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sábado, 29 de agosto de 2009

ALCALÁ DE LOS GAZULES - XXXV PREGÓN DE LA ROMERÍA 2009


XXXV PREGÓN DE LA ROMERÍA EN HONOR DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LOS SANTOS
PATRONA DE ALCALÁ DE LOS GAZULES.

¡OH, MARÍA, SIN PECADO CONCEBIDA, RUEGA POR NOSOTROS QUE RECURRIMOS A TI¡

Reverendo P. Marco, Cura Párroco y Director Espiritual de la
Hermandad de la Virgen de los Santos.
Ilustrísimo Sr. Alcalde.
Ilustrísimo Sr. Consejero de Gobernación de la Junta de Andalucía.
Ilustrísimo Sr. Delegado Provincial de la Vivienda.
Señor comandante del Eva 11.
Señor Sargento de la Guardia Civil.
Señor oficial Jefe de la Policía Local.
Hermanos Mayores de las distintas cofradías, hermandades y peñas marianas.
Antiguos Hermanos Mayores.
Pregoneros y pregoneras.
Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la hermandad.
Mis queridas hermanas del Beaterio.
Familia y amigos.
Hermanos y hermanas.

“… Y ¿de dónde a mí que la Madre de mi Señor, venga a visitarme? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! “(Lucas 1, 43-45).
Y ¿de dónde a mí que la Madre de mi Señor me conceda pregonar sus fiestas? ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor con este privilegio?
¿Podrán mis torpes palabras al menos balbucir toda la grandeza de su ser?
Desde la confianza de sentirme hija; hija acogida, arropada, arrullada por la Madre, la Virgen de los Santos, me atrevo a proclamar aquello que mi corazón guarda.
Comparto hoy el desconcierto de Santa Isabel ante tan excelsa visita y también mi corazón salta de gozo ante este honor.
Y no puedo más que como María cantar mi propio Magnificat porque el Señor ha hecho obras grandes en mi vida.
Gracias Seba, por tus palabras entrañables, fruto de tu cariño y de la bondad de tu corazón más que de mis merecimientos. Porque me miras desde el corazón, disculpas mis errores y engrandeces mis virtudes.
Gracias por tu cercanía, por la fe que compartimos y el amor a nuestra Virgen de los Santos.
Es un orgullo que te presente una mujer, alcalaína, madre, cristiana, amiga, amante del Beaterio, compañera, camarista de la Virgen… ¡qué más se puede pedir!
Gracias de nuevo, Seba. Pero como dice San Pablo: “… ¿qué tienes que no hayas recibido?”.
No. No tengo nada que no haya recibido, todo es puro don; por lo tanto, la gloria tan sólo para Dios.
Gracias también a la Junta de Gobierno de Nuestra Hermandad y a su director espiritual Padre Marcos, por poner su confianza en mi pobre persona.
Cuando aquel sábado por la mañana Antonio y Jaime me presentaron la propuesta, sentí el peso de una gran responsabilidad, el miedo a no ser capaz de llevar a cabo tan sublime misión; pero a la vez, una alegría y una ilusión muy grandes. ¡Pregonar a la Virgen, hablar de ella!
¡Dios mío!, ¿cómo no va a querer una hija hablar de su madre?
¿Cómo una alcalaína puede decir que no a este honor de pregonar a la Virgen de los Santos?
¡Pues claro que dije que sí! Y tal osadía nacía de un corazón enamorado, que tuvo que guardar silencio hasta que llegara mayo.
Y, desde entonces, mi interior se vio zarandeado y mi oración se tornó más mariana y más cómplice el Santuario.
Y experimenté de cerca, lo que un día estuve rozando, cuando presente a Antonia Alex, hace ya unos años.
¡Qué oportunidad, Madre mía, me estaban brindando, para quererte un poco más, si cabe, para sentirte más mía, Virgen de los Santos!
Gracias a las hermanas, compañeras de camino; a las que ahora compartimos vida y a las que marcharon a la casa del Padre; a mi familia, preciado tesoro; a mis amigos y amigas; a todos y a todas por tantas muestras de apoyo, de ánimo, de cariño, como he recibido desde que se anunció aquel domingo.
Me miráis con muy buenos ojos, me valoráis demasiado, espero no defraudaros; al fin y al cabo, si mis palabras os dicen algo, es porque nacen del corazón y porque Ella me las ha regalado, que yo sólo soy portavoz, instrumento de barro.
Y, como me comentaba no hace tanto tiempo mi antecesor pregonero, un hombre de Dios, “el pregón saldrá mejor o peor, gustará o no gustará” pero el honor, el honor de ser pregonera de la Virgen ese lo tienes ya y ese… ¡no te lo pueden quitar!
Pero una pregonera de la Virgen, como los magos de Belén, tiene que volver por otro camino, por el camino de la fe; tras el pregón hay un antes y un después, porque encontrarse con María es contagiarse de su ser, mirarla y sentirse mirada y no desear ya sino estar con ella, tomarla de la mano y tenerla como compañera al peregrinar.
El mío, mi peregrinar en esta vida comenzó hace cuarenta y dos años, aquí, en Alcalá.
Como canta la letra de unas conocidas sevillanas de la localidad: “en el seno de mi madre a quererte empecé yo”. Porque he tenido la inmensa fortuna de nacer en una familia cristiana. Mis padres, Miguel y Francisca, personas sencillas de corazón grande, con su ejemplo de humildad, de constancia…sembraron en mí la fe de quienes callan y actúan. Ellos me enseñaron desde pequeña mucho de responsabilidad, de trabajo, de esfuerzo, de sacrificio, de servicio a los demás. ¿No son valores de la familia de Nazaret?
Me invitaron a elevar plegarias, agradecer, suplicar, esperar, confiar.
¡Cómo me ha sido siempre tan familiar la expresión “Madre mía de los Santos! Era como experimentar seguridad, cobijo, como guardarse bajo su manto.
Nos acostumbraron a dirigir nuestras miradas a quien presidía nuestra casa, en fotos, en estampas, o en una pequeña talla que tuvimos la gran suerte que rifaran y nos tocara, y hace más de treinta años, como un estandarte corona de la casa la entrada.
Lo importante es que Ella invadía los rincones del alma.
¡Cuánto tengo que agradecer a mis padres que de Ella me hablaran y a Dios por mis padres que tanto me han aportado!
¡Qué suerte he tenido por la familia que me ha regalado!
¡Qué inigualable el calor de mis hermanos: Pepi, Paqui, Andrés. Y su mujer, Charo. Inma, una hermana más, mis tías y tíos, mis primos…
¡Qué riqueza un hogar de puertas abiertas! ¡Qué tesoro valorar a los mayores! ¡Cómo me enriquecieron mis abuelas que ya están en el cielo!
¡Qué dulce es saborear la presencia de la familia, compartiendo a cada paso, codo a codo, el devenir de la vida. Y tú María en lugar privilegiado.
¡Cómo he disfrutado en la Romería o en la Octava, esperando en casa que la familia llegara; y aquellos que hacía tiempo no venían, esos días, tenían cita obligada.
¡Madre, te presento hoy a las familias, a las del mundo entero, pero especialmente a las de nuestra localidad.
¡Virgen de los Santos protégelas, que tener una familia es una oportunidad de crecer como personas con toda integridad. Escuela doméstica que puede potenciar lo mejor de uno mismo para bien de la sociedad!
¡Bajo tu manto, Madre, nuestras familias están!
Y tampoco puedo olvidar a mis vecinos con los que tanto he compartido. Y a mis amigos y amigas y a tantos conocidos. Larga sería la lista y no los puedo nombrar pero forman parte de una entramado humano que hace la vida más entrañable y el amor más cercano.
¡Cuántos ángeles ha puesto Dios en mi camino! ¡Cuántos me han anunciado: “el Señor está contigo”!
¡Virgen de los Santos, a ellos y a ellas los pongo bajo tu manto!
Son teofanías, son presencia de Dios.
¡Virgen de los Santos, bendícelos!
¡Cuántas son las vivencias referidas a la Virgen que han brotado, hurgando en mi interior!
Y es que Ella, discretamente, siempre ha caminado a mi alrededor; en lo sencillo, en lo cotidiano, ¡Señora de la normalidad! Que probó el polvo de nuestra pobre tierra antes que reina del cielo la hubieran de coronar.
Y es que la Virgen de los Santos ¡se respira en Alcalá! Y yo, como alcalaína, esta ventaja os tengo que confesar; que tenerla tan cercana te ayuda a confrontar su vida y la tuya y te empiezas a cuestionar.
Recorre tu historia al mismo paso, sin quererse adelantar y de cada acontecimiento es testigo presencial: le presentamos los niños, sellamos ante Ella el amor; compartimos dolores y gozos, esperanzas y fracasos… Y como Madre, siempre nos acoge en su regazo.
¡Gracias Madre mía, porque si llevaste a Jesús en tu seno nueve meses, nos lleva a nosotros toda la vida!
Hay algo que me sobrecoge cuando llego al Santuario, es la mirada de la Virgen que a todos, sin palabras, nos dice algo; la vemos contenta o triste, sonreír o casi llorar, pero nos sentimos mirados y acogidos en nuestra fragilidad.
Las miradas de María, la Virgen, tienen las notas del amor, el canto de la felicidad, la sonrisa de la ilusión, el brillo de las pupilas de los niños, la fragancia de los jóvenes. Las miradas de nuestra Madre generan otras miradas, las nuestras, las de todos los hombres. Son los ojos cansados de amor de los mayores, los ojos de los niños, de los artistas, las miradas fascinantes de los trabajadores y las manos y los ojos llenos de ternura de las madres de familia.
Las miradas de la Virgen son las de tantos enfermos y enfermas, las de los pobres y abandonados que en el corazón materno de María han penetrado. Dios tiene el rostro materno del amor, en Ella dibujado.
¡María de los Santos, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, muéstranos a Jesús y quédate a nuestro lado!
Y con Ella, hay otro pilar que enorgullece a Alcalá, es nuestro querido Beaterio a quien hoy tengo el gusto de representar. Y donde tuve la suerte de poderme educar.
¡Cuánto debo a las hermanas que con esmero supieron cultivar aquel amor a Jesús y a su Madre, que en mí habían sembrado ya!
Rezábamos el rosario, medio de contemplación; y en el mes de mayo, con qué entusiasmo, cortábamos nuestras flores y a la Virgen obsequiábamos. Nos enseñaban poesías, oraciones y canciones…nos contagiaban su amor y su devoción a la Madre de Dios.
¡Cómo olvidar lo que en el Beaterio aprendí, era fuente inagotable donde poder acudir!
¡Mis años de montañera! ¡A Cristo por María, era nuestro lema!
Y las hermanas despertaron con su ejemplo, una inquietud especial que se convirtió en deseo de consagrar mi vida para servir a los demás. Y un catorce de septiembre, fiesta de la exaltación de la cruz, comencé a caminar como religiosa del Beaterio, anhelando una entrega total, con la certeza, de que cuando Dios llama, nunca nos va a dejar pues cuenta con nuestra debilidad.
Y pone en nuestro camino quien nos ha de guiar con su palabra, con su vida, con su fidelidad.
Permitidme, pues esta noche una mención de honor, a quien ha sido siempre para mí digna de admiración, maestra, amiga, hermana, y ejemplo a imitar: la Hna. María del Amor, quien también tuvo el privilegio de la Virgen pregonar y me precedió en el servicio de Hna. Mayor.
Desde que yo estaba en el colegio nos contagiaba verdad, cercanía, sencillez, escucha y disponibilidad.
Ella desbordaba emoción cuando le cantaba a la Virgen, lo mismo una sevillana que la canción más elaborada; o le decía una poesía declamándola con amor.
Y es que aprendió con presteza, con María, a decir que Sí a Dios.
Sí, en momentos de gozo, de júbilo, de ilusión. Y Sí crucificado por la enfermedad, cruzando desde nuestra ventana con la Virgen que había venido a Alcalá, unas miradas de complicidad; permaneciendo como ella de pie junto a la cruz, manteniendo la fidelidad, aún con lágrimas contenidas, diciendo: “¡Hágase tu voluntad!
Ahora, desde el cielo de nuevo nos encomendará y rezará por todos y por toda necesidad. ¡Gracias hermana, sé que con nosotras estás!
¡Madre nuestra de los Santos, a las hermanas difuntas pongo a tus pies! Y a todas aquellas personas que pasaron haciendo el bien, que con su palabra y con su vida supieron darte a conocer y en la casa del Padre de tu presencia real gozan ya. Ellas sean para nosotros reclamos de fe y prepáranos Tú, Madre, para la cita con Él.
¡Ruega por nosotros, santa Madre de Dios ahora y en la hora de nuestra muerte! Amén.
¡Cuántos recuerdos entrañables, cuántas buenas personas, que a golpe de cincel, casi sin querer, iban modelando mi persona!
¡Cuántos nombres importantes tengo grabados en mi corazón!
¡Gracias Madre mía, por tantas vidas gastadas por los demás, que nos gritan sin palabras que quien guarde su vida la perderá; pero el que la pierde por Jesús, cierto la ganará!
¡Ayúdanos a las hermanas a saberte imitar y aventurarnos por los océanos de la entrega total! Mirando a nuestro fundador a quien el Espíritu quiso esta misión suscitar.
A las ancianas y a los niños, te quiero encomendar, son débiles y frágiles, necesitados de tu bondad!
A las ancianas, alíviales su soledad y mientras desgranan su rosario de ruegos y plegarias, regálales la serenidad y esa sabiduría del corazón que sólo Tú les puede dar. Que se sientan queridas, que les sepamos demostrar que sus vidas tienen sentido y tienen mucho que aportar.
Te presento a los mayores, fuente de enriquecimiento para la iglesia y para la sociedad. Que transmitan los frutos de su madura experiencia humana y espiritual.
A los niños ¡Virgen de los Santos, protégelos, que hay que hacerse como ellos para entrar en el Reino de Dios! Ayúdalos a crecer con amor; no dejes que matemos su infancia ahogándolos en el tener. Ábreles horizontes nuevos por el camino del Ser, sacando lo mejor de cada uno para poderlo ofrecer.
Que comprendamos que fijarnos en los brotes de las ramas, vale más que llorar sobre las hojas caídas y ¡aumenta nuestra fe!
Aprovecho Madre, para rogarte por los Centros Educativos de nuestra localidad; ayúdalos en la difícil tarea de la educación.
No permitas que el lamento prevalezca sobre la sorpresa, que el desconsuelo supere la laboriosidad, que el escepticismo aplaste el entusiasmo y que la carga del pasado ensombrezca las expectativas del futuro.
Enséñanos a cultivar utopías que infunden esperanza alrededor, empapa de sueños las arenas de nuestros realismos y guía tú tan delicada labor.
Releyendo en las páginas de mi historia no me dejan de sorprender recuerdos archivados de piedad popular, que parecen insignificantes pero que contribuyen a forjar nuestra identidad.
Las visitas casi diaria a la Virgen de “La Salá”, a quien las adolescentes confiábamos nuestros secretos como una amiga más; o en años de sequía con una sillita de nea y una postal, salir un grupo de chiquillas con esta procesión original ¡Virgencita de los Santos, agua! no dejábamos de implorar.
O aquella entrañable despedida a la Virgen, que después buscaron recuperar, preparada por Carlos Cordero y la Hna. María del Amor, ensayando canciones y rezando con fervor por las calles de nuestro pueblo a la Madre de Dios.
Todo es camino. El fin último de todo y también del culto a la Virgen María es a Dios glorificar y comprometernos en una vida conforme con su voluntad. Teniendo la confianza de que Ella siempre está, porque como canta la letra de una bonita canción: “… al rezarte puedo comprender, que una Madre no se cansa de esperar!”
¡María de los Santos, mujer sin igual, que sepamos como tú, saber estar, acogiendo, confortando, escuchando; haznos capaces de gestos de hospitalidad!
Nadie se ve rechazado cuando te viene a buscar; cobijas bajo tu manto a los pobres y a los ricos, a los sanos y a los enfermos, a los jóvenes, a los niños, a los mayores…a todos les das tu mano.
Subimos a tu camarín impulsados por la fe, mirando hacia el cielo que desde allí se ve; y Tú nos invitas a bajar los peldaños otra vez y plantar el cielo en la tierra, como lo hiciste en Nazaret.
Rompe nuestros sistemas de seguridad, que anide en nosotros la solidaridad.
Que cuidemos Madre nuestra vida interior y no caigamos en la tentación de atrincherarnos en nuestros egoísmos y con el ruido y el barullo se nos endurezca el corazón.
¡Virgen de los Santos, enséñanos a saber callar! ¡Qué lección en el Evangelio nos quisiste dejar! Estás donde tienes que estar, sin protagonismos, sin querer figurar.
Mujer de pocas palabras, pero de gran profundidad.
Habla apenas en el Evangelio cuatro veces: en el anuncio del ángel, cuando canta el Magnificat, al encontrar a Jesús en el templo y en las bodas de Caná.
Después, tras recomendar a los sirvientes que escuchen la única palabra que cuenta, para siempre callará.
Que tus palabras Madre, nos den la clave de nuestro peregrinar.

¡María de la Anunciación!. “Aquí esta la esclava del Señor”. “Hágase en mí según tu Palabra”

Es una gozada oír un “Sí” en un mundo de “noes”.
El cielo baja de nuevo a conversar con la tierra. Pero ¡qué transformación! Sin truenos, sin relámpagos…sino un Dios que se posa silenciosamente en el seno de una humilde muchacha. Es el estilo de Dios.
“El Señor está contigo” es su declaración.
Necesitamos más que nunca un seno acogedor, donde engendremos a Jesús, nos convirtamos en sus testigos y vivamos en comunión.
¡María de los Santos, Virgen de la Anunciación! ¡Cuántas veces venimos a tu Santuario a presentarte nuestra oración!
¡Los colegios, las asociaciones, los grupos y comunidades! La Pascua juvenil, que tuve la suerte de vivir, las convivencias y encuentros…en vehículo o a pie! ¡De lejos y de cerca, llegan peregrinos llenos de fe!
Y Tú, con sólo mirarnos vuelves a pronunciar: “Aquí está la esclava del Señor” y nos invitas con el Padrenuestro a rezar: “Hágase tu voluntad”
Porque te fiaste, nos podemos fiar; porque probaste la oscuridad de la fe, aunque no veamos podemos creer.
Centinela de la mañana, ayúdanos a recibir la Palabra en lo íntimo del corazón. A entender como tú, las irrupciones en nuestra vida de Dios. Él llama a la puerta para inundar de luz nuestra soledad.
Y cuando en tu ermita, mascullemos nuestra oración, en silencio confiado, nos abandonemos en las manos de Dios.
Pronunciar nuestro sí es cuestión de aprender a querer lo que quiere el Amado, es asombro y adoración, misterio, pobreza, contemplación.
¡Virgen de los Santos, acoge nuestra oración, preséntala al Padre y líbranos de todo temor! ¡Que tu Santuario sea aquella casita de Nazaret, donde recibamos al ángel y digamos contigo a Dios que sí otra vez!

Virgen del Magnificat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor” “Se alegra mi Espíritu en Dios mi Salvador”.

Y llevando a Cristo en tu seno, te convertiste en su primera custodia y te fuiste a llevar anuncios de liberación.
Caminante, misionera, portadora de Dios y de la buena nueva.
Cuando vienes a Alcalá tu camino simboliza un exigente itinerario espiritual.
¡Acompañar a la Madre, la Madre que se deja acompañar!
Superar dificultades, cansancios; sentirse ayudado, y desbordar el gozo contenido del hijo amado.
Pasar el río, como un nuevo Israel, mano a mano, como hermanos.
Y llegar a tu pueblo y suspirar por los alejados y parar allí donde tu Hijo está Crucificado: en los enfermos, en los impedidos, en los parados, en los ancianos…
Decirles a todos que el Reino ya ha llegado.
Y compartes la incertidumbre del inmigrante y refugiado, porque Tú también lo fuiste y sabes ponerte de su lado.
Ayúdanos a cantar nuestro propio Magnificat, descubriendo nuestra historia de salvación, que sepamos exaltar la misericordia de Dios.
Líbranos Madre, de la neutralidad; que seamos testimonio vivo de la verdad, la libertad, la justicia y la paz.
Que ese Reino que ha empezado ya, con nuestro granito de arena lo hagamos fructificar.
Y celebremos el poderío de Dios con su estilo peculiar: compadeciéndose, abajándose, haciéndose uno más; que no hay sufrimiento humano que Él no haya cargado.
Repite hoy de nuevo el canto del Magnificat y a todos los oprimidos de la tierra anuncia el reparto abundante de justicia.
¡Virgen de los Santos, mujer que has optado por los humildes y sencillos, llevando la ternura a los más necesitados! Concede a la Iglesia la alegría de descubrir los significados de su vocación primordial. Ayúdala a cotejarse con Cristo y con nadie más.
A nuestra asamblea parroquial de laicos, bendícela e ilumina nuestra acción pastoral.
Apoya nuestros grupos, cofradías y hermandades, y dales el ardor que te impulso a ti, portadora de luz. Que sintamos detrás de nosotros, el resuello de las multitudes que todavía no conocen a Jesús.
¡Qué esté en cada uno de nosotros el alma de María para glorificar a Dios!
¡Virgen del Magnificat, acompáñanos y cantemos como tú la misericordia de Dios de generación en generación!

María que pierde a Jesús. “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando…” (Lucas 2,48).

¡Madre, te quejas! ¡Cómo desconcierta el misterio de Dios!
Tampoco comprendías, pero guardabas en tu corazón.
Perdiste a tu Hijo, y a Él, en Getsemaní, se le perdió Dios.
Vivir la fe en oscuridad, nos enseña a confiar.
Él se deja buscar. Ojalá Madre nunca dejemos de anhelar. El desierto es ocasión de crecimiento, posibilidad de madurar.
No nos quedemos en las cosas de Dios, busquémosle a Él.
¡Gracias, Madre, porque nos puedes comprender!, cuando angustiados preguntemos otra vez: ¿por qué nos has hecho esto?
¿Por qué te has llevado a quien comenzaba a vivir? ¿Por qué la enfermedad, la soledad, la desilusión, el dolor? ¿Por qué, por qué?
En la noche del alma, se experimenta la ausencia de Dios; se nos ha perdido también.
Exclamamos con el salmo 42: “Mis lágrimas son mi pan noche y día; mientras todo el día me preguntan: ¿dónde está tu Dios?
Seguimos gimiendo con el santo Job. Y te hacemos presente allí donde aprieta el dolor. ¡He visto tu imagen Señora, en la sala de oncología; y en una medalla en el pecho, muy cerquita del corazón; en las manos de los moribundos o en las de quien pide esperanzado una solución.
Pero Tú nos invitarás de nuevo a dejarnos sorprender, a estar en las cosas del Padre, a pedir que fortalezca nuestra fe.
Guardar y aguardar, sabiendo esperar, que Dios no falla, El actuará.
¡Madre de los Santos, a quien con frecuencia gritamos con dolor, en el momento de la prueba, confórtanos; extiende tu manto sobre nosotros y alívianos!

María en la boda de Caná. “No tienen vino” “Haced lo que Él os diga”.

Y llega la romería, Alcalá se viste de fiesta, como en las bodas de Caná.
Tempranito los cohetes anuncian que las carretas comienzan a desfilar y repican las campanas con su voz original, más alegres que nunca proclamando este día tan especial.
Romeros caminantes que repiten el camino de la encarnación, pues el Verbo vino por María, por su mediación; así los creyentes por el mismo camino nos acercamos a Dios. Pues María no es sólo ejemplo, que es ayuda y es guía.
Y todo el camino debe ser oración, misteriosa armonía, reflejo de su Creador: cielos azules, trinos de pájaros, rocíos, aromas de flores; ríos, senderos… ¿cómo no saltar de su admiración a la del propio Creador?
Y alguna parada en el camino; intercambiar las provisiones, poner en común, comunión de fraternidad, con la ilusión de que el Pan vivo nos espera al final: la Eucaristía, banquete celestial, preparado con abundancia divina, para nuestros anhelos saciar.
¡Qué emoción contenida cuando a lo lejos se vislumbra el Santuario!
Y al llegar, hay que apresurarse a saludar a la Madre, que acoge con cariño y agrado a los recién llegados.
Se celebra la eucaristía con gran solemnidad y enseguida la Virgen procesionará por aquellos alrededores entre ¡vivas y piropos, silencios, sollozos, ruegos y plegarias, que brotan del corazón!
Y Ella, con la agudeza del amor, sabe descubrir tras los rostros lo que esconden en su interior. Vuelve a decir a Jesús: “No tienen vino, el vino se les acabó!
No tienen trabajo, no tienen hogar, no tienen compañía, no tienen ilusión; no tienen salud, no tienen esperanza, no tienen paz, no tienen amor…
¡No tienen vino, el vino se les acabó!
Pero antes incluso de volver a su camarín, cuando hasta los animales respetuosos le rinden pleitesía, oiremos muy dentro del corazón: ¡”Haced lo que Él os diga” Y surgirá la transformación.
Que María de los Santos es intercesora, colaboradora de la redención.
Pasaremos el día con Ella, compartiendo con los demás, que no hay nada más grande para una Madre que ver a sus hijos en hermandad.
Alimenta, Virgen de los Santos, en nuestra Iglesia la pasión de la comunión.
Ayúdala a superar divisiones; y cuando merodee la discordia, no falte tu intervención.
¡Madre, miremos juntos en la misma dirección!
Durante toda la jornada no dejaremos de entrar a contarte nuestras cosas, pues sabemos que las vas a escuchar. Cada flor es una plegaria o algo que agradecer y contemplamos los exvotos que cuelgan en las paredes como testimonios de fe.
Y el rezo de la Salve, nos vuelve a sobrecoger y quedaremos citados para reencontrarnos en tu día y en la Octava otra vez; haciendo de nuevo el camino , avivando nuestra fe.
Cuando ya bien tarde comencemos a regresar, lo haremos con el gozo de haber podido participar, en ese encuentro festivo, como en aquella boda en Caná, en la que María quiso “la hora de Jesús” adelantar.
¡Virgen de los Santos, alerta a la necesidad, haz que como aquellos sirvientes, hagamos lo que Jesús nos diga, y nuestra agua en vino convertirá!
Después de estas palabras, a María en el Evangelio no la volvemos a escuchar, pero dice la palabra más grande, aunque no la llegue a pronunciar. Es de nuevo el Sí, fiel hasta el final.
María de los Santos es modelo de itinerario espiritual, avanzó también ella progresivamente en la peregrinación de la fe y es ahora para nosotros estímulo, ejemplo en nuestro diario quehacer.
En silencio, sin entender, pero confiada, al pie de la Cruz, supo permanecer, inspirándonos a los creyentes el deseo de estar al lado de las infinitas cruces de los hombres, para poner allí aliento, presencia liberadora y cooperación redentora.
¡Virgen de los Santos, patrona de Alcalá, Tú no eres huésped, sino una ciudadana más!
Te sentimos cercana en los sueños festivos y en la dureza de los días de trabajo; siempre dispuesta a echarnos una mano, a contagiarnos tu esperanza, a hacernos sentir la necesidad de Dios.
Estás junto a nosotros y te quiero hoy confiar las inquietudes presentes en nuestra cotidianeidad: la paga que no llega, el estrés, el futuro incierto, la soledad interior, la angustia de la enfermedad; la sombra del sin sentido, la falta de fe, el paro, las familias en dificultad; los jóvenes, la pérdida de valores, la crisis material y espiritual…
Vivimos tiempos difíciles. Tú, “orgullo de nuestro pueblo”, quédate a nuestro lado, en la difícil empresa de construir un mundo de hermanos.
Alivia con caricias de madre todo el sufrimiento humano. Haz que contemplemos desde tus mismos ventanales los misterios gozosos, dolorosos, luminosos y gloriosos de la vida.
Que sepamos Madre mirar la historia desde la perspectiva del Reino.
No nos dejes caer en la tentación de quedarnos en la inútil lamentación, sino que como tú, nos pongamos en camino, colocándonos el delantal, para postrarnos a los pies de quien nos pueda necesitar y así hacer del Evangelio nuestra opción fundamental.
Se acercan días fecundos, de gran riqueza espiritual: la novena, la romería, la octava… y el día doce, un año de gracia, el Señor obispo proclamará. ¡Aprovechemos esta gran oportunidad! Que Dios sigue invitándonos a con María caminar. “He aquí a tu madre”, la que nunca te dejará. Vivamos estos acontecimientos como peregrinos de la fe, cogidos de su mano para acelerar nuestro ritmo de caminantes un poco cansados.
Anhelantes esperaremos un mayo especial, que si es tu mes por excelencia, éste lo será aún más, pues vienes a tu pueblo, a tu querido Alcalá. ¡Cuántas gracias, Madre, Tú nos repartirás!
¡Ayuda a las Instituciones de la localidad a luchar por el bien de los demás y suscita deseos de cooperación y fraternidad!
¡Sigue alentando empeños de solidaridad, intuyendo la esperanza del nuevo día en que el Resucitado resplandecerá!
Atrae con los lazos del amor a los que se marcharon lejos por derroteros equivocados que conducen a la desilusión.
¡Mira a tu pueblo Madre, no lo dejes de mirar; y cómo cantamos en la Salve, aunque nuestro amor te olvidare, Tú de nosotros no te olvidarás!
Gracias a tantos bienhechores y a todos los que habéis colaborado para que este pregón pudiera ser proclamado.
¡Gracias a todos y a todas por vuestra presencia, cariño y oración¡ ¡no cabe ninguna duda que nos une la Madre de Dios!
Gracias a las camaristas, que con tanto esmero, delicadeza, ternura y amor, visten a la Madre para cada ocasión. Y hoy, luce este manto, como un detalle más, que fue bordado por las hermanas guardando entre sus pliegues secretos de devoción y fervor.
Y termino con unas palabras que no son mías, sino las últimas de una poesía, que en 1907, cuando este manto le entregaron, a la Virgen le dedicaron. Sirvan ellas de conclusión y corroboren nuestro amor y devoción.

“Bajo este rico manto de tisú,
Cobijados, y llenos de alegría,
A tus plantas juramos este día
que siempre nuestra Reina serás Tú;
y ya que el alma satisfecha está,
resuenen en el cielo nuestros cantos;
¡¡Viva la excelsa Reina de los Santos!!
¡Vivan los nobles hijos de Alcalá! Amén.


Hermana Ana María Cordón Franco
Hermana Mayor del Beaterio de Jesús, María y José
Romería 2009
Alcalá de los Gazules

El tiempo que hará...