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jueves, 21 de octubre de 2010

EVOCACIONES ALCALAÍNAS


55.- “OTOÑO EN ALCALÁ”

El otoño es la estación puente entre el verano y el invierno. Comienza alrededor del 21 de septiembre y termina en torno al 21 de diciembre. Su duración no es constante, por las desigualdades del movimiento de la Tierra, pero viene a durar 89 días y 19 horas. En agricultura se llama otoño a la segunda hierba o heno que producen los prados. Sus temperaturas en Alcalá son suaves, placenteras, gratas, porque las calores del verano han desaparecido y los fríos del invierno aún no han hecho su aparición. Algunos años, la celebración de la patrona, Nuestra Señora de los Santos, augura ya la presencia otoñal en las noches alcalaínas. El otoño, junto con la primavera, son las dos estaciones que prefieren los mayores.

En su inicio, los días son iguales a las noches, pero pronto comienzan a decrecer y las noches nos sorprenden, casi de pronto, tras las dos luces de la tarde. El 21 de diciembre, último día del otoño, se achica extraordinariamente y la noche es la más larga del año; es el solsticio de invierno. Y el 21 de junio, es el solsticio de verano, el día más largo del año. La abundante arboleda y flora de Alcalá muda sus hojas, y los suelos de los caminos y los patios de las casas amanecen con una tupida alfombra de hojas y ramitas. El verdor de los árboles se torna amarillo y la melancolía se adueña de las almas. Para colmo, los niños desaparecen de las calles y pierden su candorosa empatía trastornada por las clases y los libros. Ya no se oyen sus gritos, están haciendo la tarea en casa.

Decía Juan Ramón que hasta “el sol siente pereza de salir de sus sábanas, y los labradores madrugan más que él.” Y algunas tardes, ¡cómo sopla el norte en Los Larios! Los Alcornocales blindan sus árboles y arbustos con hojas perennes y sus verdes se vuelven verderón profundo. Los rosales van perdiendo los pétalos de sus rosas, aunque algunos luchan por mantenerlas hasta que no lleguen las aguas. Los campos han revuelto sus entrañas en San Miguel, para recibir las lluvias de octubre y noviembre.

La noche de “Tosantos” –1 de noviembre- se celebraba comiendo castañas, nueces y frutos secos en torno a la copa de la camilla. Y nos sentábamos todos a jugar a los juegos de siempre: el Parchís, la Oca, las Cartas, el Dominó...Fuera, sonaban las campanas de la víspera de Difuntos. Los mayores se aburrían y se recogían pronto para no coger frío, mientras la Alameda se quedaba sola con los sonidos de la espadaña de la Victoria. El pueblo en silencio, recogido y pensando en los muertos que se han ido.

Las mujeres decían que ya habían ido al cementerio a limpiar las tumbas, a cuajarlas de flores y a evocar los amores eternos. Pero ahora las tumbas son columbarios con bomboneras de cenizas; las flores son contrahechas de los “chinos”; y los amores son temporeros. Las torres de las iglesias de Alcalá por aquel entonces se echaban a volar y había como un concierto de bronces graves y de esquilas triples para inundar de sonidos los cielos alcalaínos. Yo no sé si ahora doblarán las campanas la noche de difuntos; si acaso lo harán las de la torre de San Jorge, pero las de la espadaña de La Victoria y las del campanil de Santo Domingo quedarán mudas. Y, aunque suenen, ahora hay mucho ruido en todas partes y no hay espacio para los bronces religiosos.

JUAN LEIVA

El tiempo que hará...