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jueves, 10 de enero de 2013

¿POR QUÉ NO?


Se viene diciendo en todos los tonos que los europeos del siglo XXI o seremos contemplativos o no seremos nada. Creo que la sentencia se atribuye a Kart Rhaner. Es decir, que podemos estar ante un reto de nuestro tiempo: una gran era espiritual o un agnosticismo total, tal como sucedió en el siglo XVI. Pero advierten algunos que este renacimiento no puede ya encauzarse por el Evangelio cristiano o los dogmas católicos; hay que buscar otras concreciones éticas.

Inmediatamente, uno se interroga: “De los dogmas católicos se podría discutir, porque los cristianos, los teólogos y la misma Iglesia, ante el cambio de la Ciencia y de las transformaciones actuales, se preguntan con total libertad sobre ciertas declaraciones dogmáticas que hoy se exponen de otra manera. Pero de los Evangelios, la mayoría de los que lo siguen se preguntan: ¿Por qué no?

La persona de Jesucristo y las  enseñanzas cristianas que nos dejó a través de los Evangelios, no sólo son aceptados por sus seguidores, sino por otros grupos religiosos y otras religiones que acuden continuamente a beber en sus páginas las aguas que Jesús nos dejó, como un tesoro, para toda la humanidad. Cristo no sólo no ha fracasado, sino que se ha convertido en la figura ineludible para moldear al hombre perfecto.

El Dios de la Naturaleza y el Dios del Evangelio tienen una estrecha relación entre sí. Ciertamente, sus enseñanzas no fueron dadas como verdades científicas. Basta observar la charla de un científico actual y la página del Evangelio que se lee cada domingo en las iglesias. El auditorio que tenía Cristo nunca hubiera podido entender la conferencia de un científico o la curación de una operación quirúrgica.

Jesús exponía su doctrina para todos y estaba convencido de la inutilidad de expresar ciertas cosas, imposibles de llegar a las mentes de las personas que acudía generalmente a oírlo. Podía haber estado horas enteras hablando con un lenguaje científico y técnico, sin que su público se enterara de nada. Pero a sus charlas, nadie hubiera acudido en adelante a oírlo. Si volviera a hablar a todo el mundo, hablaría con el lenguaje que todos  pudieran entender.

Por otra parte, se dirigía a los corazones de las personas sencillas, más que a las mentes rebuscadas de los intelectuales. “He venido a revelar estas cosas a los humildes y sencillos de corazón.” Él hablaba al Amor que siempre es el mismo, Dios. Su doctrina no quería persuadir como un doctor o un científico, quería convencer como un padre.

                                                                                                        

JUAN LEIVA













El tiempo que hará...