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domingo, 11 de abril de 2010

EVOCACIONES ALCALAÍNAS

35.- “La Alameda”

El centro del Alcalá de mis recuerdos es, sin duda, “La Alameda de la Cruz”. Ahí confluían las principales vías y calles del pueblo: ”Nuestra Señora de los Santos”, Río Verde, la calle Real y la calle de Los Pozos. Éstas eran las que marcaban las salidas cardinales hacia el norte, el sur, el este y el oeste del casco histórico. De mañana se veían bajar los arrieros ágiles y los braceros descansados; por la tarde, subían pensativos, haciendo estación en la primera taberna que encontraban. Muchos no volvían, pasaban la semana en el campo y regresaban los sábados para la muda. Antes de esa alameda, hubo otra, la “Alameda Vieja”.
Nos lo cuenta Jaime Guerra Martínez. En el camino de los pozos, un solar que después ocupó el Colegio Público “Juan Armario”, se situaba la llamada, popularmente, “Alameda Vieja”, entre el Lario y La Vereda del Lejío (El Ejido). Aquel Parque del siglo XIX ya era muy concurrido, sobre todo en las tardes y noches del verano y del otoño. Se extendía sobre un manantial natural de agua procedente del Lario, con arboleda de gran verdor y una frescura extraordinaria. Por allí pasaban cada día los aguadores y los abastecedores del preciado líquido. Los niños bajaban corriendo, ateridos de frío, en las tardes invadidas por los aires que bajaban de la sierra del Aljibe. Los enamorados encontraban en ella, en las noches sosegadas, un lugar cargado de romanticismo. Aquel Parque, con la nueva alameda, se fue abandonando y murió de inanición. En los últimos años del siglo XIX, ocupaba la alcaldía un foráneo, don José Galán Caballero. El sentimiento romántico, unido al deseo de mejorar las condiciones de nuestras calles y plazas, le hizo volver los ojos hacia aquel idílico lugar. De ahí que el Parque llevó el nombre de “Parque de Galán Caballero.”

La Alameda Nueva o Alameda de la Cruz, o simplemente “La Alameda”, fue construida en 1885. Allí nos reuníamos los niños y niñas del pueblo casi todo el año; tardes sublimes de primavera, veranos calurosos y otoños placenteros. Jugábamos a los juegos de siempre: al coger, a la comba, a saltar las losas, al pasar la barca, a los colores, a la pelota, a las bolas, a la burra paría o al salto de la mula... ¡Qué tardes las de la primavera alcalaína! Las madres nos tenían que llamar para la cena, pues nos daba una pereza inmensa abandonar la Alameda.

Los hombres aparecían entre dos luces por las cuatro calles, después de una jornada de sol a sol. Se aseaban y se reunían en los bares o se sentaban en las puertas a charlar. La plaza cobraba una vitalidad asombrosa de ocho a once de la noche. Las madres, después de la comida, se sentaban en las aceras de las casas para comentar el tema del día. Se diría que todo el pueblo se daba cita a esas horas. Los adolescentes y jóvenes se iban a la calle Real a rondar a las mocitas. La torre de San Jorge lanzaba profundos sonidos de campanas al aire a la hora de Ánimas, y quedaba en el cielo como un revuelo de ángeles vestidos de luna. Las campanas de la espadaña de la Victoria tenían un sonido más metálico, espantaba a los palomos de la bóveda y se quedaban cascados en la plaza.

La Alameda, afortunadamente, ha mantenido casi la misma estructura de entonces, una explanada rodeada de un gran poyete, con un espaldar de hierro. Pero ha empeorado el pavimento pues, quiero recordar que, en aquellos años, ostentaba grandes lozas de Tarifa. El entorno se mantiene aún con los edificios y calles que configuraban la plaza: el Ayuntamiento, el callejón de José Tizón, la Farmacia de Espinosa, el bar de los Panaderos, la iglesia de la Victoria, la casa de Pedro García Mariscal, el Casino, la casa de los Puelles, la calle Real, la tienda de Vicenta, la calle la Amiga, el bar Vicente, la tienda de tejidos de Antonio Visglerio, el bar de los Cazadores, la calle Galán Caballero, el bar de Dominguito, una tienda y la calle Nuestra Señora de los Santos. Un viejo reloj con el pedestal de hierro presidía la plaza y marcaba las horas. En otoño, los vencejos y las golondrinas jugaban incansables alrededor de la portada de la iglesia.

Los olores de la plaza eran inconfundibles. Del bar Vicente salía olor a café y a anís; del casino de los Cazadores, a vinos de Jerez y a carne de matanza; de Dominguito, la asadura adobada; de la cervecería, a mariscos y cerveza; de los Panaderos, a pajaritos fritos... Cada uno de los bares tenía su especialidad. Por aquel entonces, el vino de Chiclana y las tapas de Alcalá eran los preferidos; buenos y baratos. Decían los hombres que, por un duro, se cogía una “tajá” y se comía.

El otoño y el invierno se pasaban más dentro que fuera de las casas. Pero la primavera y el verano a todo el mundo le gustaba salir y aprovechar las horas serenas de los días largos. Alcalá se convertía en un gran paseo, pues rondaba, en aquellos años, los 12.000 habitantes. Era una población joven, porque las familias tenían de cinco hijos para arriba. Mis padres tuvieron trece, pero eso no significaba ninguna excepción, pues casi todas las familias alcanzaban cifras similares.

El alumbrado era escaso. Muchas noches de verano hacía su aparición la luna llena y la Alameda se inundaba de plata. Otras eran noches oscuras con un campo inmenso de luceros. Entonces el cielo aparecía tachonado de estrellas y era un espectáculo inefable. Una de esas noches, sucedió algo maravilloso a lo que nadie pudo dar explicación. De pronto, desde la Alameda, vimos correr una estrella, con una gran cola estelar de este a oeste. Era como un cometa. A esta siguieron otras muchas estrellas corriendo de un lado para otro sin sentido fijo. El cielo se iluminó como si se tratara de un lejano espectáculo de fuegos artificiales sin estruendo alguno. Los niños nos quedamos boquiabiertos. Las estrellas caían como en un gran vacío sin luz. Muchas personas fueron testigos del espectáculo. Había gente que lo atribuía a presagios de mal agüero, pues hacía poco tiempo que había terminado la guerra. No puedo recordar lo que duró aquel espectáculo estelar, pero causó un gran impacto en todos los alcalaínos.

Don Manuel, “el Maestro”, nos quiso explicar que hay estrellas que quedan sin luz, mueren y se precipitan en un abismo sin límites. Recorren distancias insondables de años luz y, cuando llega a nosotros, ya llevan mucho tiempo muertas. Poco más nos pudo decir. Hoy se sabe que existen “unas estrellas llamadas fugaces, que son cuerpos luminosos que aparecen repentinamente, moviéndose con gran velocidad y apagándose pronto.” Estas definiciones coinciden con aquellas estrellas que aparecieron en Alcalá en la década de los 40. Ambas explicaciones se acercan a lo que vimos, pero los detalles son difíciles de evocar, porque eso sucedió hace más de setenta años.



JUAN LEIVA

El tiempo que hará...