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miércoles, 19 de marzo de 2014

GRACIAS ALCALÁ


Hace tan solo unos días andaba entretenido en revisar y ordenar mis múltiples y variados papeles de ahora y de antes, cuando vi, con sorpresa, un montoncito  grueso y azul unido con un elástico. Me causó gran sorpresa y el asunto es que no sé todavía si fue de pena, de alegría o no sé qué. Dichos papeles, abiertos por sus cuatro laterales, traían y reverdecían sentimientos de hace cuarenta años; no obstante permanecían indelebles en mi espíritu y solo os digo que a vosotros os hubiese ocurrido otro tanto, cuando un acontecimiento de este tipo sucede así, en el fondo del alma permanece y dura toda la vida; en la mía y en la vuestra y solo desaparece con el tiempo “que todo lo cura”, triste contenido y triste fin.
Permitidme que os hable de mí y de otra vida que me precedió, perdida en la lejanía pero no olvidada a pesar de los años y la distancia, pero imborrable en la distancia y en los años. Me sucede igual que a vosotros, ya que todos estamos hechos de la misma fibra que, con su recuerdo, aún instantáneamente, nos hiere a modo de latigazo y nos deja los vellos de punta, aunque solo sea por un momento.
Ya es hora de que os descubra el motivo de tanta pena, dolor y tanto sentimiento que voló por encima de las nubes. Porque una madre, solo una madre puede provocar en todo tu ser la negrura, que no se puede ni se debe borrar. Ya lo habréis adivinado. Mi madre desapareció hace bastantes años, y cuando se pierde una madre mucho se pierde.
Una sevillana que por cierto se la cantaron al Papa anterior Juan Pablo II, de feliz memoria, cantada en Sevilla, no podía ser menos, dice en uno de sus párrafos: “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Y yo digo que un amigo no es como una madre, es mucho más que un amigo, tanto para ti como para mí, tanto en Alcalá de los Gazules como en Alcalá la Real que es donde falleció. Una madre que vivió unos años muy difíciles; dos guerras, la nuestra del 36 y la mundial del 39 al 45. Una madre que crió y educó a once hijos en los años difíciles de la posguerra con todas las dificultades que ello encerraba.
A las madres, lo más sagrado de la Tierra, los cantantes y autores les han dedicado lo mejor de su música y letra. Recordemos, aunque era de origen lejano al cubano Antonio Machín que por cierto actuó en nuestro Teatro Andalucía. Aquel negrito alto, de boca grande, manejando con verdadero ritmo sus maracas y apareciendo con su indumentaria multicolor, cantaba con todo acierto: “Madrecita del alma querida, en mi pecho yo tengo una flor...”
Por otro lado, cuando nos entusiasmamos con la mujer que tanto nos gusta, la piropeamos con aquello de “te quiero desde lo más profundo de mi ser”. También otro cantante, que bien pudiera ser Pepe Pinto, en un recitado, venía decir más o menos:
“Toito te lo consiento
menos faltarle a mi mare,
que una madre no se encuentra
y a ti te encontré en la calle”.
Que sería de Alcalá sin su madre la Virgen de los Santos, o Andalucía sin su madre del Rocio, o Sevilla sin su Macarena. Y terminamos en los momentos de subido fervor: ¡¡¡Viva nuestra Madre la Virgen de los Santos!!! U otros fieles con sus respectivas vírgenes. Hasta en los Santos Evangelios, otro exaltado también termina diciéndole a Jesucristo “bendita sea la madre que te parió y los pechos que te amamantaron”. En todo el orbe prevalece el sentido de madre. Hasta los indios de ciertas tribus de la América del Sur sobre todo, la tierra de donde sale todo producto que los sustenta la llaman “pacha mama”.
Como veis el nombre de madre excede y sobrepasa a todos los tiempos y lugares, razas y creencias, religiones y costumbres. La madre lo cubre todo. Pero una vez más, llevado del amor filial debemos detenernos y contemplar la figura de madre, toda ternura y dulzura en Belén, a la vez que en el Gólgota, todo tragedia y amargura.
La madre te enseñó a ti todo: los primeros pasos en tu niñez, tus primeras cucharaditas de potito, tus primeras oraciones al acostarte, etc.
Y en la misma Salve que cantamos en las ocasiones solemnes del Santuario, se dice hacia su mitad:
“...madre de Dios,
madre mía,
mientras mi vida alentare
todo mi amor es para ti, ...”
Y continuamos recalcando Madre de Dios, madre mía, siguiéndolo repetidamente.
Pero ensalzando tanto a todas las madres parece como si se me hubiera ido de la mente, el sentido con el que empecé este artículo, en el que digo que encontré “un grueso montoncito de papeles azules”.
Eran telegramas (cosa que hoy no se usa), que me enviasteis a mi pueblo con motivo de la desaparición de la madre del que os habla. De ahí viene mi agradecimiento, porque, aunque no lo hizo el pueblo en general, sí que fue de un modo generalizado, representante de todos los estamentos; no olvidéis que entonces en mi condición de maestro del “Convento”, trataba a mucha gente, familiares de alumnos. Por eso os lo agradezco a todos.
Y para terminar, a la par que mi agradecimiento vaya también el deseo que conservéis a vuestras madres todo el tiempo que Dios quiera. De corazón.

Alcalá, 13 de marzo de 2014

José Arjona Atienza

El tiempo que hará...