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jueves, 31 de mayo de 2012

PALABRAS DE MODA


 

Puñetas

                                                                               
                                                       
En la actualidad, esta palabra es un vulgarismo que se usa, ordinariamente, en su sentido metafórico y dentro de esas expresiones coloquiales que pronunciamos cuando estamos hartos o irritados, como, por ejemplo “vete a hacer puñetas”, “hacerle a uno la puñeta”, “ir a la gran puñeta”, “el puñetero niño este”, “puñetería” o, simplemente,  la exclamación “¡puñetas!”.
“Mandar a uno a hacer puñetas” o “enviarlo a paseo” es mucho más que rogarle que nos deje en paz o pedirle que pare ya de molestarnos: es exigirle que desista de estorbarnos o de entorpecernos. Inicialmente era una forma suave de invitarlo a distraerse con una tarea menos molesta para nosotros y más entretenida para él. “Hacer la puñeta” es molestar, fastidiar, importunar, irritar o mortificar; es descentrar nuestra atención, desviar nuestro interés, interrumpir una tarea o romper un proyecto. “Ir a la gran puñeta” es marcharse lejos, tan lejos como la está “gran China”, por ejemplo, y “puñetera” es la persona que, sin ser cruel, perversa ni violenta, nos resulta “jartible” o nos da el “coñazo padre” en un momento determinado. “Puñetería” es un objeto enojoso o una acción molesta. “¡Puñetas!” es una interjección con la que expresamos sentimientos de admiración, de sorpresa o de enojo. 
Recordemos que las “puñetas” son unos “puños”, unas bocamangas -las partes de una prenda que rodea las muñecas- de encajes que llevan los trajes académicos, las togas de abogados, de fiscales y de magistrados, y los hábitos corales de los canónigos y de los beneficiados catedralicios. Pero el “puño”, literalmente hablando, es la mano cerrada y, metafóricamente, la parte por donde se coge el bastón o el paraguas. 
              Esta palabra es una de las que poseen mayores derivados en nuestra Lengua Española. Algunos de ellos nos resultan evidentes como, por ejemplo, en “puñado”  -la porción de algo que cabe en un puño-; “puñal” -un arma corta, de acero, que hiere con la punta-, “puñetazo” -es un golpe con el puño-, “empuñar” -coger por el puño un instrumento o un arma-. Otros derivados, como “pugnar” -rivalizar, competir, pelear, luchar o combatir-, “púgil” -el que pelea, lucha o combate- e, incluso, “impugnar” -refutar o rebatir-, “propugnar” -defender, patrocinar o amparar- y “repugnar” -sentir aversión, repeler o dar asco- derivan también de la misma palabra latina, “pugnus”, que dio nuestro castellano “puño”.
Recordemos también esa imagen tan repetida en nuestro lenguaje coloquial como “meter en un puño” que, como nos dicen los diccionarios, significa “confundir, asustar, aterrorizar y oprimir psicológicamente a una persona”. Julio Cejador y Frauca (Zaragoza, 1864 - Madrid, 1927), en su obra Fraseología o Estilística Castellana (1923), explica que esta expresión metafórica quiere decir “atemorizar, dominar o avasallar tanto, que el otro se abata, se achique o se aoville, de tal forma que pueda caber en el puño del que lo atemoriza o lo oprime”.


José Antonio Hernández Guerrero
Catedrático de Teoría de la Literatura

 



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