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martes, 23 de febrero de 2010

EVOCACIONES ALCALAÍNAS

30.- “La Fuente la Salá”

Ahora la llaman calle de Nuestra Señora de los Santos porque, más abajo, conforme se desciende a la derecha, está la capillita de la Virgen de los Santos. Las letras de imprenta la denominan “La Fuente Salada” pero, en aquellos años, nuestros labios de niño la llamaban “La Fuente la Salá”. Y, por contagio, al descenso que baja de la Alameda al “Prao”, le decían “La Cuesta la Salá”. Este era el camino de la libertad infantil, el que recorríamos en primavera para poner liria y cazar pajarillos en la ribera del Barbate. Y, en verano, para bañarnos desnudos en los formidables charcos que dejaba el río.
Sánchez del Arco decía que, en el siglo XIX, Alcalá tenía tres cuevas notables: La Coracha, La Salada y La Mesa de San Antonio. La de la Salada no era ninguna cueva, sino los depósitos romanos que fueron abandonados y se quedaron reducidos a unos muros arqueados y a una fuente generosa que nunca se secaba. El manantial nacía en la cumbre de la Coracha, pero daba la cara más abajo, en la ladera del cerro, junto a la “Cuesta la Salá.”
Aquel agua alta y encumbrada pudo haber sido catarata, pero el pragmatismo romano le cortó las orgullosas alas, para someterla al encarcelamiento de un depósito en la falda de la Coracha, que daba agua a toda la población. De noche, con la luna, cuando jugábamos en la “Cuesta la Salá”, el pilón de la fuente se llenaba de canciones de plata. Era agua limpia y callada que despreciaba el triunfo sonoro hasta que salía el sol, convirtiéndose entonces en canciones de oro.

De mañana, subían los verdones y los jilgueros a beber, cuando la fuente dejaba de soñar y se convertía en piedras ruinosas de sillares. Después, llegaban los muleros con sus recuas y los molineros con las arrierías del molino a dar de beber a la caballería. En los entresijos de las piedras dormían las sanguijuelas, al acecho de las bestias para entrar en su boca, adherirse a las encías y chuparles la sangre. Y también, durante todo el día, acudían los perros a beber en el desagüe de la fuente, mientras las garrapatas se aprovechaban, para agarrase a ellos y henchirse de sangre.
Cuando subíamos la cuesta acalorados, nos refrescábamos en la fuente. Bebíamos formando un cuenco con las dos manos, porque les temíamos a las sanguijuelas y a las garrapatas. El agua no era apetecible, pues tenía propiedades de sales, de cuerpos químicos y medicinales, que la hacían salobre y extraña al gusto. Los animales la bebían sin reparos y a veces nosotros también. Pero siempre nos refrescaba, en invierno y en verano, y nos purificaba las entrañas.

Sánchez del Arco dice que, en 1820, la cueva de La Coracha fue templo masónico y lugar donde se reunían los conspiradores que proclamaron la Constitución de 1812, llamada “La Pepa”; esa celebración de los doscientos años, que Cádiz prepara con ilusión para el 2012. Pero Gabriel Almagro Montes de Oca deja claro, en la nota 36 de la Hª de Alcalá, que es una mala interpretación del libro “Memorias de un Anciano”, del general Antonio Alcalá Galiano, acerca de su participación en reuniones masónicas en Alcalá, en 1820, preparatorias del “Pronunciamiento de Riego”.

Manuel y Salvador Montañés Caballero, arqueólogos, escribieron un artículo, el año 2003, titulado “La Fuente Salada de Alcalá de los Gazules. Dos mil años ofreciendo agua”. Sobre las obras realizadas en la fuente desde 1998, el resumen del artículo dice lo siguiente: “La Fuente Salada de Alcalá de los Gazules (Cádiz) es un bien cultural construido en época romana y utilizado sin interrupción en el medievo, la Edad Moderna y la Contemporánea. En la actualidad conserva visible los depósitos romanos de la fuente, así como algunas estructuras de época medieval y moderna, entre ellas un horno de cerámica. La construcción responde a una sociedad con desarrollado nivel tecnológico, tal era la sociedad romana, en la que se empleó una importante fuerza de trabajo, incluido una mano de obra especializada, la del cantero reflejada en el cuidado acabado de las estructuras visibles. La revalorización del sitio arqueológico representa el fin último del trabajo iniciado, pero en modo alguno ha terminado, ya que aún quedan espacios por excavar y conservar.” Ahora la fuente ha sido trasladada más arriba en el mismo cerro de la Coracha y ha dejado los depósitos romanos del manantial al descubierto. La evocación de la “Fuente la Salá” me produce la sensación de un castillo romano de piedra, de agua y de recuerdos. Abandonado durante siglos a su suerte, sigue fiel a su compromiso de dar de beber a su pueblo. Así, durante dos mil años. Pero no te olvidaron los pajarillos, ni los perros, ni los mulos, ni los platerillos. No sabemos quién la olvidó, pero los niños, desde luego, no. Aquellos que son hoy de la tercera edad y que ven cómo se secan sus vidas, contemplan el agua de la “Fuente la Salá” como un canto de voces de plata, de oro, de esperanza.

Y, sin embargo, me gustaría decir con Juan Ramón Jiménez: “¡Olvido, hermoso olvido,/ libertador final/ de nuestro nombre puro,/ en la imaginación del tiempo feo! –Hombres, hombres, hombres...¡ay!”.


JUAN LEIVA.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

muy buen fotografo y buena persona

El tiempo que hará...