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jueves, 8 de abril de 2010

EVOCACIONES ALCALAÍNAS

34.- Primavera en Alcalá

“Dios está azul”, decía Juan Ramón Jiménez cuando el cielo era puro, sin nube alguna que lo manchara. Esos días abundaban en primavera y verano en Alcalá. La primavera llegaba con la Semana Santa y San Jorge, entre las dos estaciones más extremas del año, invierno y verano, de mediados de marzo a mediados de junio. Si era domingo o festivo, a la gente le salía del alma, “Vámonos al campo”. Era como salir a ver las primeras flores y brotes de la vida. Del latín, precisamente, deriva su nombre, (“prima videre”).
Los mayores cogían la cuesta de San Antonio y se iban camino de la Palmosa. Los jóvenes enamorados se escapaban por el cerro de la Ortega y bajaban por las curvas llenas de jaras con flores blancas y melosas. Los niños cogían la Cuesta de la Salá y se iban al “Prao”, donde había libertad para los primeros verdones, jilgueros, pinzones y la amalgama de canoros pajarillos. Los caminos despertaban temprano y Dios lo invadía todo de azul.

A la vuelta, la soledad ocupaba las veredas: los mayores volvían llenos de energía, los niños venían hambrientos y los enamorados ahítos de amor. De tanto sol, las amapolas reventaban y se tornaban rojas, semejaban sangre de trigales, labios de carmín, lunares de fiestas. Y las jóvenes traían ramitas de romero impregnando las manos y el aire de aromas de los montes. Los pajarillos hilvanaban aspergios misteriosos y las tardes se tornaban amarillas, rosas y granas. Los montes se ponían blancos con la flor de los retamares; y verdes, con las ramitas del romero. De noche, la luna blanqueaba las copas de los árboles.

Cada mañana, la orilla del Barbate era un jardín de adelfas blancas y rosas, de juncos flotantes, de lirios de oro, de juncias olorosas y amarillas. Alcalá ofrecía desde el “Prao” una vista totalmente distinta a la de San Antonio, más escarpada y de desniveles violentos. El sol se escondía detrás de la torre y del castillo. El Prao se quedaba solitario y perdía sus colores. De vez en cuando se oían berridos de toros y vacas recogidas en la tenería. Cuando se callaba el rumor de los rumiantes, poco a poco la soledad y el silencio se divinizaban.
Una mañana bajábamos al “Prao” a poner liria. Era primavera en la ribera y azul puro en el cielo. Unos patos salvajes rompían la majestad del firmamento y dibujaban figuras perfectamente coordinadas. El que dirigía el desfile hacía ángulos en forma de “V” y otras figuras caprichosas. Pero la bandada cogía al vuelo sus caprichos y no erraban la línea. Se protegían del aire con giros organizados. Después, he sabido que son aves emigrantes y cambian de espacio según los fríos. Llegan del Norte en primavera, pero cuando vuelve el verano, retornan de nuevo al Norte.

Por Alcalá se veían con alguna frecuencia. Las cabezas y cuellos de los patos reales son verdes y su base es un collarín blanco. El pecho es castaño purpúreo y el resto del cuerpo pardo, excepto el obispillo y parte de la cola que son negros. El espejuelo de las alas es de color azul violeta. Son distintos de los patos comunes que vivían en las lagunas, aunque tenían cierto parecido, porque el pato común es una derivación del pato salvaje.
En el término de Alcalá había una docena de lagunas, lugares aptos para la vida y el alimento de los patos. Algunas se secaban en verano, pero otras mantenían su humedad durante todas las estaciones. Eran las de Juan Frías, Los Prados, Gregoria, Juncal en la Dehesa Mojea de Escobar (ocupada hoy por la presa de abastecimiento de aguas), Puertollano en la majada de Montes del Montero, la de Mojea Hermosa en la dehesa de Laganes, la de Rivas en la de la Zarza, la de la Dehesilla, la de Arcos y la de Doña Jerónima en la de la Jota, y en la dehesa de la Moracha la de las Hermosillas y la de la Estancia. ¡Qué belleza de nombres, Dios mío!
En las orillas de las lagunas se veían también garzas reales. La migración prenupcial era en febrero y marzo. La migración postnupcial, en agosto y septiembre. Buscaban las zonas húmedas. Aves grandes, con cuerpo gris y cabeza blanca y negra. En vuelo destacaban sus alas arqueadas, con un batir lento, el cuello retraído en forma de “S” y las patas sobresaliendo por detrás de la cola. Existe otra especie llamada “garza imperial”. Se ven en la Janda y en el embalse del Barbate. Esta fauna es una de las riquezas de los Alcornocales.
Pero, en Alcalá, los naranjos de los huertos y huertas estaban llenos de pájaros. Y, en las riberas del Barbate, eran bandadas las que iban a beber, a comer y a alborotar. Después se ocultaban entre los adelfos blancos y rosas para amar. Y de vez en cuando salían a beber el agua de los regatos. Allá arriba, sobre la pradera, el cementerio se asomaba como queriendo atrapar la vida y el amor del campo en primavera. El castillo tiene sueños amarillos de jaramago y una torre destruida. Los bárbaros franceses sólo entendían de cañones, de fragatas y de fuegos mortíferos. Se fueron y arruinaron los sueños de la infancia, la cumbre de la Coracha y la fragancia que subía del “Prao”.



JUAN LEIVA

El tiempo que hará...