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jueves, 26 de enero de 2012

EVOCACIONES ALCALAÍNAS



“Mi patio de Alcalá”

Vengo de Alcalá y aún traigo la imagen en el alma. Me esperaba Andrés Moreno en la Playa y nos fuimos a dar un paseo por los vericuetos del pueblo. Me preguntó con picardía: “¿Qué prefieres, las calles o los rincones?” Él sabe muy bien que prefiero los vericuetos, las escalerillas, las callejas, los callejones... Dejamos la plaza de la Aviación a un lado y pasamos por el lugar “Huerto del Indiano”, la calle “José Tizón” y la espalda del Ayuntamiento. Atravesamos la Alameda y nos paramos en la barbería de Juan Caballero, donde, de niño, me pelaba siempre. De allí nos fuimos a la calle la Amiga y al callejón Osorio. Es la querencia, casi una obligación, donde está mi antigua casa, en el nº 6. Y detrás, mi patio, en el callejón Osorio. No hay nadie, pero yo quiero ver mi patio.

Espero encontrar algún testimonio de mi niñez. Un día de 1944 salimos de aquel patio de mi casa con los ojos húmedos y se quedaron despidiéndonos tres espléndidas plantas de flores y un limonero. Tenían gotas de rocío en sus hojas lágrimosas, como si hubieran estado llorando toda la noche. Las flores eran un jazmín, una dama de noche y una hierba-luisa. En primavera, los tres emulaban perfumar el patio, las habitaciones y el callejón. El jazmín olía a iglesia de mayo, la dama de noche a monjas clarisas, y la hierba-luisa a medicina casera. Los limones del limonero servían para todo: para la ensalada y el gazpacho, para limpiar metales y hacer refrescos con agua y azúcar, para purificar las manos.. Pero se paró la vida y las flores desaparecieron. Sólo quedó el limonero, asomándose a las tapias del patio.

Yo quería ver el patio. Y descubrí a una mujer que nos observaba desde una terraza. Era Georgina Nieto, la viuda de Patricio González, uno de los Colones. Le pedimos permiso y subimos a la terraza. Desde allí pude contemplar el patio de mi niñez, totalmente transformado. Allí estaban los diez primeros años de mi vida y la de mis hermanos. Pero me asaltó una sorpresa, el patio se ha reducido, como si con el transcurrir de la vida las cosas se hubieran empequeñecido. Lo mismo me ocurrió con el callejón Osorio, lo vi estrecho, corto. Yo no sé cómo podíamos jugar allí los trece hermanos, otro tanto de los de Colón, de los Pereira, de los Ulloa, de los Almagro, de las de Jiménez… Aquello era una barriada donde vivíamos cincuenta o sesenta personas.

Escudriñé las escalerillas de las de Jiménez, pero no sonaban sus risas ni sus chillidos llamando a los hijos de Gasparita; y tampoco estaban los de Ulloa, de doña María “La Partera”. La casa de los Almagro la han reformado y no hay quien la conozca; y la nuestra la han deformado y ni siquiera nosotros podríamos reconocerla. Las demás viviendas están cerradas y sólo una da señales de vida. Francisco Almagro me contó un día que ahora casi todos los propietarios son nuevos y viven fuera; sólo la ocupan en verano. ¡Es triste recordar tánto, sin saber dónde están aquellos vecinos del alma!

De noche sí están todos los habitantes en el callejón. Son las estrellas y los mismos luceros que había entonces. Están en los mismos lugares del cielo profundo de Alcalá. La pena es que, aunque parece que se mueven y quieren hablar, no percibimos sus palabras de plata. Cuando entra la noche, el aire lejano trae perfumes de pinos, de encinas, de acacias y de alcornoques. Pero los aires cercanos de los patios de las casas ya no son los mismos perfumes de jazmín, de dama de noche y de hierba-luisa.

A mis diez años, aquella noche de la despedida de Alcalá, le dije a mi amigo Manolo Mansilla: “Manolo, me voy de Alcalá”. Y me dijo muy serio: “¿Por qué?” No sé lo que contesté, pero debió ser la misma razón que nos daban mis padres: “Porque somos doce hermanos y necesitamos cielos donde brillen menos luceros y haya más luces para poder sobrevivir. Manolo me miró y se quedó muy serio.

Al día siguiente, dejamos Alcalá. En la ciudad de Jerez, había demasiadas luces y no brillaban los luceros. Los hombres se acostaban tarde y se levantaban temprano. Una sirena chillaba muy de mañana llamando a los miles de toneleros y arrumbadores. La riada de obreros se dirigían a los trabajaderos y a las 200 bodegas jerezanas que abrían sus puertas a las ocho de la mañana. La procesionaria de trabajadores se los tragaban las bodegas llamadas catedrales. La otra procesionaria, la de las mujeres, entraba en los embotellados para entaponar las botellas y pegarles las etiquetas.

Los niños atravesábamos las calles de Jerez oliendo a solera. Íbamos a los colegios de los Hermanos de las Escuelas Cristianas – San José, el Mundo Nuevo y El Buen Pastor-(La Salle) donde estábamos todo el día. A los 14 años, los alumnos lasalianos eran los preferidos de las empresas bodegueras jerezanas, por su preparación cultural y formación educativa. La luna se asomaba a la Alameda Vieja en verano, y me traía recuerdos de los cielos de Alcalá y de los baños del río Barbate en el “Prao”.


JUAN LEIVA

El tiempo que hará...