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jueves, 31 de mayo de 2012

VISITA TURÍSTICA DE UNOS AMIGOS EN ALCALÁ DE LOS GAZULES


Hace unos días, dando una vuelta por el Castillo, me encontré con mi amigo Diego Álvarez Mateo, que con su cámara al hombro venía de hacer un reportaje desde el campanario de la Parroquia. De visita turística estaban estos amigos, enamorados de nuestro Alcalá. No se sus nombres, aunque uno de ellos me dijo que su padre era de Alcalá, el chico primero de la izquierda, con camiseta negra, con apellido Asencio. 
Como Diego no tuvo tiempo de explicarle la historia del castillo, a continuación les dejo una pequeña reseña, que hace algunos meses escribiera nuestro paisano Juan Leiva.

El castillo

Alcalá nació encimado, en la cumbre del monte en torno al castillo, como tantos otros pueblos de Andalucía. La urbanización y las calles dicen que se hicieron, cuando Per Afán de Ribera, Marqués de Tarifa, llegó con su título de Duque de Alcalá en el siglo XVI. Como consecuencia, junto a él surgieron la casa del Cabildo,  la parroquia de San Jorge, la plaza Alta, los conventos de monjas,  las calles de los nobles,  la casa de los curas, el pueblo, el cementerio...Los otros conventos masculinos buscaron la parte baja, la Alameda, donde se situaron los mínimos; y la cuesta de Santo Domingo, donde se establecieron los dominicos.

A aquella niñez de los años 30 -la de la guerra- le gustaba subir a la cima detrás del castillo. Ajenos a la triste contienda, fantaseaban la historia prendida de aquellas piedras. Por allí habían estado los hombres de las cuevas, los turdetanos, los romanos, los visigodos, los árabes, los cristianos... Eso ya lo iban aprendiendo en la escuela con don Manuel Marchante.

Lo más importante para ellos era el castillo, una construcción romana, rehabilitada por los almohades, regalo del rey moro de Granada a la tribu de los Gazules, guerreros musulmanes norteafricanos. Hasta que vino el rey santo, Fernando III, con sus guerreros y conquistó el pueblo. Después llegó el rey poeta,  Alfonso X el Sabio, en 1264. A éste no le gustaban las guerras y ganaba los pueblos dándoles coba con cultura, con poesías, con cartas pueblas y con repartimiento de tierras. No era buen guerrero, pero era excelente maestro de letras e inefable poeta que le daba por hacer cantigas en la lengua más dulce de España, la gallega. Y ponía bellos topónimos a los pueblos y a los lugares. A éste le puso uno de los más bonitos, Alcalá de los Gazules 

El castillo tenía una cerca y un aljibe. La cerca pasaba por el Beaterio de Jesús María y José, limitando las dos construcciones, mientras que el aljibe quedaba dentro del recinto de las monjas. Los niños se asomaban al aljibe a ver si veían algún moro, pero sólo divisaban una gran habitación donde los moros recogían el agua de lluvia. Y un hortelano les contaba que había un pasillo por donde salían los moros al “Prao” cuando les rodeaban los cristianos. El Beaterio era muy querido por los niños y niñas, porque aquel había sido su primer colegio. Era una especie de guardería o preescolar, donde acogían a los niños de  tres a cinco años.   

El cariño de las monjas y la convivencia con otros niños y niñas eran el mejor regalo en aquellas edades. Su madre se había educado en el Beaterio en régimen de internado y quería que sus hijos pasaran por allí. Había recibido una buena cultura, una letra preciosa y, al mismo tiempo, había conseguido desarrollar una de sus aficiones favoritas, el dibujo y la pintura. Aún su hijos conservan excelentes muestras de aquellos trabajos que hizo en el Beaterio desde los doce a los dieciséis años, de 1912 a 1916.

El castillo estuvo vigente hasta el siglo XIX, pero con la invasión francesa fue saqueado y, al verse obligado el ejército francés a abandonarlo, lo volaron. Dicen que el pueblo luchó heroicamente para defenderlo, de manera que el Rey le concedió los tres títulos de Muy Noble, Leal e Ilustre Ciudad de Alcalá de los Gazules. A partir de entonces, las calles se fueron extendiendo hacia abajo, buscando los caminos más fáciles. Pero a él le gustaba aquella Alcalá, la de la cima del monte Gazul, no la de abajo, la de la Playa y las carreteras. Después de la guerra, un alcalde construyó con sus piedras el depósito de agua junto al castillo.

Por arriba vagaba el levante a sus anchas y, en el arco de la boca de la plaza Alta, jugaban a luchar contra la levantera, a ver quién podía más. Casi siempre eran vencidos y arrastrados sin remedio. Los jaramagos crecían a placer en las viejas mansiones de los cortesanos de Per Afán, y los perros callejeros y los gatos montunos se adueñaban de todos sus rincones. Hoy todo aquello ha sido rehabilitado. Pero a él le gustaba más aquella Alcalá, la de los quince mil habitantes, la de las monjas clarisas, la del Beaterio, la de los callejones recoletos y misteriosos.


JUAN LEIVA

El tiempo que hará...