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viernes, 7 de diciembre de 2012

LA ALAMEDA DE ALCALÁ DE LOS GAZULES



        La Alameda es el centro del pueblo, como la Plaza Alta lo fuera antiguamente; allí se encuentra el antiguo Ayuntamiento, la Parroquia de la feligresía de aquella época, los conventos, el actual que se conserva con el nombre de Beaterio y el que ocupa la SAFA, actual “Convento”, pero sin Claustro no monjas y dedicados ambos, desde hace tiempo a Centros de Enseñanza. Pero al expandirse la población por la ladera más favorable que formaran sus calles y plazas, lo hizo por la parte que llegaba hasta la calle Real y la alameda; y es aquí donde estamos ahora con su nuevo ayuntamiento , la Iglesia de la Victoria, más cómoda y más cercana para la mayoría de los devotos, evitando sus cuestas y pendientes que nos llevan a la Puerta del Sol y nos conducen a la Iglesia de San Jorge.
En esta Alameda en la que nos encontramos existen tiendas, bares, Cajas de Ahorros, sea Unicaja o Cajasol, hasta  hace muy poco tiempo, estuvo muy cerca el Juzgado y la Biblioteca y hasta un minúsculo ambulatorio y, tal vez pronto funcionará la futura residencia de ancianos. Como veis en la Alameda hay de todo, o casi todo; y no hace falta nada más para vivir; y cuando algo nos falla ahí tenemos nuestra Botica, moderna, atractiva. En cuanto a bares, en otros tiempos hubo muchos más; hoy se bebe menos vino, sustituido por otras nuevas bebidas. Estaba la taberna del padre de los Pizarros, con su cantes y sus ritmos dando golpes en el mostrador; hoy estará allí la zapatería de Puerto o la confiteria-pastelería de Yoly; estuvo la posada de Pepa, donde se comía excelente carne de ternera, se pernoctaba arriba y abajo convivían arrieros y sus correspondientes cabalgaduras. Allí llegaba cada semana Antonio Guillén, que, con dos bestias, traía de Benaojan excelentes chorizos, mantecas, chicharrones y otras chacinas. Hoy está allí el bar de Dominguito, de apreciable clientela, con barra y comedor. Pero en aquellos tiempos el bar de moda era el Café Nuevo. Allí se hacían tratos de animales, venían moros, con su chilaba y todo, que comían con tres dedos la ensalada de lechuga, y compraban camiones de borregos que se llevaban a Marruecos. Esa fue mi primera residencia, el 19 de septiembre de 1.955, que días antes inaugurara doña Vicenta la madre de los Montes de Oca. También estaba el bar de isidro Álvarez, la frutería de Manolo y hasta la barbería de Juan Caballero. En el lugar donde años atrás estuvo correos, existió en otro tiempo la tienda de tejidos de Antonio Visglerio.
Eran interminables los paseos que en esa Alameda daban el párroco, D. Manuel Barberá Saborido y que había escrito un libro sobre su permanencia como capellán en la Guerra Civil Española. Algunas veces lo acompañaba el antiguo farmacéutico D. José Espinosa, o el Juez D. Manuel  Ahumada. No hay tampoco que olvidar a Romero, dueño de la finca “Monte Abajo” y sobre todo Pepe Tenerías, sabiendo llevar como nadie el sombrero cordobés y un pañuelo blanco en el bolsillo superior de la chaqueta, asomándole, bien colocado, casi media cuarta.
El nombre de Alameda, ya encierra en sí una contradicción, porque el significado de tal palabra supone un lugar con aglomeración de árboles llamados álamos, y yo, hasta la fecha, no he visto ni uno solo; pero no nos vamos a detener en eso que no tiene mayor importancia. Más la tiene el dicho que por ahí corre, que Alcalá es el pueblo de las tres mentiras, por tener un “convento” sin monjas, (la actual SAFA), o una alameda sin álamos y una playa sin agua ni arena; y todos nos quedamos frescos sin pensar en eso, pero tampoco a esto le vamos a dar mayor relevancia; al fin y al cabo son cosas de pueblo, y, un pueblo como tal tiene aciertos y errores, cosas positivas y negativas, tranquilidad y ausencia de agitación, aglomeración o tráfico, dichos tradicionales y cierta falta de cultura. Pero Alcalá es como es y la Alameda también y nunca debemos menospreciarla, sino al contrario, alabarla y engrandecerla; porque son como son y así morirán. Se podrá modificar el empedrado de sus suelos por losetas de distinto color, desplazar su enorme reloj y cambiarlo de sitio, etc., pero la esencia es la misma. Tiene sus bancos para descansar los ancianos, conversar las mujeres y hablar de amor los amantes.
Hay en España muchas y muy grandes plazas, más amplias y atractivas. Faltaba más. La Plaza de España en Sevilla, La Puerta del Sol en Madrid, San Juan de Dios en Cádiz, La Plaza de las Tendillas en Córdoba, la de Santa María en Ubeda, la que existe en Trujillo (Cáceres), etc. Pero la Plaza de la Alameda es la nuestra. Es la que tenemos y es la que más queremos.
Entonces, ¿qué es lo que tiene la Alameda que la distingue de otras plazas y plazuelas? La Alameda es el centro neurálgico del pueblo, algo así como la cabeza rectora del mismo, y eso no es poco. La Alameda es un acierto de Alcalá, sin ella el pueblo sería menos pueblo para el nativo y para el turista.
En la Alameda se toman decisiones, se hacen negocios, se fortalecen las amistades, se encuentran los que viven en otras regiones o países, se ve y se es visto, y, tal vez a más de uno le ha lanzado cupido una flecha de amor de alguien que salía de misa…
En una antigua canción que compusiera Benito Moreno y que cantaba Manolo Escobar, se decía:

España huele a pueblo
a descalzo y a fuente,
a trabajo y a queso,
arrugas en la frente,
a mi me huele a eso.
España huele a pueblo
y a ropa bien planchada,
a, niño no hagas eso,
a, no me da la gana,
también me huele a eso.
España huele a pueblo
a candiles y a cera,
a gritos en el ruedo,
a tela marinera,
a mí me huele a eso.
España huele a pueblo,
         Y continúa porque la letra es más extensa.
         En nuestra Alameda también sucede algo de lo mismo. Y se huele a pan de horno, se huele a cercanía, a humanidad, a confraternización, a encuentro, a abrazo de amistad antigua. La Alameda huele a vida. “En la Alameda te espero”, es frase normal y corriente. La Alameda es todo, y la Alameda es de todos; del rico y del pobre, del culto y del ignorante, del campero y del universitario.
         La Alameda es como un cruce de caminos, donde confluyen las calles principales: la calle Real, los Pozos, la Salá, Río Verde y la calle la Cárcel, y allí podemos vernos y encontrarnos todos. Es donde nacen y meren las procesiones, sobre todo en semana santa, La Soledad, El Crucificado, etc.
         En la Alameda termina exhausto el recorrido del “toro” en las fiestas de San Jorge, Patrón del pueblo, y allí lo montan en el camión para devolverlo al campo.

Yo te alabo por siempre a ti Alameda
porque fuiste testigo de mi historia,
tu recuerdo por siempre en mí se queda
como de oro apreciada y gran moneda
que ganara con lucha y con gloria.
Tú te portas igual que una noria
que recoge las aguas de corrientes
dando vida a las huertas más vecinas,
y así son de tu pueblo nuestras gentes
que se fueron del paro ya cansinas.
Esos hijos, al fin, ya se marcharon
por caminos y vías y veredas,
con su pena en el cuerpo se ausentaron
y con húmedos ojos te miraron
mientras tú, Alameda, ahí que quedas.
La nostalgia invadió ya la memoria
de ausentes que fueron tantos, tantos,
que al recuerdo del pueblo y de su historia
desde Reus, Ginebra o desde Soria,
ya bendicen la Virgen de los Santos.


José Arjona Atienza
Cádiz, 4 de Diciembre de 2012

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