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domingo, 27 de septiembre de 2009

EVOCACIONES ALCALAÍNAS: 12.- El corral de la Coracha

La Coracha era para él su lugar preferido. Se subía por la calle Galán Caballero y Atahona hasta llegar a un viejo camino configurado por los corrales. Desde allí podía ver todo el pueblo, el “Prao” y el Lario. Un día le dijo su padre: “Te voy a regalar un cerdito y una pareja de conejos, para que los críes.” Ahora, de mayor, se ha dado una vuelta por allí, pero aquello ha cambiado mucho, de manera que no puede recordar el lugar donde tenía el corral. Era una especie de calle a cuyos lados había casuchas convertidas en corrales.

Estaba a unos 250 metros por debajo de la muralla y del torreón del castillo. La coracha era una especie de muro que protegía la comunicación entre el aljibe del Beaterio y la fortaleza. Por cercanía, el entorno se llamó también “La Coracha”. Terminaba en la “torre del agua”, que contenía en su interior el aljibe del Beaterio y la fortaleza. Debía haber tenido en tiempos un camino almenado, o adarve, que unía ambas construcciones; es decir, una auténtica obra árabe. Pero los franceses, en la Guerra de la Independencia, incendiaron la fortaleza y volaron su estructura.

En esa pendiente del muro, la gente había ido haciendo sus corrales para criar animales domésticos. El dueño del corral era amigo de su padre y se lo cedió. El hombre les dijo que, con los desperdicios de la casa y de los vecinos, tendría suficiente comida para el cerdito; pero si les faltaba, habría que suplirlo con afrecho o maíz. La cerraja para los conejos era una yerba que tendrían que buscarla en la Coracha o en el “Prao”.

Aquello comenzó bien. Su hermano Pepe y él recogían los desperdicios de las casas y le llevaban dos cubos cada tarde al cerdito. A los conejos le recogían un saco de cerrajas y yerbas tiernas en la Coracha. El cerdito crecía y los conejos se multiplicaron prodigiosamente. Un día vieron cómo salía de la madriguera una hilera de conejitos blancos y grises. Aquello fue un auténtico milagro que les hizo descubrir la fuerza maravillosa de la reproducción de los animales.

A los seis meses, el cerdito se había convertido en un cerdo de envergadura, y la colonia de conejos llegaba a una treintena. Estaban entusiasmados, pero ya no daban abasto para recoger desperdicios y habían terminado con la yerba de cerraja de la Coracha. Su hermano Pepe se hacía el loco y él no sabía qué hacer. Pidió ayuda a Manolo Mancilla y venía algunas tardes a echarle una mano. Pero un fin de semana, que había fútbol en la playa, olvidó la comida de los animales.

Al llegar el lunes por la tarde, se quedó desconcertado. El gorrino, dándole un hocicazo, desparramó los dos cubos de desperdicios y se los tragó antes de que pudiera reaccionar. Pero, al volver la cara, se quedó descompuesto. Había en el suelo, totalmente destrozados, una matanza de conejos. Descubrió un boquete debajo del muro y pensó que podía haber sido el cochino o una culebra. Se volvió llorando a casa.

Su padre consoló dándole una lección: “Mira, hijo, los animales que viven juntos no se hacen daño unos a otros, a no ser que tengan hambre o estén en peligro sus crías. Lo primero que tienes que hacer es que no les falte comida; lo segundo, poner defensas para que no entren alimañas y maten a las crías. Pon un cepo en el boquete que han hecho y espera a que caigan.”

Así lo hizo y, a los pocos días, una rara alimaña, como una rata grande con un rabo largo, había caído en el cepo. Un vecino de un corral le dijo que era una comadreja y que allí era difícil criar conejos, porque había muchas. Aquello fue el fin de los conejos y del cochino. Su padre le dijo que devolvería el corral a su amigo y que le regalaría el cerdo y los conejos que quedaban.

Respiró tranquilo, porque el cerdo y los conejos se habían convertido en una carga que él solo no podía llevar. Su hermano Pepe tampoco estaba por la labor y era preferible dejarlo. Pero aquella experiencia de criar animales le sirvió para toda la vida. Las plantas y los animales son seres que, como todos los que tienen vida, necesitan comida, defensa y respeto. A cambio, nos dan su compañía, su amistad y sus productos como recompensa. Eso exige una correspondencia humana y un buen trato.



JUAN LEIVA

1 comentarios:

Alcalaina dijo...

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El tiempo que hará...