viernes, 17 de abril de 2026

DOMINGO III DE PASCUA - ENTUSIASMO

 

Entusiasmo

Domingo 3º de Pascua. Ciclo A.

 

Pandemia y esperanza (nota previa)

Los profetas de Israel siempre nadaron contra corriente. Cuando la situación parecía buena desde el punto de vista político, social y económico, denunciaron las injusticias y la corrupción religiosa. Cuando todo iba mal, como después del destierro a Babilonia (en el siglo VI a.C.), transmitieron al pueblo un mensaje de esperanza y consuelo. En estos momentos tan duros, las apariciones de Jesús resucitado desean fomentar nuestra esperanza en un futuro mejor, después de pasar por la trágica experiencia del dolor y la muerte, como le ocurrió a Jesús.

Hay que olvidar lo que sabemos

Para comprender el relato de los discípulos de Emaús hay que olvidar todo lo leído en los días pasados, desde la Vigilia del Sábado Santo, a propósito de las apariciones de Jesús. Porque Lucas ofrece una versión peculiar de los acontecimientos. Al final de su evangelio cuenta solo tres apariciones:

            1) A todas las mujeres, no a dos ni tres, se aparecen dos ángeles cuando van al sepulcro a ungir el cuerpo de Jesús.

            2) A dos discípulos que marchan a Emaús se les aparece Jesús, pero con tal aspecto que no pueden reconocerlo, y desaparece cuando van a comer.

            3) A todos los discípulos, no sólo a los Once, se aparece Jesús en carne y hueso y come ante ellos pan y pescado.

            Dos cosas llaman la atención comparadas con los otros evangelios: 1) las apariciones son para todas y para todos, no para un grupo selecto de mujeres ni para sólo los once. 2) La progresión creciente: ángeles – Jesús irreconocible – Jesús en carne y hueso.

Jesús, Moisés, los profetas y los salmos

            Hay un detalle común a los tres relatos de Lucas: las catequesis. Los ángeles hablan a las mujeres, Jesús habla a los de Emaús, y más tarde a todos los demás. En los tres casos el argumento es el mismo: el Mesías tenía que padecer y morir para entrar en su gloria. El mensaje más escandaloso y difícil de aceptar requiere que se trate con insistencia. Pero, ¿cómo se demuestra que el Mesías tenía que padecer y morir? Los ángeles aducen que Jesús ya lo había anunciado. Jesús, a los de Emaús, se basa en lo dicho por Moisés y los profetas. Y el mismo Jesús, a todos los discípulos, les abre la mente para comprender lo que de él han dicho Moisés, los profetas y los salmos. La palabra de Jesús y todo el Antiguo Testamento quedan al servicio del gran mensaje de la muerte y resurrección.

La trampa política que tiende Lucas

            Para comprender a los discípulos de Emaús hay que recordar el comienzo del evangelio de Lucas, donde distintos personajes formulan las más grandes esperanzas políticas y sociales depositadas en la persona de Jesús. Comienza Gabriel, que repite cinco veces a María que su hijo será rey de Israel. Sigue la misma María, alabando a Dios porque ha depuesto del trono a los poderosos y ensalzado a los humildes, porque a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Los ángeles vuelven a hablar a los pastores del nacimiento del Mesías. Zacarías, el padre de Juan Bautista, también alaba a Dios porque ha suscitado en la casa de David un personaje que librará al pueblo de Israel de la opresión de los enemigos. Finalmente, Ana, la beata revolucionaria de ochenta y cuatro años, habla del niño Jesús a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. Parece como si Lucas alentase este tipo de esperanza político-social-económica.

Del desencanto al entusiasmo

            El tema lo recoge en el capítulo final de su evangelio, encarnándolo en los dos de Emaús, que también esperaban que Jesús fuera el libertador de Israel. No son galileos, no forman parte del grupo inicial, pero han alentado las mismas ilusiones que ellos con respecto a Jesús. Están convencidos de que el poder de sus obras y de su palabra va a ponerlos al servicio de la gran causa religiosa y política: la liberación de Israel. Sin embargo, lo único que consiguió fue su propia condena a muerte. Ahora sólo quedan unas mujeres lunáticas y un grupo se seguidores indecisos y miedosos, que ni siquiera se atreven a salir a la calle o volver a Galilea. A ellos no los domina la indecisión ni el miedo, sino el desencanto. Cortan su relación con los discípulos, se van de Jerusalén.

En este momento tan inadecuado es cuando les sale al encuentro Jesús y les tiene una catequesis que los transforma por completo. Lo curioso es que Jesús no se les revela como el resucitado, ni les dirige palabras de consuelo. Se limita a darles una clase de exégesis, a recorrer la Ley y los Profetas, espigando, explicando y comentando los textos adecuados. Pero no es una clase aburrida. Más tarde comentarán que, al escucharlo, les ardía el corazón.

            El misterioso encuentro termina con un misterio más. Un gesto tan habitual como partir el pan les abre los ojos para reconocer a Jesús. Y en ese mismo momento desaparece. Pero su corazón y su vida han cambiado.

            Los relatos de apariciones, tanto en Lucas como en los otros evangelios, pretenden confirmar en la fe de la resurrección de Jesús. Los argumentos que se usan son muy distintos. Lo típico de este relato es que a la certeza se llega por los dos elementos que terminarán siendo esenciales en las reuniones litúrgicas: la palabra y la eucaristía.

Del entusiasmo al aburrimiento

Por desgracia, la inmensa mayoría de los católicos ha decidido escapar a Emaús y casi ninguno ha vuelto. «La misa no me dice nada». Es el argumento que utilizan muchos, jóvenes y no tan jóvenes, para justificar su ausencia de la celebración eucarística. «De las lecturas no me entero, la homilía es un rollo, y no puedo comulgar porque no me he confesado». En gran parte, quien piensa y dice esto, lleva razón. Y es una pena. Porque lo que podríamos calificar de primera misa, con sus dos partes principales (lectura de la palabra y comunión) fue una experiencia que entusiasmó y reavivó la fe de sus dos únicos participantes: los discípulos de Emaús. Pero hay una grande diferencia: a ellos se les apareció Jesús. La palabra y el rito, sin el contacto personal con el Señor, nunca servirán para suscitar el entusiasmo y hacer que arda el corazón.

Los discípulos de Emaús

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 

Él les dijo:

― ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: 

― ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?

Él les preguntó:

― ¿Qué?

Ellos le contestaron:

― Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.

Entonces Jesús les dijo:

― ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. 

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: 

― Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron:

― ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: 

― Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

 

Padre José Luis Sicre Díaz, S.J.

Doctor en Sagrada Escritura por el

Pontificio Instituto Bíblico de Roma

miércoles, 15 de abril de 2026

LAS SINRAZONES DE LOS DISCURSOS POLÍTICOS ACTUALES

 

Las sinrazones de los discursos políticos actuales

                                     

En mi reflexión sobre los discursos políticos parto de dos supuestos fundamentales en teoría aceptadas por todos: La actividad democrática se debe apoyar en la racionalidad de las argumentaciones, pero los hechos nos demuestran que unos y otros sólo pretenden desacreditar al contrario mediante ataques demoledores. En la situación actual es impensable que un político de cualquier ideología pretenda construir un discurso con la intención de “persuadir generosamente” al adversario de la bondad política, social, ética o, incluso, económica de sus propuestas. Se da por supuesto que su función no es comunicativa sino defensiva y, sobre todo, ofensiva.

Lo peor a mi juicio es que, con estas prácticas, nos han convencido a los demás ciudadanos de que los mejores discursos no son los que se apoyan en los argumentos más racionales, sino los más contundentes en el sentido más agresivo, más bruto y más grosero de esta palabra. La oratoria política se entiende, por lo tanto, como una técnica de dominio y no como una vía de entendimiento racional. Por eso, a veces los oyentes aplauden con entusiasmo los discursos “desaforados” que, en vez de llegar a acuerdos, pretenden vencer incluso a través de la manipulación, de la irracionalidad de la mentira y de la agresión.

Con estos comportamientos logran que una notable mayoría de ciudadanos vea con buenos ojos y escuche con buenos oídos esas intervenciones adoptando unas actitudes parecidas a los que asisten, por ejemplo, a un combate de boxeo o de lucha libre. No tenemos en cuenta que un buen discurso –incluso político- es el que, tras escuchar al adversario, propone en vez de imponer, y el que apoya su legitimidad no en la estridencia de sus gritos sino en la fuerza de sus razones y de sus razonamientos desapasionados.

Si olvidamos que la legitimidad nace del mejor argumento y si, por el contrario, la apoyamos en la sinrazón, en el poder bruto, en los debates distorsionados y, en lugar de la razón y de las razones, se utilizan “oráculos tecnológicos”, en vez de argumentar, profetizan y, en lugar de debatir, lo que consiguen es acumular fanáticos seguidores. Quizás nos suene a temores exagerados, pero me permito preguntar si ese uso de la fuerza desenfrenada de las palabras puede desembocar actualmente en las brutalidades físicas de otros tiempos o de otros lugares. Recuerdo que “quien siembra vientos, recoge tempestades".

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

EL SENTIDO ACTUAL DE NUESTRA SEMANA SANTA

 

         El sentido actual de nuestra Semana Santa

                                                       

La Semana Santa actual cobra sentido cuando, además de evocar el pasado histórico proponiendo una diferente concepción religiosa, también ilumina el dolor que hoy generan las guerras en el corazón de las madres que pierden a sus hijos y se convierte en un grito que reclama la paz como el camino indispensable para vivir humanamente. Cuando nos invita a mirar las heridas de cualquier ser humano como hermanos, cuando nos explica que las armas son herramientas destinadas a cavar zanjas de división, a vaciar las casas de familias, a destruir escuelas y a demoler hospitales.

         Nuestros Cristos crucificados son llamadas para que prestemos atención a los pueblos humillados, a las ciudades devastadas y a los cuerpos sin nombre que el mar devuelve. Estos cuerpos desnudos denuncian a quienes tratan de engañarnos llamando “estrategia”, “conversaciones” o “diplomacia” a lo que es escándalo, mentira o chantaje. El ritmo de estos tambores cofradieros son los ecos tenebrosos del rugido feroz de las armas que, construidas, vendidas y almacenadas, a veces, son bendecidas cínicamente.

         Mientras siguen las guerras con armas y con palabras mortíferas que a todos nos amenazan, es posible que nos estemos acostumbrando a no sentir el grito de los refugiados, el miedo de los ancianos, el temblor de quienes no tienen hogar ni siquiera un idioma para expresar su dolor. Lo peor es que el sufrimiento se está convirtiendo en meras estadísticas y que las masacres se reducen a repetidos comentarios periodísticos.

Hasta que no reconozcamos que la vida humana –cualquier vida- es SAGRADA, será imposible impedir el tráfico de las armas y el mercado de las muertes. Las doctrinas militares, las alianzas oportunistas, las justificaciones geopolíticas y el lenguaje con el que se oculta la vergüenza se desmoronan de manera generalizada. No tenemos en cuenta que la guerra no comienza cuando cae la primera bomba, sino cuando el hermano se convierte en un obstáculo, cuando el pobre se vuelve irrelevante, cuando la compasión se considera ingenua, cuando la economía deja de servir a la vida y se decide usarla para destruir. No hay paz sin el desarme del corazón, y no hay desarme del corazón mientras sigamos aferrados al lucro, al poder, a la fuerza, a la mentira, y mientras el metal, en vez de en cañón, no se convierta en arado, hasta que la Palabra y las palabras, en vez de agudizar la ofensa, protejan la vida sanando, educando, reconstruyendo, acogiendo y amando.

 

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

DOS SOMBRAS Y UN SOMBRERO

 

El arte de sintonizar los sentimientos y de sincronizar los ritmos vitales

Carmen Mateos y Juan Silva, Dos sombras y un sombrero, Era Literaria, 2026

El procedimiento más eficiente y más difícil para valorar una obra artística y para definir su singularidad y el valor de sus mensajes es preguntarnos si nos ayuda a ver el mundo y a nosotros de forma nueva, si nos hace pensar, sentir y disfrutar de la vida. En mi opinión, las creaciones son artísticas cuando estimulan convergentemente las fantasías, las emociones y las ideas o, en resumen, cuando expresan armónicamente la apasionante originalidad de nuestra vida personal.

Ahí reside, a mi juicio, el valor estético de este dúo literario que entona “a compás” unos cantes hondos, medidos y vividos. En Dos sombras y un sombrero, Carmen y Juan nos cuentan y nos explican las “perlas mágicas” que ellos han cultivado para regalarnos una interpretación profunda y renovadora del arte, de la poesía y del cante flamenco. Gracias al acercamiento a la vida real y, sobre todo, a sus habilidades para sintonizar con los ecos hondos de episodios vividos, disfrutados o sufridos por sus familiares, paisanos y convecinos, entre los dos han creado una serie de microrrelatos y de relatos que nos cuentan y nos cantan unos hechos que –como los buenos cantes- nos hacen sentir sensorial y sentimentalmente el acercamiento físico y emocional a las actividades vitales.

Son unos asuntos que, contados con esa aparente sencillez, nos hacen reaccionar con sorpresa y nos enriquecen revelándonos el sentido original de las cosas y descubriéndonos que es posible satisfacer el ansia de disfrutar del tiempo presente integrándonos en los espacios cercanos: en el ahora y en el aquí, y conviviendo con las personas sencillas y, por lo tanto, importantes con las que disfrutamos y sufrimos. Uno de los valores más originales de estos cantes/cuentos es la difícil habilidad con la que conectan con nosotros, los lectores, y nos transmiten los mensajes de que el arte y la literatura, la música y el cante, pueden ser experiencias humanas habitadas y vividas, capaces de crear y de recrear el bienestar de nuestras vidas individuales, familiares, sociales.

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

REPTANTE

 Escribir es cuestionar la realidad


Para valorar y disfrutar con los relatos de Antonio Díaz González en su obra titulada Reptante, publicada en Jarabe de Arte, 2025, es imprescindible tener en cuenta que las narraciones de comportamientos irreales beben en episodios y en pensamientos realmente humanos. El punto de partida y la meta de la creación literaria es explicar cómo las actividades de la vida real se orientan consciente o inconsciente por ideas y por fantasías, y cómo las aventuras imaginarias expresan sensaciones y emociones originadas en episodios de nuestros quehaceres cotidianos.

Antonio Díaz González, en esta colección “antológica” de relatos, con su escritura concisa, inquietante e irónica, explica la fuerza expresiva de las paradojas, de las hipérboles e, incluso, de la narración de comportamientos considerados absurdos. Demuestra así su capacidad para extraer sustancias literarias de su complejo y rico mundo interior.

Muestra su pensamiento existencialista, su estilo expresionista y su capacidad literaria para interpretar racionalmente los sueños por muy absurdos que a primera vista nos parezcan. Con su manera crítica, ingeniosa e incisiva de contemplar los comportamientos humanos, demuestra la lucidez de sus sueños y la coherencia con la que vive los pensamientos que guían la renovación de convenciones sociales, estéticas y literarias ya trasnochadas.

Explica que, realmente, somos seres contradictorios y que, aunque pensamos y hablamos, al mismo tiempo nos comportamos como, aves y como reptiles, como seres independientes y dependientes de los demás, como racionales e imaginarios, generosos y egoístas, serios y frívolos, cuerdos y locos. Sus relatos nos orientan y estimulan para que observemos la vida con atención y con humor para que reflexionemos sobre esas formas incruentas –quijotescas- de aprender y de disfrutar, de extraer con elegancia, corrección y gracia, las enseñanzas más importantes. Relativiza unas actitudes y conductas que habitualmente consideramos como naturales y eternas. Y es que él escribe sobre las pasiones vividas, sobre aquellos asuntos y de esa manera que le permiten mirarse con tranquilidad en el espejo de su propia conciencia. Parte del supuesto de que escribir es poner en cuestión la realidad. Les aconsejo que lean también con atención el agudo prólogo de David Verdugo Abad.  

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

domingo, 12 de abril de 2026

DOMINGO II DE PASCUA - EL TOMÁS INCRÉDULO...

 

El Tomás incrédulo y las comunidades creyentes

Domingo 2º de Pascua. Ciclo A. 

Todas las apariciones de Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé), y también tres en Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo, lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes, y diverso de los otros, es el del próximo domingo.

Un relato con dos partes y un epílogo (Jn 20,19-31)

            Lo que cuenta Juan se divide en dos partes, separadas por ocho días, y el final de su evangelio (al que más tarde se añadió otro final, el c.21).

            Lo que ocurre al anochecer del primer día de la semana contiene un clímax y un anticlímax. El clímax lo representa la aparición de Jesús, que transforma el miedo de los discípulos en alegría, y el don del Espíritu Santo. El anticlímax, la reacción incrédula de Tomás, que no estaba presente en aquel momento, y su exigencia de unas pruebas claras para creer en la resurrección de Jesús. No olvidemos que Tomás fue el que dijo, cuando Jesús decidió ir a curar a Lázaro: «Vamos también nosotros y muramos con él». Tomás quiere mucho a Jesús, pero la otra vida no entra en su perspectiva.

            Al cabo de ocho días se presenta de nuevo Jesús y se dirige especialmente a Tomás, que nos representa a todos nosotros, para darle y darnos la gran lección: «Dichosos los que creen sin haber visto».

            El epílogo insiste en la finalidad del evangelio. Todo lo escrito, que podría haber sido mucho más, pretende que creamos «que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y con esta fe tengáis vida gracias a él».

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

–Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

– Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

– Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

– Hemos visto al Señor.

Pero él les contestó:

– Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

– Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás:

– Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Contestó Tomás:

– ¡Señor Mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

– ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Las peculiaridades de este relato de Juan

1. El miedo de los discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la calle.

2. El saludo de Jesús: «Paz a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres veces repite Jesús «paz a vosotros». Aunque parezca extraño, este saludo sólo se encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea (Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.

3. Las manos, el costado, las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece a los discípulos, les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de palparlo, para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente, se encuentra en el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas físicas y de los milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber visto».

4. La alegría de los discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.

5. La misión. Con diferentes fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.

6. El don del Espíritu Santo y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que, en Juan, perdonar o retener los pecados significa admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

Dos lecturas contra Tomás

Las dos primeras lecturas le quitan la razón a Tomás cuando piensa que para creer hace falta una demostración personal y científica. Las dos hablan de personas que creen en Jesús resucitado, y viven de acuerdo con esta fe sin pruebas de ningún tipo.

La primera, de Hechos, ofrece un cuadro espléndido, quizá demasiado idílico, de la primitiva comunidad cristiana. Que en medio de numerosas críticas y persecuciones un grupo de gente sencilla desee formarse en la enseñanza de los apóstoles, comparta la oración, los sentimientos y los bienes, es algo que supera todo expectativa. Estas personas creen, sin necesidad de prueba alguna, que Jesús ha resucitado y las salva.

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

La segunda, tomada de la Primera carta de Pedro, alaba a Dios por su gran misericordia y destaca la fe de la comunidad en medio de diversas pruebas. Para terminar con unas palabras, las que indico en rojo, que son el mejor comentario a lo que dice Jesús a Tomas:

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe –de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego– llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

 

Padre José Luis Sicre Diaz, S.J.

Doctor en Sagrada Escritura por el

Pontificio Instituto Bíblico de Roma

sábado, 11 de abril de 2026

¿POR QUÉ NOS CREEMOS LA DESINFORMACIÓN?

 ¿Por qué nos creemos la desinformación?

Dan Ariely, en La espiral de la razón[1], Barcelona, Ariel, explica cómo los seres humanos, incluso los estudiosos de las Ciencias Humanas, somos bastante irracionales. Nos responde a preguntas que, quizás, muchos nos hemos hecho: ¿Por qué nos creemos la desinformación, por qué la buscamos y la difundimos de forma activa? ¿Cuál es el proceso que siguen quienes, en apariencia racionales, adoptan y defienden convicciones irracionales? ¿Por qué somos tan susceptibles?  

La constatación de este hecho posee una importancia mayor en estos tiempos en los que se generaliza la desinformación, la polarización, la “indignación de gatillo fácil” y la accesibilidad en las redes a hechos que nos afectan a todos y con los que justificamos nuestras convicciones previas.

La lectura de los periódicos, la escucha de las radios y la visión de los telediarios confirman que, más que información, buscamos la “confirmación” de nuestras convicciones previas y el rechazo de las que las contradicen. Quizás los políticos, los religiosos y los hinchas deportivos necesitemos pensar más y mejor para evitar alimentar y difundir convicciones infundadas e irracionales, esas que, de hecho, son las que orientan y alientan nuestras actitudes y conductas.

A mi juicio, resultan especialmente claras y oportunas las explicaciones sobre la desconfianza, la incredulidad y la sospecha que, aunque sean reacciones racionales, cuando están mezcladas con el estrés, con problemas económicos o, sobre todo, con algunos rasgos de nuestra personalidad, hacen posible que nos aferremos a teorías disparatadas que nada tienen que ver con la realidad.

Con explicaciones claras y detalladas, Dan Ariely ofrece una amplia diversidad de hechos que nos llevan a aceptar fenómenos irracionales y, de manera especial, nos previene para que seamos conscientes de esos “altavoces” que permanentemente difunden desinformaciones. Insiste en la necesidad de profundizar en las raíces que, en contra de los tópicos repetidos, no es la tecnología, la inteligencia artificial o la incapacidad de los gobiernos para “controlar” y “silenciar” esos mensajes ingenuos y peligrosos, sino las semillas enterradas en nuestras consciencias o inconsciencias. 

 

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura



[1] Dan Ariely, 2025, La espiral de la razón,.

EL SUEÑO DE TITRIT

 Mirar a los otros para valorar nuestras vidas

Guadalupe Pereira

El sueño de Titrit

CON M DE MUJER

                                            

Este relato sobre la joven marroquí Titrit nos muestra cómo los comportamientos de la vida real se orientan consciente o inconscientemente por fantasías, y cómo las aventuras imaginarias beben en las sensaciones, en las emociones y en las ideas que tienen su origen en los episodios cotidianos. La habilidad literaria de Guadalupe Pereira reside en su peculiar manera de observar la naturaleza humana, en su forma crítica, ingeniosa e incisiva, de contemplar los comportamientos de los seres próximos o lejanos, y en la lucidez con la que cuestiona las ideas y las conductas que, en otras culturas, son aceptadas como “normales”: al mostrarnos un mundo alejado, nos proporciona claves para que valoraremos algunos sentidos de nuestras vidas.

La fusión de autora, narradora y personaje en Titrit, además de verosimilitud, proporciona al relato un singular poder para sorprendernos, para valorar nuestra peculiar cultura y para vivir nuestras vidas. Guadalupe Pereira, mediante el empleo del género ameno, eficaz y difícil de la ficción narrativa, nos cuenta, de manera sencilla e interesante, una historia que encierra importantes mensajes de actualidad y que, por muy ingenuos que a simple vista parezcan, transmiten ideas que remiten a un determinado concepto de la realidad humana. Este relato, elaborado con las palabras de nuestras conversaciones cotidianas, está condimentado con trozos de episodios verosímiles que reflejan conceptos y juicios de una cultura distante de la nuestra.

Además de ser copia de una `realidad´ posible, es una amable invitación para que reflexionemos y para que valoremos nuestras vidas. Mantiene la atención, suscita interrogantes, genera expectativas y, sobre todo, nos sorprende. Al contarnos unas pasiones vividas por una adolescente alejada culturalmente de nosotros, nos hace pensar sobre asuntos y sobre maneras nuestras que, por muy normales que nos parezcan, también hunden sus raíces, en pasiones no siempre identificadas. La lectura de estos comportamientos nos invita a mirarnos con tranquilidad en el espejo de nuestra propia conciencia y a poner en cuestión la realidad menuda y cambiante de nuestra propia vida.

Imprescindible es, a mi juicio, el oportuno y profundo prólogo que, elaborado por la profesora Yolanda Izar, acreditada especialista, nos proporciona las claves para que interpretemos, valoremos y disfrutemos con esta creación literaria.

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

LAS COSAS SON COMO SON...

 Pensar teniendo en cuenta la cambiante realidad

Las cosas son como son, los hechos son los hechos y la vida de cada uno de nosotros es compleja. Estas afirmaciones, repetidas por quienes no somos filósofos muestran nuestra convicción de que las teorías filosóficas a veces no tienen en cuenta la complejidad de la vida real.  Ésta puede ser una de las explicaciones de la orientación que ha seguido el existencialismo propuesto por Søren Kierkegaard y que ha influido en la ética, en la psicología, en la literatura, en las artes y en los comportamientos de muchos ciudadanos. Es una reacción al Idealismo que formula principios abstractos sin aplicarlos a los detalles de la realidad “finita, transitoria y cambiante” de nuestras vidas cotidianas.

En Apoteosis de lo infundado el filósofo ruso Lev Shestov (1866 – 1938) explica su identificación con el pensamiento existencialista de Kierkegaard, su rechazo del idealismo y su defensa de la subjetividad como método para cultivar el conocimiento. En contra de los idealistas que defienden la “verdad inmutable”, él concede especial importancia a la subjetividad en la ética, en el arte y en la literatura.

Apoyado en los principios básicos de la tradición judía, Shestov critica el pensamiento de los filósofos clásicos y o contemporáneos que, a su juicio, encierran la realidad en unas estructuras excesivamente rígidas. Para él, la verdad, más que en el rigor de la razón, está contenida en creencias transmitidas culturalmente y en datos suministrados por las experiencias personales.  Defiende que, en vez de limitarnos a las respuestas lógicas, deberíamos asumir que la incertidumbre es un estímulo para alcanzar una verdad personal que desborda las limitaciones del pensamiento racional. Reivindica la importancia de los descubrimientos de las experiencias subjetivas y de los encuentros individuales con la trascendencia frente a las verdades absolutas, generales e inmutables de la razón.

Esta obra es una estimulante invitación para que asumamos que razonar no es la panacea infalible para apoyar y orientar nuestros comportamientos. Si observamos las actitudes y los procedimientos de algunos intelectuales profesionales llegamos a la conclusión de que, a veces, sus reflexiones, por muy lógicas que sean, poco tienen que ver con la realidad de nuestras vidas y con el crecimiento moral de la sociedad. Los hechos demuestran que frecuentemente benefician a los más fuertes, a los más listos y a los más poderosos.

 

Los “razonamientos” de Shestov, enraizados en las teorías de Platón, Nietzsche, Pascal, Schopenhauer, Dostoievski y Kierkegaard, son –pueden ser- orientadores para profesores de Filosofía, Teología, Psicología, Ética e Historia, y nos pueden ayudar a todos para identificar nuestras maneras de razonar, de elaborar juicios y de calibrar nuestros prejuicios.

Aunque es comprensible que experimentemos temores cuando advertimos que quien pilota el barco de nuestros asuntos comunes es un inepto, también, a veces, deberíamos desconfiar de los listos, de esas personas que poseen una elevada capacidad para razonar, para explicar sus convicciones y para demostrar sus decisiones. En mi opinión, con independencia de los conocimientos que posean los líderes y sean cuales sean sus capacidades mentales, si, por ejemplo, son excesivamente categóricos, dogmáticos y tajantes, pueden desviarnos del rumbo que nos acerque al puerto prometido por ellos mismos. Muchos de los dictadores, como es sabido, están adornados de esas destrezas intelectuales: son inteligentes y, quizás, “demasiado” listos.

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

miércoles, 31 de diciembre de 2025

FIESTA DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


Fiesta de Santa María, Madre de Dios 

Hacía el año 500 comenzó a celebrarse en las iglesias orientales una fiesta de Santa María, Madre de Dios. La iglesia católica romana la aceptó, y fijo su celebración el 11 de octubre; pero en 1970 la trasladó al 1 de enero, para relacionarla más estrictamente con la Navidad y comenzar el año poniéndolo bajo la protección de María. Pero el 1 de enero se cumplen los ocho días desde el nacimiento; por eso el evangelio termina haciendo referencia a la circuncisión de Jesús.

¡Feliz Año Nuevo! (Números 6,22-27)

            A pesar de lo dicho sobre la Virgen, el saludo que más se repetirá el 1 de enero será: ¡Feliz Año Nuevo! ¿Qué nos deseamos? ¿Salud, dinero y amor, como dice la canción? ¿Quién nos va a garantizar algo de eso? ¿Y si ocurre algo muy distinto, incluso lo contrario? La primera lectura de hoy, tomada del libro de los Números (en hebreo tiene un título más bonito: “En el desierto”), ofrece unas pistas muy buenas:

            Ante todo, hay alguien que garantiza lo bueno que deseamos: el Señor. Dos veces se lo nombra, y los seis verbos de la bendición lo tienen como sujeto. Podemos agrupar las peticiones en dos bloques: 1) El Señor te bendiga, ilumine su rostro sobre ti, se fije en ti. 2) Te proteja, te conceda su favor, te conceda la paz.

            El primer bloque se refiere a la actitud de Dios con cada uno de nosotros. Cabrían tres posibilidades: que nos bendijera, que nos mostrase un rostro airado, que se desinteresase de nosotros. Se pide su bendición, su actitud benévola, su interés.

El segundo bloque indica los tres grandes regalos: no son salud, dinero y amor, sino protección, favor y paz. A alguno le resultará demasiado etéreo. Preferirá cosas más concretas. Pero, en la práctica, cuando el año nos enfrente a situaciones difíciles, no habrá nada mejor que la protección, el favor y la paz de Dios.

De esclavos a hijos (Gálatas 4,4-7)

            El texto se ha elegido porque es el único de las cartas de Pablo que hace referencia a María («nacido de una mujer»). Pero se relaciona perfectamente con el anterior del libro de los Números. Pedía la bendición de Dios, su benevolencia, y el Señor responde enviando a su Hijo para liberarnos de la esclavitud y convertirnos en hijos suyos y herederos.

Tres actitudes para el nuevo año (Lucas 2,16-21)

            El texto relaciona dos acontecimientos muy distintos, separados por ocho días de distancia. El primero, la visita de los pastores, es lo mismo que leímos el 25 de diciembre en la segunda misa, la del alba. En la escena se distinguen diversos personajes:

ü  Empieza y termina con los pastores, que corren a Belén y vuelven alabando y dando gloria a Dios. Los pastores simbolizan la “política incorrecta” de Dios. El gran anuncio del nacimiento del Mesías no se comunica al Sumo Sacerdote de Jerusalén, ni a los sacerdotes y levitas, ni a los estudiosos escribas, ni a los piadosos fariseos. Se comunica a unos pastores que, en la escala social de aquel tiempo, ocupan el penúltimo lugar, el de las clases impuras, porque su oficio se equipara al de los ladrones. Sin embargo, esta gente tan poco digna socialmente, corre hacia Jesús, cree que un niño envuelto en pañales y en un pesebre puede ser el futuro salvador, aunque ellos no se beneficiarán de nada, porque, cuando ese niño crezca, ellos ya habrán muerto. La visita de los pastores simboliza lo que dirá Jesús más tarde: “Te alabo Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.”

ü  Está también presente un grupo anónimo, que podría entenderse como referencia a la demás gente de la posada, pero que probablemente nos representa a todos los cristianos, que se admiran de lo que cuentan los pastores.

ü  Finalmente, el personaje más importante, María, que conserva lo escuchado y medita sobre ello. En los relatos de la infancia, Lucas ofrece dos imágenes muy distintas de María. En la anunciación, Gabriel le comunica que será la madre del Mesías, y ella termina alabando en el Magnificat las maravillas que Dios ha hecho en ella. Pero, cuando Jesús nace, Lucas habla de María de forma muy distinta. A partir de ese momento, todo lo relacionado con Jesús le resulta nuevo y desconcertante: lo que dicen los pastores, lo que dirá Simeón, lo que le dirá Jesús a los doce años cuando se quede en Jerusalén. En esas circunstancias, María no repite “proclama mi alma la grandeza del Señor”. Se limita a callar y meditar, igual que hará a lo largo de toda la vida pública de Jesús.

            Estas tres actitudes se complementan: la admiración lleva a la meditación y termina en la alabanza de Dios. Tres actitudes muy recomendables para el próximo año.

            La segunda escena tiene lugar ocho días más tarde. Algo tan importante y querido para nosotros como el nombre de Jesús lo cuenta Lucas en poquísimas palabras. Su sobriedad nos invita a reflexionar y dar gracias por todo lo que ha supuesto Jesús en nuestra vida.

En vez de propósitos y buenos deseos, una buena compañía

            El comienzo de año es un momento ideal para hacer promesas que casi nunca se cumplen. La liturgia abre el año ofreciéndonos la compañía de Dios Padre, que nos bendice y protege, de Jesús, que nos salva, de María, que medita en todo lo ocurrido.

 

Padre José Luis Sicre Díaz, S.J.

Doctor en Sagrada Escritura por el

Pontificio Instituto Bíblico de Roma

El tiempo que hará...