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martes, 3 de abril de 2012

FALLECIMIENTO DE ANTONIO MINGOTE

Antonio Mingote

Confesamos que, a pesar de conocer que, hace unos días, había ingresado en el Hospital Gregorio Marañon y aunque reconocemos que su edad era ya muy avanzada, la noticia del fallecimiento de Antonio Mingote nos ha impresionado hondamente. A partir de ahora -en unos momentos en los que reina el mal gusto, la ordinariez y la vulgaridad-echaremos de menos el lenitivo reconfortante de los comentarios gráficos –sorprendentes, lúcidos y valientes- de este maestro de la opinión.

Escritor, artista y académico, este periodista ha sido uno de los críticos más agudos de la actualidad. Dotado de una singular habilidad para explicar de manera clara y para transmitir de forma bella los valores morales, era un certero observador de la cotidianidad que, con su arte mayor de dibujante, con su gracia clásica y con su sencillez encantadora, arrancaba nuestros mejores sentimientos de benevolencia; con sus retratos de los desfavorecidos nos acercaba a quienes pedían pan o ansiaban libertad; con su ingenio era capaz de azotar las injusticias sociales y con su finura intelectual redimía la prensa de su mediocridad.

Mingote -un maestro del humor, un artista dotado de exquisita sensibilidad y de inaudita riqueza de registros- era un pintor que ilustraba los conceptos abstractos mediante pintorescas anécdotas. Poseía un extraordinario sentido de lo real unido a una desbocada imaginación metafórica, no por un afán meramente estetizante, sino con la explicita finalidad de descifrar, de comprender y de captar el sentido de las actitudes y el significado de los comportamientos humanos. La sonrisa que nos provocaban sus viñetas no era una manera frívola de eludir y de olvidarnos de los problemas sino que, por el contrario, constituía una forma amable de invitarnos a que sintonizáramos con su desacuerdo con una realidad dolorosa o injusta. El sentimiento que nos infundía no era una reacción blanda de aceptación pasiva y desesperanzada, sino la expresión, delicada y comprometida, de solidaridad. Su humor lúcido nos provocaba sonrisa y emoción, dos maneras diferentes y complementarias de abordar, de entender y de vivir los sucesos, de acercarnos para comprenderlos y para vivirlos desde el fondo de nuestras entrañas, desde nuestras fibras más íntimas. Don Antonio era un sabio que estaba dotado de un exquisito paladar para distinguir los gustos, los sabores y los olores de las gentes sencillas, y para descubrir la vanidad, la hinchazón y la desnudez de los personajes importantes. Que descanse en paz.

José Antonio Hernández Guerrero

Catedrático de Teoría de la Literatura

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