Páginas

jueves, 10 de mayo de 2012

A LA MEMORIA DE FRANCISCO RICHARTE, DE ALCALÁ DE LOS GAZULES



Francisco Richarte. Pintor de exvotos.


         Hace 35 años (19 de febrero de 1971) una chiquilla era atropellada por un vehículo en la calle Nuestra Señora de los Santos. El accidente, por las circunstancias en las que se produjo y las consecuencias fatales que podría haber tenido, fue considerado por testigos. Familia y vecinos como un hecho milagroso de la Virgen, cuya imagen en un azulejo preside el tramo alto de la calle, justo donde se produjo el accidente.
Como es costumbre en nuestro pueblo, cuando se considera que la Virgen ha intervenido en el suceso, la familia encargó un exvoto para llevarlo al santuario y allí se encuentra.
La persona encargada de realizar el trabajo fue Francisco Richarte que entraba así a formar parte de la galería de autores desconocidos que conforman la pinacoteca del santuario.
Francisco fue un hombre muy ligado a la calle de la Salada, pues vivía en la próxima calle El Sol, aunque su trabajo durante años los realizó como oficial de zapatería en el taller del maestro José Maria Guerra. Pero tuvo siempre una intuición especial para el dibujo y sobre todo una forma muy particular de observar la realidad y plasmarla a través de su pintura. Las circunstancias le hicieron iniciarse tarde (si es que es tarde cuando la ilusión sobra) en el aprendizaje de las técnicas y en los distintos elementos pictóricos. Su vocación superó cualquier inconveniente hoy insignificantes pero hace cuarenta años no tanto. Pero no dudó en inscribirse en un curso de pintura de la CCC y obtener su titulo acreditativo. Todo un ejemplo.
Tuve la oportunidad, siendo un chiquillo, de tratar y pasar horas en la banquilla de la zapatería hablando con Francisco y tuve la suerte de verlo muchas veces repasar sobre el mostrador sus dibujos y abrir la correspondencia y observar las notas con las que los maestros  de CCC calificaban sus trabajos.
Francisco soñaba con ver sus cuadros observados y aceptados. Nunca los soñó con un interés económico. Se le iluminaban los ojos solo con pensar que las gentes con sensibilidad pudieran entender su obra. Me consta la alegría que le supuso el encargo del “exvoto del accidente de la calle Nuestra señora de los Santos”. Ya por aquel entonces había pintado muchos azulejos con la imagen de la Virgen para las fachadas e interior de las casas alcalinas. Por eso el cuadro fue un acontecimiento para él, que no tuvo nunca la oportunidad de participar en una exposición.
Pero esta no es la única obra de Richarte en el Santuario. Bien es verdad que es la mayor, está hecha sobre madera y es la única en la que recrea una composición compleja, porque en las restantes el soporte pictórico es azulejo y aparece sólo la imagen de la Virgen con el Niño y el texto alusivo al hecho milagroso.
La forma de trazar la imagen de la Virgen, de colocar el Niño, usando el manto como una cortina que se abre en forma de "A", flanqueando la figura por grandes hachones, como cerillas gigantes, sobre las que hace flamear una luz siempre roja, los adornos geométricos y una cara muy enmarcada por el rostrillo con ojos semisaltones, confieren a sus exvotos un aire ingenuo, muy sensible, vistoso y sobro todo llamativo
La irregularidad de sus asimetrías y  composiciones a la búsqueda de un equilibrio ilógico hacen de sus creaciones un puzzle aparentemente inestable, que envuelve la composición en un movimiento sin un punto de partida ni final. Todos es cuadro, importante y la mirada salta de un punto a otro como si estuviera persiguiendo móviles etéreos. Los colores, básicos, no se mezclan, se superponen en estado puro, apareciendo y desapareciendo sobre un fondo cromático uniforme.
         Se puede discernir muchas cosas sobre la concepción pictórica de Richarte. Se puede interpretar la versatibilidad de su obra. Se pueden justificar o explicar los elementos y rasgos más sobresalientes de sus creaciones. Se puede y se debe acercar uno a su obra como ante cualquier obra artística desde el punto de vista que se quiera y verla a través del color del cristal que se prefiera porque no nos va a dejar indiferente. Pero no podemos negar su grandiosa ingenuidad, su superlativa ternura, el enfoque personal no viciado por mimetismos o copias, su particular forma de sentir el milagro y proyectarlo en el cuadro, y sobre todo su apasionado amor a Nuestra Señora, en cuyo santuario chiquito hay un hueco donde cuelga la ilusión y la devoción en forma de exvoto, donde cuelga la obra de un alcalaíno de corazón grande.


Jaime Guerra Martínez

El tiempo que hará...