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sábado, 9 de julio de 2011

EVOCACIONES ALCALAÍNAS



CALLE LA AMIGA

Desde nuestra casa de la calle la Amiga se oían todas las campanas de Alcalá: las de la Victoria, las de San Jorge y, a veces, las de las monjas. En la fachada, un portalón y, sobre el portalón, un formidable cierro de forja antigua. A su espalda, el corral, con un limonero, una parra, un jazmín y flores, muchas flores. El sol inundaba el corral en invierno, pero en verano, el limonero y la parra no lo dejaban entrar. Los amaneceres eran un guirigay de pajarillos canoros y de perfumes que llegaban de la sierra del Aljibe. ¡Qué borrachera de naturaleza pura!

Nuestra casa participaba de dos calles, del callejón Osorio y de la calle la Amiga. Del callejón y su gente, ya hemos hablado. De la calle y sus habitantes, lo hacemos hoy. La calle sale de la Alameda y su esquina forma cantón con la calle Real. La primera visita que hago, cuando llegamos a Alcalá, es al nº 6 de la calle la Amiga. Las calles donde hemos nacido forman parte de nosotros, porque han sido la cuna de nuestra vida. En cierta manera les pertenecemos y ella nos pertenece, como si hubiera habido una simbiosis de amores. Siempre será para nosotros la más querida, la más bonita, la mejor; como grabada en el alma desde niños. La calle se iniciaba en la plaza de la Vera Cruz, en la Alameda y, antiguamente, incluía la actual Fernando de Casas o travesía de la Amiga y el primitivo Carril Bajo. El nombre se le ha dado en memoria del insigne humanista traductor de Cicerón e hijo de Alcalá.

Hoy tiene un segundo nombre, calle “Juan María de Castro”. Don Juan María de Castro y Moreno era hijo de Antonio María de Puelles y Salas, de Alcalá de los Gazules, nacido el 30 de diciembre de 1826. Abogado, Caballero de la Orden de Carlos III, Alcalde de Alcalá, Capitán de Milicia Nacional y Diputado Provincial de Cádiz. Casó en 1848 con Doña Francisca de Paula Dalmau y Dorado, de Jimena de la Frontera. De este matrimonio nació Catalina de Puelles y Dalmau, que casó con el Jefe Superior Honorario de Administración Civil, Alcalde de Alcalá y Vicepresidente de la Diputación Provincial de Cádiz, Don Juan María de Castro y Dalmau. Tuvieron cinco hijos: Antonio, Francisca, Juan María, Luis e Isidro.

Para nosotros siempre será la calle la Amiga, tal como le puso el pueblo, que es el que tiene la inspiración. Los políticos tratan de corregirle la plana, pero no lo consiguen. Las tres ciudades más grandes de la provincia –Cádiz, Jerez y Algeciras- cuentan con elencos abundantes del apellido “Castro”. Pero, en la actualidad, no sé si queda algún Castro en Alcalá. Provenían de Cádiz capital. Uno de los más destacados fue don Adolfo de Castro, quien a los veinte años escribió la Historia de Cádiz. Más tarde lo nombraron gobernador de Cádiz y escribió, en 1858, cerca de mil páginas sobre Cádiz y su provincia. Esa historia es un documento que todos los gaditanos deberíamos conocer.

Si el callejón Osorio tenía familias numerosas, la calle la Amiga no se quedaba atrás, aunque ninguna alcanzaba a la nuestra. Éramos doce hijos, siete varones y cinco hembras, más el matrimonio; y ya en Jerez, nacería la más pequeña. Nuestro padre se llamaba Patricio, y nuestra madre, Gaspara. Y mis hermanos y hermanas, por orden cronológico, eran Jacinta, Cristóbal, Carmen, Patricio, Catalina, Gaspar, José, Juan, María de los Santos, Lourdes, Salvador, Rafael y María de Gracia. De todos ellos, ya han fallecido nuestros padres, tres hermanos y dos hermanas: Cristóbal, Patricio y José, Jacinta y Carmen. Naturalmente, la familia se ha agrandado con una legión de gente joven. Existe un centenar de descendientes directos entre matrimonios, hijos, sobrinos y nietos.

En la década de los 40, nuestra casa mantenía su antigua estructura, correspondiente a una casa de labriegos que había tenido almacén, corral y amplia entrada para caballerías y carros. En la actualidad, la casa ha experimentado una gran transformación e incluso ha quedado dividida en dos o más pisos. Cada una de las casas de la calle tenía una arquitectura curiosa: la fachada exterior con ventanas y balcones, y la interior, con pasillos, terrazas, corrales, jardines y rincones para plantas y flores. Eso hacía que las casas tuvieran una alegría especial y que el sol penetrara siempre por algún trozo de cielo.

Muy cerca de nuestra casa estaba la de Josefa y María Lozano Sánchez con sus hijos. Allí nos reuníamos, cada tarde, una tropa de chavales para jugar en un patio interior. Creo que en esta misma acera vivía el matrimonio Manuel Garoz Puebla y Filomena Blanco Valdestillar, con sus siete hijos e hijas: Juliana, Carmen, Rafael, Ángela, José Antonio, Manuel y Margarita. Cuando llovía, los chavales jugábamos con la calle echando barcos de papel y trozos de madera a ver cuál llegaba antes a la calle Río Verde. Con el buen tiempo, jugábamos a la pelota lanzándola hacia arriba y esperándola a la vuelta a ver quién la cogía.

A continuación se situaba la casa del matrimonio Manuel Romero y Trinidad Gómez, con sus hijos Manuel, Francisca y Petra Romero Gómez. Posteriormente, se fueron a Jerez, donde murieron los padres. Más adelante, Francisca marchó a Sevilla junto a su hermano Manuel y cerca de su hermana Petra, que vive en Los Palacios. En la puerta de la casa de Trinidad, durante las noches del verano, se organizaba una tertulia de mujeres de la calle la Amiga, que duraba hasta altas horas de la noche. A Trinidad le sobraban temas para mantener la atención de las tertulianas.

Frente a la casa de Manuel y Trinidad, vivía una familia afincada en Alcalá, “Los Ulloa”. Aunque no eran oriundos de nuestro pueblo, pues María Ulloa “La Partera” había nacido en Utrera el 29 de enero de 1887, arraigaron aquí. Se casó a los 27 años y a esa edad tuvo su primer hijo. Su marido era carabinero y fue destinado a Medina Sidonia (Cádiz). En 1925, ya tenía cuatro hijos. En Medina descubrió su vocación de comadrona porque tenía amistad con una vecina que se dedicaba a esta profesión. Para poder cursar los tres años necesarios para ejercer de comadrona, recibió ayuda de su amiga, que se prestó a cuidar de sus dos hijos mayores. Al cabo de los dos años, volvió de Cádiz con sus dos hijos pequeños y el título de comadrona. Se instaló en Alcalá de los Gazules, aquí crió a sus hijos y aquí se instalaron sus descendientes. Atendió a tres generaciones de parturientas y neonatos alcalaínos. Su capacidad de sacrificio atendiendo a las mujeres en el pueblo, en el campo y a cualquier hora, así como su desprendimiento con los más necesitados, dejó una estela luminosa de humanismo y generosidad. Sus descendientes fueron el matrimonio formado por Manuel Rodríguez Ulloa y Manuela González Casas, con sus hijos Manuel, María y Moisés Rodríguez González. (Biografía de Antonio de la Rosa, 2009).

Otros matrimonios menos numerosos de la calle fueron el de Mariano Morilla Delgado y Josefa Chavez, con sus hijos Manuel y Francisco. Asimismo, el de José Quesada Cuevas y Dolores Díaz Quesada, con sus hijos Manuel, Dolores y Matías Quesada Díaz. Y el de José Guerrero Villegas y Ana Pérez Castilla, con su hija Dolores y una tía que se llamaba Isabel Pérez Castilla.

En la misma acera de su casa, uno de los edificios de la calle albergaba el Cuartel de la Guardia Civil. A los niños nos extrañaba ver pasar a tanta gente camino del cuartel, sin saber la razón. En verano subíamos a la plaza Alta cuando soplaba con fuerza el levante. Al bajar, nos llamaba la atención ver al guardia de puerta con la guerrera desabrochada, sentado ante una mesita escribiendo a máquina los expedientes y denuncias y un botijo de agua fresca en el suelo. Era un cuadro pintoresco como correspondía a Alcalá.

Otro matrimonio de familia numerosa fue el de José Barea Medina y Antonia Salas, con sus hijos Juan, Catalina, Lucía, Oliva, José Antonio y Nicolás Barea Salas. Recuerdo que tenían una carpintería donde hacían muebles finos y, en Navidades y Reyes, juguetes de madera: carros, camiones, cocinitas, casitas, cabezas de caballo con su palo de montura...Los chavales nos parábamos en la puerta de la carpintería y contemplábamos cómo el maestro Barea iba transformando la madera en juguetes en serie que irían a parar a nuestras manos. Creo que Nicolás Salas se fue a San Juan de Aznalfarache y, estando el cronista allí de profesor, nos encontramos y nos reconocimos como correspondía a alcalaínos en la diáspora.

Francisco Herrera Vázquez y Antonia Lozano Mansilla fue un matrimonio con dos hijos, Francisco y José Herrera Lozano; el de Salvador Aído Meléndez y María Arroyo Puerto también tenía dos hijos, Francisco y María de los Santos Aído Arroyo; el de Francisco Martos Rodríguez y Carmen Hernández Gómez tenía dos hijas, Margarita y Encarnación Martos Hernández; el de Antonio Caro Briones y Petra Mariscal Recio, cuatro hijos: Andrés, Isabel, María José y Juan Antonio Caro Mariscal. Había también otros vecinos, como los Benítez, los Marín, los Guerrero...

Las mañanas de nuestra calle eran de una luminosidad esplendorosa que iba desapareciendo a medida que avanzaban las horas del día. Íbamos a la Escuela de don Manuel Marchante, con el portalibros repleto de cuadernos, el libro Corazón de Amicis y la Enciclopedia Álvarez. Y volvíamos a nuestra casa luminosa de cal, invadida de olores de comidas caseras y con un cielo tan amplio como el de un campo de fútbol. Y nos íbamos derechos al corral a echar de comer a los jilgueros, a los canarios, a los verdones... Nuestra madre siempre tenía un bebé en los brazos dándole el pecho y cantándole: “Duérmete, niño, que viene el coco/ y se lleva a los niños que duermen poco”. ¡Qué estela rebosante de vida la de mi madre! ¡Nada menos que 13 hijos, Dios mío!

JUAN LEIVA

1 comentarios:

Nicolas Toscano Liria dijo...

Hermosa evocación de un gran escritor alcalaíno, Juan Leyva.

El tiempo que hará...