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miércoles, 9 de julio de 2014

SÍMBOLOS DE ALCALÁ - EL PICACHO





De pequeño, a mí me gustaba ir al Picacho. Los jueves no había clase por la tarde, era un descanso a mitad de semana. Después lo cambiaron a la tarde del sábado. Mi padre cogía a tres o cuatro hijos pequeños y nos llevaba a dar un paseo por el campo, para descargar la casa de los trece hijos. Con frecuencia cogíamos el camino de Patrite, tomábamos la carretera de Jimena y llegábamos hasta la entrada del Picacho. Era una delicia adentrarnos en los bosques de los Alcornocales y pararnos en las llanuras a jugar.

Desde allí veíamos el pico del Picacho, el que le da nombre a las estribaciones de la sierra. Más arriba, había una laguna llena de flores de colores, pero mi padre no nos dejaba llegar hasta allí. A lo lejos, en las alturas, estaba La Pilita de la Reina. Yo soñaba con llegar allí. Quería realizar dos aventuras: subir al pico del Picacho y llegar hasta la Pilita de la Reina. Los niños de Alcalá llevábamos en el alma la sierra, como los de la bahía llevan el mar. El Picacho era el símbolo de nuestros sueños de aventuras.

A la vuelta, los molinos del camino de Patrite funcionaban a tope. En los años 40, había en Alcalá dieciocho molinos harineros y otros pocos aceiteros. Eran dos productos fundamentales para la vida. En las puertas de los molinos, había reatas de mulos, que llevaban el trigo y volvían empolvados con sacas de harina. Las familias más modestas comían gazpacho caliente y, para desayunar y merendar, pan con aceite y azúcar. Las plantas silvestres comestibles, como los espárragos, los cardos, las tagarninas y las frutas resolvían la cena.

Cuando se iba el sol camino del mar, para ocultarse tras el bamboleo de las aguas marinas, las sombras ocupaban la blancura de las casas de Alcalá y la torre se ocultaba tras la atalaya de la Coracha. Mientras, la noche se metía por las rendijas de las ventanas. ¡Qué derroche de misterios recorrían las bajadas, las subidas y los recovecos de mi Alcalá!

Hace tres años, cuando ya de mayor volví a saborear Alcalá, nos íbamos los sábados a hacer senderismo por los caminos de mi infancia. El último sábado de octubre de 2012, quise cumplir mi sueño de niño y nos fuimos camino de Patrite para ir al Picacho. El día otoñal invitaba a correr la aventura y fuimos entusiasmados. Sólo tuve un descuido, se me olvidó  precaver que, precisamente en esos días, cumplía la edad de las personas mayores, los ochenta.

Cuando habíamos ascendido unos quinientos metros, la humedad me sorprendió con un resbalón impresionante y fui a dar de bruces con una roca formidable. Intenté levantarme, pero no me respondían ni los brazos ni las piernas. Mi mujer tampoco podía conmigo. Afortunadamente, unos senderistas de Chiclana que hacían la ruta, al cerciorarse de lo que pasaba, con una agilidad de auténticos expertos, pidieron auxilios con los móviles y, en unos minutos, el lugar se vio concurrido por un helicóptero, un equipo de bomberos y una ambulancia.

El helicóptero no podía bajar impedido por la exuberante naturaleza que me rodeaba. Y yo pensaba que, tal vez, sin los senderistas, me podría haber convertido en un vegetal como toda aquella formidable naturaleza de los Alcornocales. Pero  los senderistas me sacaron a pulso en una camilla y me bajaron a la carretera donde una ambulancia esperaba para trasladarme a Cádiz. El tiempo que emplearon en realizar el auxilio me dediqué a reflexionar. Miraba mi cuerpo, mis piernas y mis brazos y consideraba que los humanos llegamos al mundo con un amigo inseparable que nos acompaña toda la vida. Es el soporte de nuestra personalidad, el cuerpo. Lo miraba con ternura, con agradecimiento y le pedía perdón por la poca atención que le había prestado.

Ese soporte es una virguería, una auténtica obra de arte. Los imagineros, los escultores y los médicos no acaban de sorprenderse ante la irrepetible estructura humana. Un niño llega a la vida con 300 huesos perfectamente organizados en el seno de la madre para realizar misiones impresionantes. Se reparten por todo el cuerpo y se distribuyen por la cabeza, por el tronco y por las extremidades. A su vez están organizados  por niveles jerarquizados, compuestos de aparatos y de órganos, formados de tejidos y conformados por células compuestas de moléculas.

Ese cuerpecillo posee cincuenta millones de células agrupadas, las cuales organizan aparatos y sistemas locomotores, musculares, óseos, respiratorios, digestivos, excretores, circulatorios, endocrino, nerviosos,  reproductores… ¡Qué maravilla! Sus constituyentes son hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno. Se unen entre sí para formar moléculas, como líquidas perlas de agua y de sangre; orgánicas, como los glúcidos, los lípidos y las proteínas. Todo eso convierte al ser humano en una extraordinaria máquina pletórica de vida.

Ahora, después de casi tres años, con mi soporte rehabilitándose, poniendo orden en mis baños y paseos, voy dando agilidad a los miembros, miro con inmenso agradecimiento a mi soporte y agradezco a aquellos senderistas con toda el alma que me hayan devuelto a la vida. Sus primeros auxilios fueron de oro, y su actuación en primeros auxilios de platino. Y cada día doy gracias a Dios y a la Virgen de los Santos, por haberme permitido continuar aquí y valerme por mí mismo. ¡Gracias, gracias, muchas gracias a todos los que me ayudaron a no convertirme en vegetal!
                                                                                                



Juan Leiva
     


El tiempo que hará...