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martes, 6 de julio de 2010

EVOCACIONES ALCALAÍNAS

44.- Personajes Populares de Alcalá

En la evocación pasada, tomamos en cuenta la enumeración de un grupo de clásicos alcalaínos que destacaron por su calidad humana, profesional, espiritual o política. Hoy queremos tener en cuenta a otros alcalaínos que quedaron en el alma del pueblo por su bondad, por su originalidad, por su sencillez; en una palabra, por su popularidad. También, en este aspecto, abundan las personas que hemos conocido por un mote o cuyos nombres se han trasmitido de generación en generación por su singularidad. Y conviene tenerlos en cuenta porque, como se ha dicho con toda razón, “la historia de los pueblos no la escriben solamente sus hijos famosos.”
También este elenco de los “populares” debe quedar abierto, porque “no son todos los que están, ni están todos los que son”. Abundaban en todas las épocas y formaban parte del panorama más alcalaíno. Yo mismo no puedo reproducir sus personalidades más completas, porque salí de Alcalá con 11 años, pero conservo sus nombres y algunos rasgos que he completado después con las conversaciones de algunos paisanos y los Apuntes Históricos de nuestro Patrimonio.

María González.- Ana María Salgado nos recordaba, en un breve artículo, el año 2002, a tres personajes populares de Alcalá que aseguraba que llevaba grabado en su corazón como tres amigos imborrables: María González, Manolito Cielo y Juan Rarro; los tres que todos llevamos en el alma. A ella le hubiera gustado que el Ayuntamiento los hubiera distinguido con tres nombres en el callejero alcalaíno: “Calle de María González”, “Plaza de Manolito Cielo” y “Callejón de Juan Rarro”. Y añade que María recorría las calles del pueblo echando piropos: “Voy a ver a mi rosa de malmesón, que desde luego es más guapa que sus hijos” –me decía-.
Y aparecía con su canastillo al brazo y, en el fondo, la cartilla de racionamiento y un jarrillo de lata. Su pecho era duro y oscuro como el revés de una guitarra. “Nunca pedía nada, pero siempre se le daba algo.” Era para su nieto, el regalo que le dejó su hija cuando se murió de pasar fatiga y hambre. María era la Providencia personificada en tantas abuelas como tuvieron que hacerse cargo de su nietos, para darles de comer, para vestirlos y para improvisarles un futuro con lo que fuera.

Manolito Cielo.- Su verdadero nombre era Manuel Vázquez Pizarro. Guillermo García Jiménez nos cuenta que el sobrenombre de “Manolito Cielo” le vino por su glotonería. Cuando iba a trabajar a la huerta con su tío Rafael, comían todos juntos. Manolito les dejaba sin comer, porque comía a tragos y nunca hacía una pausa ni aunque la comida estuviera ardiendo. Entonces, su tío le decía: “Manolito, despacio, el cielo, cuida tu cielo.” Y de ahí surge lo de “Manolito Cielo”.
A los 18 años fue cuando comenzó a hacer sus premoniciones sobre el cielo y la atmósfera. Un día le diría a su padre que no salieran al campo porque iba a llover. El padre le contestó que lo que no quería era ir a trabajar. Y él le replicó: “Echa los capotes.” El padre no le hizo caso, pero Manolito cogió el suyo y, al poco tiempo, se pusieron todos chorreando, menos Manolito. Sus futuriciones adivinatorias sobre el tiempo se hicieron famosas, e incluso sobre enfermedades. Y Manolito se hizo muy popular.
Contrajo matrimonio y tuvo tres hijos: María, Juan y Rosario. Su mujer murió en el parto de la pequeña y la abuela se hizo cargo de los hijos. Les enseñó a hacer flores de papel para venderlas en la feria y a coger ciertas hierbas del campo para curar catarros, dolores de barriga y otras enfermedades comunes.

Juan Rarro.- Juan era el hijo de Manolito Cielo. Lo de Rarro era un sobrenombre. El niño fue criado por su abuela, María Pizarro, pero no lograba pronunciarlo como lo hacían sus hermanas, de manera que sólo acertaba a decir la muletilla de “Mamá Rarro que los niños me pegan”. De ahí le vino el mote de “Juan Rarro”. Su cara de niño grande la tengo grabada en mi memoria como la de un hombre aniñado, sencillo, bueno y candoroso. Todos le querían como si fuera familiar del pueblo.
Juanito, al nacer, era un niño normal. Un día su madre vino al pueblo y dejó al niño acostado. Al volver a casa se encontró que el niño no estaba en la cama. Pensó que se lo habría llevado la abuela como hacía otras veces. Por la tarde, fue a recogerlo y comprobó que el niño no estaba con ella. La pobre mujer se volvió loca buscándolo por todas partes, hasta que lo encontró en el arroyo de los Yesos, adonde había llegado gateando. Decía la gente que el frío de la noche le heló la sangre hasta paralizarlo. Nadie sabía cómo había superado el frío y la helada; un milagro de la Virgen.
Mientras vivió la abuela le fue bien, pero después pasó mucha necesidad, yendo de puerta en puerta. Tiraba la basura y, a cambio, le daban comida y algún dinero. Se diría que la Providencia se hizo cargo de su subsistencia, como de un pajarillo del monte. Su figura pertenecía al costumbrismo popular, vendiendo las yerbas que el padre traía del campo y la gente conocía por el olor: manzanilla, poleo, orégano... Una moto se lo llevó por delante y todo el mundo estuvo pendiente de la salud de Juan Rarro.

“El Gran Potoco de Alcalá”.- Los motes de los alcalaínos populares siempre tenían un motivo, una razón, una causa o, simplemente, una excusa. El verdadero nombre del “Gran Potoco de Alcalá” era Ildefonso Delgado (1900-¿?), aunque familiarmente se le llamaba Alfonso. Lo de “Potoco” decían que lo llevaba desde niño, porque tenía un tambor con el que daba la tabarra todo el día. La gente le decía: “No toques más”, pero él respondía invariablemente: “Po toco”. Y así se le quedó el sobrenombre de “Potoco”. Esta es la justificación popular, pero Manuel Guerra Martínez nos informa de que el mote de Potoco era prestado; es decir, era el sobrenombre taurino de José Villegas, natural y vecino de Cádiz (1860-1905), torero que intervino en corridas destacadas de su época. Cuando a Ildefonso le vino la inclinación al toreo, él mismo eligió el nombre artístico de “Gran Potoco de Alcalá”, inspirado en el torero gaditano.
Cuenta nuestro paisano Juan Romero Mejías que un grupo de amigos se reunían en la carpintería de Miguel Blanco Sánchez, que estaba en la planta baja de la primera casa del Paseo de la Playa –entonces Paseo de Mochales-, según se entraba desde la calle Río Verde. Cuando iba “Potoco”, el tema obligado era el de los “toros”. Y otra gran afición suya era recoger trozos de madera para hacer aviones. “Potoco” se ganaba la vida con el contrabando de tabaco que traía de Gibraltar. Tenía dos grandes perros que transportaban el tabaco desde Los Barrios hasta Alcalá. Eran perros mochileros enseñados para hacer la ruta y huir de los carabineros sin que nadie los guiara. Cada uno traía dos seras de piel, acopladas con correas y cargadas de cuarterones de tabaco y de cigarrillos ingleses. Potoco hacía la vuelta en la Valenciana y los perros llegaban puntualmente a su casa. Su figura, con sombrero de ala ancha y traje de tela dura pueblerina, era inconfundible. El tabaco lo vendía un hombre, apodado “El Escolástico”, en la taberna de Arroyo. Juan Salas era un carabinero amigo de “Potoco” del que se comentaba, picarescamente, que conocía el paradero de los perros. Potoco vivía con su esposa e hijo en la última casa del Carril Alto, conforme se entraba desde la Plazuela. No llegó nunca a ser gran torero, de manera que sus corridas eran más bien tipo charlotadas. Salía a torear con traje corto y chquetilla blanca. Terminó de limpiabotas y pidiendo limosnas. Sin embargo, la gente lo trataba con cariño y como persona típica del pueblo.

Poley.- Mi madre nos hablaba mucho de Poley, pero nunca nos dijo el nombre. Yo creo que el apodo reproducía mejor lo que era que su nombre auténtico. La raíz del mote podía venir de la palabra “poleo”, que tanto se utilizaba en el léxico alcalaíno para dar olor y sabor a los caracoles. O de “Poley”, palabra mora para designar el desastre de una célebre batalla de los Omeyas cordobeses. Lo cierto es que el nombre de Poley asustaba a los niños, porque muchos padres decían: “¡Que viene Poley!”.
Les contaba que un día estaba dando de mamar a uno de sus hermanos y, de improviso, apareció Poley y cogió un dinero que había encima de la mesa. El susto fue tremendo, porque aparecía y desaparecía como por encanto. Sin embargo, mi madre describía su persona como una mezcla de habilidoso ladronzuelo y ratero desgraciado; una especie de enfermedad. Por añadidura, era bisojo.
Desde pequeño se había habituado a robar y a aprovecharse de los descuidos de las amas de casa. Eso era fácil, porque las casas estaban siempre con las puertas abiertas, tanto de día como de noche. A Poley le gustaba asustar a las mujeres y a los niños. Sus padres, los municipales y los carabineros lo castigaban y le prohibían salir de casa, pero Poley se escapaba arrastrado por el vicio de atrapar lo ajeno. Mientras fue menor de edad, la cosa se toleraba pero, al cumplir los 18 años, los hurtos fueron a mayores y las autoridades se vieron obligadas a ponerles unos grilletes de hierro. Se iba a los escalones de la Alameda, frente a la Cervecería, y los chiquillos lo rodeábamos llenos de asombro ante el triste espectáculo. Un día desapareció del pueblo. Dicen que lo llevaron a una prisión y murió al poco tiempo.

Juan Panera.- Había dos talleres de forja en Alcalá y tres excelentes artistas: Juan José, su hermano Manolito y José Gutiérrez. El primero estaba en el callejón de la Herrá“, y el segundo en Santo Domingo. Juan José era el padre del “Lili”, y Manolito, el padre de “Juan Panera”. Juan no siguió el oficio de su padre, sino el de la hostelería. Estaba nominado entre los más grandes del arte culinario de Alcalá. Su grandiosa humanidad y su carácter bonachón le hacían inconfundible.
Su vida se puede seguir tramo a tramo a través de los restaurantes y ventas donde ejerció su profesión. Recuerdo que de niño aparecía por mi casa, porque mi madre lo apreciaba y le preguntaba algunas recetas de cocina. Su figura era siempre bondadosa y le gustaba decir cosas agradables a los niños.
Muchas veces nos desplazábamos, con mi madre, desde Jerez a la Venta de la Liebre, para que nos hiciera un refrito de espárragos o un gazpacho caliente. A mi madre le decía siempre “Gasparita”, con el diminutivo afectivo de Gaspara, porque la había conocido desde pequeño y le tenía mucho aprecio. Se deshacía en atenciones con ella, como si fuera alguien de su familia.
Cuando yo estaba de profesor en el instituto de Enseñanza Media de La Barca de la Florida, me enteré de que había dejado la Venta de la Liebre y había abierto un restaurante en Paterna al estilo de Alcalá. En el instituto había comedor, pero yo me iba algunas veces a comer carne de matanza a su restaurante. Y siempre me preguntaba por “Gasparita”.
Por último, en la década de los 80, siendo yo profesor en el Campo de Gibraltar, al pasar para Jerez los fines de semana, entrábamos en el restaurante de Pizarro en la Playa. Desde la cocina nos veía e, inmediatamente, salía a saludarnos y a atendernos con sus mejores recetas culinarias. Marcó un auténtico hito en este aspecto y alguien debió haber recogido ese arsenal de conocimientos de Juan Panera y de la espléndida cocina de Alcalá.

“Pantaoveja” y “Virulento”.- Juan Romero Mejías nos habla de algunos trabajadores y artesanos alcalaínos destacados por su humor y gracejo. Entre ellos se encuentran dos estibadores célebres por su portentosa fuerza; es decir, dos forzados que se dedicaban a la carga y descarga de camiones o de mercancías en los muelles. En Alcalá había gran actividad para los estibadores, sobre todo en los muelles del carbón o en las explanadas de las pelas del corcho en los Alcornocales.
Tanto “Pantaoveja” como “Virulento” comían desaforadamente y ostentaban su fortaleza para cargar y descargar solos aquellos camiones de carbón vegetal, que iban destinados a la Bahía de Cádiz. Por aquel entonces, el único combustible para cocinar era el carbón, que lo traían en las seras de esparto. Cada sera pesaba más de 60 kilos y cada camión solía llevar tres tandas de seras.
La gente se paraba a ver estibar a los dos famosos alcalaínos y ellos se crecían aireando su agilidad y su habilidad para descargar las seras. Después, hacían honor a un gazpacho caliente y un plato de carne de matanza con la misma ufanía que cargaban los camiones.

Juan Pizarro “El Zapatero”.- Un artesano destacado fue Juan Pizarro “El Zapatero”. Vivía en la calle los Pozos y allí mismo tenía la zapatería. Se había adjudicado el privilegio de asistir a todas las bodas del pueblo e intervenir en ellas. No le importaba la clase de los contrayentes ni haber sido invitado a la ceremonia.
En el transcurso de la celebración, el sacerdote, entre otras recomendaciones, decía: “Si alguno de los presentes conoce o sabe de algún impedimento para celebrar este matrimonio, puede manifestarlo.” Entonces, Juan Pizarro, sin retrasarse un segundo, decía con voz acampanada: “¡Nooo!”.Y se marchaba, inmediatamente, satisfecho de haber cumplido su misión.
Añade Romero Mejías que los zapateros de Alcalá habían introducido, por aquellas fechas, la vacación del fin de semana de domingo a lunes. El gremio completo lo asumió y comenzaban la semana el martes. Con una cuarta de vino de Chiclana y unas sardinas arenques se iban al Lario a celebrar el día de asueto.

Alfonso “El Baila”.- “El Baila” tenía un puesto en la plaza de Abastos de Alcalá. Unos mayoristas de Algeciras, los Hermanos Ortega, le abastecían. En la Feria de Algeciras lo invitaban a los toros. Un día los acompañó Romero Mejías y Paco Fernández. La Plaza estaba a rebosar y a punto de empezar la corrida. De pronto, apareció un hombre en el balconcillo de la última grada y, con los brazos abiertos, comenzó a gritar: ¡¡¡Ha llegado Alfonso!! Ha llegado Alfonso!!. La multitud se quedó en un silencio absoluto. Y entonces él continuó: “¡Alfonso el de Alcalá!”.
La plaza se vino abajo con el aplauso más grande de toda la tarde. Paco Fernández le comentó: “¡Tenía que ser de nuestro pueblo!”. Termina Romero Mejías diciendo que de esas anécdotas hay infinidad, pero sería prolijo contarlas. Ciertamente, Alcalá tiene muchos motivos para ser popularmente famosa.



JUAN LEIVA

El tiempo que hará...