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domingo, 11 de octubre de 2009

EVOCACIONES ALCALAÍNAS : 14.- Los cernícalos

En el castillo de Alcalá, en Santo Domingo y en las peñas, abundaban los cernícalos. Había buenas colonias de estos falconiformes, porque siempre había comida para las aves rapaces. Son de la familia de los falcónidos, aves de rapiña diurnas; mediana, de 30 a 40 centímetros, con la costumbre de cernerse, es decir, andar o volar moviendo el cuerpo a uno y otro lado, para caer en picado verticalmente sorprendiendo a su víctima. Tienen el pico corto y encorvado, con la cabeza abultada y el plumaje según el sexo. El macho, de color rojo pardo, con manchas negras en el dorso; la parte superior de la cabeza y la cola de un gris azulado; las patas amarillas con las uñas negras. La hembra, de un tono más claro con rayas transversales.

El nombre de cernícalo viene de cerner o cernir, seleccionar roedores pequeños para su alimentación. También se le daba el nombre de “primillas”. A propósito de sus nombres, nunca pudo saber por qué a la familia de un cuñado suyo le llamaban “Los Primillas”. Y, a veces, oyó decir a algunos niños don Manuel Marchante “cernícalo”. Reflexionando, llegó a pensar que se refería a los niños menos aplicados. Lo de su cuñado no lo supo derivar nunca, a no ser el éxito que estas aves tenían en la caza.

A los chavales les gustaba subir al castillo, escudriñar los nidos y coger un cernicalillo para criarlo. Una vez tuvo suerte y se trajo uno. Estaba cubierto de un plumaje blanco como si fuera algodón. Enseguida supo por los chavales la alimentación que había que echarle: cigarrones, pitacos y desechos de carne, ratoncillos, pequeños reptiles, avecillas y roedores. Se acostumbraban pronto a lo que se le echara. En Alcalá los cernícalos hacían colonias urbanas, pero también se habituaban al monte y a los cotos.

Aquel plumaje blanco lo fue abandonando el cernicalillo muy pronto y él pudo comprobar que comenzaba a intentar lanzarse al vuelo. Un chaval le dijo que lo mejor era cortarle las puntas de las alas, para que no volara y pintarlo de rojo o de verde, como si fuera un loro, por si se escapaba. En el corralillo de la casa tenían un sumidero donde arrojaban el agua sucia. El cernícalo merodeaba el boquete y terminó con todos los insectos, alimañas y ratoncillos. Él y sus hermanos más pequeños acostumbraban a orinar y hacer caca en el sumidero.

Un día, estaba en cuclillas intentando hacer la necesidad, cuando sin saber cómo, se acercó el cernícalo y le cogió con el pico la colilla. Se asustó y pegó tal grito que acudió su padre inmediatamente y, al ver al cernícalo enganchado a la colilla, le dio un manotazo y, a continuación, una patada que lo embarcó en el tejado de la casa y nunca más volvieron a saber del falcónido. Él lloraba por dos cosas: una, porque el picotazo le dejó dolorida la colilla; la otra, por el cernícalo, al que ya le había cogido cariño.

Esa vida en contacto con la naturaleza pura la echó de menos cuando se fueron de Alcalá y comenzó a vivir en ciudades más urbanas. La flora quedaba como ornamentación de las casas, y la fauna como animales de compañía. De vez en cuando, evocaba aquellos recuerdos de Alcalá, como algo maravilloso que no pudo volver a reproducir en ningún sitio. Cuando vuelve por el pueblo, sube a la plaza Alta y mira al torreón del castillo, donde aún se ve algún que otro cernícalo, pero quedan pocos, muy pocos. Le voy a pedir al alcalde que declare a los cernícalos especie en peligro de extinción.


JUAN LEIVA

1 comentarios:

Alcalaina dijo...

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El tiempo que hará...