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domingo, 27 de abril de 2008

HOMENAJE A DON MANUEL VELASCO VEGA

INTRODUCCIÓN

Si estas pobres líneas sirven de algo, ahí las dejo. Cuantas veces al mirar la Historia que corre día tras día como acontecimiento ordinario, dejamos pasar inadvertidos sus manifestaciones, que al paso del tiempo tuvieron más importancia, que la que por entonces le concedíamos.
He sido testigo inicial de una Obra, que puede ser excepcional en los anales históricos-sociales de la Patria, y ...ahí queda, me dije. Si no valen de nada, para mí de todas formas serán un testimonio permanente de un retazo de mi vida, entre los muros de una Institución, que llevo en lo profundo de mi alma. Todos cuantos con un cargo rector han pasado por ella han mostrado los mejores deseos de servirla, y los errores y deficiencias sufridos, solo muestran el límite de nuestra capacidad, pero no la anchura del corazón que siempre estuvo a su disposición, con desinterés y sacrificio.
El buen deseo suplió en gran parte la mezquindad de la preparación; el estudio, la observación y los fracasos, nos sirvieron de acicate para enmendar yerros. Esa constancia o tozudez, que se dice que a los españoles nos falta, para dar cima a las empresas, no nos faltó tampoco. De cada fracaso sacábamos estímulos para continuar con más fuerza, y a las dificultades y problemas económicos y pedagógicos contraatacábamos con el ardor del acosado y... la fe. La gran confianza en la Divina Providencia; la jaculatoria milagrosa ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!... Las noches enteras llamando al Señor; los niños con sus rosarios de cuerdas anudadas en turnos permanentes a la capilla; sentados en las camas hasta altas horas de la noche, o en los rincones del patio durante el día; sus sacrificios anónimos... Aquellas comuniones fervorosísimas, la solemnidad de los cultos, el suave canto de virginales voces; sin bancos donde sentarse; cosidos codo a codo y cociéndose en una minúscula capilla, para formar una nube al cielo de corazones, sacrificios y fe.
Y la fe y el corazón hicieron el milagro. Esto nos hizo, Señor, que nos sintiéramos más juntos a Ti, y por eso, Tú, tampoco, Señor, defraudaste nuestras esperanzas velando siempre por los que se acogieron a tus paternales brazos.

Curriculum vitae (¿)

Ejercí en Comillas, en la graduada del pueblo, y ante las dificultades de todo orden surgidas como consecuencia de nuestra guerra: hambre, miseria material y moral, soñaba “con unos colegios donde se pudieran recoger aquellos niños semiabandonados, con los que luchábamos sin descanso y sin medios apropiados. Manteníamos muy buenas relaciones con los Padres de la Universidad, que nos ayudaban bastante en la labor docente y benéfica. Mis utópicos pensamientos ¿quién se había preocupado nunca en España de hacer una obra nacional con internados para las clases humildes?... Pero Dios me oyó. Por mediación del Padre Augurio Salgado me puse en contacto con el Padre Rafael Villoslada que por entonces iniciaba su labor apostólico-docente por Andalucía.
Ciertamente solo pensaba “en un centro donde pudiera formar a los niños que después serían los hombres de nuestra Patria.” Todas las demás consideraciones personales y económicas quedaban en un muy segundo plano.
El 15 de Agosto de 1.942 me incorporé, oficialmente, a las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, con un cursillo profesional y ejercicios espirituales, todo desarrollado en Cartuja. Fui destinado a Úbeda, a la clase preparatoria de ingreso, en la segunda enseñanza “como medio de aliviar los gastos de la primera y gratuita” para los hijos de los pobres. Dios no bendijo aquella modalidad.
Aquel curso 1942-43 se abrió el internado de Úbeda, como primera piedra de lo que iban a ser Escuelas Profesionales, y atendiendo siempre a los motivos que me impulsaron dejar Comillas, fui a vivir a él con el beneplácito y apoyo de mi gran amigo el Padre Francisco Hermoso.
El establecimiento de internados para familias obreras y campesinas no era tarea tan fácil, porque con heridas, aún sangrantes, de la guerra civil, niños abandonados, delincuentes en potencia, aprovechados discípulos del hampa, huérfanos de guerra, desnutrición, miseria... aquellos niños, no eran los pobres, como todos los niños, y había por supuesto que pensar que merecían un trato especialísimo también. Nuestros internados no podían, si querían sobrevivir, sujetarse al plan tradicional de internados que todos conocíamos en España. ¿Era preciso, pues? Conocer la mentalidad obrera, primero. Yo la conocía por convivir con ellos desde mis más tiernos años. Después o antes: amor. Y esto ni se inventa ni se simula. Tiene que ser auténtico. Después, ¿ciencia?... No. SENTIDO COMÚN. Después todo lo que se quiera.
Con infinita alegría pude constatar que el Padre Villoslada tenía los mismos pensamientos. El sentido común nos hizo triunfar. Supo infundirnos el Padre, fe y esperanza. Trabajábamos con los ojos puestos en Dios por aquellos niños, sin pensar nunca en mejoras económicas, ni provechos personales, y todos a una empujábamos el carro porque nos movía un mismo y desinteresado ideal, en un ambiente, gratamente familiar.
Cuando por propia voluntad ingresé en el internado de Úbeda, contraje la obligación de colaborar sin descanso ni desánimo. Continuamente se me representaba como “otro campo de batalla”; el de ganar la paz. Labor que, cuando las armas pasearon victoriosas por los campos y ciudades, olvidaron muchos como si todo fuere ya concluso. Con las masas infantiles ante mis ojos comprendí que mi “batalla” empezaba entonces. Ni llevaba experiencia ni ciencia suficiente, pero sí sentido y amor. Posiblemente esto sería lo que vio el Padre Villoslada cuando me propuso para poner en marcha el internado de Andújar.
Con todo el frescor de aquellos momentos recuerdo la madrugada del tres de Diciembre de 1.943, las cinco aproximadamente, en el exprés de Sevilla. El Padre, cubierto con un guardapolvo marrón, nos abría a González Quel y a mí las cancelas de hierro del Instituto cedido por el Ayuntamiento. Y entré con miedo del fracaso. El miedo de la responsabilidad que colgaba de los hombros. Un miedo que no acabaría nunca ante un deber en el que no cabía un paso atrás y mucho menos la deserción. ¿Qué experiencia tenía de internados para que el Padre me encargara de Andújar?. Solo Dios sabe mis soledades, mis preocupaciones hondas... Era cargar con una cruz y ¡qué pesada se hacía tantas veces!. Entonces... Envidiaba a los campesinos en la tranquila vida del campo. Espaciaba los ojos por las faldas de Sierra Morena y me parecían las blancas casitas aldeanas la morada de una felicidad muy cara. ¡Cuántas veces me hubiera paseado por sus praderas, trepado los riscos, contemplar el agua que bajaba de lo alto, porque era el pulso de una vida más humana que la mía!. Leer allí en la tranquila paz de los campos lejos de la revuelta vida. Allí hubiera querido encontrarme en las tardes silenciosas, a la hora crepuscular, y cuando la depresión nerviosa era mayor por la jornada tensa. Me asaltaba el pensamiento de huir, perderme de vista de todos, de la inquietud, del destrozamiento interno, de la batalla que continuamente libraba contra tantas cosas adversas. Me sentía solo en el campo de operaciones y en medio de una sociedad que solo pensaba en sus egoísmos. Pero tenía que resignarme y seguir, que a mi juventud había que domarla sujetándola al yugo del deber. Bajaba los ojos al patio y los niños me imponían el respeto de su asistencia. Veía las gentes del pueblo pasear en las tardes soleadas, pero me golpeaba la conciencia imitarles dejando el pequeño mundo de los niños que, ciertamente, quedaban abandonados. Cuando salía no vivía en mí y pensaba en ellos como algo que quedó en vilo.

Bazas del triunfo

Las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia proliferaron y se robustecieron porque estaban sincronizadas por un mismo espíritu vivificador: el que le infundió su fundador.
El Padre Villoslada nos dio unión a todos sus colaboradores; un ideal por la formación obrera; una fe profunda en la Divina Providencia; un ambiente extraordinariamente familiar que nos hacía sentirnos hermanos; un “no pensar en el yo” con espíritu universalista y UNA CONFIANZA PLENA EN NUESTRAS PROPIAS RESPONSABILIDADES. Por este motivo, al darnos un margen amplio en las responsabilidades del gobierno de las Escuelas, nosotros, todos, nos entregamos en alma y vida.
El Padre Villoslada, justo es confesarlo, no podría haber desarrollado su Obra, sin la colaboración de nosotros, los seglares. Repetidas veces nos lo confesó él mismo. Fuimos, por tanto, co-fundadores con él de esta empresa docente y social. He aquí el motivo, pues, que al sentirnos la gran familia seglar fundadores también la entrega incondicional llegara a altos grados de sacrificio. Siempre que el Padre nos hacía una visita nos reuníamos en “mesa redonda”, sin jerarquías, porque al ser “todos en uno y uno en todos” uno solo eran los pensamientos, los deseos, los fines que se perseguían. Nosotros éramos ALGO en las Escuelas. Éramos piezas principales en la gran construcción que se levantaba. No éramos “personal auxiliar” como después se ha querido mostrar en una operación mágica o en un proceso de metamórfosis. La realidad de que el personal seglar de las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia fue cofundador con el Padre Villoslada, y la realidad de que el Padre Villoslada no hubiera podido dar cima a sus magnos proyectos sin el apoyo seglar, es una verdad concluyente que nadie podrá tergiversar. Nunca fuimos “personal auxiliar” sino personal principal y co-fundadores.
También es verdad que el grupo de co-fundadores era gente corriente, con una formación corriente, sin ser especialistas en nada. Pero llevaba sentido común y corazón. Sí, corazón. Y el corazón hace más que la inteligencia, porque ésta es fría y aquel llega a arder. Añadámosle a estas dos robustas columnas honradez y conciencia. Ya está todo. ¿Cómo hubiera sido posible entonces en una época de grandes apuros económicos mantener un personal docente sin cobrar meses porque primero era resolver los problemas de la Institución? Y nadie se quejaba y se esperaba, porque había fe.
Otra baza estaba en la discreción. Tendríamos puntos de vista diferente, criterios propios, maneras diversas de concebir la solución de problemas, críticas más o menos fuertes en lo que se hacía, pero nunca trascendió a personas ajenas a la Institución, por aquello de que “los problemas familiares solo importan a la familia”. Hemos sacrificado muchísimas veces nuestro criterio en aras de unión. Hemos buscado los puntos afines con los demás colaboradores. Hemos puesto candados en el corazón y en la boca siempre que un interés superior así lo pedía.
El ambiente de familia que el Padre Villoslada creó entre él y sus colaboradores lo ampliamos después entre nosotros y los alumnos. Sí. HUBO EN AQUELLOS AÑOS UN TRATO FAMILIAR Y UN AMBIENTE FAMILIAR DENTRO DE LAS ESCUELAS ENTRE SUPERIORES Y DISCÍPULOS COMO YA NO LO HA VUELTO A HABER MÁS,
El sentido común nos dictó: “Que si un colegio es como una familia numerosa, y en una familia numerosa bien organizada hay una autoridad eficiente de padres; una obediencia respetuosa de hijos; un cariño paterno filial y un plan definido de vida hogareña, los hijos de tal hogar llevan un sello de buena crianza. Huelgan todas las demás deducciones que de aquí arrancan. Todo colegio, un internado más, debe limitar lo más posible el ambiente y manera de un hogar cristiano bien formalizado. Así lo hicimos y buscamos la imitación siempre que pudimos.
Creamos, sí, dentro de los colegios un reflejo lo más fiel posible del ambiente familiar cristiano, y nuestros muchachos, sin faltar gravemente a la disciplina, encontraron una facilidad de movimientos grande, y un margen de libertad y responsabilidad bastante separado del concepto clásico de colegios. Muchas veces se quedaban solos en el trabajo “para hacerse a la realidad de un día no lejano de separación definitiva”, porque todo el proceso educativo tendría que provocar reacciones espontáneas; movimientos positivos realizados con absoluta libertad y hasta indiferente atención. En todo momento no cabía demostrar excesiva atención a lo que hacían, ni que ellos lo notasen, porque se perdía el espíritu de autoeducación y en sí las virtudes de la formación.
Muchas veces aparecía una disciplina lacia, pero sentida, no impuesta. No brillamos por rigurosidad disciplinaria, pero por eso no hubo tampoco reacciones negativas violentas. Es que los extremos se tocan. No hubo en concreto problemas graves de disciplina porque se llevaban muy de cerca el cuerpo principal de las inspecciones.
El respeto al superior permaneció intangible. Muchas pequeñas indisciplinas eran consecuencia de la falta de espacio vital.
Nuestros niños eran como todos: un fondo de gracia divina, que es lo que fuimos explotando para hacer de ellos unos caballeros, y un almacén de taras heredadas por la sangre o cogidas en el medio ambiente. Pretender indefectiblemente que de ellos había que sacar dechados de perfección era soñar con la utopía. Apurábamos la formación, pero no se corrige la humanidad con varios años de colegio, sino de generación en generación. Un siglo de liberalismo ha quebrantado terriblemente a la sociedad española, y sin embargo, a pesar de esta lucha violenta con el espíritu del siglo, en el jardín querido de nuestros muchachos también florecieron las azucenas.
El acierto mayor fue tocar el corazón sensible del obrero; solo sentimos que la falta de medios por los años malos que se atravesaban no nos ayudasen en la labor y otras por incomprensiones lamentables. Todas las dimensiones de la vida efectiva, y las necesidades materiales y espirituales se enfocaron desde el punto de vista familiar. Hicimos sumamente fácil la vida del colegial, guardando celosamente la singladura de una disciplina, pero dejando a la disposición de los muchachos holgura de movimientos tales, que no le hicieran creer, ni por un momento, en una vida premilitar. “Vivíamos en familia”, me han repetido muchísimas veces, y es verdad.
Tuvimos obsesión por “el mañana”. Tratamos de ser buenos cristianos con vistas a “ese mañana” de vida independiente; educamos para la vida que nos ronda las puertas y atisba por los postigos; hicimos del colegio la granja experimental y no el blanco de ilusiones; hemos tratado, hasta que las fuerzas y la inteligencia lo permitieron, conformar el colegio a la vida, al mundo. Hemos tratado de hacer hombres y no muchachos cohibidos. Por ejemplo, en Andújar, los profesionales salían a la calle libremente “cuando llevaban una misión definida”, y en tiempos de taller, tal como a comprar material o a realizar algún trabajo profesional. Discurrimos que SI NO EDUCAMOS EN EL MUNDO EL MUNDO PRONTO SE ENCARGARÁ DE PERVERTIRNOSLOS.
He aquí el motivo de las salidas libres los domingos en unos años que parecía la determinación “escandalosa”. Pusimos empeño en que el internado se fuera disolviendo en el exterior de forma y manera que cuando llegara el cambio apenas si lo notaran.
El amargo comentario de los seculares internados induce a Francoise Sagan en “Bonjour Tristese”: Instituciones respetables que en la práctica dan algunas veces resultados bastante dudosos. La pedagogía de algunos colegios no está a la altura de los tiempos que vivimos si se suministra a los alumnos solamente un baño de piedad ñoña, sentimental, sin bases sólidas capaces de contrarrestar los peligros que ofrece el ambiente al que están destinados a vivir. Después de pasar varios años en un ambiente artificial, aséptico a la realidad del quehacer cotidiano, van a caer al gran mundo cuya norma de vida es el placer más o menos refinado, más o menos lícito, y se dejan llevar por la corriente. Las buenas enseñanzas se las lleva el viento del buen vivir; se olvidan de ellas como de un mal sueño.”
Nuestros alumnos recuerdan con cariño (recordaban más propiamente) las Escuelas “porque no hicimos un ambiente aséptico a la realidad del quehacer cotidiano”, y los testimonios irrecusables de la permanencia espiritual y del éxito de los procedimientos, que, contra viento y marea de obstáculos, zancadillas e incomprensiones los pongo a la vista y consideración como documentos fehacientes; las cartas de una legión de ellos que “cuando no les ligaba ningún compromiso con nosotros” porque ya eran libres escribían, sin embargo; y que cuando nada pesábamos en la máquina de la vida abrían el corazón con la misma libérrima voluntad y conciencia. Aquí podrían transcribir centenares de cartas, miles tal vez, pero unas cuantas citas serán suficientes.
“Estoy trabajando en el mismo sitio de antes; estoy muy bien mirado, y trabajo lo que puedo y sé más. Y será la costumbre, o lo que sea, el caso es que me parece que aquí se hace el tiempo y el trabajo menos cansado que todas las cosas. Ahora es cuando uno ve las cosas como son. Yo llevo mi casa adelante y no me vendo por nada. En el taller estamos siete y el mayor con veinticinco años. Está feo decirlo, pero no me alabo: a mi no me habrán oído decir palabras feas, y se ríen porque les digo cosas de la religión, y me dicen “el cristiano” y que son tonterías. Yo les vuelvo a decir que lo que me han enseñado y Dios quiera que no lo olvide. Pida por mí para que yo no deje mis creencias.” (José Migallón Roguez – Córdoba).
“Que cada vez que abra mi cartera me recuerde de mi niñez, ahí en esa casa que recoge a todos, buenos y malos, y los saca buenos, hechos hombres, como a mí me recogieron. Gracias a El puedo decir que estuve en un sitio donde me dieron mucha vergüenza y educación y sé demostrarla en todas partes.” (Agustín Gallardo – Marmolejo).
“Lo que tenemos que pedir a Dios es que con nuestros méritos buenos nos dé la gloria, que es lo que interesa. Cada día me doy más cuenta de lo pervertido que está el mundo, que hay que luchar mucho, pero mucho más que cuando está uno en esa casa tan santa. Se me hace la vida muy difícil, pero yo con mis oraciones sigo pidiéndole a Dios, y a nuestra Madre y a San José que no me deje caer en el pecado, y si por desgracia caigo, que me de fuerzas para levantarme humillado y limpio de tanta inmundicia. Por cualquier sitio veo lo que no quisiera ver, y oigo lo que no quisiera oír. Yo quiero tener un Padre espiritual y pronto lo tendré. Yo no sabía lo que era la vida hasta ahora; tengo que luchar si no me quiero condenar. ¡Dios mío! Que yo nunca sea de esos pobres infelices, que te tengo mucho que agradecer porque mi familia es cristiana y que haya estado en un colegio que otros no han tenido esa dicha.” (Braulio Vicente – Bilbao).
Las referencias se harían interminables; basta con estas tres. Hay un “algo” en nosotros que nos impide desertar cuando la educación se ha llevado con pleno conocimiento. Vendrán convulsiones, debilidades, pero el firme sostén espiritual, este “algo” que no acertamos a definir, que es consustancial con nosotros, nos lo impide: tendrían que volvernos a fundir. Así repetíamos con machacona insistencia y por todas partes por donde venía a pelo. Que los tiempos cambian, las situaciones políticas, las relaciones sociales; pero que Dios es inmutable; que la moral es siempre igual, y el premio y castigo eternos. La juventud es fácil de guiar cuando estudiamos sus problemas y nos interesamos por resolverlos. A la juventud hay que darle un margen de responsabilidad que les sublime. Lo que la juventud pide es que no se la deje suelta; que encuentre un apoyo a quien pueda acudir, a cualquier hora, en busca de orientación y consejo.

Proceso clásico de formación de las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia.

Mi expresión de formación clásica es debida a que todos los centros de la Institución tuvieron una gestación y una cristalización muy similares. Las referencias a uno de ellos podemos decir que sirve para todos. Valgan de muestra las Escuelas de Andújar.
El internado de Andújar se abrió el 3 de Diciembre de 1.943. Quiso el Padre Villoslada señalar una fecha gloriosa y ésta fue la mejor: San Francisco Javier, el gran apóstol de Indias. El Ayuntamiento cedió el edificio del Instituto gracias al tesón de su Alcalde Don Tomás Escribano Soriano, gran admirador de la obra social del Padre Villoslada. En una de las aulas se improvisó la capilla. El Padre Villoslada, en esa mañana histórica, nos exhortó a todos a colaborar “según los medios que el Señor nos había dado.”
En este edificio hubo que transformar todo para convertir diez clases, y no muy amplias, en dormitorios, aseos, comedores, cocina, capilla y despacho del Padre Director. Entre el salón de estudios y cinco clases se colocaron ciento cincuenta y seis camas; la cocina en un sótano mal ventilado y deficiente instalación de agua y vertederos. En este agobio de espacio vital no hubo más remedio que aposentar a los profesores en minúsculas y raídas camarillas donde apuradamente cabían la cama y una silla. Para las clases nos faltaban locales y un salón para los días fríos y lluviosos, porque solo teníamos un cobertizo orientado y azotado por los cuatro puntos cardinales. En tales tesituras acudíamos al comedor. Allí se montó el primer nacimiento con un misterio gigante que nos regaló no sé quien, al que el Padre Pardo agregó un búho y una paloma disecados, que encontró en una descubierta por el desván, restos maltrechos de un antiguo gabinete de ciencias de los tiempos del Instituto.
El alma de aquellos angelicos primeros era sencilla y las reacciones engorrosas solo mostraban el reflejo de una vida anterior de abandono. La inmensa mayoría eran huérfanos, bastantes abandonados y un buen grupo aprovechados discípulos de la golfería y el raterismo. Por esta razón no eran raras las fugas, aunque las más lejanas no se remontaron nunca más allá de Alcázar de San Juan, cuando la mayoría se atrapaban en Baeza (Estación) o en el propio Andújar. Yo recibí el día 3 de Diciembre a los primeros catorce alumnos, todos del pueblo, y me esforcé por ambientarlos en la nueva jaula sin calor de vida aún y en una época brumosa y de lluvias constantes. El día de La Inmaculada llegaron diez niños de Baena, de grato recuerdo en estas Escuelas, y un grupo de veteranos de Úbeda, para ambientar. Así continuó la entrada de niños, lenta pero constante, para dar solidez a la disciplina. Llegamos con el tiempo suficiente para recoger la infancia abandonada de la guerra; pobres criaturas que venían en un estado de desnutrición alarmante. Hasta no sabían jugar. Cerca de un noventa por ciento, analfabetos.
En este local del Instituto quedaba un aula libre para clases. El aumento de niños obligó a desdoblarla en otro pequeño local de oficinas en el entresuelo, y más adelante se alquiló una habitación anchurosa en la “casa de Patricio” situada en la acera de enfrente. En todas amontonamos el material y los niños, con el constante peligro de atravesar con ellos diariamente una carretera general. Al seguir ingresando niños se dispuso otra clase en el comedor, que terminaba antes por “tener que poner las mesas”. Siendo así que por entonces se levantaban los primeros talleres, al cubrir aguas, allí se abría otra nueva clase “y trabajaban al mismo ritmo, albañiles, mecánicos y niños”. Después ...después quedaba una escalera sin servicio y allí, con tablones y rimeros de ladrillos se abrió otra clase más.
Estaba la Capilla en otra clase de 42 metros cuadrados de superficie, con tres grandes ventanales. A este corto espacio había que restarle catorce que ocupaba el altar, gradas y armario de ornamentos, y solo nos quedaban veintiocho para la colocación de los alumnos que sobrepasaban los ciento cincuenta. Materialmente cosidos hombro a hombro y en pies siempre. Fácil es ver que el sacrificio de los niños alcanzara del Señor sus bendiciones a manos llenas sobre esta casa.
La situación económica, siempre apretada porque ni los tiempos ni las bolsas eran todo lo propicias a los buenos deseos se hizo más difícil aún a partir del verano de 1.945 como participación en los males generales de España. La espantosa sequía nos privó hasta del agua para beber que había que recoger a unos kilómetros y filtrarla por llevar sanguijuelas. El cerco exterior por decreto de las Naciones Unidas nos estrechó aún más. No subía el agua a los lavabos, o tenías que llevar en cubos de una bañera del piso bajo o mandar a los niños a medio asearse a una alberca del patio. Así y todo no hubo más remedio que a los ciento setenta y cinco niños actuales unir sesenta más de Andújar haciéndonos eco de la “Campaña de Caridad.”
No podían tener las comidas las calorías suficientes por la calidad de ellas y escasez de ingredientes. Se producían fracturas con la más insignificante caída y ¡hasta por tirar una piedra! La situación angustiosa la salvó a medias un vagón de arroz procedente de Valencia. Y así seguía también la angustiosa situación con ropas y calzado.
En el verano de 1.946 Dios también nos puso a prueba con una terrible epidemia de tifus que alcanzó a ochenta niños, la mayoría graves. Aquí volvió a verse palpable la mano de la Divina Providencia. Se luchó cuerpo a cuerpo con la muerte, especialmente la Madre Carmen, Superiora de las Religiosas Obreras que por entonces administraban la casa, que con intuición maravillosa hizo por la salvación de los niños como nadie supo hacerlo.

Construcciones

Podemos decir con toda verdad que nunca nos vimos libres de obras ni de albañiles. Los niños, las piedras, los ladrillos y el cemento, casi han formado una unidad. Afortunadamente no nos vimos libres de estas obras porque ha sido la mejor prueba de la prosperidad de la Institución. En 1.943 solo había el edificio del Instituto, la casa del conserje y un buen campo de juego.
En la visita que en Noviembre de 1.944 nos hizo el Sr. Ministro de la Gobernación, Don Blas Pérez González, un coro hablado y unas canciones tocaron las fibras sensibles de Don Blas y prometió la construcción de talleres con cargo a Regiones Devastadas. Y en Mayo del año siguiente se terminaron hasta con algunas máquinas, siempre el propio Don Blas quien vino a la inauguración. Desde entonces tuvimos en él el mejor amigo y bienhechor; el que abrió otras puertas superiores fijando definitivamente las Escuelas.
Se cercaron dos pequeños patios en los ángulos del edificio, para construir en uno el horno y lavaderos provisionales y en el otro un pabellón con cuatro nuevas clases.
Después de fatigosas alternativas el Padre pudo adquirir los terrenos de huerta colindantes hasta el llamado “Molino de Barberán” que pertenecían a un enjambre de pequeños propietarios. Frente al campo de juego se construyeron dos clases más y con esto terminaba la primera etapa de construcciones. La segunda, definitiva y de más envergadura, fue financiada por el Instituto Nacional de la Vivienda, por expreso deseo del Director Don Federico Mayo Gayarre, gran admirador de los proyectos del Padre Villoslada. En mayo de 1.949 el Padre González Bueno colocaba y bendecía la primera piedra. Cuando en el verano de 1.954 se daban por terminadas, comprendían un grupo de pabellones de cemento, piedra y hierro que ocupaban por completo lo que había sido campo de juego. El primero con sótanos, cocina y enfermería va a unirse al central, que es como la espina dorsal de todos y lleva dos grandes comedores, salas de visita, ropería, biblioteca y residencia de padres y profesores. Otro pabellón, el mayor de todos, que arranca de un extremo del central, con fachada al Este, exclusivamente diseñado para dormitorios, con capacidad para trescientas cincuenta camas y holgados anexos de aseos.

Enseñanza

Las tareas docentes se ciñeron en un principio a internos; después se abrió una de externos, que paulatinamente fueron aumentando hasta llegar en el curso 1.953-54 a ocho, completando el Grupo Escolar cuatro más para internos, totalizando la cifra de doce, incluidas dos de párvulos. La asistencia siempre fue buena y alcanzaba un porcentaje del 95 por ciento. El horario escolar tenía una hora sobre el oficial que se destinaba a clases especiales llamadas de “adorno”: dibujo, encuadernación, caligrafía, música y trabajos manuales.
En la enseñanza profesional reducíamos el programa escolar para dar primacía al taller. Las clases se daban por la mañana temprano y a la caída de la tarde. Dado que a la mayoría de los alumnos faltaba una formación primaria suficiente, se atendía en los mayores a las asignaturas básicas: matemáticas, religión, tecnología, dibujo lineal y artístico y una clase especial de redacción y ortografía.
Para nosotros el taller tuvo mucha importancia. Siete horas y plan de trabajo, dentro del aprendizaje como un taller clásico.
Horario de Profesionales: 6,30, levantarse; 7, clase; 8, Santa Misa; 8,30, gimnasia; 9, desayuno; 9,30, recreo; 9,45, talleres; 1, recreo; 1,15, comida; 1,50, recreo; 2,30, talleres; 5,30 recreo; 6,15, clase; 7,15, recreo; 7,30, clase; 8,20, recreo; 8,30, rosario y lectura espiritual; 9, cena; 9,30, recreo; 9,45, oraciones y acostarse.
Un programa duro porque hay que acostumbrarles a la dureza de vida que posiblemente tengan que llevar después, y no se van a abrir unas escuelas para sacar hornadas de señoritos inútiles y blandengues.
El profesorado hizo mucho y aguantó más porque no fue con el premeditado deseo de prosperar sino de elevar al triunfo obra excelsa como eran las Escuelas. Como ya anteriormente dije sus propios problemas se posponían a los de la Institución, y se esperaba hasta que ellos fueran resueltos. Se sabía que era institución benéfico-docente y que sin presión alguna el Padre Villoslada no olvidaba tampoco a sus maestros puesto que cuando la ocasión era propicia había mejoras generales.

Nuestras relaciones con el Padre Villoslada.

Siempre fueron buenas, cordiales, firmes y sinceras. El hombre que había levantado una Obra sin medios primarios, en tiempos hostiles, ante la indiferencia general y proyectos originales, merece de todos el respeto, la admiración y el cariño. A nosotros, sus maestros, a los que nos dio participación en la obra como cofundadores de ella, el más elementalísimo deber de gratitud y conciencia hizo que siempre le permaneciéramos unidos. No es entonar un cántico de alabanza, lo cual al Padre, por sus años, experiencia y buen religioso, no le sensibilizan en nada, sino llamar a las cosas llanamente por su nombre. La fidelidad siempre será una virtud.

¿Porqué estos vientos que soplan?

Sentía predilección en pasear por la huerta. Enseguida me veía rodeado de alumnos que aquella expansión en el campo, sin salir de casa, les gustaba extraordinariamente. Siempre por lo general llegábamos hasta la alberca vacía que nunca logré ver con agua. Eduardo, en un arranque poético había arreglado una glorieta con bancos y enrejado de parras; se habían canalizado las acequias y se esbozaban otros arreglos. Multitud de frutales anunciaban los primeros frutos. La vida del Colegio era como mi casa, mi hogar, y el menor incidente me inquietaba como lo más personal. Me “encontré” con el cargo de Director del Grupo Escolar porque el Padre Villoslada se interesó en ello; muchas veces hice propósito de renunciar a él cuando la cruz abrumaba mis hombros. Había que pensar en una España que pregonábamos a redimir para que fuera cierto en las hornadas de jóvenes. Había que hacer con ellos algo más personal de lo que un plan de estudios logra, porque no pasa de arañar la piel de la personalidad. No me engañaba con el fácil espejuelo de un trabajo organizado como la máquina con todas las piezas engrasadas da el trabajo hecho, porque PARA EDUCAR hay que poner el alma en la empresa y esto no puede encajarse en los moldes estrechos y limitados de un libro impreso.
He visto crecer los árboles de la carretera hasta desbordar las tapias del lindero y perderse en verde procesión en la lejanía; he visto un jardín florido en los llanos secos de la ahora huerta; me ha salpicado el agua del tubo de desagüe del torreón; he visto a mis niños calzados, nutridos y de buen color, cuando la estampa de la sequía, descalzos, paliduchos y desnutridos aun no se habían borrado de mi memoria. Me he paseado por amplias galerías nuevas, visto la realidad de unos confortables dormitorios, comedores llenos de alegría y una capilla dilatada y luminosa, y pensaba en los días en que estas realidades eran el dorado sueño de una quimera. En este mundo, cada vez más vasto y maravilloso, me iba perdiendo lentamente, esfumándome como un fantasma en el bosque encantado del lejano país de la leyenda. Mis fracasos fueron duro crisol de purificación. Así todos los días en el tiempo marcado por el Señor.
Los niños crecían y se hacían hombres, y un día traspasaban la cancela de hierro para no volver más. Como en un gran tapiz bordado se me presentaban sus historias escolares. Llegaron pequeños, infantiles, correteando por los campos, rabietas, disciplinas, entrando la letra y la formación con tozudez, animando y amenazando... La puesta de largo, con el mono azul, y asomos de bozo; la acusación de perfiles de virilidad y ...la pérdida de profundidad en unos ojos que se endurecían con el despertar pasional. Cada vez pidiendo más libertad que sabiamente había necesidad de administrar porque ya no eran niños sino hombres que pronto se introducirían en el escenario del mundo. Cuando la cuerda se rompía seguíamosles con la vista hasta perderlos. Amargas eran estas situaciones, pero inevitables. El rodar de días continuos y de noches en vigilia buscando soluciones al permanente problema de la juventud.
En los dos últimos cursos que pasé en Andújar presentía una nueva aurora. Venían los nuevos alumnos con una felicidad en los rostros prometedora. Eran los lazos familiares fijos y un saber lo que querían y buscaban en nosotros. Ya se habían conquistado las Escuelas una posición en la sociedad y llovían las peticiones con ritmo creciente. Por las cancelas encristaladas pasaban con el peso de las maletas, oliendo a limpios y con ideal. Los padres los entregaban sonrientes, con la tranquilidad que dan las cosas garantizadas “para que de ellos hiciéramos unos hombres.” La alegría íntima nos invadía cuando se palpaba la realidad de un mundo organizado tras la porción de años sin descanso moral. La mentalidad de los nuevos inquilinos era más voluble a las tablas formativas porque venían de un mundo que había dejado en la noche del tiempo los horrores de la pasada contienda; porque estos ángeles no sabían nada del drama, ni lo habían vivido. Era la generación de los años en paz, y ciertamente la paz daba gracia, alegría, hogar, ilusiones y se pensaba en el porvenir como en la obra nueva en la que ellos tenían encomendada una misión específica.
Ahora podíamos ofrecerles unas Escuelas nuevas, amplias, alegres, confortables, con material también nuevo. Un canto de resurrección a una nueva vida. Yo sentía primavera en mí después de invierno tan largo. Sin embargo la evocación de un final trágico intermitente asomaba. El cielo azul se enturbiaba con el nubarrón sombrío... ¿Ves los pintores acicalando las fachadas con el contraste de ocres y cales? ...Pues ve preparando la marcha. ¿Ves los albañiles dando los últimos toques a las aceras y retirando el material? ...Cuando el último de ellos salga por esa puerta tu actividad aquí dentro también hará punto.
Daba unas vueltas por el cinturón de la casa, sin apear mi vista de las torres, azoteas, la tersura del campo, el verdor de la huerta, el ir y venir de pequeños y mayores, el ritmo permanente de los talleres, y me decía: algo bueno hemos hecho.
Cuando la realidad me despertó diciéndome que le diera el adiós a todo aquello que era mi corazón proyectado casi no me cogió desprevenido porque el galopar del tiempo y las vicisitudes me fueron preparando el ánimo para el día de la gran amargura.

Fiel historia de una posición.

En el 1.953 el Padre Villoslada enfermó gravemente. Naturalmente, los maestros de la Institución nos interesábamos por el curso de su enfermedad y pedíamos en alma y corazón que el Señor lo sanara pronto. Nuestras visitas al Hospital de Úbeda parecían no serle muy gratas al Padre Miguel Fernández pues dijo “que íbamos a ver que nos dejaba en herencia” ...Esto ¿porqué?.
Bien, al mismo Padre Miguel Fernández y a otros Padres que por Andújar pasaron les oí decir que “la Obra de las Escuelas no era propia de la Compañía de Jesús” y cosas parecidas. Algo así como estar al margen de ella.
Pensando que somos humanos es fácil comprender que tiene que haber en toda obra humana diversos criterios. Era palpable que el punto de vista del Padre Villoslada no era compartido por otros Padres de la Compañía. A nosotros, los seglares, estas diferenciaciones nos traían absolutamente sin cuidado, primero por no importarnos y después porque la intimidad de las asociaciones sea cuales fueren es solo de la incumbencia de los asociados, que merecen todo el respeto.
Ahora bien: El cuerpo seglar de la Institución, co-fundadores con el Padre Villoslada de las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, y sin los cuales las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia no hubieran cuajado, eran parte interesada en toda determinación que, no por el futuro de un Padre de la Compañía, sino por el futuro y trayectoria de las Escuelas ERAN PARTE INTERESADA EN LA OBRA, tenían derecho a ser oídos y consultados. Y cuando la Compañía creyó conveniente el relevo del Padre Rafael Villoslada, no por el gobierno interno de la propia Compañía, que a los seglares no nos importa nada, sino por lo que suponía en sus relaciones con las Escuelas, ni fuimos consultados ni oídos.
Como además, al ingresar en las Escuelas, no hicimos ningún voto de obediencia estricta a la Compañía y si lo contragimos con el Padre Villoslada, y como además éramos seres libres, y con derechos adquiridos en las Escuelas, podíamos opinar libremente sin que ello supusiera pecar. Y si nosotros sentíamos por el Padre Villoslada un gran aprecio ¿qué de malo tiene que no quisiéramos que le relevaran? Me he preguntado muchas veces: ¿Desde cuando la lealtad es pecado?...
Y por tanto, haciendo uso de este justo derecho por seres libres y por conquista, yo, y otros varios maestros de la Institución, recabamos de los demás maestros un pliego de firmas, con solicitud unidas, una al Sr. Ministro de Educación Nacional y otro al Nuncio de Su Santidad en Madrid. Ambas conducentes para que el General de la Compañía de Jesús nos reintegrara al seno de las Escuelas de la Sagrada Familia a su fundador el Padre Villoslada.
Era simplemente una gestión; era luchar noblemente porque no nos quitaran al Padre Villoslada. Era ejercitar el derecho a chillar, por lo menos, ya que nos habían cercenado el de opinar.
Hice una visita al Padre Francisco Cuenca, nombrado Rector de Úbeda en sustitución del Padre Villoslada, en el Colegio del Palo. Todo ocurría en Agosto de 1.954. Visita motivada por mi gran sorpresa al enterarme por Don Isidoro Vilaplana, Inspector Jefe de Enseñanza Primaria de Jaén que el Padre Cuenca le había indicado la conveniencia de relevarme del cargo de Director del Grupo Escolar de Andújar. Y me preguntó: ¿esto cómo puede llamarse?.
En la larga entrevista que sostuvimos en el Colegio de San Estanislao, el Padre Cuenca estuvo amable y cortés conmigo. Es lo que se espera de un hombre inteligente, educado y religioso. Me indicó la necesidad de hacer un escrito de retractación que desdijera todo lo anterior. Aun cuando eso no era posible quedé en darle la opinión de mis compañeros. Efectivamente, no era posible, porque no habíamos faltado en nada. Y esta fue la carta que escribí al Padre Cuenca: Benalúa de Guadix, 1 de Septiembre de 1.954. Rvdo. Padre Francisco Cuenca. Úbeda. Estimado Padre Cuenca: Quedé en escribirle o entrevistarme con Vd. y hago lo primero: escribo. He meditado y repasado muchas veces nuestra entrevista del Palo. Me he asesorado también. Al final hemos considerado dejar las cosas tal como están y no hacer ninguna gestión ni en pro ni en contra. Que Dios obre según su justicia dándole la razón a quien la lleve. Todos los días le pido que se haga su voluntad, y proteja nuestras queridas Escuelas sin provocar cismas ni ausencias, ya que tanto trabajo nos ha costado a todos verlas con el florecimiento actual. No ha pasado desapercibido para Vd. como el curso escolar ha seguido su vida con toda normalidad, ajeno a los puntos de vista sustentados por sus miembros, porque todos hemos tenido las miras comunes de una altísima misión. Y este curso el mejor de todos, precisamente. ¿Se puede hablar de enemigos entre nosotros? Es conveniente considerar igualmente que nosotros en la Institución somos algo. Así como co-fundadores. Para ello revisemos las Fundaciones todas. ¿No le suenan los nombres de éstos que ahora están señalados como piedras cimentales?... ¿Podremos tener en la Institución cierta autoridad para hablar?... Creo que sí... Podremos estar equivocados en lo que hablemos o escribamos. Entra en lo posible. Lo que si podemos asegurar es que nunca fuimos con aviesa intención, ni con fraude a sabiendas de la verdad. También una acción contra nosotros más estropearía la empresa de las Escuelas que contribuir a la edificación porque somos sus primeros y más leales amigos. Al margen de todo esto repaso mi vida en los últimos doce años, y ahora se me aparecen como una sensación de vacío, y siempre termino: ¿y todo para qué?...
Y todo tu trabajo desarrollado en doce años puede venir por tierra en un momento por hacer pública una opinión. No me puedo olvidar que llegué a Andújar la madrugada del tres de Diciembre de 1.943, antes que ningún Padre (excepto el Padre Villoslada que me esperaba) y que yo recibí, yo, los primeros catorce niños de aquel internado. Una semana después llegó el Padre Pardo. No podré olvidar que disponíamos de un solo edificio, una cocina en un sótano, unos dormitorios apretados de camas y unas clases en cuchitriles o en el hueco de escaleras. Nadie vivió, como yo viví, en una camarilla por espacio de ocho años a la que se entraba de perfil, disfrutando de las tórridas temperaturas de Andújar y hasta algunas noches de pleno invierno cobijado bajo un paraguas resguardado de torrenciales goteras encima de mi cama ya mojada. No saben muchos tampoco que pasé meses enteros solo para todo manejando ciento cincuenta muchachos, y sin vacaciones estivales ni ellos ni yo. Nadie sabe de las amarguras de tratar con aquella generación primera, llena de lacras morales, por una guerra civil aun reciente. Ni de las pertinaces sequías; ni de una situación disciplinaria peligrosa por deficiencias ambientales, alimenticias y de vestido. Los Padres no vivían en su plenitud aquel estado de cosas porque se movían en un plano superior y no en el contacto permanente del manejo de chicos y de la disciplina. Había que mantener una disciplina, que en ningún momento se alteró seriamente, y esto, como Vd. sabe, por haber vivido también los colegios, no es empresa tan fácil. Este orden lo llevé yo exclusivamente. Por esta regularidad de actuación interna, tanto en la disciplina como constancia en el trabajo, las Escuelas de Andújar no tuvieron que hacer como otras Escuelas de la Sagrada Familia expulsiones en masa, ni cambios constantes de procedimientos y una permanencia envidiable del profesorado, y la buena armonía entre todos. Los diversos criterios que hubiera en casa nunca trascendieron a los alumnos ni al exterior.
Cuando todo esto pienso se me nubla la vista no se si de coraje o de pesadumbre, porque nadie como yo sabe las Escuelas de Andújar, sus penas, sus alegrías, sus dificultades, su alma.
Puede sonar esto como un cántico de alabanza, y no; se llama la atención sobre algo que es necesario que se conozca en estos momentos decisivos de una Obra con alcances nacionales y por personas que son la Institución misma. Razones de sobra para que se medite actualmente muy despacio en lo que se hace y se pretende hacer. Pueden tomarse determinaciones con relativa facilidad que a los ojos de Dios encerrarían una injusticia mayúscula. Y considerando que se va alargando esta carta demasiado, solo me resta decir: Muy agradecido por su amable recibimiento en el Palo; las deferencias que a lo largo de la conversación tuvo conmigo, y sobre todo la cordura en todo lo hablado, de por si escabroso, dada una violenta situación. Esto me da esperanzas de que Vd. no puede obrar a la ligera en nada y verá la forma más razonable de arreglar las cosas sin injusticias ni debilidades.
Con el mayor afecto me despido de Vd.....

Esta carta, tal como está concebida y redactada, es copia fiel de la enviada al Padre Cuenca, y que fue considerada “dura”. Parece que ello significó la adopción de medidas tales como el destierro a Alcalá de los Gazules como medida de EJEMPLARIDAD. Dejo a la consideración del que la leyere el enjuiciamiento. De los escasos comentarios que sobre la carta se hicieron a posteriori, el Padre Cuenca, me dijo: “Que parecía dar a entender que aun estaba la pelota en el tejado; que había que esperar, pues no estaba la cosa resuelta”... Yo, la verdad, por más que repaso los renglones no encuentro ni entre líneas nada sobre ello.
Al iniciarse el curso 1954-55 vuelvo a Andújar a organizar los trabajos escolares. Nada hasta entonces se me había comunicado. Se hicieron los exámenes de externos y empezaron las clases. El Padre Murillo, el nuevo Director, que al principio estuvo afable y comunicativo, repentinamente se hizo hosco y despegado. Cuando llegaron los internos se me barrió por completo de todo. Pero con esa falta de caridad profunda de no decirme absolutamente nada, con un vacío completo y una indiferencia tal que parecía un mueble más de la casa. Era Director del Grupo Escolar por nombramiento oficial y ni esto se respetó. Entre el Padre Murillo y el Padre Flores dispusieron toda la vida del internado y organizaron las clases, los programas y la distribución de niños. Todas las mañanas bajaba a misa pero al entrar en la capilla los muchachos mayores “que no comprendían nada de lo que allí pasaba” miraban con expectación. Dejé de bajar a misa; atravesaba las galerías presuroso; no encontraba confianza en recorrer la casa y me refugiaba en la habitación como parapeto fortificado.
Tenía noticias de mi cese de Director, pero la comunicación oficial no acababa de llegar. Sin embargo Don Francisco Estepa ya tenía el nombramiento de Director en el bolsillo (¡¡¡).
El 16 de Octubre le hice entrega de las llaves a Don Francisco Estepa.
La vara de la “justicia” había alcanzado a Don Juan Maldonado que cesó como Director de Linares y a Don Eduardo Cueto eliminado del cargo de Administrador de Andújar. Dos maestros excelentes cofundadores y de los primerísimos en las Escuelas.
Un día de Noviembre llegó el Padre Cuenca acompañado de Don Isidoro Vilaplana. El salón-biblioteca de los Padres daba frente a mi clase. Contemplaba una reunión larga y no sabía que aquello era mi “consejo de guerra”. A la salida el Sr. Vilaplana me comunicaba: “Se le ha propuesto para Director de Alcalá de los Gazules. Como verá es una honra para usted”... ¡¡Encima debía de sentirme honrado!! Me negué en redondo a aceptar y a dejar Andújar. Días después regresó el Padre Cuenca que me recibió en clausura. Me hizo varias observaciones correctas y afables aun cuando era mi ruina profesional lo que se gestaba. “La Institución no olvida sus servicios...” “Las Escuelas necesitan de Vd....” “Es una medida de ejemplaridad. ¡¡¡Ejemplaridad!!!... Desde entonces esta palabra parece perseguirme como un eco sardónico. Todos tus desvelos por las Escuelas quedan en ... que debes una ejemplaridad. Hubo asamblea de Directores en Úbeda y no fui invitado. Después el Padre Cuenta se volvió atrás en su ofrecimiento y me dijo “que me convenía ir de soldado raso” (¿).
Y Don Isidoro Vilaplana, al que nada le iba ni le venía de aquello, y que ya que no fue capaz de defendernos como superior jerárquico lo mínimo que pudo hacer fue inhibirse, me presionaba constantemente para que aceptase Alcalá de los Gazules “porque las Escuelas tienen nuevos amos y no vaya a creer que es inamovible y se le puede formar expediente por incompatibilidad.”
¿Acaso soy un elemento peligroso?.
Pues ... sí.
¿Qué hacía en Andújar en esta situación? Bien sabía que lo de expediente era puro cuento y que no podían hacerlo porque para eso era menester que faltara a mis deberes profesionales. Y esto no era posible, pero... todo lo tendría en contra y era preferible marchar a Alcalá de los Gazules.
En los últimos días recorría la huerta con vehemencia como queriendo aprisionar toda la amplia geografía, los surcos, los frutales. Ya no era el paseo reposado acompañado de los niños, sino atravesando sin rumbo, abriendo bien los ojos para aprisionar en la retina la tierra que iba a perder. Subía más tarde a las terrazas y oteaba el horizonte, la cinta del río entre largas alamedas, las lomas de Arjona con olivares, los caseríos de la vega, Sierra Morena... Entraba en las habitaciones, aún sin estrenar, del último piso, la pérgola, los dormitorios de pequeños de camas y ropas flamantes y siempre sin rumbo fijo y siempre deambular. Cuando a las once atravesaba el vestíbulo de Profesionales para retirarme a mi habitación los pasos retumbaban en la bóveda como en tambor tenso. Yo sabía que había muchachos despiertos que conocían mis pasos por tantas noches medidos a la hora del descanso. Todo en silencio tanto así como las grandes tragedias son de silenciosas.
Saqué la última fotografía de mis niños del alma, los únicos que no me abandonaron, como recuerdo de la casa y de sus alrededores y el 15 de Enero de madrugada, como había llegado también, salí de Andújar con el corazón encogido y las velas de la ilusión rotas.
Alcalá de los Gazules estaba en fiestas porque se habrían las Escuelas de la Sagrada Familia. Asisto a la bendición de los locales. El Párroco leyó unas cuartillas pero con el espíritu lejos la memoria se duerme. Sí recuerdo que hizo un símil con la continuación en la historia del convento donde se establecían las Escuelas “mansión de paz, pureza y obediencia, de unas almas que se habían entregado a Dios;” también nos recordó al Fundador “alma por quien se ha hecho realidad este sueño.” Tuve un amago de ojos humedecidos, pero desvaído, en feliz concordia con el ánimo. El Padre Bermudo recordó al Padre “que en espíritu estaba allí presente”. Los niños formados en el patio oyeron con edificante silencio todo lo que se hablaba y que supongo no se enterarían de nada. En el pueblo había mucho interés por las Escuelas. Me hospedo en una posada y a pesar de ello tengo que pagar veintiocho pesetas de pensión. La familia es muy buena. Tengo que comer en mesa redonda entre feriantes, matuteros y alguna que otra familia gitana de las que venden telas. Ciertamente no es mi ambiente. Así es que terminadas las clases, bajadas las siete cuestas el resto de la jornada lo paso de bar en bar teniendo que beber por fuerza cuando nunca me gustó la bebida.
El pueblo me quiere y no se porqué, puesto que bien poco es lo que hago. Todo lo mío le parece de maravillas. ¡Señor! ¡Señor! Siempre estuviste a mi lado en los momentos más amargos, y ahora también lo estás. Veo tu mano en todo y que no me dejas. No me has dejado nunca. Por eso estos niños de Alcalá y sus padres me quieren tanto porque se lo has ordenado Tú. No hay explicación humana para este milagro de un pueblo por el que menos hice y más se me haya entregado.

Errores cometidos.

1º Dar la gran importancia que a nuestra gestión para que el Padre Villoslada se quedara en las Escuelas se tomara como un signo político.
2º Una falta de talento en el Padre Cuenca al acusar el golpe, hacer una montaña con unos granos de arena y tomar represalias.
3º El error de convertirnos en “víctimas” cuando el incidente pudo haber quedado en una disputa hogareña.
4º El considerar que nosotros podíamos convertirnos en los elementos peligrosos de la Institución cuando éramos la Institución misma y los más ardientes interesados en su afianzamiento.
5º Dar origen a bandos entre nosotros de una forma artificiosa y absurda.
6º Con la supresión de las Asambleas se perdió el contacto entre los maestros y llegamos a ser extraños entre sí.
7º Este fue uno de los motivos que atacaron la vida familiar en el cuerpo docente.
8º Que con la pérdida de estos lazos de afectos y hermandad cristiana apareciera en su lugar un espíritu de empresa.
9º El pregonar a todos los vientos que éramos “personal auxiliar” y no principal.
10º Como consecuencia del punto anterior figurar el personal seglar en el anonimato sin personalidad jurídica delimitada, ni derechos, ni garantías.

Conclusión.

Queda al margen de esto la Compañía de Jesús por la que he sentido y siento afecto sincero. Yo concreto en los hombres y no en las Instituciones. Y los hombres lo mismo que acertamos nos podemos equivocar. Yo, y todos nosotros los que nos hemos visto envueltos en estos episodios tenemos un mismo espíritu de admiración y afecto a la Compañía. Porque precisamente nos preciamos de tener una sólida formación cristiana. No nos consideramos enemigos de nadie y nos resistimos a creer que podamos tener enemigos. En los corazones nobles no caben estas ruindades. Dios es testigo nuestro que no movimos un dedo buscando el medro personal sino el mejor servicio de las Escuelas.
Pedimos también perdón al Señor si en algún momento nos cegamos y que nos mantenga el juicio, la ponderación, la caridad y todas las virtudes en un grado de equilibrio. Pero al mismo tiempo volvemos a añadir que la FIDELIDAD a los seres queridos no merece castigarse.




Manuel Velasco Vega

El tiempo que hará...