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jueves, 10 de enero de 2013

PEQUEÑAS HISTORIAS


“Las rebajas”
Las rebajas son en los últimos tiempos el gran invento del comercio, sobre todo en las grandes áreas. Son algo así como el reclamo con el que el cazador procura que la perdiz llegue a su terreno. Tienen también su parte positiva, como puede ser acelerar las ventas, hacer que el dinero corra y provocar que hasta la Bolsa se mueva; hasta ahí puede llegar su influjo.
Pero la reflexión que se hace, la pregunta que nos podemos interpelar, la realidad que nos aprieta nuestra pequeña bolsa es, ¿qué dinero puede quedarnos después de quince días de generosos gastos? Pavo, besugo, gambas, champán, fiestas, regalos, viajes, invitaciones, desplazamientos… locura. Se nos ha estrujado el bolsillo durante estas dos semanas como se estruja la aceituna en las almazaras para obtener el aceite, quedando el resto reducido a trocitos resecos de los pellejitos y los minúsculos granitos que contienen; pero aún así, todo eso no se tira, aún queda otra operación que consiste envolverlo a estrujar con más potencia estos grandes montones de desechos, quedando convertidos en planchas de dos dedos de grosor, aún más duras y resecas; es el orujo, que, llegando arder perfectamente, se usaba, al menos antes, para producir calor intenso en grandes hornos, endureciendo de esta forma en las alfarerías las piezas que se habían convertido en el torno en cántaros, botijos, ladrillos, platos, huchas y todo tipo de cacharreria similar. Recordemos la frase del gran científico, creo que fue Lineo, cuando decía: “en la Naturaleza nada se destruye, solo se transforma”; ese camino seguirán sin duda también nuestros cuerpos. Pero no nos desviemos del tema. El gran comerciante, inteligente sin duda, sabe que después de Reyes, algo queda todavía en nuestro poder, por escasos euros que sean y eso es, precisamente lo que busca; y lo suele conseguir casi siempre, con anuncios, con propaganda oral en la radio, escrita en folletos y televisiva. Lo que el día cinco de enero valía ocho euros, el día siete cuesta solo cuatro euros, o menos. ¿Cómo puede ser esto? ¿Pierde el comerciante? Se me antoja que él nunca pierde. Tal vez gane menos, pero se quita de enmedio, al mismo tiempo, mucha mercancía que le ha quedado. Y vamos, y entramos, y compramos lo que nos hace falta o no, y nos volvemos tan orgullosos al contemplar que nos hemos traído una ganga.
Permitidme que os cuente un acontecimiento personal y por mí vivido, naturalmente. Al finalizar mi primer curso de estudios con once años en Úbeda, los jesuitas nos llevaron un mes de veraneo al Palo, en Málaga. La mayoría no habíamos visto nunca el mar. Fue por vez primera cuando lo divisamos a lo lejos, después de atravesar el tren 18 túneles del Chorro de los Gaitanes, allá en las alturas. Nos pareció todo un espectáculo difícil de relatar. El mar, agua, agua, agua, el horizonte semicircular... Media hora más tarde llegamos al colegio San Luis Gonzaga. Soltar las maletas, ponernos el bañador y salir corriendo a la playa, solo 300 metros. Nos tiramos al mar, nos metimos en el agua, con entusiasmo, con alborozo, algo como Iker Casillas se tira para atrapar un balón que se dirige hacia el poste. Nos queríamos “comer” el mar. De forma similar, de parecida manera, entran los posibles compradores en los grandes almacenes, con empujones, codazos, como si quisieran huir del reciente acontecimiento del Madrid Arena; solo que, en estos casos no suele haber ningún muerto, afortunadamente. ¿No habéis visto todos los años en la “tele” cómo entran los ingleses en los grandes almacenes Harrods? Aquí casi igual; todo un espectáculo, con vehemencia, con esfuerzo, con entusiasmo, casi parecido a la salida de los participantes en Madrid de la gran carrera pedestre el día de San Silvestre, 31 de diciembre, los treinta o cuarenta mil atletas. Pero el otro “deporte” del que hablamos es distinto; más beneficioso, más lucrativo, con nuestras prendas y nuestros caprichos bajo el brazo. Y dirán que vale la pena, sin tirarnos al césped como Casillas ni sacar un palmo de lengua como los corredores de Vallecas.
Aquella inmensa masa de gentes han soportado a la intemperie a las puertas de esos almacenes que ustedes saben todo el frío de enero; pero no importa, porque al abrirse sus puertas, como si fuesen del Cielo, se lanzan a su interior frenéticamente, en tromba, en aluvión, y con alas en los pies se dirigen enloquecidas hacia aquel objeto de su deseo que ya ha sido previamente escogida y seleccionada.
El pasillo por el que salieron en el Madrid Arena 16.000 jóvenes puede ser una referencia cuando se divertían la noche de Hallowen.
Aquí no llegamos a tanto. Todo sucede como una copia de lo de Londres o Madrid. Pero no es igual. Aquí al menos no hubo muertos. Menos mal.


José Arjona Atienza
Cádiz, 9 de enero de 2013 

El tiempo que hará...