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domingo, 5 de enero de 2014

UN CUENTO DE REYES


        Érase una vez una casa, económicamente débil o menos boyante, en la que había un niño de unos siete años, que bien podríamos nombrarle como Pablito.
        Pablito, como todos los niños, quería juguetes y se los pedía a los Reyes, a los tres; a quién se lo iba a pedir si no, ¿al farmacéutico?, ¿al  frutero de la esquina?, ¿a su maestro? No, esos solo dan medicinas, frutas o enseñanzas y consejos. Escribió una carta, procuró que no llevara faltas de ortografía ni que fuera el papel arrugado con la mano con la que escribía. Le dio la carta a su madre porque él no alcanzaba al buzón. En la carta le pedía tres cosas; una bicicleta, un balón y una Nintendo. Total los Reyes también eran ricos y ellos no conocerían la crisis. Estaba casi seguro que se los iban a traer el día 5 de Enero, aunque lloviera, hiciese viento o frío. Pero,…sí, sí ¡Cuántos ilusos hay en el mundo o que ignorantes somos los niños. Ya veis no sabemos siquiera lo que significa crisis, yo creo – decía el niño – que es el “canto” que hacen los grillos en verano y que “lo del” paro es el tiempo que le dan a las jugadores de los dos equipos en un partido cuando va por la mitad, para que beban agua en los vestuarios, se refresquen la cara y se cambien de camiseta porque la del primer tiempo la tenían alguno llena con el barro del campo.
        El niño, Pablito, sólo sabía una cosa, que al final de vacaciones de Navidad se escribe una carta y te mandan regalos. Ya ves, más fácil imposible. Vamos más sencillo que en el Corte Inglés. Allí hay mucha bulla, hay que hacer largas colas y todo está muy caro.
        Para que harán tanta propaganda en la tele sobre el Corte Inglés y luego te dejan el monedero vacío y son capaces hasta de sacarte los ojos;  y eso que ellos no son oculistas. Pero este Isidoro Álvarez sabe convertir un billete de cinco euros en otro de quinientos. Ese más listo que el hambre y eso que él no sabe tener hambre ni el estómago vacío. El conocerá el jamón cinco jotas, el caviar (ese no lo conozco yo ni el color que tiene) y el champán francés. Lo de francés me suena algo porque Francia, que de allí vendrá esa bebida la he visto en un mapa detrás de los Pirineos. Además un amigo mío, cuando hizo la primera comunión su madre lo llevó y vio la torre Eiffel y algo así como Walt Disney, eso de los animalitos como el conejo, el pato, el perro.
Creo que me dijo que se llamaba Donald, Pluto, Clarabella (la vaca). Total que yo tengo un lío con eso de Francia, porque eso de hacer una torre tan alta con sólo hierro, ¡que artistas! Y eso que arriba hay mirador, un restaurante, y más arriba todavía, antenas y un faro de largo alcance. Hablan tan raro, que casi no se entienden ni entre ellos. Como será la cosa de no entenderse, que dicen que hace mucho tiempo hubo una guerra que duró cien años y con ese nombre se quedó; lo que yo digo parecen brutillos, pero no es así.
Y a lo que íbamos, o por lo menos yo, que cada uno vaya por donde quiera. No tenemos ya libertad desde que nació mi padre y él dice que tiene treinta y tantos abriles.
Yo tenía mucha fe en Melchor, me gustaba de él su barba blanca, largo cabello y un camello y hasta me gustaba su nombre, Melchor suena a amor, cariño, generosidad.
De él esperaba yo la bicicleta. Pero no sé lo que me entró conforme se acercaba el día de la cabalgata vi en mi casa algo que me olía a “chamusquina”, o sea a quemado sin haber ardido nada. Quemado estaba yo por dentro. No sé por qué pero… bueno siempre guardaba la esperanza. La mía iba disminuyendo casi igual que la cartera de un parado, que con solo 420 euros tiene que hacer más cuentas que el ministro de hacienda, si, ese, el de Jaén, pero el tío tiene que ser más listo.
Había visto días antes en tres establecimientos entrar a mi madre en los que apenas entraba; una pastelería, una farmacia y una tienda de chinos. Algo fraguaba mi madre. Yo la seguía sin ser visto. En la pastelería compró unas chocolatinas. Lo vi asomado desde la puerta de la calle mirando al mostrador. En la farmacia pidió unas pastillas para la garganta un tanto dulces y agradables de chupar pues decía que yo andaba un poco resfriado. Entró, salió y no me vio otro rey tenía ya en el saco. Sería Gaspar pues el farmacéutico así se llamaba. Por último, y otro día sin ser visto se dirigió a un establecimiento de chinos que le atendió un individuo alto y NEGRO. Ya está este sería el rey negro Baltasar. ¡Qué lista es una madre cuando se lo propone!, mas conmigo no le valió.
Y llegó el 6 de Enero y ella más alegre que una sonaja, madrugó algo cuando ya estaba despierto hacía un buen rato y le entrega una bolsa algo grande. Pero dentro de ella ni bici, ni balón, ni Nintendo. ¡Qué dolor! Quiso rebelarse, quiso no coger nada, quiso mandar a su madre a freír espárragos; pero no lo hizo al fin y al cabo era su madre, había crisis y el padre estaba en paro. No recogió nada. Se hundió en la cama y se volvió a tapar con las mantas hasta las doce de la mañana. Se vistió, sin desayunar se salió a la calle y se sentó en un banco de madera del parque próximo. Con las manos en la cara o al revés casi lloró, se arrepintió de lo dicho a su madre y hasta salió del parque mejor con la intención de pedir perdón a su madre por el mal rato que le había hecho pasar.
Se hacía cargo del paro, la crisis, etc. después de todo ¿qué le habían traído los reyes a ella? y lloró de nuevo. Su madre no se merecía nada de esto. Era su madre.

Cádiz, 05 de enero de 2013

José Arjona Atienza

El tiempo que hará...