sábado, 16 de febrero de 2013

ANÁLISIS DEL DOMINGO - EL PAPA



La decisión de Benedicto XVI de renunciar al Papado, con plena libertad, nos ha sorprendido a todos. Sin embargo, el que haya seguido la trayectoria del cardenal Ratzinger habrá concluido que era de esperar, e incluso existía ya cierta complicidad pactada con su antecesor Juan Pablo II. El año 2004, un año antes de su elección al Papado, Ratzinger publicó un librito titulado Europa, raíces, identidad y misión. Era la persona que conocía mejor la situación europea y la mejor preparada para coger el timón frente a la Europa laica. Por otra parte, para un Papa polaco, como Juan Pablo II, nada más atrayente que medir las fuerzas de la Europa cristiana con las de la Europa socialista. Pero Juan Pablo II murió antes de conseguir su objetivo y dejó  en manos de su sucesor –cardenal Ratzinger-, el encargo de seguir fomentando el movimiento juvenil  cristiano como semilla para la  Europa laica que estamos viviendo.

La ideología operativa de ambos papas no ha encontrado en el cuerpo cardenalicio el entusiasmo que exigía. Es más, el Concilio Vaticano II, sin pretenderlo, había dividido a los padres conciliares en dos grupos: los que pretenden volver a la Iglesia anterior al Concilio, y los que exigían que se pusieran en marcha las conclusiones adoptadas y rubricadas por la Asamblea conciliar. Por otro lado, los cardenales de curia y los cardenales pastores quedaban  tocados por las corrientes divisorias. Así llegamos a la situación actual.

Tenemos que reconocer que Benedicto XVI ha sido sincero, valiente y  decidido para afrontar los graves problemas internos, como la pedofilia, los abusos y los conflictos de las dos corrientes cardenalicias, sin eludir nada. En momentos más difíciles que los actuales, muy pocos papas se decidieron a tomar una decisión personal de esta envergadura. Por otro lado, su edad, su enfermedad y su falta de fuerzas para continuar dirigiendo el timón, justifican la difícil decisión.

Por tanto, hay que reconocer que no cabe mayor honestidad que retirarse sin gloria, sin estipendios, sin patrimonio, para escribir y orar por la Iglesia a un convento de clausura ¡Ojalá pudiéramos hablar así de nuestros políticos y mandatarios! Y ojalá los cardenales y obispos aprendan la lección que Benedicto XVI ha dejado para el futuro. Para los cristianos actuales, la gran puerta que esperamos que se abra es la que indicó el Concilio: la Iglesia de los pobres, de la humildad, de los países más necesitados. No hay miedos, porque la fe en las palabras de Jesús garantiza que no pasará nada, porque él estará presente hasta el fin de los tiempos. Sus representantes, como humanos, pueden estar más o menos acertados en la gestión, pero las fuerzas del mal no prevalecerán contra ella.

¿De dónde vendrá el nuevo Papa? Muchos católicos miran a Sudamérica, como al continente que aglutina una mayor parte de los fieles de la cristiandad. Otros miran de nuevo a Italia para encontrar a un experto que no sólo gestione lo pastoral, sino también la actividad  administrativa que ayude a los pueblos más indigentes del planeta. Y no faltan los que esperan que surja la persona que sea capaz de afrontar los grandes temas pendientes, como la mujer en la Iglesia, el celibato y la pobreza. Ahí no podemos hacer quinielas, porque casi siempre el Espíritu nos sorprende.




JUAN LEIVA
                                                                                                                        

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