humilladeros solían situarse en los cruces de camino, cercanos a un pueblo o a alguna ermita. El nombre deriva de la costumbre de hincarse de rodillas, orar y suplicar ante las desgracias; es decir, humillarse ante Dios o la Virgen y, como caminante, implorar su ayuda ante las necesidades. Después se hacía la visita al Santuario, se comía, se descansaba y se iniciaba el regreso. Las cruces se iban dejando atrás y se miraba ahora la estampa inefable de Alcalá a lo lejos. A uno se le ocurría, ¿desde cuándo estarán ahí los humilladeros? Sánchez del Arco coincide en que el Santuario se remonta al siglo XIV, aunque la estructura actual es del siglo XVIII.

Según Jaime Guerra, “El escribano del Rey y del Cabildo, don Carlos del Fierro, el 12 de diciembre de 1723, con motivo de una fuerte sequía y tras varias rogativas en la ciudad, sin éxito, decidieron los dos Cabildos, el secular y el eclesiástico, ir en peregrinación a un risco en el Jardal donde se había descubierto un canto con el trisagio “Sanctus, Sanctus, Sanctus”, y que llamaron el “Humilladero Santo”.


También las personas mayores hacían el recorrido a pie, para cumplir una “manda” o promesa, por algún favor recibido de la Virgen o para pedir ayuda ante una necesidad. Por aquel entonces (1940), el camino era malo, de piedra y tierra, de herradura, para caballerías más que para automóviles. Pero, en primavera, el camino se convertía en un auténtico jardín de flores silvestres. Las mocitas llegaban al Santuario con ramos de lirios, de campanillas, de amapolas, de margaritas, de malvas; flores del camino que tenían una vida efímera. También nos acompañaban mariposas blancas, amarillas, aterciopeladas, rojas; de todos los colores y de corta vida también. Y pajarillos que se levantaban a medida que pasábamos.

Los únicos vehículos que transitaban por la carretera de Jerez-Los Barrios eran la Valenciana, Los Amarillos, los Comes, los camiones del carbón, los del corcho y los “pescaeros”. En Alcalá había en esa fecha pocos automóviles: uno era privado, me parece que un “Fiat Balilla”, y otro, el taxi de Fernando Muñoz, que creo que era un Ford. Coches viejos siempre había en el taller de Parrita, situado en la bajada de la calle Real, frente a la fábrica de la luz, cerca de la Playa. Tenían fama en todo el entorno de buenos mecánicos y siempre había coches o camiones resolviendo averías. Y “los Parritas” manchados de grasa hasta las orejas.

Hoy todo el mundo se desplaza al Santuario en coche. En cinco minutos se hace el camino, porque ha experimentado una gran transformación. En primer lugar, la carretera ofrece un firme perfectamente asfaltado. A continuación, encontramos la autovía Jerez-Los Barrios, con formidable diseño y señalización, con los elementos más avanzados. Y, por último, el mismo camino del Santuario es una carretera remozada y confortable, que une la autopista de Sevilla-Cádiz con el Campo de Gibraltar y la Costa del Sol. Caravanas de automóviles inundan la autopista sin descanso a velocidades de vértigo.


Al volver, a lo lejos, la cumbre, el castillo y la torre. El paraje siempre era el mismo, pero, ahora, en automóvil apenas se percibe. A pie era distinto; uno se impregnaba de naturaleza. Y cada hora lo hacía diferente: blanco a las claras del día; de oro, a media mañana; grana, al atardecer. Nos apresurábamos para que no nos cogiera la noche umbrosa, de profundo morado. Las campanas tocaban a ánimas y las tristes luces de las esquinas apenas alumbraban las calles. Cansados, comíamos y nos acostábamos. No había más nada que hacer. En el alma quedaban las cruces de los humilladeros y lo que nos decían nuestros padres y maestros: “Es bueno humillarse ante Dios, pero ante los hombres, es preferible morir de pie, con dignidad, antes que de rodillas” –como alguien ha dicho.



JUAN LEIVA

El tiempo que hará...