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jueves, 10 de julio de 2014

ALCALÁ DE LOS GAZULES





ALCALÁ DE LOS GAZULES
Por José M. Paredes Grosso

…sobre un monte triangular y agudo aparece
la más hermosa visión de un pueblecito que
imaginarse pueda”

         IMAGINAD una carretera que se desliza entre campiñas amables decoradas con toros negros y vacas pías, florecida de blancas cortijadas hilvanadas por el verde gris de las pitas y de las chumberas. Figuraos todo esto bajo un cielo azul resplandeciente y con esa luz dorada que es como un cendal que lo envuelve todo y parece que casi se puede tocar. La carretera corre festiva su cantarina carrera, sorteando aquí un otero, salvando acá un arroyuelo lleno de flores y vacío de agua. La campiña está ceñida por serranías no muy lejanas, donde recortan su airosa silueta las negras torres de un castillo derruido.

         A medida que la carretera avanza la idílica pradera donde retozan los becerros y galopan blancos potros se va tornando menos amable, más arisca y más hermosa todavía. El camino, que hasta aquí avanzaba despreocupado y sonriente, ahora tiene buen cuidado de ir evitando cerros con el ceño fruncido de alcornoques; se ve obligado a enroscarse en una pina ladera, sobre un barranco espeso de arboleda; se prende ansiosamente a la falda de la montaña, mirando con vértigo al despeñadero, y, por fin, sale a un terreno más seguro y se desliza cansado entre farallones de piedra y quebrantosos alcores, donde el color de las rocas conjura perfectamente con el de la tierra y el verde opaco de los chaparros.

         El camino, agotado por este penoso zigzagueo, se detiene de pronto: enmarcado por dos soberbios peñascales que forman una estrecha bambalina vertical, sobre un monte triangular y agudo, aparece la más hermosa visión de un pueblecito que imaginarse pueda. Es una perspectiva impresionista, de casitas compuestas poéticamente unas contra otras, distintas y semejantes; con un mágico juego de matices que van desde el blanco de plata al azul tenue. En casi todas partes sucede que donde hay luz también hay sombra; en esta visión panorámica de Alcalá nos atreveríamos a afirmar que la luz y la sombra han sido sustituidas por colores, tonos y transparencias sin igual. Si da el sol en un plano encalado de una casa, ésta resplandece con destellos de oro. En cambio, la casa de al lado no está en sombra, por más que no reciba la luz directamente: también resplandece con un brillo suavemente añil en su fachada. Nadie podía soñar hasta ver a Alcalá de los Gazules desde este punto del camino las muchísimas clases de color blanco que existen.

         Rematando esta sinfonía de variaciones sobre el blanco, están los restos del castillo y la iglesia de San Jorge. Si desde el punto en que estábamos en el camino volamos hasta lo alto de la villa nos veremos en una placita de bellas proporciones, donde la parroquia tiende todavía sus protectoras cadenas para asilo de los delincuentes. Inmediato está el edificio del antiguo Ayuntamiento, con un arco de medio punto en su centro, que da salida a la plaza. Llama la atención ver que suspendida en el hueco del arco hay una plataforma con un pequeño altar y la inscripción: “Sanctus, Sanctus, Sanctus.”

         Atravesando verticalmente el pueblo, a guisa de estocada, llegaremos a la playa, que contra lo que pueda creerse no tiene ni mar, ni río, ni charca siquiera.

         La playa, ágora y mentidero, entrada y estación, parada y fonda, es el único paseo llano en el pueblo, donde se toma café y se recibe el correo de cada día. Aquí está el cine, que ha suplantado en su misión a la antigua placita de toros.

         Como último vestigio de Alcalá de los Gazules, bienvenida al que llega y agradable despedida al que se marcha, discreto y recatado del camino común nos aguarda el santuario de la Virgen de los Santos. La Patrona de Alcalá no es solamente esto, que ya es mucho. Para todo alcalareño legítimo es además o simplemente “la Señora”. Este tratamiento, expresión del vasallaje espontáneo que vincula al pueblo a su patrona, tiene una más amplia y muy consecuente trascendencia. La Señora ha recibido de sus fieles durante los largos años de su patronazgo extensas tierras de pasto y campiña, rebaños de ganados y espléndidos olivares. No hay duda de que es hermosa la costumbre de ofrecer flores a la Virgen. Pero no pasa de ser una costumbre. Lo que no es nada frecuente, y, por lo tanto, no es costumbre, salvo en este pueblo de rumbo, caballeroso y cristiano, es regalarle bosques enteros con arroyos y umbrías, campiñas donde brotan lirios y amapolas y olivos que marquen su tresbolillo de plata sobre el pardo suelo.


J.M.P.G.

NOTA.-

Este artículo fue publicado por don José Manuel Paredes Grosso en ABC el día 14 de febrero de 1963.

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