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lunes, 3 de junio de 2013

ALCALÁ DE LOS GAZULES, CRÓNICA DE UNA VISIÓN


La noche del sábado, día 1 de junio del 2013, los alcalaínos vivimos una de las jornadas más evocadoras de nuestra historia actual. La espléndida noche de junio invitaba a dejarlo todo y a ir a recibir a la imagen bendita, símbolo de nuestros amores. Nosotros llegamos exactamente a la hora que nos habían citado, pero nuestra sorpresa nos alarmó. No había un alma en la carretera, ni en la ciudad, ni siquiera en la Venta; Incluso llegamos a  pensar que habíamos confundido la hora. Noche serena y religiosa en el cielo de Alcalá.

Sin embargo, nos habíamos dado cita en el santuario todos los alcalaínos, los que viven intramuros y los que vivimos en el entorno de la provincia y de la diáspora. Después de la ausencia de nuestro símbolo –la imagen de la Virgen de los Santos-  ausente durante varios meses para ser restaurada, las mujeres y los hombres, los jóvenes y los mayores, los niños y las niñas habían abandonado la ciudad y se habían apresurado a invadir el santuario. Desde las primeras horas de la tarde, su interior y su exterior era ocupado por los alcalaínos y los automóviles hasta el olivar.

En la ermita no quedaba un hueco libre, pero inmediatamente se producía el asombro. A todo el que llegaba se le invitaba a entrar y encontraba un espacio imposible. Y, sin embargo, el respeto y la piedad nos imbuía a todos, mientras el coro desgranaba los salmos y los lectores nos enviaban los mensajes evangélicos. El párroco, Francisco Jesús Núñez Pérez, celebró la eucaristía y, sin exégesis vanas, dirigió a todos los alcalaínos una arenga mariana embelesadora.

Allí estaban todos los protagonistas de la celebración: el clero, la Hermandad, los devotos de la Virgen, los alcalaínos de la provincia y el pueblo de Alcalá. Todos esperábamos a la Virgen restaurada, con sus mejores galas, para felicitarla y contar con ella siempre. El Hermano Mayor se encargó de dar las gracias e informar al pueblo de lo que se ha hecho. Hacía más de tres siglos que no se restauraba la imagen de la Virgen. El asombro es un sentimiento efímero, el prodigio es más duradero, pero el amor verdadero es profundo y no se puede cambiar por nada. Cuando terminó, un estruendoso aplauso y clamorosos vítores se oyeron en los cielos del santuario.     

El himno de la Virgen rompió de nuevo el silencio temblando en las gargantas de  los presentes con el espíritu de la paz de Pentecostés sobre los alcalaínos, fieles a la fe transmitida por los mayores. Desde ahora, se restablece de nuevo la visita continua de los  devotos de la Santísima Virgen y el milagro de su visión.


                                                                              

JUAN LEIVA

El tiempo que hará...