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miércoles, 6 de febrero de 2013

AQUELLA ALCALÁ



Cuando llegué a Alcalá divisándola al doblar la curva del “Puerto Levante”, mis ojos vieron algo distinto, blanco y atractivo. Era un 19 de septiembre de 1.955. Aquel autobús, “La Valenciana” venía de Jerez. Se detuvo en la “Parada” y me hizo ver un pueblo sin coches; en “La Playa” no vi ninguno, en cambio sí que transitaban caballos con sus jinetes que se desplazaban de un lugar a otro o de Alcalá al campo. entonces no existirían aquí más de media docena de vehículos; el coche de Juan Valadés, Fernando Muñoz, Nicolás (después trabajó en su taller de mecánica en el Control), “Burrilla”, Pedro Mariscal y Antonio García, con el que más tarde llegaría a tener alguna  relación de tipo familiar. Pero aquella Alcalá llegó a encantarme. Me acogieron con amabilidad, cordialidad, intimidad; creo que muchos me dieron su amistad sin yo merecerlo. No quiero citar nombres porque muchos ya no están entre nosotros. Me hice enseguida un alcalaíno más, aunque ya de hecho era un auténtico alcalaíno; por proceder de otra Alcalá de la provincia de Jaén, con lo cual llegué a ser dos veces alcalaíno, tal vez quizás, un caso algo raro.
La vida social de aquella Alcalá era más intensa que la de ahora en la calle, en los bares, en los paseos, en el cine. La vida económica de Alcalá se desarrollaba en los bares y tabernas; allí se hacían los tratos, comprando y vendiendo ganado, base, en gran parte, de los ingresos, llegando a vender camiones de borregos a Marruecos, cuyos tratantes venían con su chilaba y todo y donde comían solo a un metro del que esto escribe en el Café Nuevo, en cuya parte de atrás, Dª Vicenta, viuda de José Montes de Oca aquel mismo verano, puso un lugar de comidas. Recuerdo a Hipólito, Jefe de Correos, que se casó con Carmela Fernández; todo un personaje procedente de Castuera en Badajoz.
Como aún no existía la costumbre de pasear por la Playa, a la que llamamos también “La Carretera”, el paseo habitual era la calle Real, mas recogida y animada, chocando codo con codo los que subían con los que bajaban por ella. Había mas personal, mas bullicio, mas trato, mas roce ... por ser más estrecha la calle. Los bares de dicha calle principal, como los de la Alameda, estaban llenos, como llenos estaban los corazones de muchos jóvenes (¿y jóvenas?) y por donde revoloteaba Cupido sobre las cabezas de tan abigarrada muchedumbre movible.
Otro lugar de grandísima afluencia era el cine, casi a diario. Los domingos había dos sesiones; a las 8 y a las 10 de la noche. Los que salíamos de la primera veíamos al salir tanta gente en Santo Domingo como si esperasen a los mismísimos protagonistas de la película, fuese Sofía Loren, Ava Gadner, Gina Lollobrigida, Rod Hudson o Robert Taylor. Había verdadera pasión por el cine. Hoy la “tele” ha arrasado con todo esto. En otras ocasiones no era cine lo que había sino teatro, más bien folclore. En el Cine Andalucía, pobre vejez la que ostenta actualmente, hemos visto a Antonio Machín, Antonio Molina, Rosita Ferrer, “La Niña de Antequera”, etc. entonces era aluvión de gente la que asistía al espectáculo, no solo de Alcalá sino también del campo, cuando en el campo vivía bastante personal; procedían de las Viñas, “El Puerto La Pará”, Rocinejo, El Torero, “Las Cobatillas” o “Las Porquerizas”. Ver al cubano Antonio Machín, vestido con un traje ampuloso, lleno de colores y manejando sus maracas, era por sí mismo todo un espectáculo. Antes de comenzar la primera sesión, a media tarde, se entretenían estas “figuras” del arte jugando al dominó, en la terraza del bar La Parada. Quizás fuera una forma de hacerse propaganda gratuita, porque muchos curiosos, allí mismo, ya los admiraban.
Unos años antes, fue en el Cine “Gazul”, que después fuera garaje de los Comes y ahora tienda de los chinos, donde estrenó su espectáculo, nada más y nada menos que la mismísima Marifé de Triana con su “Torre de Arena”. Como podéis ver, aquella Alcalá era otra Alcalá; ni mejor ni peor, sino otra muy diferente a la actual. Entonces todo se vivía más pausado, había menos prisa que ahora y teníamos tiempo para todo. Hasta para beber vino, porque en aquella época se bebía también más que estos tiempos, quizás fuera, en parte, por hacerle caso a aquel refrán que decía “maldita la llaga que el vino no sana”. o aquello otro, aunque un poco cambiado de:
                                               “Ya Santo Tomás de Aquino
                                               dejó escrita en su memoria:
                                               todo aquel que bebe vino,
                                               se va derecho a la Gloria
                                               sin chocar en el camino”.
            Cada cual que elija la que quiera. Hasta hubo un inmenso revuelo y curiosidad por ver comer en el Restaurante Pizarro a la famosa Lola Flores o ver también a Santiago Martín “El Viti”, el torero de Vitigudino, camino de Algeciras para una corrida.
            Hoy es un domingo de enero cuando esto escribo, y a ninguna hora del día y de la noche, desde mi balcón, he visto ni un alma en la Carretera. Esto dice algo o dice mucho.
            Y de todas estas diferencias, ¿dónde habría que buscar las causas? tal vez habría que encontrarla, como decíamos más arriba en la enraizada “tele”, que a todos nos absorbe y nos atrapa; ésta nos recluye a toda la familia dentro de la casa, calentitos, y viendo otras figuras más actuales, parecidas a las antiguas y que también forman parte del mundo del arte. Pero tampoco marginar la situación de la crisis que hace que los bolsillos y las carteras se encuentren algo más flacas y vacías que en aquellos tiempos y no hay para alternar, beber o pedir “otra ronda”.
            Como alguien dijo, los tiempos corren una barbaridad y nosotros con ellos. Tanto que, corriendo, corriendo, como la hiciera Forrest Gump en su famosa película, hemos llegado hasta el presente. Y así se nos ha acabado el tiempo. Y se nos ha ido algo más, y además todo, casi sin darnos cuenta.

Alcalá, 15 de enero de 2013
José Arjona Atienza

El tiempo que hará...