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domingo, 18 de marzo de 2007

Los Tarsicios




Con el revuelo de las golondrinas, en los cables de la Alameda y los Pozos, se mezclaban en Alcalá, el griterío de los chiquillos corriendo y jugando: al contra, al salto la mula, a espoli, a pringue... La “fresca” los cogía a todos en el reloj y por los alrededores, y no se sabía quienes metían más ruido, si los chiquillos o los pájaros.
La tía de Simón, desde una ventana del alto de su casa, repartía escobazos al aire para espantar, cada tarde, las golondrinas de los cables de su fachada, que le dejaban la acera desde la esquina del callejón de “la Herrá” hasta la puerta del bar de Pizarro, lleno de güano; que a la pobre muchacha del servicio le obligaban a limpiar todas las mañanas. Era una gimnasia inútil y aérea que no servia nada más que para retardar el sueño de los pájaros.
Las golondrinas subían y bajaban, en un paseo eterno por la calle de La Salada, la calle Real... mientras perseguían mosquitos y mariposas, siempre a ras del suelo, temiendo levantar el vuelo hacia los espacios para no perder la fila de adoquines blancos que marcaban los cuadros del empedrado. Los días de levante, cuando la calle La Salada era un abanico verde de hojas de árboles traídas del Prado, daban vueltas a la Alameda, bajaban rasantes los escalones del frente de la cervecería, o se metían en el patio de la Victoria, y entre los geranios, las gitanillas y los pensamientos, hacían piruetas eludiendo los remolinos del aire y esperaban el tercer toque de campana para reunirse, de todas partes a dormir en los frágiles cables de la luz. A veces, cuando Miguel, el sacristán, se retardaba en el horario, andaban desconcertadas del campanario a los cables y de los cables al cielo, como si hubiesen perdido el reloj del verano. Entraban entonces LOS TARSICIOS en el patio de la Victoria, allí, al fondo, junto a la puerta de la sacristía. Lo hacían corriendo y sudorosos; se sentaban por orden y categoría, los mayores delante, y los pequeños y más nuevos detrás. Se empezaba por el rezo del Rosario y después Don José, el responsable y fundador, nos contaba Historias Sagradas y nos alentaba a seguir los pasos del patrón del grupo: "SAN TARSICIO”, que era un joven de una piadosísima virtud, que en las persecuciones romanas a los cristianos, les llevaba con la irresponsabilidad y el atrevimiento, propio de la edad, la Comunión a los seguidores de Cristo. A través de las charlas de Don José, lo veíamos ¡TODOS¡ recorriendo las calles de la antigua Roma, con traje rojo a media pierna, sandalias amarradas hasta la rodilla, llevando la Sagrada Forma, con la mirada perdida hacia el cielo en busca de la palma del martirio. Cuando los romanos lo vieron en aptitud trascendente, no tuvieron más remedio que detenerlo, porque con esa mirada hacia el cosmos, el pobre TARSICIO no tendría más opción que ir tropezando por las esquinas, y más que imperio. Don José nos contaba que fue detenido y que jamás reveló que llevaba en su “sacrosanto pecho” Sagrario de piedad y alcancía de Cristo al Dios de los cristianos. A todos se nos caían los “lagrimones” ante tamaña historia y nos arrepentíamos de nuestros grandes pecados como no haberle ido a nuestra madre por los “mandaos”.
Algunas veces, los jueves, celebrábamos “la vigilia” y nos daban un libro entre mediano y grande, con pastas negras y cantos en rojo, escrito en latín; todos salmodiábamos en esa lengua extraña, sabe Dios qué de herejías y palabrotas. Lo mejor que nos sabíamos era aquello de “QUARE ME REPULISTI... SPIRITU PINGUEDINE...” y de ahí a hacer todo un gazpacho de palabras, mezcladas sin sentido para nosotros, era todo lo mismo.
De los Tarsicios salían los seminaristas, que se suponía que eran los MAS BUENOS, los que podían alcanzar la gloria del sacerdocio, algunos, como yo y otros tarsicios, nos quedamos en el intento. Cuando Don José creía que alguien estaba predestinado al Seminario, hablaba aquello de que “muchos son los llamados y pocos los elegidos” y entrábamos en una ola de piedad “descafeinada” en la que ya no podíamos tirarle pellizcos a las niñas en Semana Santa, levantarles el traje, ni poder ir al circo para ver a las mujeres ligeras de ropa ni poder visitar la playa, si ibas a Cádiz. El cine no se podía frecuentar a no ser que fuese una película de marcado acento religioso o a la “infantil”, y así, íbamos entrando en un estado de semibeatificación que se completaba con la asistencia de la misa diaria, con su comunión correspondiente.
Había que frecuentar ya la compañía de los seminaristas de años anteriores que iban “ahormando” con su ejemplo para que allá por el mes de septiembre, a las siete de la mañana y en el correo guiado por Velázquez, tirar para Cádiz, dejando atrás las golondrinas, la Alameda, la Coracha, el Castillo, la Loma y... toda la libertad que se veía desde la Plaza Alta.
Entre los tarsicios famosos (que eran los encargados de sustituir a Don José cuando se atrasaba por motivos de trabajo o por enfermedad) estuvieron: Paco María, Morilla, Paco Álvarez...
Tenía Don José la costumbre de ponernos los Reyes y llegaban, Dios sabe de donde por el mes de diciembre al local, grandes cajones que él se encargaba de clasificar con los “buenos” haciendo lotes de mejor a peor, según el comportamiento y los “vales”, así le correspondía el regalo. Un año reuní dos ocas, una que me pusieron los Reyes en mi casa y otra en los Tarsicios y andaba yo con mis pequeñas y pueriles limitaciones, con un “mosqueo” fuera de lo normal porque deseaba una pelota de goma blanca para irme a jugar con mis amigos a la “era” de Miguel. Mi madre había ya hablado con Don José y le había dicho que “de pelota nada”, que me rompía las botas, y me tiré todo el año “de oca a oca y del laberinto al treinta... o ¿del treinta al laberinto? con el tablero bajo el brazo por las aceras de la calle La Salada buscando el dado maldito que estaba más tiempo perdido que en el bolsillo. Los que mejores regalos se llevaban siempre eran los “presidentes”, porque además de ser “los más buenos” eran los que menos faltaban. Algunos coleccionaban grandes cantidades de vales que eran como certificados de bondad y buen comportamiento, pero en pequeño.
Cuando alguna madre quería presumir de lo bueno que era su hijo, sacaba a relucir la cantidad de “vales” que éste poseía, si pasaba de los cuarenta se consideraba como bueno, si bajaba de esa cantidad, se pasaba a regular, menos de veinte era más de vergüenza que de presumir.
De los Tarsicios “buenos, buenos” estaban entre otros: Camachito, el de la Puerta de la Villa, que era un niño muy espigado y serio y tan formalito, que era símbolo del Tarsicio perfecto; su amigo Pedro Fernández tampoco se quedaba atrás en calidad. A los dos los colocó Don José en el Juzgado de escribientes y para hacer las cositas que allí se hacían y de camino aprendieron a escribir a máquina, por cierto, muy bien. Con el tiempo Pedro se colocó en la Caja de Ahorros y Andrés partió para Telefónica, habiendo anteriormente dado clases en la SAFA, a algunos alumnos de cursos inferiores cuando faltaba algún maestro. En la actualidad es Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos de la misma.
De lo más bonito que Don José preparaba eran las procesiones, sobre todo la de “La Borriquita”, el Domingo de Ramos, esa sí que era una gran procesión. Don José vestía a todos los chiquillos: a unos de romanos, a otros de angelitos, de apóstoles, de judíos... participaban también las niñas del Beaterio, haciendo unas de samaritanas, otras de pastoras, de “aguaoras” con sus cántaros en las caderas y las más de judías. Sobre la borriquita, que casi siempre era “uno de los burros del Pilón” iba el Señor. Un año fue Jorge Jara, y la gente del pueblo decía que era la misma figura de Cristo paseando por las calles de Alcalá; la mirada alegre de sus años juveniles, los rizos de la peluca cayéndole suavemente sobre sus hombros, la cara ligeramente maquillada, un brazo extendido bendiciendo a la multitud desde su burro disfrazado de burra, hacía que se le saltasen las lágrimas a las madres, porque todas querían que sus hijos fuesen al menos la mitad de buenos que “Jorguito”, para que algún día pudieran ser elegidos por Don José para representar al Señor.
Entre las niñas, el premio se lo llevaba la Magdalena, mucho más importante en la procesión que la Virgen María, porque si Ésta era la madre de Cristo, la Magdalena llevaba un paño cogido por los picos, enseñándolo al pueblo donde se podía ver la imagen de Cristo (el mismo que después veías en la borriquita, rodeada su cabeza de espinas, y un poquito oscura como si hubiera sido Ricardo, el fotógrafo, quien la hubiera sacado en un día nublado).
Mari Carmen Ahumada que siempre hacía de Magdalena, hasta que se echó novio, le daba un dramatismo al personaje que encogía el corazón; su cara dulce, recogida y fina, hacía que todos los chiquillos nos quedásemos mirándola casi enamorándonos de ella. Salíamos cerca de trescientos entre: romanos, apóstoles, penitentes, judíos... etc. Todos con ramos de olivos y cogollitos tiernos de palmeras de Elche. Estaba todo tan bien organizado, que parecía y daba tanta sensación de realidad que todo el pueblo se echaba a la calle y contemplaba el desfile con tanto respeto que se sentía transportado a tiempos pretéritos.
Los domingos, nos reuníamos en el lateral de la iglesia de San Jorge y en los bancos reservados nos sentábamos todos con Don José a la cabeza, para oír Misa. Previamente habíamos formado una cola en el confesionario del Padre Quintero, que nos confesaba casi a coro, enterándonos unos de los pecados de los otros. El Padre Quintero nos ponía en fila y con las prisas y los nervios terminábamos apilados alrededor del confesionario, formando un manojo de pecadores. Era tanta la confianza que se tenía con los pecados de unos y otros que una vez cuando un crío fue a confesarse y el cura le preguntó “¿de qué te acusas?”, el pobre le soltó de sopetón: “¡Lo que ha dicho ese no es verdad!, ¡Yo no lo hice, pero me echaron las culpas a mí!”. Quiero recordar que fue Jacinto el “Nene”. Tal era el grado de intimidad que existía. Cuando el Padre Quintero se apuraba en la hora y el reloj del Sagrario y las campanas daban “el tercero” para la Misa, salía del confesionario y nos amnistiaba en racimo... y listos para comulgar.
Don José nos daba a la hora de la petición perras gordas, a unos dos, a otros tres, y a casi todos, una, pero casi nadie se quedaba sin su óbolo para echarlo en la bandeja. A la hora de comulgar, todos salíamos en fila con Don José a la cabeza, y nos dirigíamos al altar cantando todas aquellas canciones que habíamos estado aprendido toda la semana o durante todo el año: “el vamos niños al Sagrario” o “el de rodillas ante el Mismo”, y así una y otra vez hasta que todos terminábamos de comulgar.
En los Tarsicios no existieron nunca diferencias. Así como en los barrios los chiquillos teníamos nuestros amigos, allí y en la Alameda todos éramos iguales. Todos éramos Tarsicios, no hubo nunca problemas ni con los de arriba, ni con los de abajo, ni con los ricos ni con los pobres. Todos nos reuníamos bajo la dirección de Don José, que a todos los trataba por igual y algunas veces mejor a los más malos que a los que presumían de buenos.
Por las circunstancias de la vida, Don José que en los Tarsicios fue para nosotros símbolo de honradez y de trabajo, tuvo que ausentarse de Alcalá.
Nuestro más cariñoso recuerdo y que piense siempre donde quiera que esté, que todos los que fuimos Tarsicios lo tenemos en nuestra memoria y en nuestro corazón.





Manuel Guerra Martínez
Septiembre de 1992
Apuntes Históricos y de Nuestro Patrimonio
Alcalá de los Gazules

1 comentarios:

Antonio Casado dijo...

Al margen de tu artículo que refleja perfectamente los sentimientos de los niños protagonistas de la historia (o por lo menos así lo creo), para mí, el tal "Don José" representa la hipocresía típica del sistema y de parte de la sociedad de entonces: mientras que con una mano se golpea el pecho, con la otra... hace desgraciada a mucha gente. Lo siento.

El tiempo que hará...