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viernes, 28 de agosto de 2015

JUAN COCA


Fue el jueves día 16 de julio de 2015. Eran las nueve de la noche. De las cuatro esquinas de nuestro pueblo convergían gentes, solas o acompañadas que se dirigían al centro de nuestra Alcalá, todos nos dirigíamos al mismo sitio, a la Iglesia de la Victoria.
Llegué como siempre y ya casi no se podía entrar, de manera que tuvieron que abrirse las grandes puertas de la entrada, pudiéndose decir que desde la Alameda podría verse el retablo del altar mayor. En frase popular “no cabía un alfiler”.
Compañeros, amigos y fieles de toda condición. Hombres y mujeres, jóvenes y niñas, coro y guitarra. Pero cuando cantaban y tocaban el instrumento, todos los sonidos y notas dejaban volar al aire tonos de honda y reciente tristeza. Y no era para menos.
El día antes y de accidente doméstico, moría Juan Coca; el alcalaino, el maestro, el compañero y el amigo de todos, al menos de los que llenábamos el recinto sagrado, el que fuera años atrás el Director de la SAFA  y de la Escuela Hogar. Todos lo conocíamos, lo apreciábamos, y lo queríamos. A sus hermanos y demás familiares todo les parecía raro y casi no se creía que ya no existiera Juan.
Ayer convivía entre nosotros y hoy ya no. La vida es puro tránsito o como decía Santa Teresa, es como “pasar una mala noche en una mala posada”.
Todos lo conocíamos y apreciábamos, pero se nos marchó para siempre y hoy yo estaba allí. Antes del comienzo de la misa, un hijo suyo, creo recordar que Agustín, atravesó la Victoria portando en sus manos un recipiente que contenía las cenizas de Juan. Los miércoles de ceniza nos lo lo recuerda la Iglesia con estas palabras: Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”, o sea, acuérdate hombre que polvo eres y en polvo te has de convertir. Juan le hizo caso a la Iglesia en este aspecto.
Después del acto litúrgico, el sacerdote bajó del altar y con el hisopo, esparció el pequeño recipiente situado sobre una mesita. El oficiante por cierto, entre sus aditamentos litúrgicos, concretamente la estola, la llevaba de color morado como símbolo de luto presencial.
Casi todos los asistentes devotamente abigarrados, pretendían quitarse de su cuerpo el calor que invadía la Victoria, calor en el cuerpo y calor en el corazón. Los que poseían un abanico no dejaban de agitarlo con toda vehemencia como si quisieran quitarse de su cara una invasión de furiosas abejas. Dichos artilugios manuales figuraban enormes mariposas que giraban enérgicamente y repetidamente sobre rostros sudosos.
La Santa Misa terminó y llega el momento de los pésames. La Iglesia se convirtió en solo unos momentos, en una especie de mercadillo sabático de bullicio y ajetreo. El personal se apresuraba en llegar los primeros para darle el pésame a los dolientes, hermano, hijos, nietos y, sobre todo a la esposa del fallecido que se hallaba toda exhausta.
Pero había algo que no era ni personas ni cosas. Ese algo era nada más y nada menos que el espíritu de Juan que se hallaba presente en todas las mentes, en todos los espíritus y en todas las almas de los allí reunidos.
Toda una persona, un ser, un padre y un esposo, todo lo que era, tenía y sentía se hallaba dentro de una pequeña urna de tan solo un metro. Lo que quiere decir que una persona, un ser, un cuerpo, no es solamente lo que exteriormente se ve; una persona es un espíritu, un alma inmortal que ya marchó a otro lugar. El que se fue a ese otro sitio está aquí convertido en ceniza. Su espíritu, el verdadero ser, voló a otros espacios.
Entonces ¿a quien se lamenta y se llora? Parece ser que a esa misma ceniza no. La prueba es que no nos importa arrojarla al campo con el riesgo de que sea pisada por los zapatos de los caminantes o las pezuñas y cascos de los animales, mas no olvidemos que de la tierra salimos y a ella tenemos que regresar.
Entonces a quien se lamenta y se llora es al ser, a la persona que se marchó, a su espíritu, a su alma. Y todo esto no se queda aquí abajo, va, ciertamente, a un “más allá” y que nadie puede saber de antemano qué lugar es ése.
Solamente ha habido una persona que sabía el día y la hora exacta de su partida de este mundo. Ese ser privilegiado era un santo español que antes había sufrido insoportablemente. Fue San Juan de la Cruz. Ese día, no fatídico para él, 13 de diciembre de 1531, el santo sabía y deseaba que a las doce de la noche de se gozoso día entraría en la Patria Celestial a cantar maitines.
Terminemos con una nota alegre recordando al cubano Antonio Machín, afincado en Sevilla y que por cierto lo vimos en nuestro pueblo en el cine Andalucía.
Yo Juan, compañero y amigo tuyo durante sesenta años, que es el tiempo que llevo aquí, podríamos pedirle a Machín con su arte y su voz inigualable, su emblemática canción “Espérame en el Cielo cariñito adorado...etc”.

A JUAN COCA

Esposo, padre y maestro
desde siempre alcalaíno
tú ya hiciste tu camino
como cada cual el nuestro.

En algo serías diestro
quizás fuera tu destino
tu final, como un secuestro
del “más allá”, adivino.

Tal vez tuvieses prisa
y algo también de desvelo
dejando aquí nuestra brisa.

Dirigiéndote hacia el Cielo
espérame puntual
en la puerta celestial.






José Arjona Atienza
Alcalá de los Gazules, 28 de Agosto de 2015


El tiempo que hará...