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martes, 23 de febrero de 2016

EVOCACIÓN ALCALAÍNA - LA ERMITA, CARACENA, ALCALÁ Y LA PLAYA


El domingo amaneció campero, como si Dios se hubiera vestido de azul, -que diría Juan Ramón-, e invitara a conectar con la naturaleza. De manera que no lo dudamos y, después del desayuno, decidimos, sin ninguna incertidumbre, irnos a la ermita, ver a la Virgen y   participar en la santa misa. A un lado y otro de la autovía, los campos estaban cubiertos de verde, de paz, de salud, de esperanza… Incluso la temperatura se había decidido a subir.

De Jerez a Alcalá, la exuberante vegetación autóctona inunda el  alma, como si la primavera se hubiera desbordado antes de tiempo. Pero la feliz ocurrencia la habían tenido otras muchas personas, de manera que la explanada del santuario estaba ocupada por un buen número de automóviles. Un puestecillo, con la riqueza de la vegetación silvestre, ofrecía los espárragos; otro, las tagarninas, y otro, los dulces y la miel del Aljibe de Alcalá. Todo era una espléndida oferta. Hasta el levante hizo su aparición y movía con alegría las aspas de los molinos eólicos, los árboles gigantes, las plantas airosas  y las cabelleras de los visitantes.

La ermita estaba a tope. Y todos estábamos jubilosos alrededor del santuario. Hasta el santero vino a saludar a Andrés, a Inés y a nosotros. El nuevo Hermano Mayor de la Hermandad, Arsenio Cordero, repartía las actividades que debíamos realizar en la celebración de la Eucaristía. Y hasta la Virgen parecía sonreír con su cara y su corona de oro. Los exvotos ocupan ya todos los tramos del muro interior de la iglesia, porque la Virgen no cesa de repartir favores. Y a todos nos entusiasma que por allí hayan pasado todos nuestros antepasados cargados de fe.

El nuevo cura y pastor de los fieles es Tomás Díaz Artola, un portuense inefable que derrocha  afabilidad, en un año, llamado por el Papa-Francisco, Año de la Misericordia. Una fila de gente de todas las clases y edades, aguardaban para entrar en la sacristía y saludar al padre Tomás.

De allí nos fuimos hasta Alcalá. Para mí, la calle de los Pozos es la más clásica de Alcalá. Pasamos por La Tenería, para dirigirnos a la Venta Caracena, un lugar de buen gusto,  de buena comida alcalaína y de servicio de lujo. El lugar invita a volver.

Y de allí, a La Playa. Dimos un pequeño rodeo para ver el Puerto de la Pará, la finca La Joya y las salinas.


Cuando llegamos, no lo podíamos creer. La Playa era un hervidero de gente. Pude saludar a Juan Vargas-Machuca Fernández, el cual me informó que ha hecho una réplica del paso pequeño de la Virgen de los Santos, que se venera en la Iglesia de la Victoria y de que Diego Álvarez Mateos está confeccionando una memoria descriptiva de este proceso para que todos los alcalaínos puedan conocer los trabajos realizados.

Los niños corrían y jugaban a todo capricho. A mí me invadió la melancolía porque, en ese mismo lugar yo había vivido las ferias más bonitas de mi vida, desde los tres a los diez años. Hasta las torres se asomaban a la Playa para ver la alegría de Alcalá. Ahora no era la feria, eran los carnavales. En mis tiempos no había carnavales, los prohibió Franco. Por la autopista volvíamos en silencio, con morriña, con añoranza, después de haber pasado un día inolvidable en mi pueblo, Alcalá de los Gazules.   
                                                                                                                                 


Juan Leiva 

El tiempo que hará...