El
sentido actual de nuestra Semana Santa
La Semana Santa actual
cobra sentido cuando, además de evocar el pasado histórico proponiendo una
diferente concepción religiosa, también ilumina el dolor que hoy generan las
guerras en el corazón de las madres que pierden a sus hijos y
se convierte en un grito que reclama la paz como el camino indispensable para
vivir humanamente. Cuando nos invita a mirar las heridas de cualquier
ser humano como hermanos, cuando nos explica que las armas son herramientas
destinadas a cavar zanjas de división, a vaciar las casas de familias, a
destruir escuelas y a demoler hospitales.
Nuestros Cristos crucificados son
llamadas para que prestemos atención a los pueblos humillados, a las ciudades
devastadas y a los cuerpos sin nombre que el mar devuelve. Estos cuerpos
desnudos denuncian a quienes tratan de engañarnos llamando “estrategia”,
“conversaciones” o “diplomacia” a lo que es escándalo, mentira o chantaje. El
ritmo de estos tambores cofradieros son los ecos tenebrosos del rugido feroz de
las armas que, construidas, vendidas y almacenadas, a veces, son bendecidas
cínicamente.
Mientras
siguen las guerras con armas y con palabras mortíferas que a todos nos amenazan,
es posible que nos estemos acostumbrando a no sentir el grito de los
refugiados, el miedo de los ancianos, el temblor de quienes no tienen hogar ni
siquiera un idioma para expresar su dolor. Lo peor es que el sufrimiento se está
convirtiendo en meras estadísticas y que las masacres se reducen a repetidos comentarios
periodísticos.
Hasta que no reconozcamos
que la vida humana –cualquier vida- es SAGRADA, será imposible impedir el
tráfico de las armas y el mercado de las muertes. Las doctrinas militares, las
alianzas oportunistas, las justificaciones geopolíticas y el lenguaje con el
que se oculta la vergüenza se desmoronan de manera generalizada. No tenemos en
cuenta que la guerra no comienza cuando cae la primera bomba, sino cuando el
hermano se convierte en un obstáculo, cuando el pobre se vuelve irrelevante, cuando
la compasión se considera ingenua, cuando la economía deja de servir a la vida
y se decide usarla para destruir. No hay paz sin el desarme del corazón, y no
hay desarme del corazón mientras sigamos aferrados al lucro, al poder, a la
fuerza, a la mentira, y mientras el metal, en vez de en cañón, no se convierta
en arado, hasta que la Palabra y las palabras, en vez de agudizar la ofensa,
protejan la vida sanando, educando, reconstruyendo, acogiendo y amando.
José Antonio
Hernández Guerrero
Catedrático de
Teoría de la Literatura
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