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lunes, 19 de marzo de 2012

RECORRIDO POÉTICO PARA LA SEMANA SANTA DE ALCALÁ DE LOS GAZULES


El manto oscuro de la noche más negra de Alcalá la cubre desde sus cuatro esquinas. El mutismo más hondo la envuelve del “Lario” a la Plaza Alta. Solo las luminarias movibles de los penitentes y el tintineo conventual de la campanilla evidencia el vivir y el latir de un pueblo en Semana Santa. Es la procesión del Silencio. Es Miércoles Santo. Las calles, río humano en crecido aluvión.

La silueta del Crucificado se dibuja en las puertas de la Parroquia. Un sentimiento sincero y contenido inunda los corazones en la abigarrada plaza. La voz ronca de un hombre sencillo y curtido se arranca en una saeta. Es el pueblo que reza cantando y canta rezando.

Ya está en la calle la Cruz

y está la plaza repleta,

y al apagarse la luz

un pueblo canta en saeta

el sentimiento andaluz.

Cual oleaje incontenible, la masa se mueve lenta y la procesión avanza.

Sombras de capirotes y de la Cruz que se proyectan en fachadas y tejados del fondo de la Plaza Alta.

En fachadas y balcones

la antorcha envía su luz,

la santa Figura crece,

se magnifica, engrandece,

y se proyecta la Cruz.

Cien cipreses reflejados

en solemne oscuridad,

capirotes dibujados,

en chinescas sombreados

cien hermanos de Hermandad.

Como el rumor de arboleda

el pueblo mudo se queda

igual que hace doce meses,

y se mueven los cipreses

por la plaza la Alameda.

Latiendo mil corazones

el paso se balancea,

se desplaza, bambolea,

y al tiempo que se levanta

su contorno se agiganta.

Triste el viento se estremece

cuando el martillo golpea,

la Imagen lenta se mece

y Cristo desaparece

detrás de cada azotea.

Ya termina su vuelta a la plaza más popular de Alcalá, testigo mudo de tanta historia, cuando una voz femenina cala de nuevo el corazón de cada alcalaíno.

Con emoción escuchada

una saeta cantada

desde el balcón de una esquina;

hoy canta Inmaculada

ayer fue Cristobalina.

Y así, de esta manera

reza y canta Andalucía

al Cristo de la Madera,

es la saeta escalera

que se abraza a su agonía.

Y la procesión continúa y hace su recorrido. Y los devotos la acompañan rememorando las calles de Jerusalén. Pero entonces no había conmemoración sino Pasión, no había acontecimiento sino sufrimiento.

Y el paso se mueve porque anónimos esforzados hacen posible el milagro.

Semiocultos costaleros

que trabajáis bajo el paso,

gente sencilla, el fracaso

no os mima, compañeros.

Vosotros, con los sudores

y apenas sin ver la luz,

cargáis la plata y las flores

y la imagen de Jesús.

De la fe reconquistados

y con toda devoción,

portáis los pasos pesados

la Semana de Pasión.

Y suena la campanilla, y se oye otro cantar, y la noche se hace más densa y se escucha el silencio de la oscuridad.

Olor de cera que arde,

olor que muere en la tarde,

olor tras de la muralla

de aquel jardín al pasar,

y atravesando la “Playa”

el olor del azahar.

Los sentidos se emborrachan de sensaciones y ya no se sabe si se sube Río Verde o la calle de la Amargura.

Silencio unos momentos,

que está pasando la Cruz

y entre grandes sufrimientos

el que la lleva es Jesús.

Habría que recordar aquí lo que tantas veces hemos escuchado.

“Dice el cantar popular:

quién me presta una escalera

para subirme al madero

y quitarle las espinas

a Jesús el Nazareno.

Cantar del pueblo andaluz

que todas las primaveras

anda pidiendo escaleras

para subirse a la Cruz”.

Son las dos de la madrugada cuando se llega al templo. Frente a frente, un Dios que sufre y un hombre que canta, rasgando el aire con su poderosa voz.

“Mi saeta es oración,

escúchala, Padre mío,

yo te canto con fervor

por lo mucho que has sufrío,

para aliviar tu dolor”.

Estamos en Jueves Santo ya, uno de los tres que relucen como el sol, según el dicho.

La Semana Santa es devoción y procesión, es intimidad y calle, es sentimiento y colorido, es silencio y saeta.

Semana de primavera,

rico perfume de flores,

cirios, túnica y cera,

noche, silencio, colores.

Negros trajes de mujeres,

y en la oscuridad, saetas,

cánticos y misereres,

negras mantillas, peinetas.

El Nazareno, expresión viva del dolor físico y la Virgen de los Dolores, que manifiesta todo el dolor del alma.

De la Iglesia la Victoria

con el semblante sereno

sale Jesús Nazareno

para entrar en la Gloria.

Y se inicia la andadura, como otro día recorriera la tremenda Vía Dolorosa.

Qué triste el Nazareno

está mirándote a ti,

los ojos de un hombre bueno

nunca más tristes los vi.

Todo un pueblo iracundo

amontona sus pecados,

y los dolores del mundo

van en sus hombres cargados.

Salid a la calle y ver

la noche del Jueves Santo,

no se puede contener

ni las lágrimas ni el llanto.

Se dice, que cada uno cuenta la feria según la ve, y habría que añadir que cada cual ve la Semana Santa según la siente.

Cornetas, tambores,

y un rostro que se ilumina,

y una anciana lo contempla

apoyada en una esquina.

Otros traspasan su mirada tan lejos, que se consideran envueltos en la misma ruta del Calvario.

Míralo por donde viene

el mejor de los nacidos,

su rostro el dolor contiene

de sus miembros malheridos,

y apenas si se mantiene

con los huesos doloridos.

Yo miro y verlo no quiero

lo afligido que va,

y con rostro lastimero

se está muriendo el Cordero

por las calles de Alcalá.

Y, quién no tiene dolores en este mundo? Quien no tiene el alma rota, aunque la oculte su capirote? Quién no lleva a sus espaldas el peso de una desgracia?

Llevando su carga a cuestas

con paso lento y cansino

camina el Buen Jesús,

por las empinadas cuentas

de este pueblo alcalaíno

cada uno lleva su cruz.

A Él, no tiene más remedio que ayudarle un buen hombre, Simón el de Cirene. A nosotros no nos queda más auxilio de la fuerza de nuestra fe.

Cirineo en el camino,

y Tú, en graves momentos,

por un designio divino,

sumido en grandes tormentos.

Quién aliviarte pudiera

tu imagen desfallecida!

Quién Cirineo no fuera

alguna vez en la vida!

Esa expresión que ves en el Nazareno, que pasa junto a tu casa, también te habla a ti, valerosa mujer alcalaína, como hace dos milenios se dirigiera a aquellas otras, tan lejanas:

Hijas de Jerusalén

no lloréis, todo hecho está,

y van llorando también

estas hijas de Alcalá.

Tú has visto alguna vez, cómo con gesto recatado y a escondidas, alguien sacaba un pañuelo para secar unas lágrimas.

Al fin, somos todos iguales, hechos de la misma fibra.

Hay otras más decididas e impulsivas, que van más allá, llegando hasta donde no logra hacerlo el hombre.

Verónica, Magdalena,

por la calle la Amargura

van mitigando tu pena

una mañana insegura.

Y el que nació para ser Rey, sigue mostrándose como tal, pero, de qué manera.

Una corona de espinas

al Rey de Reyes corona,

sobre su frente divina

la sangre lenta camina

y enrojece la corona.

Tú estás acompañando al Nazareno por la calle Real, San Juan de Ribera,…pero aquella fatídica mañana, eran otras gentes y otras actitudes.

Por la Vía Dolorosa

o calle de la Amargura,

una turba ignominiosa

es presa de la locura.

Rota lleva su figura

ya sin túnica ni capa;

con el cuerpo hecho jirones

a todo un Dios se le atrapa,

y la vida se le escapa

en las catorce estaciones.

Y tú, mujer sensible, que no se te oculta el detalle, siempre estás en las adversidades; en las bodas de Caná y en el camino del suplicio.

La Virgen, que va detrás, recoge todo el sufrimiento que el Hijo soporta. Y tú vas con Ella.

Ya está echada tu suerte

Virgen de la Soledad,

junto a la cruz, sola, fuerte,

ves que, triunfando la muerte

comienza así tu orfandad.

Sola quedas, de amor mueres,

sola de solemnidad,

aquí, entre tantas mujeres,

cuenta conmigo, si quieres,

Virgen de la Soledad.

Estamos en la Plaza Alta, pero aquella jauría humana había llegado al Monte Calvario. El manso Cordero había soportado todo.

Azotes, largas espinas,

desprecio, afrenta, dolor;

corre la sangre divina

por su frente, atormentando

el Cuerpo del Redentor.

Los judíos están clavando

pies y manos al Buen Jesús,

injuriado, agonizando,

está Dios en una Cruz.

Cristo levanta un altar

con otros dos condenados,

los martillos, al clavar

unos pies descoyuntados

al Gólgota hacen llorar,

y por mor de mis pecados

Dios sufre eterna agonía

tres largas horas del día.

Esta es la Semana Santa que conmemoramos, cuando se encuentra en su cenit.

La Semana Santa existe porque un Hombre existió.

Tenemos una Semana Santa porque hubo una Semana de Pasión.

La celebraremos porque alguien la padeció.

La rememoramos porque una Hombre la protagonizó.

En ella, minimizamos los sentidos para potenciar los sentimientos.

Dios para sentir, reflexionar, recordar y sufrir.

Entre el cielo y la tierra,

entre la tierra y el cielo

una cruz infame aterra

y es baldón y es consuelo.

Entre negros nubarrones,

con los miembros fríos, yertos,

libre de tribulaciones

siguen tus brazos abiertos.

Y la Madre queda sola; tú también te has sentido solitaria largas horas de la noche, sola con tu dolor, sola con tu soledad.

Sola ya en el olvido

sin el Hijo a tu lado

auedas a los vendavales;

tu corazón dolorido,

hondamente traspasado

por siete negros puñales.

Y lo entierran. Y la procesión termina.

Alejado del Calvario,

dispuesto para enterrar,

envuelto en blanco sudario,

el Divino Relicario

se disponen a guardar.

Cristo de la Buena Muerte,

de la Pasión, del Perdón,

si quieres, dame la suerte

que recibió el Buen ladrón.

Y en el aire brumoso, como un rumor lejano, queda prendida todavía una voz:

Yo quisiera ser saeta

lanzada en estos momentos,

que, ignorando toda meta,

recorriera el planeta,

llegando a los cuatro vientos.

José Arjona Atienza

El tiempo que hará...