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lunes, 29 de julio de 2013

ALCALÁ, CARBÓN Y CORCHO


Tú has vivido, Alcalá, con la negrura
tus años de esplendor con el carbón,
tú, que al verte, admiran tu blancura,
fue tu época alegre y más segura
porque luego empezó la emigración.

Tú tuviste, entonces, tanta suerte
pues tuviste trabajo, pan y amor,
era entonces tu vida sana y fuerte,
hoy, en cambio, el paro es tu muerte,
tu desvelo, tu pena y tu dolor.
Todos los días hay que comer, o se debe comer; eso dicen, al menos que se invente esa pastillita milagrosa que nos tenga el organismo mantenido sin tener que recurrir a la cuchara y al tenedor. Y se debe comer, igualmente, tres veces al día, una de ellas, al menos, debe ser caliente. ¡Pobres negritos de África! Para poder cocinar en cada hogar se necesita calor, que la sazone y caliente.
Antes se encendía con leña, paja, etc. la chimenea y allí se colocaba la olla en unas trébedes y otras se colgaba de una fuerte cadena sobre el fuego un gran perol. Esto lo hemos visto y vivido los que ya arrastramos en el DNI muchos ceros. A la gente joven le puede parecer como algo de tipo antediluviano o sentirse como si hubiéramos vivido en la época de Neanderthal, Cromagnon o Tutankamon. Nada de eso. Fue en los años 40-50, llamados los años del hambre.
Aquel gran caldero colgado de una cadena nos podría parecer a cómo se cocinaba en el Castillo de Bellver, en Baleares, el Castillo de la Mota, y tantos otros. Durante toda la mañana cocerse el puchero a fuego lento, el cocido de la abuela, aquel… no sabía como el mismo de hoy.
Más tarde nos llegó el carbón; fue un gran adelanto respecto a lo anterior. No había que agacharse para soplar, no hacía tanto humo, no se producían ni volaban tantas pavesas.
Hemos pasado después a la cocina eléctrica, al butano, propano y por último a la vitrocerámica.
Pero en Alcalá se produjo durante mucho tiempo cantidad de carbón; es a éste al que quiero referirme y dedicarle este escrito. Hacer carbón, supongo, no será tan sencillo como pueda parecer. El que esto escribe no lo sabe, porque nunca lo ha visto, pero admito que no será tan fácil. Tampoco habremos visto Nueva York, el Himalaya, el río Amazonas o las cataratas del Niágara para escribir un somero artículo sobre ello.

Recostada en una loma
como queriendo volar,
tras una curva se asoma
tan blanca como paloma
Alcalá, que mira al mar.
En aquella época todo el mundo tenía trabajo; no solo era el carbón con sus trabajos previos de preparación. En aquellos tiempos Alcalá llegó a tener, según dicen, 13 o 14 mil habitantes; hoy tiene 5.800 según datos del Ayuntamiento obtenidos la pasada semana. Al haber trabajo, dinero para comprar, abrir pequeños negocios, establecimientos, divertirse, viajar, etc.
Todo el pueblo tiene empleo
causando admiración,
siendo blanco, según veo,
vive un tiempo de apogeo
vendiendo el negro carbón.
Además “en las corchas” hay trabajo para muchos alcalaínos que generan, a su vez, labor a nuevos paisanos. Al que pone las mulas, al que vende la paja, la cebada, a los que venden la comida para todo el día, el panadero, el de las chacinas, la frutería, el vino – que nunca falte – el que vende las hachas, el que las afila, los arreos de los animales, etc.
Y la gente que, mientras trabaja en el campo, corta leña, forma la pira para quemar la leña, no del todo, pone las capas de tierra o arena, encenderlo todo a su debido tiempo, esperar que todo se enfríe, apilando las seras de grandes dimensiones, cargarlas, transportarlas, etc.
Cien que están descorchando
¡ved qué alegría!
todos que van ganando
el pan del día.
Vida corchera,
veinte bestias bajando
la carretera.
Y así un día y otro. El derecho y el deber del trabajo, la obligación y la devoción. El amor y el sudor. La satisfacción del deber cumplido. Trabajo como castigo y como honor. “El que no trabaje que no coma”, dice nuestro refrán. Los italianos, en cambio, de forma alga parecida dicen: “Qui non laborat non fa lámore”. Creo que van más lejos. El que pueda comprender…
En los montes y en la sierra,
en la sierra y en los montes
el obrero no se aterra,
pues trabajando la tierra
el pueblo tiene horizontes.
Pero no todo es trabajo; el día es largo y hay tiempo para el descanso, el jolgorio, el chiste, el canturreo. El que sabe canta y el que no, aplaude, jalea, alaba. Vida en sus diferentes facetas, vida sana y alegre. Vida cansada y de reposo. Vida de medio bandoleros de sierra en su indumentaria, sus hachas y sus sierras. Cuerpo rendido y deber cumplido. Duro trabajo y esposa y niños que te reciben con besos y abrazos. Carbón para la candela y corcho para la botella. La del vino, la del champán.
Con el hacha en la mano
y entre el vino y el yantar
vive el pueblo alegre y sano,
en la cima o en el llano
y en los labios un cantar.
Es la vida y la rutina, es la rutina y la vida. Es la esperanza de que aquello dure y no sobrevenga el paro. Es la fe en la creencia de que habrá alguna reserva para comer otro día. Es la mujer y los niños. Es el coraje de vivir. El que lleva el pan a su casa. El jefe de familia. “El que no trabaje…” ”Comerás el pan con el sudor de tu frente” dijo Dios en el Paraíso a Adán. Y tú cumples el mandato divino.
Rompe el aire su silencio
en la paz del claro día,
coge el hacha por el mango
corchero con alegría
se arranca y canta un fandango.
Y termina otro día, y cuando el sol baja por el horizonte, el corchero también baja del monte.
Y en su corazón sencillo
que trabaja sin cesar
solo coge el atillo
y un duro en el bolsillo
para el vinillo del bar.
Y en fechas muy señaladas
hay que parar las jornadas,
pues el Cine Andalucía
traía artistas a porfía
que nadie se las perdía.
Y con la camisa limpia, bañados y quizás hasta perfumados se agolpaban a las puertas del Teatro para escuchar el flamenco de una de las dos sesiones que daban y en las que intervenían, ni más ni menos que Juanito Valderrama, Emilio El Moro, La niña de Antequera, Rosita Ferrer, Antonio Molina y Antonio Machín, entre otros varios.
Pero esa vida ya no se repite.


José Arjona Atienza
Alcalá, 19 de junio de 2013


         

1 comentarios:

Diego dijo...

Gracias Don Jose Arjona (mi antigúo profesor)por los numerosos escritos sobre Alcala, que a los emigrantes tanto nos hace recordar y a veces soñar con Alcala.

Diego Puerto

El tiempo que hará...