viernes, 24 de abril de 2026

DOMINGO IV DE PASCUA - SEÑOR, MESIAS, MODELO, PUERTA DEL APRISCO.


Cuatro títulos de Jesús

Señor, Mesías, modelo, puerta del aprisco

Domingo 4º de Pascua 

Nota previa sobre las lecturas de los domingos 4º a 7º de Pascua

            La lecturas de estos cuatro domingos pretenden prepararnos a las dos grandes fiestas de la Ascensión y Pentecostés tratando tres temas.

            1. La iglesia (1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles). Se describe el aumento de la comunidad (4º domingo), la institución de los diáconos (5º), el don del Espíritu en Samaria (6º), y cómo la comunidad se prepara para Pentecostés (7º). Adviértase la enorme importancia del Espíritu en estas lecturas.

2. Vivir cristianamente en un mundo hostil (2ª lectura, de la Primera carta de Pedro). Los primeros cristianos sufrieron persecuciones de todo tipo, como las que padecen algunas comunidades actuales. La primera carta de Pedro nos recuerda el ejemplo de Jesús, que debemos imitar (4º domingo); la propia dignidad, a pesar de lo que digan de nosotros (5º); la actitud que debemos adoptar ante las calumnias (6º), y los ultrajes (7º).

            3. Jesús (evangelio: Juan). Los pasajes elegidos constituyen una gran catequesis sobre la persona de Jesús: es la puerta por la que todos debemos entrar (4º); camino, verdad y vida (5º); el que vive junto al Padre y con nosotros (6º); el que ora e intercede por nosotros (7º).

Jesús, Señor y Mesías (Hechos 2,14a.36-41)

            Esta lectura tiene interés especial desde un punto de vista histórico y catequético. Según Lucas, el grupo de seguidores de Jesús (120 personas) experimentó un notable aumento el día de Pentecostés. Después de cincuenta días de miedo, silencio y oración, el Espíritu Santo impulsa a Pedro a dirigirse a la gente presentando a ese Jesús al que habían crucificado, constituido Señor y Mesías por Dios. El pueblo, conmovido, pregunta qué debe hacer, y Pedro los anima a convertirse y bautizarse en nombre de Jesucristo.  

            Pero Lucas añade otro argumento muy distinto, que fue usado por los primeros misioneros cristianos: el miedo al castigo inminente de Dios. De acuerdo con la mentalidad apocalíptica, este mundo malo presente desaparecerá pronto para dar paso al mundo bueno futuro. Eso ocurrirá cuando se manifieste la gran cólera de Dios en un juicio que provocará salvación o condenación. Por eso Pedro anima: «Escapad de esta generación perversa». ¿Cómo ponerse a salvo? Los autores apocalípticos hacen que todo dependa de la conducta observada con Dios y con los hombres. Para los misioneros cristianos, la salvación dependerá de creer en Jesús. Pedro ya ha hablado del bautismo en nombre de Jesús.

            Tenemos, pues, dos argumentos aparentemente muy distintos: el primero se basa exclusivamente en lo que Dios ha hecho por Jesús. El segundo parece menos cristiano, con su recurso al miedo. Pero no olvidemos que, en este contexto, Pablo escribe a los de Tesalónica: «Jesús nos libra de la condenación futura». Con miedo o sin él, Jesús es siempre el centro de la catequesis cristiana.

            El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra:

            -«Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.»

            Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:

            -«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»

            Pedro les contestó:

            -«Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos.»

            Con estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo:

            -«Escapad de esta generación perversa.»

            Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil.

Jesús modelo (1 Pedro 2,20b-25)

En la segunda mitad del siglo I, los cristianos eran a menudo insultados, difamados, perseguidos, se confiscaban a veces sus bienes, se los animaba a apostatar… En este contexto, la 1ª carta de Pedro los anima recordándoles que ese mismo fue el destino de Jesús, que aceptó sin devolver insultos ni amenazas: «Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas».

Queridos hermanos: Si, obrando el bien, soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.

Al final de esta lectura encontramos la imagen de Jesús como buen pastor («Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas»). Pero este no es el tema principal del evangelio, que introduce un cambio sorprendente.

Jesús, puerta del aprisco (Juan 10,1-10)

En aquel tiempo, dijo Jesús:

-«Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» 

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: 

-«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.»

            El autor del cuarto evangelio disfruta tendiendo trampas al lector. Al principio, todo parece muy sencillo. Un redil, con su cerca y su guarda. Se aproxima uno que no entra por la puerta ni habla con el guarda, sino que salta la valla: es un ladrón. En cambio, el pastor llega al rebaño, habla con el guarda, le abre la puerta, llama a las ovejas, ellas lo siguen y las saca a pastar. Lo entienden hasta los niños.

Sin embargo, inmediatamente después añade el evangelista: “ellos no entendieron de qué les hablaba”. Muchos lectores actuales pensarán: “Son tontos. Está clarísimo, habla de Jesús como buen pastor”. Y se equivocan. Eso es verdad a partir del versículo 11, donde Jesús dice expresamente: “Yo soy el buen pastor”. Pero en el texto que se lee hoy, el inmediatamente anterior (Juan 10,1-10), Jesús se aplica una imagen muy distinta: no se presenta como el buen pastor sino como la puerta por la que deben entrar todos los pastores (“yo soy la puerta del redil”).

Con ese radicalismo típico del cuarto evangelio, se afirma que todos los personajes anteriores a Jesús, al no entrar por él, que es la puerta, no eran en realidad pastores, sino ladrones y bandidos, que sólo pretenden “robar y matar y hacer estrago”.

Resuenan en estas duras palabras lo que denunciaba el profeta Ezequiel en los pastores (los reyes) de Israel: en vez de apacentar a las ovejas (al pueblo) se apacienta a sí mismos, se comen su enjundia, se visten con su lana, no curan las enfermas, no vendan las heridas, no recogen las descarriadas ni buscan las perdidas; por culpa de esos malos pastores que no cumplían con su deber, Israel terminó en el destierro (Ez 34).

¿Quiénes son esos ladrones de los que habla Jesús? Se han propuesto diversas teorías: 1) Todos los que han venido antes que él. Pero esto implicaría considerar ladrones a Abrahán, Moisés, Isaías, Jeremías, etc., de los que el cuarto evangelio habla muy positivamente en otras ocasiones. 2) Los falsos apóstoles, que niegan que Jesús es el Mesías, denunciados duramente en la primera carta de Juan. Pero estos no han venido antes que Jesús sino después de él. 3) Los fariseos, muy criticados en el contexto y en el resto del evangelio. Algunos la consideran la opinión más válida, aunque deberíamos reconocer que Jesús se expresa de manera bastante ambigua.

En cualquier hipótesis, todo contacto que no se establezca a través de Jesús está condenado al fracaso (“las ovejas no les hicieron caso”).

Frente a los ladrones y salteadores, la consecuencia lógica sería presentar a Jesús como buen pastor que da la vida por sus ovejas. Pero eso vendrá más adelante, no se lee hoy. En lo que sigue, Jesús se presenta como la puerta por la que el rebaño puede salir para tener buenos pastos y vida abundante. Esta parte del discurso no se dirige a los pastores sino al rebaño, recordándole que “quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”. Ya que es frecuente echar la culpa a los pastores de los males de la iglesia, al rebaño le conviene recordar que siempre dispone de una puerta por la que salvarse y tener vida abundante.

Reflexión final

            Los lecturas nos ofrecen cuatro título de Jesús: que es Señor y Mesías lo dice Pedro en el libro de los Hechos (1ª lectura); modelo a la hora de soportar el sufrimiento, la 1ª carta de Pedro (2ª lectura); puerta del aprisco se lo aplica a sí mismo Jesús en el evangelio de Juan. En resumen, una catequesis sobre lo que Jesús significó para los primeros cristianos y lo que debe seguir significando para nosotros.

Cuatro imágenes tan distintas de Jesús son demasiada materia para una homilía. Puesto a elegir, me quedaría con la de modelo en los momentos difíciles de la vida y como puerta por la que se puede entrar a un lugar seguro y salir en busca de buenos pastos.

 

                                                           Padre José Luis Sicre Díaz, S.J.

Doctor en Sagrada Escritura por el

Pontificio Instituto Bíblico de Roma

NO HAY VIAJE EN VANO

 Una invitación para que penetremos en el fondo de nosotros mismos

No hay viaje en vano, Algeciras, Editorial: Rafael Fenoy Rico, 2024        

Por supuesto que no caeré en la tentación de resumir el asunto de esta obra. La crítica literaria no consiste en referir los temas ni siquiera en situarlos en una determinada corriente estética sino en determinar los valores que hacen posible su consideración como una creación original tanto por su manera propia de abordarlo como por su uso peculiar del lenguaje. Es escritor quien enriquece la Historia de la Literatura con recursos inéditos.  

En No hay viaje en vano, Josefina Núñez Montoya muestra su convicción de que la literatura, un lenguaje artístico enigmático y próximo a la esencia humana, nos levanta de la abstracción y aumenta nuestra capacidad de trascender lo concreto, nos familiariza con teorías filosóficas y con corrientes estéticas actuales, nos estimula a vivir interpretando anécdotas de la vida vulgar y nos orienta para que penetremos en el fondo de nosotros mismos. Es la muestra de su sensibilidad, hondura, ingenio y, por supuesto, de su riqueza expresiva.

En estos relatos, frutos de sus experiencias y de sus reflexiones, muestra su personal manera de concebir “literatura” y, por supuesto, su forma de pensar y de vivir la vida. Con un lenguaje agudo y, paradójicamente, comprensible, nos ofrece unas alhajas valiosas por sus valores estéticos y por sus calidades humanas. Con tacto y con respeto, buscando la exactitud y la claridad, exhibe la habilidad de conectar con nosotros partiendo del supuesto de que a la palabra -la manera más directa de vincularnos con el mundo y con los seres humanos- le ocurre como al aire, como al agua y como al tiempo: nos aproxima a la verdad, pierde color, gana transparencia, estimula la meditación e invita a la amistad.

Y es que, a Josefina le interesa la literatura porque le interesa la vida. Con su cultura y con su gusto dignifica la tarea docente, propicia encuentros buscando siempre las conciliaciones humanas.


José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura



miércoles, 22 de abril de 2026

NUESTRAS BUENAS GENTES - RAMÓN VALDIVIA JIMÈNEZ

 Nuestras buenas gentes

Ramón Valdivia Jiménez

                                                       

Empujado por reiteradas peticiones de algunos lectores, finalmente, he decidido trazar un “perfil provisional”, de Ramón Valdivia Jiménez, el Administrador Apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta. Adelanto que es un dibujo de las impresiones que sus actitudes me han generado y, sobre todo, de los comentarios que he escuchado a un sacerdote, a varios fieles e, incluso, a algunos amigos que se autodefinen como agnósticos. Sólo me refiero a varios rasgos en los que coinciden quienes lo han observado desde sus diferentes y, a veces, opuestas perspectivas y prejuicios ideológicos.

         Algunos valoran su preparación científica como jurista, filósofo y teólogo o como profesor de Filosofía, Teología y Derecho Canónigo, otros se han fijado en sus experiencias pastorales como capellán de hospital, coadjutor, párroco, arcipreste, canónigo, vicario episcopal u obispo auxiliar. Todos, sin embargo, reconocen que es un hombre cercano que establece un contacto vivo con las gentes gracias a sus cualidades naturales y a unas virtudes pacientemente trabajadas. Posee –me dicen- esos valores cristianos que reflejan unas dimensiones humanas y evangélicas: esa amabilidad no prefabricada sino familiar, esa cortesía campechana que, al mismo tiempo, distingue a quien lee y vive el Evangelio. “Fíjate –precisan- cómo siempre está dispuesto a oír, a comprender, a ayudar y a servir.

Además de la intensa agenda de celebraciones, el notable acercamiento a las hermandades y cofradías, su humildad y su disposición a servir, y su cercanía preferente a los pobres reflejan a esa Iglesia de Jesús de Nazaret que abraza, consuela y sirve. “Por eso -me repite Salvador- resulta tan fácil conversar con él sobre lo divino y lo humano”.

Es un hombre respetuoso, sencillo y esperanzado que, consciente de la gravedad de las guerras actuales, del virus mortífero del odio y de la vergüenza de las desigualdades, mira el futuro con esperanza porque hay “gente buena”, aunque otras personas hagan barbaridades y nos metan en conflictos”. Sus actitudes discretas y sus palabras medidas constituyen amables invitaciones para que cultivemos valores importantes como la sencillez, la laboriosidad, la alegría y la solidaridad. Es posible que el origen de estas impresiones radique en la valoración de quienes, más que a presumir de perdonar, se muestran dispuestos a pedir perdón, a servir, a escuchar y a aprender.

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

viernes, 17 de abril de 2026

DOMINGO III DE PASCUA - ENTUSIASMO

 

Entusiasmo

Domingo 3º de Pascua. Ciclo A.

 

Pandemia y esperanza (nota previa)

Los profetas de Israel siempre nadaron contra corriente. Cuando la situación parecía buena desde el punto de vista político, social y económico, denunciaron las injusticias y la corrupción religiosa. Cuando todo iba mal, como después del destierro a Babilonia (en el siglo VI a.C.), transmitieron al pueblo un mensaje de esperanza y consuelo. En estos momentos tan duros, las apariciones de Jesús resucitado desean fomentar nuestra esperanza en un futuro mejor, después de pasar por la trágica experiencia del dolor y la muerte, como le ocurrió a Jesús.

Hay que olvidar lo que sabemos

Para comprender el relato de los discípulos de Emaús hay que olvidar todo lo leído en los días pasados, desde la Vigilia del Sábado Santo, a propósito de las apariciones de Jesús. Porque Lucas ofrece una versión peculiar de los acontecimientos. Al final de su evangelio cuenta solo tres apariciones:

            1) A todas las mujeres, no a dos ni tres, se aparecen dos ángeles cuando van al sepulcro a ungir el cuerpo de Jesús.

            2) A dos discípulos que marchan a Emaús se les aparece Jesús, pero con tal aspecto que no pueden reconocerlo, y desaparece cuando van a comer.

            3) A todos los discípulos, no sólo a los Once, se aparece Jesús en carne y hueso y come ante ellos pan y pescado.

            Dos cosas llaman la atención comparadas con los otros evangelios: 1) las apariciones son para todas y para todos, no para un grupo selecto de mujeres ni para sólo los once. 2) La progresión creciente: ángeles – Jesús irreconocible – Jesús en carne y hueso.

Jesús, Moisés, los profetas y los salmos

            Hay un detalle común a los tres relatos de Lucas: las catequesis. Los ángeles hablan a las mujeres, Jesús habla a los de Emaús, y más tarde a todos los demás. En los tres casos el argumento es el mismo: el Mesías tenía que padecer y morir para entrar en su gloria. El mensaje más escandaloso y difícil de aceptar requiere que se trate con insistencia. Pero, ¿cómo se demuestra que el Mesías tenía que padecer y morir? Los ángeles aducen que Jesús ya lo había anunciado. Jesús, a los de Emaús, se basa en lo dicho por Moisés y los profetas. Y el mismo Jesús, a todos los discípulos, les abre la mente para comprender lo que de él han dicho Moisés, los profetas y los salmos. La palabra de Jesús y todo el Antiguo Testamento quedan al servicio del gran mensaje de la muerte y resurrección.

La trampa política que tiende Lucas

            Para comprender a los discípulos de Emaús hay que recordar el comienzo del evangelio de Lucas, donde distintos personajes formulan las más grandes esperanzas políticas y sociales depositadas en la persona de Jesús. Comienza Gabriel, que repite cinco veces a María que su hijo será rey de Israel. Sigue la misma María, alabando a Dios porque ha depuesto del trono a los poderosos y ensalzado a los humildes, porque a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Los ángeles vuelven a hablar a los pastores del nacimiento del Mesías. Zacarías, el padre de Juan Bautista, también alaba a Dios porque ha suscitado en la casa de David un personaje que librará al pueblo de Israel de la opresión de los enemigos. Finalmente, Ana, la beata revolucionaria de ochenta y cuatro años, habla del niño Jesús a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. Parece como si Lucas alentase este tipo de esperanza político-social-económica.

Del desencanto al entusiasmo

            El tema lo recoge en el capítulo final de su evangelio, encarnándolo en los dos de Emaús, que también esperaban que Jesús fuera el libertador de Israel. No son galileos, no forman parte del grupo inicial, pero han alentado las mismas ilusiones que ellos con respecto a Jesús. Están convencidos de que el poder de sus obras y de su palabra va a ponerlos al servicio de la gran causa religiosa y política: la liberación de Israel. Sin embargo, lo único que consiguió fue su propia condena a muerte. Ahora sólo quedan unas mujeres lunáticas y un grupo se seguidores indecisos y miedosos, que ni siquiera se atreven a salir a la calle o volver a Galilea. A ellos no los domina la indecisión ni el miedo, sino el desencanto. Cortan su relación con los discípulos, se van de Jerusalén.

En este momento tan inadecuado es cuando les sale al encuentro Jesús y les tiene una catequesis que los transforma por completo. Lo curioso es que Jesús no se les revela como el resucitado, ni les dirige palabras de consuelo. Se limita a darles una clase de exégesis, a recorrer la Ley y los Profetas, espigando, explicando y comentando los textos adecuados. Pero no es una clase aburrida. Más tarde comentarán que, al escucharlo, les ardía el corazón.

            El misterioso encuentro termina con un misterio más. Un gesto tan habitual como partir el pan les abre los ojos para reconocer a Jesús. Y en ese mismo momento desaparece. Pero su corazón y su vida han cambiado.

            Los relatos de apariciones, tanto en Lucas como en los otros evangelios, pretenden confirmar en la fe de la resurrección de Jesús. Los argumentos que se usan son muy distintos. Lo típico de este relato es que a la certeza se llega por los dos elementos que terminarán siendo esenciales en las reuniones litúrgicas: la palabra y la eucaristía.

Del entusiasmo al aburrimiento

Por desgracia, la inmensa mayoría de los católicos ha decidido escapar a Emaús y casi ninguno ha vuelto. «La misa no me dice nada». Es el argumento que utilizan muchos, jóvenes y no tan jóvenes, para justificar su ausencia de la celebración eucarística. «De las lecturas no me entero, la homilía es un rollo, y no puedo comulgar porque no me he confesado». En gran parte, quien piensa y dice esto, lleva razón. Y es una pena. Porque lo que podríamos calificar de primera misa, con sus dos partes principales (lectura de la palabra y comunión) fue una experiencia que entusiasmó y reavivó la fe de sus dos únicos participantes: los discípulos de Emaús. Pero hay una grande diferencia: a ellos se les apareció Jesús. La palabra y el rito, sin el contacto personal con el Señor, nunca servirán para suscitar el entusiasmo y hacer que arda el corazón.

Los discípulos de Emaús

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 

Él les dijo:

― ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: 

― ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?

Él les preguntó:

― ¿Qué?

Ellos le contestaron:

― Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.

Entonces Jesús les dijo:

― ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. 

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: 

― Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron:

― ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: 

― Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

 

Padre José Luis Sicre Díaz, S.J.

Doctor en Sagrada Escritura por el

Pontificio Instituto Bíblico de Roma

miércoles, 15 de abril de 2026

LAS SINRAZONES DE LOS DISCURSOS POLÍTICOS ACTUALES

 

Las sinrazones de los discursos políticos actuales

                                     

En mi reflexión sobre los discursos políticos parto de dos supuestos fundamentales en teoría aceptadas por todos: La actividad democrática se debe apoyar en la racionalidad de las argumentaciones, pero los hechos nos demuestran que unos y otros sólo pretenden desacreditar al contrario mediante ataques demoledores. En la situación actual es impensable que un político de cualquier ideología pretenda construir un discurso con la intención de “persuadir generosamente” al adversario de la bondad política, social, ética o, incluso, económica de sus propuestas. Se da por supuesto que su función no es comunicativa sino defensiva y, sobre todo, ofensiva.

Lo peor a mi juicio es que, con estas prácticas, nos han convencido a los demás ciudadanos de que los mejores discursos no son los que se apoyan en los argumentos más racionales, sino los más contundentes en el sentido más agresivo, más bruto y más grosero de esta palabra. La oratoria política se entiende, por lo tanto, como una técnica de dominio y no como una vía de entendimiento racional. Por eso, a veces los oyentes aplauden con entusiasmo los discursos “desaforados” que, en vez de llegar a acuerdos, pretenden vencer incluso a través de la manipulación, de la irracionalidad de la mentira y de la agresión.

Con estos comportamientos logran que una notable mayoría de ciudadanos vea con buenos ojos y escuche con buenos oídos esas intervenciones adoptando unas actitudes parecidas a los que asisten, por ejemplo, a un combate de boxeo o de lucha libre. No tenemos en cuenta que un buen discurso –incluso político- es el que, tras escuchar al adversario, propone en vez de imponer, y el que apoya su legitimidad no en la estridencia de sus gritos sino en la fuerza de sus razones y de sus razonamientos desapasionados.

Si olvidamos que la legitimidad nace del mejor argumento y si, por el contrario, la apoyamos en la sinrazón, en el poder bruto, en los debates distorsionados y, en lugar de la razón y de las razones, se utilizan “oráculos tecnológicos”, en vez de argumentar, profetizan y, en lugar de debatir, lo que consiguen es acumular fanáticos seguidores. Quizás nos suene a temores exagerados, pero me permito preguntar si ese uso de la fuerza desenfrenada de las palabras puede desembocar actualmente en las brutalidades físicas de otros tiempos o de otros lugares. Recuerdo que “quien siembra vientos, recoge tempestades".

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

EL SENTIDO ACTUAL DE NUESTRA SEMANA SANTA

 

         El sentido actual de nuestra Semana Santa

                                                       

La Semana Santa actual cobra sentido cuando, además de evocar el pasado histórico proponiendo una diferente concepción religiosa, también ilumina el dolor que hoy generan las guerras en el corazón de las madres que pierden a sus hijos y se convierte en un grito que reclama la paz como el camino indispensable para vivir humanamente. Cuando nos invita a mirar las heridas de cualquier ser humano como hermanos, cuando nos explica que las armas son herramientas destinadas a cavar zanjas de división, a vaciar las casas de familias, a destruir escuelas y a demoler hospitales.

         Nuestros Cristos crucificados son llamadas para que prestemos atención a los pueblos humillados, a las ciudades devastadas y a los cuerpos sin nombre que el mar devuelve. Estos cuerpos desnudos denuncian a quienes tratan de engañarnos llamando “estrategia”, “conversaciones” o “diplomacia” a lo que es escándalo, mentira o chantaje. El ritmo de estos tambores cofradieros son los ecos tenebrosos del rugido feroz de las armas que, construidas, vendidas y almacenadas, a veces, son bendecidas cínicamente.

         Mientras siguen las guerras con armas y con palabras mortíferas que a todos nos amenazan, es posible que nos estemos acostumbrando a no sentir el grito de los refugiados, el miedo de los ancianos, el temblor de quienes no tienen hogar ni siquiera un idioma para expresar su dolor. Lo peor es que el sufrimiento se está convirtiendo en meras estadísticas y que las masacres se reducen a repetidos comentarios periodísticos.

Hasta que no reconozcamos que la vida humana –cualquier vida- es SAGRADA, será imposible impedir el tráfico de las armas y el mercado de las muertes. Las doctrinas militares, las alianzas oportunistas, las justificaciones geopolíticas y el lenguaje con el que se oculta la vergüenza se desmoronan de manera generalizada. No tenemos en cuenta que la guerra no comienza cuando cae la primera bomba, sino cuando el hermano se convierte en un obstáculo, cuando el pobre se vuelve irrelevante, cuando la compasión se considera ingenua, cuando la economía deja de servir a la vida y se decide usarla para destruir. No hay paz sin el desarme del corazón, y no hay desarme del corazón mientras sigamos aferrados al lucro, al poder, a la fuerza, a la mentira, y mientras el metal, en vez de en cañón, no se convierta en arado, hasta que la Palabra y las palabras, en vez de agudizar la ofensa, protejan la vida sanando, educando, reconstruyendo, acogiendo y amando.

 

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

DOS SOMBRAS Y UN SOMBRERO

 

El arte de sintonizar los sentimientos y de sincronizar los ritmos vitales

Carmen Mateos y Juan Silva, Dos sombras y un sombrero, Era Literaria, 2026

El procedimiento más eficiente y más difícil para valorar una obra artística y para definir su singularidad y el valor de sus mensajes es preguntarnos si nos ayuda a ver el mundo y a nosotros de forma nueva, si nos hace pensar, sentir y disfrutar de la vida. En mi opinión, las creaciones son artísticas cuando estimulan convergentemente las fantasías, las emociones y las ideas o, en resumen, cuando expresan armónicamente la apasionante originalidad de nuestra vida personal.

Ahí reside, a mi juicio, el valor estético de este dúo literario que entona “a compás” unos cantes hondos, medidos y vividos. En Dos sombras y un sombrero, Carmen y Juan nos cuentan y nos explican las “perlas mágicas” que ellos han cultivado para regalarnos una interpretación profunda y renovadora del arte, de la poesía y del cante flamenco. Gracias al acercamiento a la vida real y, sobre todo, a sus habilidades para sintonizar con los ecos hondos de episodios vividos, disfrutados o sufridos por sus familiares, paisanos y convecinos, entre los dos han creado una serie de microrrelatos y de relatos que nos cuentan y nos cantan unos hechos que –como los buenos cantes- nos hacen sentir sensorial y sentimentalmente el acercamiento físico y emocional a las actividades vitales.

Son unos asuntos que, contados con esa aparente sencillez, nos hacen reaccionar con sorpresa y nos enriquecen revelándonos el sentido original de las cosas y descubriéndonos que es posible satisfacer el ansia de disfrutar del tiempo presente integrándonos en los espacios cercanos: en el ahora y en el aquí, y conviviendo con las personas sencillas y, por lo tanto, importantes con las que disfrutamos y sufrimos. Uno de los valores más originales de estos cantes/cuentos es la difícil habilidad con la que conectan con nosotros, los lectores, y nos transmiten los mensajes de que el arte y la literatura, la música y el cante, pueden ser experiencias humanas habitadas y vividas, capaces de crear y de recrear el bienestar de nuestras vidas individuales, familiares, sociales.

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

REPTANTE

 Escribir es cuestionar la realidad


Para valorar y disfrutar con los relatos de Antonio Díaz González en su obra titulada Reptante, publicada en Jarabe de Arte, 2025, es imprescindible tener en cuenta que las narraciones de comportamientos irreales beben en episodios y en pensamientos realmente humanos. El punto de partida y la meta de la creación literaria es explicar cómo las actividades de la vida real se orientan consciente o inconsciente por ideas y por fantasías, y cómo las aventuras imaginarias expresan sensaciones y emociones originadas en episodios de nuestros quehaceres cotidianos.

Antonio Díaz González, en esta colección “antológica” de relatos, con su escritura concisa, inquietante e irónica, explica la fuerza expresiva de las paradojas, de las hipérboles e, incluso, de la narración de comportamientos considerados absurdos. Demuestra así su capacidad para extraer sustancias literarias de su complejo y rico mundo interior.

Muestra su pensamiento existencialista, su estilo expresionista y su capacidad literaria para interpretar racionalmente los sueños por muy absurdos que a primera vista nos parezcan. Con su manera crítica, ingeniosa e incisiva de contemplar los comportamientos humanos, demuestra la lucidez de sus sueños y la coherencia con la que vive los pensamientos que guían la renovación de convenciones sociales, estéticas y literarias ya trasnochadas.

Explica que, realmente, somos seres contradictorios y que, aunque pensamos y hablamos, al mismo tiempo nos comportamos como, aves y como reptiles, como seres independientes y dependientes de los demás, como racionales e imaginarios, generosos y egoístas, serios y frívolos, cuerdos y locos. Sus relatos nos orientan y estimulan para que observemos la vida con atención y con humor para que reflexionemos sobre esas formas incruentas –quijotescas- de aprender y de disfrutar, de extraer con elegancia, corrección y gracia, las enseñanzas más importantes. Relativiza unas actitudes y conductas que habitualmente consideramos como naturales y eternas. Y es que él escribe sobre las pasiones vividas, sobre aquellos asuntos y de esa manera que le permiten mirarse con tranquilidad en el espejo de su propia conciencia. Parte del supuesto de que escribir es poner en cuestión la realidad. Les aconsejo que lean también con atención el agudo prólogo de David Verdugo Abad.  

 

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

domingo, 12 de abril de 2026

DOMINGO II DE PASCUA - EL TOMÁS INCRÉDULO...

 

El Tomás incrédulo y las comunidades creyentes

Domingo 2º de Pascua. Ciclo A. 

Todas las apariciones de Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé), y también tres en Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo, lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes, y diverso de los otros, es el del próximo domingo.

Un relato con dos partes y un epílogo (Jn 20,19-31)

            Lo que cuenta Juan se divide en dos partes, separadas por ocho días, y el final de su evangelio (al que más tarde se añadió otro final, el c.21).

            Lo que ocurre al anochecer del primer día de la semana contiene un clímax y un anticlímax. El clímax lo representa la aparición de Jesús, que transforma el miedo de los discípulos en alegría, y el don del Espíritu Santo. El anticlímax, la reacción incrédula de Tomás, que no estaba presente en aquel momento, y su exigencia de unas pruebas claras para creer en la resurrección de Jesús. No olvidemos que Tomás fue el que dijo, cuando Jesús decidió ir a curar a Lázaro: «Vamos también nosotros y muramos con él». Tomás quiere mucho a Jesús, pero la otra vida no entra en su perspectiva.

            Al cabo de ocho días se presenta de nuevo Jesús y se dirige especialmente a Tomás, que nos representa a todos nosotros, para darle y darnos la gran lección: «Dichosos los que creen sin haber visto».

            El epílogo insiste en la finalidad del evangelio. Todo lo escrito, que podría haber sido mucho más, pretende que creamos «que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y con esta fe tengáis vida gracias a él».

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

–Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

– Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

– Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

– Hemos visto al Señor.

Pero él les contestó:

– Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

– Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás:

– Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Contestó Tomás:

– ¡Señor Mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

– ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Las peculiaridades de este relato de Juan

1. El miedo de los discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la calle.

2. El saludo de Jesús: «Paz a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres veces repite Jesús «paz a vosotros». Aunque parezca extraño, este saludo sólo se encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea (Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.

3. Las manos, el costado, las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece a los discípulos, les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de palparlo, para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente, se encuentra en el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas físicas y de los milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber visto».

4. La alegría de los discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.

5. La misión. Con diferentes fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.

6. El don del Espíritu Santo y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que, en Juan, perdonar o retener los pecados significa admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

Dos lecturas contra Tomás

Las dos primeras lecturas le quitan la razón a Tomás cuando piensa que para creer hace falta una demostración personal y científica. Las dos hablan de personas que creen en Jesús resucitado, y viven de acuerdo con esta fe sin pruebas de ningún tipo.

La primera, de Hechos, ofrece un cuadro espléndido, quizá demasiado idílico, de la primitiva comunidad cristiana. Que en medio de numerosas críticas y persecuciones un grupo de gente sencilla desee formarse en la enseñanza de los apóstoles, comparta la oración, los sentimientos y los bienes, es algo que supera todo expectativa. Estas personas creen, sin necesidad de prueba alguna, que Jesús ha resucitado y las salva.

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

La segunda, tomada de la Primera carta de Pedro, alaba a Dios por su gran misericordia y destaca la fe de la comunidad en medio de diversas pruebas. Para terminar con unas palabras, las que indico en rojo, que son el mejor comentario a lo que dice Jesús a Tomas:

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe –de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego– llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

 

Padre José Luis Sicre Diaz, S.J.

Doctor en Sagrada Escritura por el

Pontificio Instituto Bíblico de Roma

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