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martes, 24 de mayo de 2016

CLAVES DEL BIENESTAR - ASUMIR LA MUERTE




La muerte, un tema permanente desde Platón durante toda la historia de la Filosofía, constituye también un asunto literario, sobre todo, desde que los poetas barrocos Calderón y Quevedo, con sus potentes imágenes, pusieron de manifiesto el carácter efímero y frágil de la vida y la naturaleza caduca de los bienes terrenos. Carlos Murciano afirma que “dar la espalda a la muerte es morir más”. El filósofo vienés, Ludwig Wittgenstein, en un par de anotaciones de su Diario Secreto, tras confesar que siente cierta fascinación por la muerte, se lamenta de que, en la vida presente, no existe lugar para pensar en ella. Es posible que esta valoración –junto a motivaciones morales- le impulsara para que, a pesar de haber sido declarado inútil por problemas de salud, se alistara como voluntario en el ejército austriaco en la Primera Guerra Mundial.  

Nosotros, sin necesidad de recurrir a elucubraciones filosóficas, sabemos que nuestra existencia humana -ese entramado de recuerdos, de episodios y de deseos- es una ineludible convivencia con las muertes de los que nos han dejado la dolorosa huella de su ausencia y con el anticipo –más o menos consciente- de nuestra propia muerte.    

Por mucho nos hagamos los despistados, la muerte es nuestro acompañante más fiel desde el instante del nacimiento. Hemos de reconocer, además, que, de la misma manera que los sufrimientos que acarrea pueden ser agravados por una inadecuada preparación, también, pueden ser suavizados por una oportuna preparación y por una correcta ayuda: igual que la zigzagueante ruta de  la vida, el trance de la muerte puede ser bueno, malo y horroroso.


Es sorprendente, sin embargo, la coincidencia con la que, en la actualidad, desde sus respectivas perspectivas determinadas por sus diferentes intereses, los reclamos sociales y las propuestas culturales están logrando que, autoengañados, nos olvidemos totalmente de este ineludible y “vital” episodio. El hecho cierto es que los pensadores, los periodistas, los educadores, los médicos y hasta algunos sacerdotes consideran este asunto como tabú. Por poco que reflexionemos, podemos advertir cómo progresivamente el valor de la muerte está perdiendo vigencia en su relación con las actividades diarias: no tenemos en cuenta que es un componente esencial de la vida e, incluso, un factor que puede ayudar para que, aunque no prolonguemos nuestro tiempo, sí intensifiquemos la conciencia de nuestra existencia. 


José Antonio Hernández Guerrero
Catedrático de Teoría de la Literatura
Universidad de Cádiz

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