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lunes, 20 de agosto de 2012

NUESTRA FIESTA ANUAL DE LOS ANTIGUOS ALUMNOS SA.FA. - ALCALÁ DE LOS GAZULES


Lo paso realmente bien en la cena de los antiguos alumnos de la SAFA. Es un tiempo, más que para el condumio, para el recuerdo, para la amistad, para los viejos encuentros, para el ejercicio de la memoria, para la anécdota, la actual y la pretérita, para contemplar el paso del tiempo en todos nosotros, –algunos parecen que se conservan en bolillas de alcanfor-, y para la añoranza. La añoranza del tiempo pasado y de los amigos que no están.  Y la congoja con el recuerdo de los que ya no estarán nunca más.

Y esta del pasado día 10 de Agosto reunió todos esos alicientes. Sobre todos el de la congoja. Las sombras, el pálpito, el aliento, de los que ya no vendrán más aparecían por todas las esquinas, y había una que descollaba y parecía presidir el coro de los invitados ya celestiales: la de Pedro Fernández, Pedro el de Ricardo, Pedro el del Juzgado, Pedro el de la Caja de Ahorros, que así, con esos nombres, lo fuimos conociendo todos a lo largo del tiempo. Fueron muchos años juntos, muchas cenas juntos, muchos recuerdos, mucha amistad, mucho cariño, mucha mutua admiración durante toda la vida. Y sentía que él estaba allí con nosotros. Y quería creer que estaba igual de preocupado por nuestra asociación de antiguos alumnos que yo.

Nuestra asociación, -no se nos oculta-, es la apuesta personal de Andrés Camacho, -así le conocemos aunque se llame Andrés Moreno Camacho-, su trabajo continuo, su ilusión extrema por mantener en contacto con nuestro pueblo, a nuestros compañeros de colegio de infancia y pre adolescencia, -muchos de los cuales hace tiempo que viven en otros lugares-. Y con él, tímidamente, -a su compás, que no a su ritmo-, un grupo de jubilados ya, que colaboran a que se mantenga esa ilusión. Porque nuestra Asociación es una ilusión de un grupo de gentes por no olvidar nuestro pasado, por no olvidar lo que nos enseñaron en nuestra escuela: amistad, buenas formas, decoro, educación, afecto, solidaridad. Y la practicamos. Y esa ilusión mantiene nuestra Asociación. Y Andrés, no se olvida nunca.

Pero mentiría si no dijera que también me sentí triste. Bastante triste. Me dio la sensación, -me da cada año-, que a los que dirigen nuestra Escuela, maestros incluidos, nuestra asociación ni les va ni les viene, de ahí su ausencia año tras año. No tienen conciencia de que nosotros pertenecemos a esa Escuela, y que vamos a pertenecer siempre. Y que todo alumno que ha pasado por sus aulas debería sentirse honrado, orgulloso de ello y, nada más abandonarla, debería adscribirse a nuestra Asociación. Y que ello debería predicarse y fomentarse desde esa dirección, maestros incluidos. Me temo, -y me resisto a creerlo-, que la Escuela ya no es un centro distinto, donde los que trabajan en ella se sienten distintos. Distintos por la categoría de sus enseñantes y la calidad de sus enseñanzas, por la “otra” educación que impartían, y espero que sigan impartiendo, por el “sentimiento de pertenecer a una clase” (permítanme el uso dialéctico del término) distinta. No superior, distinta. Distinta porque los valores que hoy no se predican en muchas escuelas, sí siguen siendo importante materia lectiva en la nuestra. No quisiera creer que esa ausencia de dirección y de enseñantes en nuestra cena (punto álgido anual de encuentro de socios y amigos) significa que nuestra Escuela ha pasado a ser una más, se ha adocenado, vulgarizado, ha perdido sus valores y sus principios para sumergirse en las profundidades de lo corriente, de lo igual, del café para todos que oímos tantas veces. Y me resisto a creerlo.

Por eso, estoy seguro que, desde ya, fomentaremos en nuestras aulas el orgullo de pertenecer a las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, seguiremos fomentando esa educación en valores, aunque no se lleven, seguiremos siendo una referencia de todo lo bueno, educacionalmente hablando. Y ello traerá, como consecuencia, el orgullo de los alumnos de pertenecer a esa Escuela, a esa casta de individuos que están siendo educados con integridad, con valores cristianos y de todo tipo, en definitiva, en todas las facetas de la vida.  Y ese orgullo, esa presunción, le hará, -como nos hace a nosotros-, querer seguir perteneciendo a la Escuela. Y, cuando tenemos que abandonar sus clases porque hemos terminado nuestro ciclo, podemos seguir perteneciendo a ella como antiguo alumno, asociándose con todos nosotros.  Y eso es lo que quiero creer.

Y otro día hablaremos de la, a veces mucha, a veces nula, atención que nos prestan en otras instituciones locales, donde siguen brillando alumnos de nuestras Escuelas de la Sagrada Familia, aunque parezcan que nos ignoran y que llevan de tapadillo esa pertenencia.

Un fuerte abrazo a todos.

Francisco Jiménez Vargas-Machuca

El tiempo que hará...