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domingo, 18 de marzo de 2012

A MI AMIGO PEDRO FERNÁNDEZ


In memoriam

Conocí a Pedro, mi amigo “Pedro el del Juzgado”, -como lo llamábamos los niños y muchachos de su/mi generación-, cuando era muy pequeño y, todo ello, por una cosa extraordinaria en aquellos tiempos de la década de los cincuenta del siglo pasado: sabía escribir a máquina. Mi padre, como yo era un mocoso todavía, me dibujó, en un cartón de una caja de zapatos, con evidente arte, todas las teclas redondas de su Hispano Olivetti, con sus respectivas letras. Y yo me pasaba las tardes golpeando, en la lámina, aquellos circulitos, cada uno con un dedo, -primero la mano derecha-, mientras cantaba en voz alta: a, ese, de, efe, ge, hacia una pequeña pausa y continuaba con la mano izquierda: eñe, ele, ka, jota, hache.

Al poco tiempo –la memoria no tiene conciencia para medirlo, cuando ha transcurrido mucho-, vi a Pedro, en el Juzgado de Paz, escribiendo en una máquina, mayor que la de mi padre, pero de la misma marca, a una velocidad que me asombró. Yo, desde entonces, en mi cartón, procuraba emularlo, y cada vez adquiría mayor rapidez en mis ejercicios imaginarios y cantados: “iturriberrigorrigoicoerratoberricoechea”, “ahí hay un hombre que dice ¡ay!”, “la palabra antidinacosmopoliticamente es más larga que anticonstitucionalmente”. Y volvía, un día y otro, a visitar a Pedro al Juzgado. Y le pedía que escribiera cualquier cosa. Y él lo hacía por y para mí. Me gustaba, especialmente, cuando tenía que hacer algún escrito oficial, añadiendo hojas de papel de calco azul añil, alternándolas con las blancas, hasta conseguir un grosor importante, o al menos me lo parecía a mí. Aunque, recuerdo, que todos los días no se abría el Juzgado y, por tanto, no estaba allí.

Quise mucho a su padre, porque era el único que había en Alcalá que se llamaba como el mío: Ricardo. Y lo visitaba en la zapatería con frecuencia. Y allí también me encontraba con mi amigo Pedro.

Luego se colocó, -así lo hemos dicho siempre-, en la Caja de Ahorros. Y allí, junto a Bellido, Luis y mi primo Pepe Herrera, -Daniel estuvo poco tiempo-, desarrolló su trabajo y derramó su inagotable bondad, de la que han sido testigos todos nuestros paisanos. Y con la excusa de visitar a mi primo, iba a verlo a él y, allí, también le pedía que escribiera. Me pasmaba. Era mi ídolo, como se dice ahora.

Se nos acabó la juventud y la vida me llevó por otros derroteros y otras tierras. Pero siempre volvía. Y volvía a visitarlo. Y recordábamos los tiempos en los que yo le pedía que me hiciera exhibiciones de velocidad. Y siempre me decía que ya no era como antes. Sobre todo cuando los ordenadores sustituyeron a las viejas máquinas de escribir, -antes las hubo eléctricas, pero ni él ni yo nos adaptamos al raro sonido de la modernidad, donde no era necesaria la fuerza de presión a la tecla, sólo el roce-. No nos habituamos nunca.

Pedro, mi amigo Pedro, Pedro Fernández, Pedro el del Juzgado, el niño de Ricardo, era un hombre bueno. Yo se lo dije muchas veces, y él lo rechazaba con su ejemplar humildad. No lo vi enfadado nunca. Siempre parecía encontrar, no supe nunca de dónde las sacaba, fórmulas y soluciones. Mentiría si dijera que no lo vi sufrir. Lo vi. La vida también le exigió su parte de dolor, preocupación y desconsuelo. Y ya parecía que lo tenía todo bien encauzado, incluso el agua de Las Porquerizas, que tanta lata le dio. Pero ahora llegó el buen Dios para llevárselo con él.

En los últimos tiempos nos veíamos, también, en las cenas de los antiguos alumnos del “Convento” (ahora SAFA). El siempre comía el último, porque como era el tesorero, el recaudador de las cantidades que cada uno de nosotros entregaba antes de iniciar el ágape, tenía que dejarlo todo cuadrado y exacto. Abusamos de él, repitiéndolo en el cargo año tras año. Pero él lo hacía con gusto.

Todos los que le conocimos sabemos que Pedro está, ¡seguro!, donde están los hombres buenos, muy cerca del Padre, vigilante, como siempre, de los suyos, -eso no podrá, ni querrá, dejarlo nunca-, pero, también, gozando del paraíso prometido, que él supo ganarse aquí, en la tierra, en nuestro pueblo, del que se ha ido siendo un ejemplo de vida.

María, Ricardo, Teresita, Ana Belén, os acompaño en vuestro dolor y en vuestra esperanza.

Descanse en paz mi amigo Pedro, Pedro Fernández, Pedro el del Juzgado, el niño de Ricardo.



Francisco Jiménez Vargas-Machuca

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