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jueves, 26 de abril de 2012

PREGÓN DE SAN JORGE 2012 - ALCALÁ DE LOS GAZULES






XXVI PREGÓN DE SAN JORGE


 EVOCACIONES ALCALAÍNAS


 Alcalá de los Gazules, Fiestas Patronales de San Jorge


 13 de abril del año 2012





 ÍNDICE



Introducción



I.-Situación geográfica de Alcalá



II.- Arquitectura y entorno de Alcalá



III.- Evocaciones alcalaínas infantiles



IV.- Gente de Alcalá



Colofón

XXVI  PREGÓN DE SAN JORGE


Saludo y presentación.-

Sr. Alcalde, Corporación Municipal, Sr. Cura párroco de la parroquia de San Jorge, Autoridades Militares, Aviación, Guardia Civil y Policía Local, Hermana Mayor y Comunidad del Beaterio de Jesús, María y José, Hermandad de Nuestra Señora de los Santos; Hermandades de Penitencia de Alcalá; Pregoneros y pregoneras que me habéis precedido; Profesores y profesoras de los centros educativos de la ciudad; Familiares; Alcalaínos, Alcalaínas, Visitantes;  amigos y amigas todas; Buenas tardes-noche.

Estoy seguro de que vosotros estáis presente no para oír a un experto pregonero; no lo soy. En nuestro pueblo los hay mejores, mucho mejores. Sé que tampoco habéis venido a oír a un orador de fuste; tampoco lo soy. Mi rol actual es el de un simple profesor emérito de Lengua y de Literatura, que ahora sólo ejerce de periodista y de escritor. En Alcalá ha habido oradores insignes y los hay. Me podéis decir: “Entonces ¿Por qué estás ahí?”.  “Estoy aquí, porque me lo han pedido y porque soy un alcalaíno al que se le ha dado la oportunidad de hablar de su pueblo. Y estoy seguro de que vosotros estáis aquí, un año más, para oír hablar de Alcalá a un hijo del pueblo. ¡Ojalá se haga realidad lo que dijo Charles Chaplin en su genial película El Gran Dictador: “Hoy  pensamos mucho, pero sentimos muy poco”. Os hablaré, pues, con el corazón en la mano y me limitaré a transmitiros mis sentimientos.

Aquí nací, aquí pasé mi niñez y aquí desperté a mi preadolescencia a los once años. De aquí salí con mis padres y los doce hermanos a Jerez, -siete varones y cinco hembras-. En Jerez nacería todavía una más, María de Gracia, y  seríamos siete varones y seis hembras. ¡Qué manera de organizar la familia la madre Naturaleza!

El premio nobel portugués, José Saramago, dejó dicho este proloquio: “Ser padre y madre es el mayor acto de coraje que se puede tener, porque es exponerse a todo dolor y al miedo de perder algo tan amado, que no es nuestro sino prestado, pero el más maravilloso préstamo mientras no puedan valerse por sí mismos”. Mis padres tuvieron trece corajes y, en consecuencia, trece préstamos. Pero el destino orientó a mis hermanos y a mí por senderos insospechados: Alcalá, Jerez, Algar, Medina, Chiclana, San Fernando, Sanlúcar, Sevilla, La Rioja, Córdoba, Madrid, Roma, América; ¡El mundo…! Lo mismo que sucedió a  muchos alcalaínos.  Sin embargo, las raíces siguen estando en Alcalá. De vez en cuando, veníamos a la ermita a celebrar los acontecimientos familiares:

-el exvoto, del “Moisés salvado de las aguas en Sanlúcar;”
-el casamiento por poderes de mi hermano Pepe con María del Carmen;
-la primera misa en San Jorge;
-la de mi hermano Rafael, padre provincial de los Carmelitas Calzados de
 la Bética, en el santuario;
-la primera comunión de mi hijo Juan María ante la Virgen de los Santos;
-la enfermedad superada de un hermano y un largo etcétera de acontecimientos llenos  de vida.

Cada vez que pasábamos camino de Jerez, entrábamos en el santuario para ver a la Virgen; y en Alcalá, para comer en lo de Dominguito, en lo de Pizarro, en lo del Campanero, o en lo de Germán; cualquier sitio era bueno…Y dar una vuelta por la plaza Alta y por los vericuetos y rincones del antiguo Alcalá. Eran unas visitas anónimas, porque no conocíamos a las nuevas generaciones; y unas visitas gratas y agradecidas con las que pretendíamos no olvidarnos de los rincones en los que habíamos crecido, y evocar y repetir las subidas y las bajadas del viejo Alcalá: veníamos para reconocer que las raíces están aquí y para no olvidarnos de dónde venimos. Hoy ya estamos diezmados:

-murieron mis padres: Patricio y Gaspara.
-murieron tres hermanos: Cristóbal, Patricio y José;  
-murieron dos hermanas: Jacinta y Carmen,
-y murieron dos cuñados: Miguel Sánchez y Julio Bohórquez.

Estudié Humanidades en San Francisco de Sanlúcar; Filosofía, Teología y Magisterio en Sevilla, periodismo en Madrid, en la Complutense. Fui durante doce años profesor en Pilas, cuatro de rector en  San Telmo de Sevilla, siete años en el Campo de Gibraltar, y otros tantos entre El Cuervo, Jerez y La Barca de la  Florida.

En este pregón abordaré cuatro temas sobre Alcalá: 1ª) Su privilegiada situación geográfica; 2ª) Su arquitectura y entorno; 3ª) Las evocaciones alcalaínas de mi infancia 4ª) Y la gente, la buena gente de Alcalá.


I.- Cuando salí de Alcalá y llegué a Jerez, a los 11 años, ingresé con mi hermano Pepe en el Colegio de los Hermanos lasalianos del Mundo Nuevo. El Hermano director recibía a todos los nuevos alumnos, uno por uno, para conocerlos personalmente. Nos preguntó: “¿De dónde sois?” Y yo le contesté: “De Alcalá “Pero ¿de qué Alcalá? –insistió- “porque Alcalá hay muchos en España, e incluso en nuestra provincia hay dos, Alcalá del Valle y Alcalá de los Gazules”. Y un poco decepcionado contesté: “¡De Alcalá de los Gazules!”.  Para mí, sólo había un Alcalá, mi pueblo. Después, con los estudios y los libros, tuve que concluir que Alcalá de los Gazules también hay muchos: el Alcalá Prehistórico, el de los grabados rupestres de la Laja de los Hierros, el del Paleolítico Superior, con infinidad de testimonios de piedras y hachas pulimentadas; el de la fortaleza romana de “Turris Regina” o “Turrecina” en la Mesa del Esparragal; el del bronce de Lascuta o Lascutana, emancipada de Hasta Regia de Jerez, y el del general Lucio Emilio; el de la fuente de la Salá y el del primer castillo; el Alcalá visigodo de don Rodrigo, el de los eremitas y el de las ermitas; el “Alqala” árabe, con el castillo reformado por los almohades y la del diseño de las calles encimadas en la Coracha; el Alcalá cristiano de las iglesias, el de los conventos, el de las hornacinas; el Alcalá de Alfonso X el Sabio;  el del gótico y el del barroco; el de los Reyes Católicos, el del ducado de Per Afán de Ribera; el Alcalá Moderno y el Alcalá Contemporáneo…
¡Qué derroche de plazas, de calles, de callejones, de arte, de subidas y bajadas, de recovecos y vericuetos, de evocaciones infantiles, y de invocaciones a la Virgen de los Santos!

Dejemos para los libros de fantasía las historias, los mitos y las teorías. Vosotros, con razón, esperáis al Alcalá que todos conocemos, el de nuestro presente y el del futuro de nuestros hijos: el que hemos vivido y estamos viviendo. Hablemos de nuestro Alcalá, el del siglo XX y XXI. Aunque será ineludible citar el Alcalá de la “diáspora” -8.000 alcalaínos dispersos por el mundo- y el de aquellos que han llegado como referentes necesarios hasta hoy, y de todos los que ya se han marchado antes que nosotros y nos esperan más allá de San Vicente. Pero, en mi opinión, no tenemos más remedio que referirnos a la privilegiada situación geográfica de nuestro Alcalá, que, como es sabido, está situado en el corazón de la provincia de Cádiz, donde comienza “El Sur del Sur”. Esa reiteración del Alcalá del Sur la llevamos los alcalaínos con orgullo, aunque tengamos que soportar algunos lastres, como la ventolera del Mediterráneo que cada mes nos visita, y la prueba del test de salud que hay que hacer cada vez que subimos a la parroquia de San Jorge. Hablando en hipótesis, si hiciéramos una división a cordel de la provincia de Cádiz, de Norte a Sur y de Este a Oeste, nos saldrían cuatro cantones o cuarteles, siendo Alcalá el punto de intersección de las dos líneas. Y si tuviéramos que elegir un municipio representativo de cada cuartel, daríamos con los pueblos más bellos de la provincia de Cádiz: en el Norte, Arcos de la Frontera; en el Sur, Vejer de la Frontera; en el Este, Ubrique; en el Oeste, El Puerto de Santa. María; y en el centro, Alcalá de los Gazules. ¡Qué pueblos, Dios mío!

Alcalá tiene, además, la suerte de haber sacado su carnet de identidad hace muchos años; es decir, de tener sus datos fundamentales perfectamente documentados. Ese gran beneficio se le debe al gaditano Sánchez del Arco, una familia estrechamente relacionada con el periodismo y en el que la figura más importante es Francisco Sánchez del Arco (siglo XIX);  considerado el primer corresponsal de guerra de España. Francisco falleció “en acto de servicio” mientras actuaba como cronista en las guerras de Marruecos. Años después, nos encontramos con sus hermanos, Domingo y José, que también eran periodistas. Domingo, con la ayuda de su hijo, alcanzó publicar 30 monografías de los 41 pueblos de la provincia, entre ellas la de Alcalá de los Gazules, que saldría firmada por su hijo Eloy[1]. Este es el DNI de nuestro pueblo.

Volviendo a la situación geográfica de Alcalá, en el centro de la provincia, de ahí le viene el que sea, desde tiempos remotos, encuentro de cañadas, cruce de caminos, indicador de veredas y descansadero de trashumantes. Su situación venía a ser faro de orientación para los pueblos que llegaban de África; para los que venían del Mediterráneo; para los que iban de Carteia a la capital Andalusí de Córdoba y los que llegaban del Atlántico buscando el Mare Nostrum. No ha sido un regalo, ni una prevaricación política, ni un soborno el que la autovía de Jerez-Los Barrios pase por las estribaciones de Alcalá y tenga su principal parada en La Palmosa. Ha sido por derecho propio, por su privilegiada situación y por exigencia de los caminantes y viajeros.

La Naturaleza ha sido muy generosa con Alcalá. En la Escuela de don Manuel Marchante, aprendíamos los topónimos de nuestro  entorno. Era un elenco de una bellísima toponimia, para contemplación de sus habitantes, de sus poetas y de sus visitantes: “Al frente, en el Norte, la sierra del Aljibe, con sus 1.092 metros sobre el nivel del mar. Al Este: la Garganta de Carrizosa y la Loma de Sao, y al fondo, Jimena de la Frontera, la recostada. Al Sur, la Loma del Padrón con 571 metros, y las gargantas de Breñuela, del Laurel y del Jautor; y dos brazos, la Coracha y el cerro del Lario. ¡Virgen de los Santos, que ensarte de hexasílabos y octasílabos líricos!

Esas sierras organizan una formidable red hidrográfica con el río Barbate como eje principal, cuyo nacimiento tiene lugar en la garganta de Juan Vela y recorre 25 kilómetros de Norte a Sur, pasando por el Prado, siguiendo su curso hasta Vejer y desembocando en el océano Atlántico. Y esos ríos hilan, a su vez,  una tupida red de arroyos y gargantas que enriquecen al Barbate y a sus afluentes. Sus topónimos lo crearon los trashumantes que pasaban por Alcalá. Recordemos: “El Matagañán, el Cañuelo del Valle, el Chorreadero y el Sauzal. “El Peñón del Gato, el Espino del Montero, el Puerto de las Palomas, y los canutos del Carpintero; la cañada del Duque y la Gargantilla, los Canutos del Corzo, y las Hemebillas.” “El Barranco del Gamo, el Barrancón de don Agustín, el de la Cañada del Duque y la del Álamo” ¡Qué riqueza de nominaciones!

Y agua, mucha agua: lagunas, manantiales, fuentes y pozos: Juan Frías, la Gregoria, el Juncal. El Pozo de Arriba, el de Enmedio, de la Alameda, de las Viñas y del Valle. Y baños: los del Prado, La Fuente de la Presilla, la del Alcornocal, La de los Tallones… ¡Qué  léxico, Dios mío! ¿En qué academia estudiaron esas personas para crear estas  denominaciones tan bellas? El pueblo es sabio para buscar dentro de sí soluciones y dar nombre a nuestra geografía. Porque sabe que sin nombres todo es nada, como las personas. En el principio fue la palabra. Eso lo aprendimos de la Biblia. Vinieron los romanos y, como imperialistas, arramplaron con nuestra lengua nativa y nos enseñaron la lengua romance o latina y un vocabulario nuevo con palabras sonoras, como “castillo, fortín, pueblo, ciudad, hombre, mujer, hijo, dios y amor…” Y, después, llegaron los árabes. Venían de Marruecos atravesando a caballo mares, montañas y ríos. Y al Peñón lo llamaron Tárik, porque fue el primer moro que puso sus pies en la roca, Gibraltarik. A otro arroyo, en el camino de Arcos, lo llamaron Muza, porque allí descansó y bebió el general y primer walí Muza; al Guadalete lo llamaron “rio del Olvido o de la Muerte”, porque ahí desapareció don Rodrigo para siempre; a nuestro pueblo,  “Alqalá”, fortaleza de los moros gazules; a los bosques los llamaban alamedas; a una hierba sofocante de olores, albahaca; y a la flor del naranjo, azahar…” ¿Dónde estaba el secreto de estas palabras? Dentro de ellos mismos. Para abrir un camino, para levantar una muralla, para tender un  puente, buscaban el nombre en el filo del alma, donde se crean las cosas. Cada referencia exigía un nombre natural y exacto. Por eso, nuestro poeta universal, Juan Ramón Jiménez, gritaba:

“¡Inteligencia, dame
el nombre exacto de las cosas
Que mi palabra sea/la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen,
a las cosas…!”

Estos hombres y mujeres de Alcalá sabían poner el nombre exacto, como lo hacían con sus propios hijos. Y llenaron el paraje alcalaíno de bellísimas denominaciones.

II.- Cuando vengo a Alcalá –Andrés Moreno lo sabe muy bien- me gusta recorrer los rincones, los recovecos, las callejas, los callejones, las bocanas de las plazas y las esquinas de los cantones, las filigranas de los patios y el orgullo de los balcones. Aquí, la “Bajada de San Vicente”; allí, la”Cuesta de Santo Domingo”; más allá, la “Calle de Río Verde”, la de las Brozas, la Veredilla, la del Sol y la de Luna…Esos nombres, ahora están en azulejos sevillanos, pero entonces estaban en la mente de las personas; esos muros del castillo ahora están derruidos, pero entonces estaban grabados en el alma de los arquitectos romanos; las almenas almohades las dibujaron los maestros árabes; las arquitecturas góticas y renacentistas de los edificios estaban ya levantadas en el interior de nuestros constructores; hasta las cuestas estaban diseñadas por los maestros de Alcalá... Tan creativa y urbana fue la estancia romana y la árabe en nuestro Alcalá, que hasta los ciervos de los Alcornocales sabían  andar por la derecha.

Arañad en las piedras y encontraréis modestamente escondidas las fórmulas de los arquitectos; en la boca de las imágenes, el nombre de los imagineros; debajo de los lienzos, la identidad de los templistas. Ellos nos darán la regla maravillosa que emplearon para crear un pueblo singular frente a la sierra del Aljibe, entre dos montes. Por eso, antes de buscar la piqueta más dura y la pala más resistente para destruir nuestros edificios, entrad y preguntad a los albañiles y artistas de Alcalá cómo se acopla la arquitectura de un pueblo arracimado en la cumbre de un monte… Ellos nos dirán lo esencial de todos los problemas arquitectónicos, nos enseñarán la mejor de todas las fórmulas y nos darán la más sabia de todas las respuestas. En el XIX, según Sánchez del Arco y su intérprete Gabriel Almagro Montes de Oca, Alcalá lo formaban seis plazas y setenta calles, y la ciudad quedaba dividida en cuatro distritos:
El de la Constitución (la de 1812). Este es el Alcalá que yo prefiero, el del casco histórico de la ciudad, el antiguo y monumental Alcalá. En mis tiempos de niño, allí nos íbamos a jugar en las casonas derruidas y en las mansiones palaciegas con blasones en sus portadas. Ahí esperaban su reconocimiento abandonadas e invadidas por los jaramagos, por las malvas y por los zarzales. Cuando nos íbamos, llegaban los perros callejeros y los gatos montunos para cazar alimañas. Aquí quedaban los monumentos más emblemáticos de la vieja ciudad: el Castillo romano-árabe, la parroquia de San Jorge, el convento de las Clarisas, el Hospital, el antiguo Ayuntamiento y el Beaterio. En el centro de la cúspide, la plaza de San Jorge  o  Plaza Alta. Tenía once calles, tres callejones y una bajada.

A propósito de San Jorge.-  Pocos santos han tenido una iconografía tan abundante como San Jorge de Capadocia. Fue santo y mártir y se le atribuye haber vivido desde el año 273 hasta el 303 d.C. El símbolo: un caballero, un caballo y un dragón. En el siglo IX se divulga una leyenda de San Jorge y el dragón. Eran los símbolos religiosos de la Edad Media. Se le atribuye haber vivido entre los años 275 y 303 d.C. Su vida está llena de historias legendarias. En el siglo V fue canonizado por el Papa Gelasio I. El texto más antiguo sobre San Jorge se encuentra en el “Acta Sanctorum”. En el siglo IX se divulga la leyenda de San Jorge y el dragón. Los capadocios, para poder abastecerse de agua para beber, debían ofrecer al dragón, cada día, un ciudadano escogido al azar. Un día resultó seleccionada la hija del rey. Cuando llegó la hora de ser devorada por el dragón, apareció el caballero Jorge sobre un caballo y mató al dragón. Este relato es simbólico. Jorge representa al hombre creyente; el caballo blanco, la fuerza del Espíritu; y el dragón, la fuerza del mal o el paganismo. La  popularidad de San Jorge se extendió por todo el Occidente: Alemania, Francia, Georgia, Grecia, España… Y Alcalá se suma a ella con una de sus mejores celebraciones festivas.

El de Santo Domingo.- Este distrito es una prolongación del anterior, comprendía una plaza, diez calles y dos callejones. En él se encuentran el antiguo convento de los PP. Dominicos, donde estudió humanidades San Juan de Ribera, transformado hoy en Centro Cultural; y la Plaza de Toros, convertida después en cine. Era el centro de las diversiones alcalaínas.

El de Barrio Nuevo.- Éste se podría llamar la ciudad nueva, la que huyó de la vieja Alcalá rezagada en la cumbre. Esta es la Alcalá de la burguesía, la de las profesiones liberales, la de los ganaderos y terratenientes; los poderes fácticos de la ciudad. Decidió bajar de la cumbre y buscar accesos más fáciles y terrenos más confortables. Hicieron cambios inexplicables, como la del bellísimo Ayuntamiento del Renacimiento por el edificio actual de la Alameda sin identidad; la espléndida plaza de San Jorge por la estrecha Alameda de la Cruz; la parroquia gótica por el modesto templo de la Victoria y, afortunadamente, el convento de las Clarisas se salvó convirtiéndose en SAFA, centro de estudio y formación por excelencia. Pero la belleza se sacrificó en aras de los intereses y de la comodidad. Este Alcalá se hizo a base de viviendas pragmáticas, sin estilo. Nosotros vivíamos en este distrito, en la calle de la Amiga. Asume el corazón de la nueva ciudad: junto a la calle Real, la calle Galán Caballero y la de Fernando de Casas.

Y el de la Victoria, situado al sureste de la ciudad, recibe el nombre del convento de los mínimos o victorios. Gabriel e Ismael Almagro Montes de Oca han hecho un formidable estudio del convento y del templo de la Victoria, documentado minuciosamente por Jaime Guerra. Sus siete calles, tres plazas, tres barrios y dos callejones constituían uno de los cuarteles de mayor densidad de población. Aquí en la Alameda se unen los cuatro distritos. La iglesia de la Victoria viene a ser el símbolo más emblemático de los frailes victorios, pero el nombre auténtico del templo es San Francisco de Paula.

III.-Y, ahora, voy a evocar algunas experiencias alcalaínas de mi niñez. Evocar es contemplar, sinónimo de meditar y casi lo mismo que  amar. La contemplación se hace amor ante la hermosura, y el amor se hace contemplación ante la belleza. La primera evocación vaya para mis padres. Se llamaban Patricio y Gaspara. El nombre de mi padre era bonito, pero el de mi madre, no; resultaba un extraño sonido, cacofónico, Gas-pa-ra. Y como era delicada, ella nunca quiso que sus hijas llevaran su nombre. Pero no le importaba que un hijo llevara el nombre de Gaspar, porque ese sonaba bien. Nosotros nos sentíamos orgullosos de tener una madre joven, bella y  discreta, con los brazos siempre ocupados por un niño o una niña pequeña. Así pasó treinta años de su vida con sus trece hijos; sin gritar, sin quejarse, sin  resentirse, sin lamentarse. Ahora, para las familias, tres hijos resultan una multitud que nadie tolera, pero aquellas madres eran generosas, fecundas, mujeres fuertes del Evangelio. A veces, a mi madre le ayudaba su prima María Antonia. Yo creo que el talante bondadoso, paciente y feliz de mi madre se lo debía a que pasó su adolescencia en el internado del Beaterio con una gran amiga, Asunción Alés. El Beaterio acogía a alumnas de toda Andalucía. Mi padre la sacó del Beaterio, a los 16 años, para casarse. Era maestro, pero no ejerció nunca; pues trabajó siempre como oficial y secretario del Ayuntamiento. Tenía tres preocupaciones constantes: nuestros estudios, la educación y el futuro de sus trece hijos. Tuvo que vender la casa de la calle la Amiga para marchar con sus hijos a Jerez, porque en Alcalá era difícil estudiar y conseguir un futuro. Aquella salida de
Alcalá fue como un desgarrón en nuestras vidas de niño.

En mi niñez, yo no sabía los nombres de las sierras, ni de los ríos, ni de las lagunas, ni de los arroyos. Pero  contemplaba el azul profundo de su cielo, el color verdoso de sus ríos, los rayos de oro titilantes de sus aguas, las cumbres grises de sus colinas, el chirriar del levante en las ventanas, la lluvia desencadenada sobre sus montes. La vista de los hombres y mujeres, camino de los Alcornocales, era aún más motivadora y causaba la sensación de soldados emparejados. Se levantaban muy de mañana, como aquellos árboles altivos, duros y fértiles; poco habladores e incansables trabajadores. Muchas horas antes de la llegada del levante, los hombres y las mujeres ya advertían su presencia. Era la visita mensual. Si venía con lluvia, los ríos y los arroyos se desbordaban sin medida y los agricultores y ganaderos lo odiaban, pero a los niños nos encantaba jugar con la ventolera en la bocana de la plaza Alta y con la lluvia que bajaba a saltos desde la cumbre hasta la Playa. Si el levante no traía lluvias tempranas, imponían una feroz sequía y los ganaderos se desesperaban y llevaban en volandas a la Virgen de los Santos al Prado, gritando: “¡Virgencita de los Santos, agua”.

De mis cuatro primeros años  recuerdo que mi hermana Jacinta nos bañaba a mi hermano Pepe y a mí, en un baño de cinc gris, en el patio que da al callejón Osorio, con agua calentada en el anafe. Salíamos llorando porque nos restregaba fuertemente las piernas y las rodillas con un estropajo, para rascar la negritud de la Peña donde solíamos jugar. También recuerdo que mi padre, por la tarde, se sentaba a tomar café en la puerta del Bar Vicente Jiménez. Nos sentaba en sus rodillas y las movía imitando el trote de un caballo. Después corríamos a la Alameda inundada de niños y niñas a jugar a los juegos de siempre: el salto de la mula, policías y ladrones, los colores, el aro, las bolas, la pelota, la comba… Esos primeros años de la infancia asistíamos a las clases del Beaterio. Me dejaron un recuerdo grato, pacífico, entrañable. Era como una familia de hermanos y hermanas, cuyas madres eran las monjas. La cerca del patio del Aljibe era el lugar de recreo y los muros del castillo las de las formidables fantasías infantiles. Pero mi  primera niñez la tengo grabada, a partir de las bombas que cayeron en Alcalá en 1936. Yo tenía exactamente cuatro años, y estaba jugando a los colores en el callejón de Osorio. Allí nos reuníamos todos los niños y niñas de los Benítez (Colones), de los Ulloa (Doña María la Partera), de María Pizarro, de los Pereira y los de los Leiva  (mi familia). Vimos cruzar el cielo un pájaro de metal, tenebroso y colosal. Inmediatamente, las explosiones de dos bombas se oyeron a lo lejos, pero no nos alarmaron. De pronto, una tercera bomba cayó cerca, en la calle de las Brozas, provocando un gran estremecimiento. Al rato, pasaban un hombre y una mujer dando gritos con dos niños muertos en los brazos, camino del cuartel de la Guardia Civil. Eran hijos de Cristóbal Mora y dormían la siesta, en la puerta de su casa, cuando cayó la bomba. A los niños nos metieron en un subterráneo de los Ulloa. Nadie nos contaba nada, pero lo fuimos descubriendo poco a poco en las caras y los labios de los mayores. Me levanté aquella mañana con un rayo de luz que despertó mi conciencia de niño para siempre.

A los siete años, pasé a la Escuela de don Manuel Marchante. Aquello era otro mundo. Don Manuel sólo pretendía que aprendiéramos a leer bien, a escribir correctamente, a hacer cuentas y a adquirir una amplia cultura general. La edad de los alumnos comprendía desde los siete a los 12 años. Muchas generaciones le debieron a don Manuel el haber superado el analfabetismo, en aquel patio de las Campanas.  Hice con mi hermano Pepe la primera comunión en la iglesia de la Victoria. En mi casa la hacíamos de dos en dos, para aprovechar las ropas de otros hermanos, evitar repeticiones y hacer un desayuno extra para todos. Por aquellas fechas, no se consideraba un acontecimiento social como hoy. Se hacía cuando el niño o la niña conocía las enseñanzas del catecismo y sabía lo que era sentarse a comer el pan consagrado en la mesa de los mayores. Tampoco nos vestíamos con ropas especiales. El único distintivo era una banda blanca y un librito de oraciones. La confesión era más complicada, porque no sabíamos qué cosas constituían los pecados que teníamos que decir al confesor. Y se generalizaba diciendo: “He sido malo, he pegado a mi hermano y he tirado piedras a los perros...” Lo de coger pajarillos y comerlos adobados nos parecía una cosa buena.

Los niños de Alcalá, conocíamos a leguas las plantas silvestres comestibles, así como las aves que merodeaban nuestro entorno y el cielo de Alcalá. Pertenecíamos a su hábitat y gozábamos en muchas ocasiones de esta flora y de esta fauna que nos regalaba la madre Naturaleza. Pero había personas mayores que salían al campo para vivir del producto que propiciaban. Eran hombres con sueldos de espárragos, de tagarninas, de cardillos… Y también, de la caza furtiva, de los cepos, de las trampas, de las escopetas…

IV.-Antes de dar fin a esta breve semblanza de nuestro pueblo, dejadme evocar a la noble y buena gente de Alcalá. Seguro que hay muchos, muchísimos más. No están todos los que son, pero son todos los que están. Sólo queremos mostrar algunos ejemplos para no hacer interminable este pregón.

San Juan de Ribera (s. XVI).- En aquellos tiempos tener un santo era el mayor tesoro que podía mostrar un pueblo. Alcalá lo tenía en la persona de  Juan de Ribera, hijo de Per Afán de Ribera, primer duque de Alcalá. Fue arzobispo y virrey de Valencia.

Bartolomé Palma de Mesa (s. XVI).- Fue jurisperito y ejerció como oidor y juez en la curia regia castellana, formada por siete jurisconsultos –tres prelados y cuatro jueces-. Palma de Mesa era oidor de Nueva España (México) y aquí representaba, como juez supremo, al monarca español.

Bartolomé de Palma y Mesa (s. XVI).- Era hijo de don Bartolomé de Palma y Mesa y de doña María Ortega de Mesa. Ostentó una de las más altas graduaciones del Ejército, teniente-general y sargento mayor de Nueva Galicia en México.

Luis Cisneros Estrada de los Cameros (s. XVII).- Fue beneficiado de la iglesia parroquial de San Jorge y Arzobispo de Monreal (Sicilia), juez de la Monarquía y arzobispo de Valencia, donde sustituyó a San Juan de Ribera.

Pedro de Mirabal y Ayllón (s. XVII).- Su padre, Juan Ruiz Ayllón, era de Alcalá, y su madre, Beatriz de Mirabal, era de Jerez. Vivió temporalmente en Jaén donde fundó un patronato, pero de allí pasó a obispo de Monreal en Sicilia.

Diego Ángel de Viera (s. XVIII).- Venerable siervo de Dios, fundador del Beaterio de Jesús, María y José, de las religiosas del mismo nombre y sacerdote beneficiado de la iglesia de San Jorge. Creó un asilo para los mayores, un centro educativo para las adolescentes y jóvenes y un hospital para combatir epidemias, como la fiebre amarilla que asoló Andalucía.

Pedro Sáinz de Andino (ss. XVIII-XIX).- Abogado de los Reales Consejos del claustro y gremio de la Universidad de Sevilla, promotor fiscal en Tortosa y Tarrasa y exiliado por sus ideas liberales. Presentó al rey su proyecto del Código de Comercio, el primero creado en España, y preparó la ley de Enjuiciamiento Comercial.

Fernando de Casas (s. XIX). Sabio humanista, traductor de Marco Tulio Cicerón, el célebre estadista y orador romano, traduciendo sus obras: “Discursos”, “Tusculanas”, “Epistolario”, Los Deberes”…En 1931 publicó la primera obra médica sobre el “cólera morbo”.

Antonio Millán Puelles (s. XX).- Brillante alumno en las universidades de Sevilla y Madrid, en cuyas enseñanzas universitarias destacó como profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid.

Alfonso Perales Pizarro (s.XX-XXI).- Licenciado en Historia, fue profesor de la Universidad de Cádiz. En la vida política se incorporó al Partido Socialista Obrero Español durante la clandestinidad en 1972. Miembro de la dirección de las Juventudes Socialistas, Secretario general del PSOE de Cádiz, Secretario de Organización del PSOE de Andalucía y Secretario de Política Municipal y Secretario de Relaciones Institucionales y Autonómicas en la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE. En 1974, estuvo en el histórico Congreso de Suresnes.

Institución Educativa SAFA.- No debemos pasar por alto la Institución educativa SAFA. Se le debe a una bienhechora alcalaína, doña María de los Santos Gutiérrez de la Jara, que dejó en su testamento de 5 de febrero de 1951, que a su muerte se constituyera una Fundación que se denomina “Fundación Nuestra Señora de los Santos y San Antonio”. El 26 de Enero de 1955 es aprobado por Orden Ministerial, el Reglamento de la Fundación (B.O.E., 4 de febrero de 1955). Dentro de ella se pretendía constituir un Patronato para las Escuelas, en virtud del testamento fundacional, que estaría compuesto por siete miembros. Una Institución benéfico-docente, para formación religiosa, moral, profesional y cultural de los niños, adolescentes y jóvenes, prefiriendo a los hijos de los obreros nacidos en Alcalá. Los patronos serían el párroco, el hermano Mayor de la Hermandad de Nuestra Señora de los Santos y el superior de la Comunidad religiosa. Y vocales vitalicios, don Antonio Armenta y don Pedro Mariscal.

También es justo recordar a la buena gente, noble, sencilla y popular:

María González.- Pateaba todas las calles de Alcalá echando piropos, con su canastillo al brazo, la cartilla de racionamiento y un jarrillo de lata para beber. Siempre tenía una palabra bonita para los jóvenes y las mujeres de Alcalá. La gente gozaba viéndola decir zalamerías. Era su carisma.

El padre “Manué”.- Era capellán de la Victoria y vivía en el claustro alto con su hermano Pepe Cid y su cuñada. Un cura gordo y bonachón de película, un hombre bueno, caritativo y algo tímido. Le costaba hablar en público y temblaba cuando tenía que hacerlo. La gente decía en broma que, cuando se confesaba la lechera y le decía que había aguado la leche, él le preguntaba: ¿A la del cura también? La lechera decía “¡Nooo!”. Y el padre Manué contestaba: “Bueno, eso es un pecadillo.”

Manolito Cielo.- Hacía premoniciones como el hombre del tiempo. Miraba continuamente al cielo y de ahí el sobrenombre. Sus futuriciones y sus remedios para las enfermedades se hicieron famosas. Era bombardeado por las preguntas de todos, pero no tenía prisas para evadirlas, y a la gente le gustaba oírlo mostrándole su fe.

Juan Rarro.- El mote se lo pusieron porque su abuela se llamaba María Pizarro. Los niños se metían con él y acudía a su abuela gritando: “¡Mama Rarro!”.Tenía cuerpo de hombre y cara de niño; una cara blanca, bondadosa, sensible. Hacía mandados a todo el mundo.

El gran Potoco de Alcalá.- Se llamaba Ildefonso Delgado, pero todos le llamaban Alfonso. Se decía que lo de “Potoco” le vino porque de niño daba la lata con un tambor y le reñían para que no lo tocara. Pero no, el mote le vino por su afición al toreo y su admiración por el torero gaditano José Villegas, al que llamaban “El gran Potoco”.

Juan Panera.- Era hijo de Juan José Gutiérrez, un excelente forjador de Alcalá, cuyo taller estaba en el callejón de la Herrá. Tenía tres hijos: Lili, Manolito y Juan. Los dos primeros siguieron el oficio del padre, pero a él le dio por la hostelería y se convirtió en un gran cocinero. Una vez fuimos con mi madre a la Venta de la Liebre a verlo y a comer.

Pantaoveja y Virulento.- Eran estibadores, famosos por su fortaleza y su buen humor. Se dedicaban a la carga y descarga de los camiones. Cargaban seras de esparto de hasta 60 kilos. La gente se paraba a verlos trabajar y a oír sus comentarios de humor. Eran auténticas máquinas elevadoras.

“El Zapatero”, Juan Pizarro.- Juan vivía en la calle de “Los Pozos” y se adjudicaba el privilegio de asistir a todas las bodas y contestar cuando el cura preguntaba al público “si había algún impedimento”. Entonces, Juan contestaba muy serio: “NO”, y recorría otras iglesias donde había bodas, para seguir contestando al cura.

Alfonso “el Baila”.- Tenía un puesto en la Plaza de Abastos. Le abastecía un mayorista de Algeciras, que lo invitaba a los toros en la feria. Un año los acompañó Mejías y Paco Fernández. Contaban que, cuando la plaza estaba a rebozar, apareció un hombre en el balconcillo de la presidencia y, con los brazos abiertos, gritó: “¡Ha llegado Alfonso!” Se hizo un gran silencio en la plaza y continuó: “¡Alfonso el de Alcalá!”. La plaza se vino abajo de aplausos. Y etc.etc.etc.

COLOFÓN.-
Este pregón del 2012, que termina hoy aquí, hace el número 26 de los pregones de San Jorge en Alcalá. Aunque 26 años no es nada, que diría el tango, su fidelidad constituye ya una auténtica tradición. Desde que Fernando Toscano pronunció el I pregón, los alcalaínos se dan cita en San Jorge, para hacer la evocación del Alcalá de nuestros recuerdos y para dibujar nuestros mejores sueños. Han pasado 26 años y 26 pregoneros por este presbiterio de San Jorge. ¿Me permitís una confidencia? Cuando me transmitieron que yo había sido propuesto como pregonero de las fiestas de San Jorge, para este año 2012, me negué rotundamente a aceptar esta responsabilidad. El alcalde, Julio Toscano, insistió y experimenté  la misma sensación de temor. No soy un especialista en discursos y me siento incapaz de elaborarlo y de pronunciarlo. Soy, simplemente, un periodista, un escritor. Durante varias semanas, experimenté la tentación de renunciar y, conforme se acercaba la fecha, me resultaba más que evidente que era un atrevimiento llevarlo a cabo. Ahora, sin embargo, experimento una sensación de alivio y un sentimiento de gratitud. Gracias a la generosa invitación del alcalde y de la Corporación Municipal, así como a la comprensión de todos vosotros, pues aprovecho la oportunidad para proclamar un justo agradecimiento a mis familiares, a mis paisanos, a esta tierra, a estos hombres y a estas mujeres: a todos vosotros debo lo que soy y gracias a esta celebración he podido saldar la deuda que tenía pendiente desde que nací en esta bendita tierra de Alcalá de los Gazules. ¡Gracias, gracias, muchísimas gracias!  Y, ahora, según los cánones:    

                    ¡VIVA SAN JORGE! ¡VIVA ALCALÁ! ¡VIVA SU GENTE!
               
                                       

Juan Leiva Sánchez
Parroquia de San Jorge
Viernes, 13 de Abril de 2012

Alcalá de los Gazules




[1] El Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial de Cádiz fue el
realizador del proyecto. La edición conmemorativa de la obra apareció en
el año 2001, con introducción, edición y notas a cargo de nuestro paisano
Gabriel Almagro Montes de Oca.

El tiempo que hará...