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miércoles, 19 de noviembre de 2008

DESDE ALCALÁ HASTA HAWAI - 1ª PARTE

La historia de un emigrante alcalaíno que le dio dos medias vueltas al mundo en busca de fortuna.
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La brisa marina se mecía por la Calle Sagasta. El aire procedente de los bloques refrescaba el silencio de las siestas. Medio Cádiz dormía, el otro medio “chapoteaba” en las aguas de la Caleta y en la Playa Victoria, mientras los chiquillos saltaban desde el Puente Canal en el camino que va desde la “Puerta del Malecón” hasta el castillo de San Sebastián.
Casi todos mis hermanos habían salido ya del pueblo. Unos estudiábamos a base de sacrificios recortándoles los garbanzos al plato. Mi padre cumplía los deberes de “municipal” que es como siempre se ha llamado en Alcalá a los guardias urbanos…y mi madre andaba arreglando cabezas en el “comedor peluquería” para que todos pudiéramos llenar la cuchara, al menos dos veces al día.
Esto no era irregular en una familia de clase media baja, un trozo de Alcalá vivía bien, otro sobrevivía y el último tercio llevaba su vida con más dignidad que hartura. El diez por ciento restantes vivía explotando a los dos últimos tercios.
Nosotros nunca supimos en que punto de necesidad estábamos, mi madre nos tenía repartidos por todas partes, como alquilados. Primero en el seminario, donde el que suscribe se agarraba a los rezos y al latín como un “cura” en pequeñito, después de haber oído la llamada generosa de las alturas. Otro de mis hermanos también sintió la llamada, pero la sintió tan baja, que después de un tiempo, se cambió el “baby”, se fue a Úbeda a darles vueltas a las fresadoras y a los tornos en el colegio que tienen allí los Jesuitas... Cuando terminó anduvo por esos mundos de Dios, con un gitano de compañero, poniendo postes, para llevar el teléfono a media Andalucía. Los otros dos varones aún jugaban a “las latillas”.
Las niñas, sobre todo la mayor, parecía que cumplía años de tres en tres por las responsabilidades que tenía que asumir por encima de lo que la edad le exigía. Otra, estudió también fuera de Alcalá, y la última, en el orden de las niñas, que no en edad, se esforzaba en estudiar… Se tuvo que conformar solamente con tercero de bachiller y un marido electricista que le dio dos extraordinarios chiquillos. En estas tesituras vivenciales estábamos, cuando llegó el verano. Los veranos tienen la mala costumbre de llegar siempre después de la primavera, épocas de chicharras y cigarrones, de perdigones huidizos y piojitos de cigarras. Ya mi abuelo hacia años que había muerto y el campo donde vivía, se quedó huérfano de nuestra familia, sobre todo de sus miradas profundas a través del horizonte para ver si venía alguien para compartir la charla y la “zurraposa” que no era otra cosa que una lata donde se recocía las zurrapas del café un día y otro hasta perder el sabor. Lo que era un vergel de naranjos de azahares azules y purísimos de caquis, de granadas sanguinolentas y sufridoras, viña y ciruelos que adornaban el espacio semidesnudo de la tarde con tonos rojos, amarillos y ocres, los perales que endulzaban los rebosaderos de las fuentes, las higueras con su generosidad constante, los chopos que adornaban los linderos y el agua de la fuente de las Presillas, cayendo, sangre y luz, en la alberca del riego diario, se quedó en un mustio cercado, abandonada como un niño, huérfana y desnutrida.
Cuando nos acercábamos por allí, sentíamos la tristeza del abandono y la soledad callada del que sufre sin remedio.
Yo había pasado muchísimos años en aquel “medio paraíso”, prácticamente me había criado entre las gramas, había aprendido a leer en el cortijo de enfrente, llamado “Cabeza Redonda” con un maestro que vino de Extremadura y que vivía casi con los regalos que le hacíamos los chiquillos por el pago de las clases. Ciruelas, aceitunas, uvas... En invierno nos castigaba echándonos fuera del cuartucho que olía a orujo y a alpechín, para que fuéramos a poner las “trampas” para pajarillos y de esa forma poder comer algo de carne, Poco tiempo duró el maestro allí, creo que el tiempo en acabar con los lagartos y las ranas que se las comía como un manjar exquisito y de agotar la ración de lágrimas que se suministraba todos los días porque se acordaba de su tierra.
La enseñanza fue entre nosotros un mal menor. A veces siento nostalgia de mi infancia… si hoy volviese a revivir aquella época (sé que algunos estarán pensando: Por Dios… una y no más Santo Tomás) me hubiese llenado de traumas sicológicos, me hubiese declarado niño maltratado por mis padres, por mis profesores e incluso por mí mismo siguiendo las nuevas normas de la educación posmoderna que no es más que un invento de gente “progre” que no atina a dar en la tecla de los valores fundamentales de la vida. A veces pienso que los animales tienen más capacidad para educar que las personas.
Pero en fin, el maestro se fue y mi abuela fue la encargada de seguir enseñándome las letras, mi abuela Petra que dicho sea de paso no sabía escribir… me hacía dibujar las letras, paradojas de la vida, aunque sí sabía leer. Jamás entendió que una cosa iba unida a la otra.
Cuando me cansaba y con los ojos morados por la tenue luz del “quinqué” me daba un descanso y empezaba a contarme historias sin sentido que yo jamás supe entender. Me hablaba de animales gigantes, como vacas enormes que se sumergían en las profundidades marinas, expulsando chorros de agua hacia el cielo por el lomo como cuando a la alberca se le quitaba el tapón para regar los canteros de la huerta. Me contaba cosas del mar… mi abuela decía que el mar era como un campo infinito pero en vez de árboles sólo tenía agua y que los barcos andaban por encima de ella como un caracol, dejando la espuma detrás suya, para marcar el camino de vuelta.
Mi abuelo nunca llegó a contarme esas historias, él decía que no entendía mucho de lo que mi abuela me narraba para entretenerme, pero que tenía que ser verdad, porque mi abuela nunca mentía, y que esas historias las tenía ya en la cabeza cuando él la conoció pero nunca le había hecho mucho caso. El se conformaba con poco. La última preocupación que llegó a tener fue cuando un hijo suyo, Manolo, carpintero rústico, le trajo un plantón de naranjo mandarino que a él le gustaba mucho y cada vez que nos sentábamos al atardecer a la hora del riego, bajo la sombra de un naranjo, me decía: ¿Comeré yo las naranjas de este árbol? Yo me entristecía porque sabía que mi abuelo era como un animal para las enfermedades, cuando tenia algún dolor se encogía y se metía en el primer rincón que encontraba, hasta que los malos humores se le pasaban. Murió el pobre de una mala enfermedad y como los gorriones… ”emberrenchinado”. Pudo probar las naranjas del mandarino, aunque ya los ardores, le hacían poner cara rara y se tenía que echar al estómago un puñado de bicarbonato o masticar la flor de la manzanilla para aliviarse la quemazón estomacal. Su muerte fue un auténtico sufrimiento no por el hecho de la muerte en sí que sabía que su vida se le acababa y lo aceptaba, pero lo que no aceptaba era él: “Que tu abuela no me deja fumar, me ha escondido la petaca…” y yo salía a la vereda al final de la huerta para que nadie me viera y pedirle un cigarro al primero que pasaba para que mi abuelo a escondidas se lo fumara y le calmara la ansiedad de un vicio que traía desde que tenia nueve años.
La muerte de mi abuelo marcó un antes y un después. Mi abuela se vino abajo y empezó con el tiempo a perder la cabeza. “La chochera” como se llamaba antes a esos lapsos mentales con los que a una persona se les descarrila la mente y que las hacen vagar de un momento a otro de su vida sin coherencia y sin sentido, al menos para los que están alrededor. Aguantó un tiempo en Alcalá hasta que todos mis tíos se casaron, pero más tarde o más temprano tuvo que coger la opción de irse a vivir con sus hijas. Unas veces en Alcalá y otras en Cádiz y fue aquí donde ella encontró la muerte y nosotros el secreto de sus chocheras.
Mi madre me mandó un recado al seminario, que era el lugar donde yo estudiaba para algún día llegar a ser sacerdote, pero ese día nunca llegó. (Cosa que demuestra la infinita sabiduría de nuestro Creador). Una de mis tías abuela llamada Teresa me avisó para que fuera a ver a unos familiares suyos que iban a ir a visitar a mi abuela y que no sabían hablar español. Mi madre siempre pensó que yo, por el hecho de haber estudiado en el seminario, debería saber hablar otros idiomas. Yo nunca me atreví a engañarla porque entre otras cosas “chapurreaba” el inglés gracias a Mister Lauren, el inglés que llegó a Alcalá, descubrió Patriste, se instaló allí y desde entonces a través de la amistad de José Moreno el “Francés”, nos hicimos amigos y todas las tardes me hacía ir en bicicleta a su casa, unas veces solo y otras con Antonio Paino. El, para pintar y yo para perfeccionar mi inglés, o para destrozarlo, que también podría ser por la cara que Mister Lauren ponía ante mis expresiones.
La tarde estaba más bien caidita y era ya el mes de junio. Yo pedí permiso para ir a visitar a mi director espiritual, fórmula mágica que siempre me dio resultado para poder salir “del solar santo”, en horas de recreo, sobre todo del de las seis a las seis cuarenta y cinco.
Cuando llegué me encontré a media familia o a tres cuartos de la misma... Mis tías estaban todas con sus maridos, mis primos y algún allegado, mi hermano Pedro, que siempre aparecía por todas partes, estaba allí de los primeros, ya se había metido entre pecho y espalda una rebanada de pan con zurrapa. Parecía, cuando chico, que tenía el don de la ubicuidad, podía estar en dos sitios al mismo tiempo, al menos eso me parecía a mí. Lo mismo estaba aquí que allá o que acullá. Lo que más le molestaba era que yo le dijera que estaba en “acullá” y se chivaba a mi madre diciéndole que yo decía palabrotas. Cuando llegué parecía que vieron el cielo abierto. Había llegado “el Salvador”, que se suponía que era yo.
Mi tía me introdujo de pronto en la conversación en un “espanglis” de aquel que llevaba ya muchos años sin practicar y ni tan siquiera haber hablado el español en muchos años. “Tus tíos de América”. Yo lo digo ahora, pero lo pensé entonces y guardé silencio. “Ya somos ricos”. Pero no era eso, es que apenas podían entenderse unos con otros. Yo saqué mi primero, segundo y tercer curso de inglés a relucir, empezando con el “my name is Manolo”. “What is your name?”. Mi abuela tenía la mirada perdida andaba como recorriendo el infinito, sin saber si estaba o no estaba, de vez en cuando se limpiaba la humedad de sus ojos, de los que le salían algunas lagrimas silenciosas. Cuando todos estábamos intentando llegar a un acuerdo en el lenguaje, entre gestos, gritos y disparates, mi abuela sacó a relucir una voz blanca y limpia como la de una madre que pregunta por un hijo: “Where is my brother Francisco?”. Todos nos volvimos y nos quedamos en silencio, pensando en la “chochera” o en nuestro mal oído y de nuevo con el mismo tono de voz volvió a repetir la frase.
A mi hermano Pedro sólo se le ocurrió decir; ¡anda, mira ésta! Como dando a entender que estaba cogiendo alguna retahíla de las que mi abuela solía coger cuando empezaba a hablar sola.
Como por desgracia a los ancianos le hacemos poco caso y más si estos padecen algún trastorno, no habíamos caído en la cuenta que mi abuela hablaba inglés perfectamente, o que al menos se entendía con bastante claridad con los parientes americanos, que ya hacía un rato que estaban metidos en conversación con mi abuela, contándose batallitas, como decía mi primo Paco.
Mi primo Paco fue el estudiante más brillante que yo he visto en mi vida. Empezó a ir al instituto de Columela en Cádiz, donde en cuatro años sólo aprobó y por enchufe de su padre: el dibujo, el bocadillo y el recreo. El padre, aconsejado por algún amigo suyo, que no de mi primo, tuvo a bien colocarlo un verano en una academia de Puerto Real que regentaba un tal Miguel Carzo, más conocida por Academia de Miguelito, el cual tenia un sistema pedagógico harto eficaz. Era tanta la confianza que tenía en su sistema pedagógico que firmaba incluso antes de empezar a trabajar, los resultados positivos de los alumnos. Su academia era un seguro de aprobados, según él, y así era en efecto, porque en un verano, en este verano de la venida de los americanos, mi primo aprobó: las pendientes de primero, las que le quedaban de segundo, las de tercero, cuarto completo y la reválida de cuarto. No comía, no dormía, no leía el periódico deportivo, como era su costumbre desde que dejo la teta de la madre, no escuchaba las retransmisiones deportivas del Cádiz club de fútbol ni las del Barcelona, del que era y sigue siendo un forofo, no leía la hojilla de los resultados que se vendía en Cádiz todos los domingos por la tarde. Toda su preocupación eran los libros. Su madre lo tuvo que llevar al médico de cabecera pero ni por esa dejaba los libros. Esta fiebre bíblica le trajo problemas porque conoció a una chica en el Cortijo de los Rosales en el Parque Genovés y la dejó cuando se enteró que era de Puerto Real, porque le cogió tal manía al pueblo que todavía, creo que para ir a Sevilla coge por Algeciras, que es como ir de Cádiz a Ceuta pasando por Francia. ¿Qué sistema pedagógico utilizaría el tal Miguel?
Sorprendido por el hecho de que mi abuela estuviese metida en el coloquio, todos nos preguntábamos cuál podría ser la causa y mi tío Miguel, el hermano pequeño de mi abuela, que se caracterizaba por tener una extraordinaria calvicie, (decían en la familia que ya iba de Primera Comunión sin pelos), nos soltó de sopetón: “Es que la abuela estuvo en América durante cuatro años”.
Todos los nietos nos quedamos sorprendidos porque jamás nadie nos había contado nada de esta historia.
Hilando los recuerdos, un poco más tarde, yo empecé a preocuparme por la historia y fui rebobinando la madeja hasta llegar a los padres de mi abuela... No viene al caso como llegaron a Alcalá pero sí puedo decir por documentos que procedían de Albuñol, provincia de Granada, y que vivían en una choza pequeña en “El Lejío”, lugar de gente marginada y desheredados de la fortuna, donde José el “pater familias” se dedicaba a los oficios más variopintos que pudiera tener una persona con el trabajo y las necesidades jamás cubiertas, salvo en ocasiones muy contadas. Es seguro que estuvo trabajando con la familia de los Toscanos en las faenas del campo, porque ellos mismos me han contado historias de él, ejerció a veces de carabinero y cobrador de arbitrios según dice Francisco Guerra, de extraordinaria memoria y que tuvo varios hijos, de los cuales el mayor se llamaba Francisco, que se llevaba con mi abuela una edad considerable como se puede ver en el documento que se adjunta a este trabajo.
Corrían los años de las Guerras de África y Francisco se veía ya con la papeleta en la mano para enviarlo a la “mili” y como persona sin medios sabía que su fin no iba a ser otro que terminar luchando en África por causas que ni él ni sus padres entendían. El acontecimiento de la guerra lo tenía atormentado, un muchacho con dieciocho años que aún no había empezado vivir, se vería en un plazo no muy lejano disparando contra personas, que como diría más tarde su hermano Miguel, a él no le habían hecho nada.
Cómo se tomó la decisión no es cosa muy segura, pero seguro que influyó y mucho el reparto que se hacía por los pueblos de unos “papeles” en los que se buscaban trabajadores para EL NUEVO MUNDO, en concreto para trabajar EN LAS ISLAS HAWAI. En ellos se ofertaba trabajo y ponía las condiciones que debían concurrir en los solicitantes. Los documentos necesarios y a quien había que presentarlos que no era otro que Don Carlos Crovetto, encargado del departamento de revisión, donde se pedía ya por entonces que desconfiaran de intermediarios, el sueldo y una pequeña historia de las islas.
Era una forma de evitar que a Francisco le cogiera en un futuro la guerra y de camino huir de la miseria en la que estaban sumidos y de la que tenían pocas posibilidades de escapar, no sólo él, sino un sin fin de personas que se colocaban diariamente en la “Plaza del Hambre” de Alcalá esperando que el “aperaó” o señorito le señalasen con el dedo para darle trabajo ese día. Las circunstancias socioeconómicas no podían deparar muchas esperanzas en el futuro. España estaba metida en una guerra humillante donde los soldados tenían que vender sus propias municiones para poder comprar o intercambiarlas por un poco de comida con los lugareños, las mismas municiones que más tarde los “rifeños” utilizaban contra los soldados españoles. Todos estos detalles sobre el ejército, la mala formación de los mandos avergonzados por la perdida de Cuba hacía que estos actuaran más por C... que por estrategia y si a esto añadimos la burocracia militar entiendo perfectamente, que el mayor de los hijos de José Soto y Maria Benítez decidiera poner pies en “polvorosa” antes de huir cobardemente ante el enemigo sin armas y sin recursos mientras el general de turno les podía gritar: “Corran, corran que viene el coco”.
Pocos preparativos tuvieron que realizar la familia Soto para salir del pueblo. Entre otras cosas porque carecían de todo, una burra cargada con los cuatro enseres, las tres gallinas que comían de lo que la naturaleza les suministraba, una cabra y un montón de chiquillos camino hacia el exilio voluntario huyendo de la miseria en busca de un futuro que se le declaraba incierto. Atravesando la ruta del Picacho, después de toda una noche y parte del día siguiente llegaron a Tarifa, a casa de un familiar, hermano de la mujer de José.
Allí esperaron durante un tiempo para poder embarcar en unos de los barcos que iban directo desde Málaga a Honolulu-Hawai, haciendo parada en Gibraltar para hacer otra recogida... Las plantaciones de caña de azúcar los esperaban. Francisco lo primero que hizo fue meterse en el Peñón y trabajar de ayudante en una panadería, que según mis noticias respondía al nombre tan pomposo y tan “llanito” como “Panadería Miguelón”.
Me contaba mi tía abuela Juliana que, a pesar de su corta edad, se acostumbró a comer “pan de lata” diferente a las teleras que se elaboraban en Alcalá y que tanta fama ha llegado a tener con el tiempo. Allí se mantuvieron con lo que Francisco ganaba y de lo que podía traer de Gibraltar con el contrabando y con la ayuda de la familia de la mujer de José. La cabra desapareció pronto porque estaban seguros que llegado el momento no podrían llevarla consigo y la burra fue vendida al parecer a un pescador de la ciudad para que le sirviera de farol por las noches y orientar a los pequeños barcos de pesca. Este sistema utilizado por los costeros desde hace años hasta no hace mucho consistía en “entrabonar” una mano del animal y colgarle un farol del pescuezo. El animal amarrado con una cuerda cada vez que intentaba andar, movía el farol que servía de referencia a los pescadores.
Coloco aquí, a título informativo, el resumen de una carta que me mandaron mis familiares de América en contestación a una mía anterior, ya que me ha sido imposible colocar la original por la falta de calidad en el copiado.
Mi querido primo Manuel:
Perdón por este largo retraso en respuesta a tu muy interesante carta. Acabo de terminar mi libro donde he detallado las aventuras de mis abuelos e intentaré que te permita conocer algo más referente a lo que tú estas interesado.
A mis abuelos les costó mucha resistencia hacer este cambio para encontrar un nuevo rumbo en sus vidas para él y para sus hijos. Este habría trabajado fuera y hubiesen permanecido allí si ellos hubieran seguido con mis padres y si mi abuelo no hubiese falseado su enfermedad.
Tu abuela Petra me lo contó la última vez que estuvimos en España:
Enfermedad que su hermano “cogió” fuera de España y a pesar de la miseria en la que habían vivido decidieron volver a la misma miseria a España, mientras que mi padre y mi madre se casaban. Algo excepcional en el Nuevo Mundo. Sin embargo una manera mejor para mirar es que él no haya vuelto a España y es que la familia que tiene ahora tampoco haya vuelto. En España nunca habría estado como en una bonita familia. Tu abuela Petra no quiso regresar. Ella quería permanecer con mi padre, pero su padre le dijo: “Una joven señora debe volver a España con el resto de su familia”. Así ha discurrido la vida que hay en España en la actualidad y la que nosotros tenemos en USA. Para mejor o peor, estoy seguro de que tú y yo hemos tenido una vida maravillosa, tanto para nosotros como para nuestras familias. Tu madre a quien me encontré en Alcalá es un encanto de persona y nosotros lo pasamos muy bien visitando a tus hermanos y hermanas. Nosotros nos divertimos inmensamente y algún día, si Dios quiere, nos encontraremos todos de nuevo.
Tú estas seguramente maravillado porque estoy escribiendo esta carta en inglés. Actualmente, yo no sé ahora español, y me siento mucho mejor escribiendo en inglés. Nosotros no usamos el español para nada. Han sido cuarenta años desde que mi madre y mi padre murieron en un accidente de tráfico y la mayoría de los antepasados españoles han muerto, así que nosotros no tenemos lógica para hablar español. No nos gustaría olvidarla porque es una hermosa lengua pero hablamos preferentemente inglés. Nuestras dos hijas eligieron español en la escuela secundaria y mi esposa Blanca es española como yo porque sus padres vinieron a América en el mismo barco que mis padres.
Considerando la información que me solicitas ahí tienes.
Primero yo nunca conocí a mi abuelo como Pedro (este lapsus mental se me deslizó en la carta que envié, pido perdón). Siempre lo conocí así, siempre fue José. De hecho fue mi nombre como el de mi abuelo, y mi abuela era María, y mi hermana mayor también se llamó María como mi abuela.
Cuando ellos dejaron Gibraltar para Hawai esta era la familia de José Soto.
  • José Soto, padre
  • María, madre
  • Francisco, hijo 18 años
  • Petra, hija 12 años
  • Miguel, hijo 7 años
  • Juliana, hija 6 años
  • María, hija 2 años
  • Juana, hija 1 año.
La información que yo he contrastado de mis padres es la siguiente:
Nombre del barco: S.S. WILLESDEN
Fecha de embarque: 12/10/1911
Llegada a Hawai: 8/12/1911
Se supone que debe decir a continuación días navegables pero a mí en la traducción me sale DIAS NO NAVEGABLES 53 lo cual no concuerda.
Ellos viajaron en barco a través del estrecho de Magallanes (América del Sur) y ellos nunca atracaron en Nueva York ni en la isla ELIS de camino a Hawai. Cincuenta y tres días es mucho tiempo a bordo de un barco con 1797 pasajeros, 639 hombres, 400 mujeres y 750 niños.
En interés para atraer a la gente española a emigrar a Hawai, pusieron unos pósters/carteles en ciudades y pueblos del sur de España. Un agente que hablaba español fue también invitado para exaltar las ventajas de este viaje y trabajar en las plantaciones de caña de azúcar. Los emigrantes tendrían pasaje gratis, abonados por el instituto de emigración de Hawai. También deberían pasar un reconocimiento médico que tenían que superar para optar al puesto de trabajo y un nuevo segundo examen médico para un posterior embarque. Cuando ellos llegaron a Hawai a ninguno de los pasajeros se les permitió salir del barco hasta el segundo día. Luego encerraron a las mujeres y niños en una zona, y a hombres y muchachos en otra área. Sus ropas tuvieron que ser sacadas y ellos fueron duchados con agua fría a base de manguerazos.
Las mujeres sostuvieron a gritos a sus niños pero los hombres y niños no emitían sonidos. Todo el mundo estaba siendo violentado desnudo delante de sus hijos. Una nueva experiencia en sus vidas.
Después de tres años trabajando, (aquí creo que hay un error, fue más tiempo) a ellos no le renovaron el contrato de trabajo y decidieron irse a San Francisco. Durante ese tiempo sus padres volvieron a España. Mi padre y madre se habían casado. Ellos habían ahorrado suficiente dinero para pagar tres viajes a San Francisco.
Bien, eso parece ser todo lo que yo sé aquí sobre ese viaje de España a Hawai. Ellos tuvieron muchas carencias en el barco pero desconozco los detalles. Yo mismo recuerdo cuando era más joven a mi padre recibiendo correo desde España y sentándose para leer su carta. La única comunicación que él tenía con su madre, padre y sus hermanos y hermanas.
Mi padre era un hombre muy inteligente y me enseñó grandes cosas. En el año 1927 yo inventé un calentador para podernos duchar con agua caliente. El invento nunca fue usado nada más que para bañarse o cocinar. Él era una persona muy agradable, cien por cien español.
Él amaba las cosas que tenía que hacer con su forma de ser española. Yo era hijo único, como varón, y estaba muy orgulloso de mí tanto como yo de él. Mi madre era una hermosa y maravillosa señora y tengo tres hermanas Yo creo que era una familia típica de todas las que procedían de España. Cuando ellos se mataron en el accidente de tráfico pensé que nunca me recuperaría de esa tragedia. Mi esposa Blanca que fue conmigo la última vez que estuvimos en Alcalá falleció y ahora estoy solo pero tengo a mis dos hijas y cuatro nietos y ellos están al tanto de mí.
Bien eso parece ser todo lo que sé sobre el viaje de España a América.
Naturalmente yo escribo lo que sé, pero siento no haberte escrito en español y no haberlo hecho más pronto.
Me escribiste una carta muy hermosa que cuando vuelvo a veces a casa siempre la leo y la vuelvo a leer
Gracias por tu carta y mis mejores deseos para ti y para la familia.
Manuel Guerra Martínez
Mayo de 2006

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Organiza el Centro de adultos de Alcalá de los Gazules y colabora intensamente el Ilustrísimo Ayuntamiento de Alcalá de los Gazules, a través de diferentes delegaciones, como las de Tercera Edad o Deportes.

El tiempo que hará...