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lunes, 16 de enero de 2012

LA SAFA EN ALCALÁ DE LOS GAZULES - 17 DE ENERO DE 1955 / 17 DE ENERO DE 2012

Sirvan estos recuerdos como homenaje de la Asociación de Antiguos Alumnos Safa a las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia de Alcalá de los Gazules, en el 57 aniversario de su creación.

La creación de una escuela confesional no respondía tanto al sentido de tener una escuela católica para varones, como a la necesidad de resolver el problema de tantos niños sin escuelas, tantos jóvenes sin formación y tantos analfabetos en general, que despertó la conciencia de alcalaínos de bien que se entregaron por entero a la consecución de dicho objetivo.

Una personalidad clave: don Pedro Mariscal Recio, Veterinario titular, Concejal del Ayuntamiento y Mayordomo de la Hermandad de Nuestra Señora de los Santos, y sobre todo hombre económicamente solvente, dominador y decidido.

Evidentemente, en este trabajo no estuvo solo, fueron muchos los colaboradores con el Párroco y el Alcalde a la cabeza y el pueblo de Alcalá empujando la idea.Se inician las gestiones y el 10 de Diciembre de 1.951, se suscribe un documento privado entre el Reverendo Padre don Manuel Barberá Saborido, cura de Alcalá y don Pedro Mariscal Recio, en el que queda plasmado el acuerdo de compraventa por 50.000 pesetas.La casa, pues, estaba salvada. Es verdad que estaba vacía, que necesitaba una amplia remodelación y adaptación para la idea que se perseguía, pero ya se tenía el lugar donde ubicar el colegio.

Superadas todas las disquisiciones legales y técnicas del testamento de la señora Gutiérrez de la Jara, sobre el tema de la Fundación y el Patronato, era necesario buscar el grupo religioso que se haría cargo del colegio.

El testamento decía: “A mayor honor y gloria de Ntra. Sra. de los Santos lega para que se destine a la Fundación o sostenimiento de cualquier Instituto de enseñanza para niños pobres que, dirigidos por Salesianos, Hermanos de la Doctrina Cristiana, y en general por Religiosos, se estableciera en esta ciudad, la caballería de sesenta fanegas que pertenece a la testadora en este término y sitio llamado “Puerto del Verdugo”, ordenando que...”

En 1.940, por iniciativa de antiguos alumnos de jesuitas y de sus familiares, que destinaron sus bienes para educar los niños de zonas deprimidas, surgió una Institución, subordinada a la Compañía de Jesús, que abría el camino a formas nuevas, con la participación de maestros seglares –hombres y mujeres- con el objeto de aplicar los métodos de San Ignacio a la educación concreta del campo andaluz.

Esta idea cuajó primero en un pueblo de Jaén, Alcalá la Real, y la Compañía encargó desde el comienzo al Padre Rafael Villoslada para que emprendiera efectivamente la obra. Surgen LAS ESCUELAS PROFESIONALES DE LA SAGRADA FAMILIA.

Aquí empieza a jugar un papel importante la relación de un jesuita alcalaíno, don Fernando Toscano de Puelles, con don Pedro Mariscal, miembro del Patronato para la creación del Colegio.

Nuevamente se buscó la ocasión. Un día, estando el Padre Villoslada de paso por El Puerto, y teniendo ocasión de viajar a Medina Sidonia, se avisó a los promotores alcalaínos y se concertó por teléfono una entrevista con el Padre Villoslada en el domicilio de otra señora piadosa: doña Carmen Parra. Lo más importante de este encuentro fue arrancarle al Padre la promesa de una visita a Alcalá.

En las primeras semanas de 1.952, el Director General de la SAFA, viajaba a Alcalá.

Impresionó gratamente al jesuita la acogida, y se percató de la atmósfera de confianza, generosidad e ilusión que había por todas partes respecto al colegio.

Se le presentó al Padre Villoslada el propósito de acogerse al proyecto SAFA y éste aceptó el ofrecimiento de fundar en Alcalá, prometiendo su apoyo a la propuesta, que había de hacer enseguida al R.P. Prepósito Provincial para proceder a la Fundación.

El Padre cumplió sus ofrecimientos.

Al fin de la Pascua de Reyes de 1.955 se abrió el plazo de matriculación. En tres días se inscribieron niños para las cuatro clases iniciales. Eran niños de 8 a 11 años y en tres días se cubrieron 160 plazas.

Cuatro maestros fueron los encargados de poner en marcha el centro:

- Don Francisco Requena Escudero, Director.
- Don Manuel Velasco Vega.
- Don Manuel Mansilla Casas.
- Don Juan Coca Visglerio.

ERA EL LUNES 17 DE ENERO DE 1.955.

A CONTINUACIÓN APARECEN VIVENCIAS Y RECUERDOS DE ANTIGUOS ALUMNOS

Pepe Ríos nos recuerda:

EN UNA TARDE ESPLÉNDIDA

En una tarde espléndida
Salí a pasear, la, la,
En una tarde espléndida
Salí a pasear.

Carabí, carabá, carabí, la, la,
Carabí, carabá, carabí, la, la,
En una tarde espléndida,
Salí a pasear.

Con un caballo blanco
Y silla de montar, la, la,
Con un caballo blanco,
Salí a pasear.

Carabí, carabá, carabí, la, la,
Carabí, carabá, carabí, la, la,

GOLONDRINA

Golondrina que volando
Te alejas veloz,
¡Ay! Del nido del alero
que triste quedó.
Golondrina que te alejas
Y volando a África vas,
Ay, ay, ay,
Ay, dime si volverás.

LA ESTEPA

El sol va dorando la estepa
Con oro del atardecer,
Por los caminos polvorientos
Un cautivo avanzar se ve.
Ding, dong, dign, dong,
Suenan las cadenas,
ding, dong, ding, dong,
al son de la estepa
Ding, dong, dign, dong,
Cuando volverá
No volverá nunca,
Ya no volverá a su hogar.

Hernán Díaz Cortés, en el Pregón que pronunció en Cádiz, 19 de Marzo de 2005, Día de la Provincia, con motivo de la concesión de la Medalla de Oro de la Provincia a la Safa alcalaína.

Para hacer un justo homenaje a SAFA de Alcalá, habría que hablar del origen de la obra. La Guerra Civil, como todos sabemos, tuvo consecuencias desastrosas, físicas y morales en todo el país; pero sus efectos se hicieron sentir muy especialmente en Andalucía Oriental. La situación social y educativa era ruinosa y penosa. Así, en Jaén, un joven jesuita pensó en crear una institución que solventara las necesidades de las gentes de esta tierra y, con ayuda de algunos compañeros, se inicia esta obra. Obra que se inicia en la década de los 40 y con el tiempo, desembarca en Alcalá.
Después de 50 años, todavía hay personas en Alcalá que desconocen muchas de las batallas que originaron, hicieron posible y sacaron adelante este centro. Por tanto, justo es hacer un breve repaso por su historia.
El edificio donde se ubica el centro, es un viejo convento fundado por la familia Ribera hacia mediados del siglo 16. Estamos hablando, por tanto, de más de 400 años. Fue entregado por sus fundadores a las Clarisas Concepcionistas, que lo habitaron y cuidaron hasta que en 1950, tuvieron que abandonarlo porque ya les era imposible la vida en él.
La batalla por la fundación de este centro comienza en esos mismos años en que desaparece la comunidad religiosa. La situación educativa en Alcalá era desastrosa en lo que se refiere a la educación de los niños. Había que solucionar el grave problema de estos niños y una mujer, Doña María Gutiérrez de la Jara, inicia esta labor. Tras numerosas dificultades y obstáculos, la institución SAFA lo acoge como centro propio y se abre para la enseñanza en 1955. En ese día, 4 profesores como Don Manuel Velasco, Don Manuel Mansilla, Don Juan Coca y Don Francisco Requena condujeron a más de 160 niños en un nuevo camino hacia la educación y la formación.
Es nuestro deseo unirnos y respaldar los actos que habéis organizado para conmemorar este acontecimiento. Por lo que, con motivo del Día de la Provincia, se otorga la Placa de Oro a la Escuela Profesional de la Fundación SAFA, en Alcalá de los Gazules.

Juan Galván nos dijo en una ocasión:

Da comienzo mi etapa escolar con unos 4 o 5 años en la Escuela de D. Antonio Fernández, que estaba situada en un salón grande de una segunda planta un poco mas arriba de la Plazuela, como era pequeño iba acompañado de Domingo Ruiz Torres, ya que vivíamos los dos muy cerca, en la calle de los Pozos y él era un par de años mayor que yo. En aquellos años se comenzó la construcción de la primera Escuela Estatal conocida por el Parque, que aglutinó a todos los niños que estaban en pequeñas Escuelas, ésta se denominó “Juan Armario” por ser el nombre del Alcalde de aquellas fechas.
Un año después paso a una Escuela en la calle de los Pozos, que abre D. Bartolomé Fernández Gallego, allí estoy otro año, a Miguel Pastor le recuerdo también su paso por allí. A estos profesores que tenían sus Escuelas particulares, nuestros padres tenían que pagarles la correspondiente mensualidad, que sería pequeña, no la recuerdo, pero más precaria era la economía familiar de la época, por tal motivo, cuando se abre la SA.FA. una avalancha de unos 160 niños aproximadamente, nos damos cita en aquella andadura, ya nuestros padres no tienen que pagar nada.
Mi etapa Escolar en el Convento fue desde los 8 a los 16 años, o sea, desde la apertura en el Curso 54-55 hasta el 62-63 que pasamos a empezar la Oficialía en Andujar.
Es durante esos primeros años de mi niñez cuando se inicia el nacimiento y la niñez de la SA.FA. en Alcalá de los Gazules, una puesta en marcha lenta pero con firmeza, con precariedades pero con mucho corazón, de aquellos primeros hombres y mujeres que afrontaron la tarea, cuyas pautas y directrices ya estaban marcadas a semejanza de las otras Escuelas que ya se habían abiertos en otros puntos de Andalucía.
Eran muchas las ilusiones e inquietudes que tenían aquellos primeros Profesores, los cuales al mismo tiempo nos la iban inculcando a nosotros que tuvimos la suerte de iniciar aquella andadura, desarrollar e inculcar en nosotros los valores humanos que toda persona debe poseer para luego afrontar los avatares que luego en la vida se les van a ir presentando.
Don Manuel Velasco Vega (q.e.p.d.) fue uno de los profesores que marcó huella en mi infancia, por su esfuerzo, dedicación y cariño y con una dedicación exclusiva hacia nosotros.
Aquel niño os recuerda hoy, ante los alumnos actuales del Centro con mucho cariño, a los dos Manueles: Velasco y Mansilla y os da las gracias por todo lo positivo que sembrasteis en él, como profesores suyo y desde esta misma Escuela, quiero mandaros hoy un fuerte abrazo para cada uno de vosotros, allá donde estéis.

Francisco Jiménez Vargas-Machuca nos dijo:

Mis recuerdos del Convento se han ido diluyendo con el tiempo. Estuve poco tiempo allí, pero recuerdo que fui muy feliz, aunque no me gustaba la leche en polvo, que intercambiaba con mi hermano Manolo por media pastilla de su chocolate.
Apenas me quedan las correrías por el patio, mi habilidad para jugar al trompo y, sobre todo, para ganarle alguno que otro a Juanito Caballero, nuestro “Maestro”, (un jugador enterraba un trompo en la tierra y con la cuerda, tomándola como eje, trazaba una circunferencia. Tirábamos a desenterrarlo y sacarlo del círculo. El que lo sacaba, para él, y el trompo que se quedaba dentro del círculo, para el que había enterrado el suyo). Recuerdo como aprendí a jugar al ajedrez (en una festividad de Reyes me regalaron un ajedrez, con el tablero de cartón, supongo que porque era el juguete más barato, no por intelectual. Cada mañana, en el recreo, en una de las aulas del patio, la de frente a la puerta de entrada, se jugaba al ajedrez por los alumnos más pacíficos, o más aplicados, que ya no recuerdo tanto, y yo observaba como se movían las fichas. Cada día aprendía el movimiento de una y, luego, se la enseñaba a mi padre. Llegamos a jugar medianamente). Y recuerdo a Don Fernando, lo recuerdo muy a menudo. Aún sigue en mi memoria, después de tantos años.
Un día alguien llamó a la puerta de nuestra aula. D. Fernando dijo eso de: “¡Pase!”, y entró una jovencita, rechonchita, que se presentó como una nueva maestra. Todos a una nos levantamos. La muchacha estaba un poco azorada y, después de indicarnos que nos sentáramos, tendió la mano a D. Fernando. Éste, muy cortésmente, rechazó la mano de la joven, so pretexto de tenerla manchada de tiza, lo cual, dicho sea de paso, era verdad. Ella insistió en estrechar la mano del Sr. Director. Don Fernando sacó un pañuelo de su bolsillo y se limpió pulcramente. Luego estrechó la mano de aquella joven. Intercambiaron unas palabras, quedaron para unos pocos minutos después, cuando fuese la hora del recreo, en su despacho y, después de nueva levantada de todos los alumnos, salió la que, pocos años más tarde se convertiría en la esposa del Director.
Don Fernando empezó, entonces, una clase de urbanidad con una sencilla pregunta: “¿Habéis visto lo que ha ocurrido?” A nadie se le pasó por la cabeza decir nada, no adivinábamos el pensamiento del profesor. “Ella me ha saludado, dándome la mano, y yo me he disculpado. Sólo se la he estrechado cuando ha insistido. Tenéis que aprender esto: cuando se saluda a una mujer es ésta la que siempre lleva la iniciativa. Sólo estrecháis su mano si os la ofrece. Le dais un beso si ella es la que os da un beso. Y si solamente os saluda de palabra, vosotros sonreís y devolvéis el saludo de palabra. Recordarlo siempre: cuando se saluda a una mujer es ésta la que, siempre, lleva la iniciativa, la que decide, siempre, como ha de ser ese saludo, haced lo que ella haga”.
Ni que decir tiene que recuerdo a Don Fernando diariamente, cada vez que saludo a una señora o, y sobre todo, cada vez que veo como saludan a las señoras. Pocos conocen ya las que se denominaban antes “Reglas de Urbanidad”. Algo tan simple como el saludo también tiene sus fórmulas, desconocidas para muchos. Y, lo que es peor, desconocidas por casi todas las mujeres.
Y algún otro día relataré el intercambio con mi hermano Manolo de la leche en polvo por chocolate, que alguna anécdota curiosa originó.

Manuel Jiménez Vargas-Machuca nos contaba:

Niños felices, con todas las carencias imaginables; pero ricos en imaginación, en ilusiones, en amistades, en recuerdos, en sacrificios. No teníamos casi nada, pero de ahí hemos llegado a tener mucho, por dentro y por fuera. Los niños de hoy viven presos de sus cosas, de sus cacharros, de sus juguetes electrónicos, y no son libres, no son tan alegres ni tan imaginativos, ni tan sacrificados, ni con esa voluntad de hierro con la que nos forjaron...: no saben que hacer y se aburren.
No éramos perfectos, pues también teníamos nuestras cosillas y nuestras travesuras. Alguna que otra bombilla pública caía de alguna pedrada o de una perdigonada, más de uno pudiente se podía tomar el lujo de comprar de vez en cuando un “bisonte” o un “celta”, los demás se “colocaban” fumando hojas de higuera o papel de estraza; papel utilísimo para casi todo: servía para el retrete, para envolverlo todo y hasta para fabricar las pelotas de trapo y de papel.
Niños, al fin y al cabo; pero niños muy felices, sanos, obedientes, respetuosos, educados... Limpios..., hasta que nos duraba el “lavaíllo” que nos dábamos por partes; a plazos, diría yo.
En fin, eran otros tiempos, otros modos, otra “industrialización”, otra educación, otra política... Aquello era otra cosa, y pudimos con todos los obstáculos que nos encontrábamos en el camino. Eran los años cincuenta.

José Sánchez Romero escribió en una ocasión:

Es difícil, al menos para mí, recordar con nitidez las vivencias de un tiempo que, aunque no olvidado, sí está en la parte del álbum de los recuerdos donde las fotografías comienzan a adquirir ese barniz amarillento que el tiempo se encarga de ir aumentando inexorablemente.
Inevitable y afortunadamente, -señal de que estamos vivos- nuestro devenir cotidiano se encarga de renovar esas fotografías, unas en color, -las alegrías- otras en blanco y negro, -las tristezas- que cada uno manejará a su antojo cuando la ocasión lo requiera. Toda nuestra vida está impregnada por las sensaciones que percibimos a través de los cinco sentidos: la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato.
Y, en esta coyuntura, abro el libro de recuerdos por la página donde, además del olor peculiar a papel viejo, comienzan a llegar a mi olfato una multitud de sensaciones que casi tenía olvidadas.
Desde algún rincón escondido de mi cerebro, las neuronas se encargan de recordarme el aula que mis pies de niño asustado pisaron por primera vez: la clase de Doña Paquita, aquél olor a lápiz de madera de cedro y goma de borrar.
El olor de la tela nueva del babi azul recién estrenado, que los más pequeños abrochábamos por detrás y los mayores por delante.
El aroma de la leche en polvo americana, -qué buenos los americanos por aquel entonces- que ascendía desde el comedor hasta las clases, se encargaba de avisarnos que estaba próxima la hora del recreo.
Viene a mi memoria, -como no- el insufrible olor del yodo que nos suministraban para combatir el bocio, y de cuya dosis intentaban inútilmente escapar algunos colocándose reiteradamente el último de la fila creyendo que alguna vez se agotaría...
Y, después de las sensaciones olfativas, las auditivas. Resuena de nuevo en mi oído el sonido agudo del silbato del director, -“ya ha tocado el pito”- que marcaba los tiempos de entrada, final del recreo, y salida.
La canción monótona de una clase recitando la tabla de multiplicar –dos por una dos, dos por dos...-. Los cantos en la antigua Iglesia de Santa Clara en el mes de Mayo, mes de María, -venid y vamos todos...-. Las pruebas de canto que D. Manuel Mansilla –q.e.p.d.- nos hacía pasar a formar parte del coro y que un servidor nunca superó...
El recitar una y otra vez las oraciones del catecismo, las confesiones con el padre Mansilla al comenzar la Cuaresma, -¡qué pecados podíamos cometer en aquel tiempo que no fueran el de la holgazanería y la boca abierta para zamparse cualquier cosa comestible que llegara a nuestras manos!- las clases de permanencia –que eran de pago-.
El ruido del tropel que descendía escaleras abajo buscando la vuelta a casa.
A veces ocurre que, cuando buscamos algo en un cajón repleto de objetos, después de removerlo todo, aparece. Igual sucede con nuestra memoria, cuando removemos, van surgiendo aquellas imágenes que, aunque borrosas, considerábamos perdidas. Afloran aquellos recuerdos de tantos y tantos instantes que vivimos y sentimos en aquel centro.
Olores, sonidos, imágenes y recuerdos... Recuerdo un patio blanco y azul. El blanco del mármol y el azul de unos uniformes, en formación de a uno –a cubrirse...- Gracias a esto los que hicimos el servicio militar aprendimos antes a formar...
Recuerdo a mis compañeros de clase durante los seis años, aproximadamente, que pasé en aquel centro. Algunos se marcharon para siempre, Jorge Blanco, Diego Lozano... que Dios los tenga en su gloria.
Los que marcharon a otros lugares, en busca de un porvenir que, por culpa del butano, en Alcalá se tornaba oscuro. Los Gameros, los Collantes, los Muñiz, los Alconcheles, los Lobón, -uno blanco, “El ceniza” y otro negro, José-, los Ríos –José Antonio, Tomás y Jorge-. Una lista interminable de la que seguro me olvidaría de alguno. Lo mismo que olvidaría mencionar a alguno de los que, para fortuna nuestra, hemos conseguido vivir en nuestro pueblo y de nuestro trabajo.
Recuerdo sobre todo a mi maestro de entonces D. Francisco Peláez, que se inventó una competición a base de vales que se conseguían, o se perdían, con los méritos o desméritos académicos. Y su particular interpretación de la disciplina académica al uso, que consistía en que los alumnos se administraran entre ellos mismos la ración de tortas a la que, por razón de la falta cometida, tuvieran derecho –no se me olvida una con Antoñito Leal y un servidor...-.
A los directores, D. José Palomino, que imponía cuando te miraba a través de aquellas gafas oscuras. A D. Juan Lozano, a D. Juan Coca...
Son tantos los recuerdos y tantas las sensaciones, que es imposible condensarlas en un texto reducido. Hoy he vuelto a rememorar aquellos instantes, he desempolvado los momentos que viví, me he dejado llevar por la nostalgia de un pasado que no volverá, o quien sabe, puede que haya vuelto...
Mis tres hijos han recorrido también los mismos pasillos, han percibido los mismos olores, han recibido educación y formación en las mismas aulas...
Seguro que, desde su altura, la torre-campanario del antiguo convento que domina el patio los ha visto entrar cada día, y los verá, como a todos nosotros nos sucedió, salir algún día con un ciclo de enseñanza cumplido.
Yo le pido a Dios que esa torre siga ahí, pendiente de quien entra y quien sale. Y permita el Señor que sean los hijos de nuestros hijos y así, de generación en generación, por los siglos de los siglos. Amén.

Manuel Guerra Martínez, escribió en el 50 Aniversario, lo siguiente:

Los pájaros nunca se pierden en el verano. Aprenden del viento y de los colores. Juegan con las nubes y con los dorados escalofríos de la mañana. Así éramos nosotros. Nosotros fuimos pájaros en un tiempo en el que los vampiros jugueteaban alrededor de las luces medias ciegas de las calles. Yo se que los pájaros nunca se pierden porque como ellos, escuchábamos el lejano fluir de los arroyos abrigados de adelfas y dormían entre los limones dulces de los patios. Fuimos pájaros de las calles en jaulas de profesores de luto, pájaros buscando ojos y espacios por las acequias juguetonas de la infancia. Cada mañana, desnudos, como el frescor del rocío, nos íbamos con el calor de las sábanas metidas en el cuerpo, camino del “cara al sol” pegados a la voz de las banderas y del silbato hostil del pan y la manteca.
La tierra madrugaba a su hora en cada estación en nuestra localidad que era para nosotros todo el universo. Subíamos por sus calles de suave neblina en los inviernos crudos cruzándonos con el rumor de esponjosos pájaros que fabricaban los árboles y las cuestas. El viento a veces nos daba con su cáscara en el rostro y parecía cantarnos en los oídos. Arriba del pueblo estaba la SAFA, el colegio de la Sagrada Familia.
En su patio, en los inviernos, en la infancia más pura y más tierna, éramos manojos de sabañones, de cabrillas y de pantaloncitos cortos, nuestras almas de niños eran alegres como la tierra recién bautizada por la lluvia. Cada estación era una sonrisa y nosotros éramos cada día como las hojas de los almanaques. Éramos vida y sangre presurosa. Allí estaban las palabras, los juegos, los libros y donde están los libros está la libertad.
Y junto a todo eso el árbol de la inocencia, el árbol de los rizos y la memoria.
Un poema en verde, escondido, de futuros poetas del tornillo, la palabra y la honradez y también del tumulto arrollador de los juegos infantiles.
En el trastero de los juegos, enredado entre maderas, tornillos y clavos, en un pequeño arriate estaba “el árbol verde de la inocencia”, un árbol que apuntaba al cielo como la vieja torre apuntaba a los cernícalos. Sorbía su vida en un patio interior donde se cruzaban algo de ruina y algo de futuros proyectos para un colegio que empezaba su andadura como nosotros la nuestra.
Era El Magnolio. Quizás el único árbol de los alrededores, y si no el único sí al menos el más noble y el más derecho.
Era un árbol perdido en un bosque de ideas. Mis ojos lo ven en la distancia pero no registran las heridas infantiles de su tronco, como no registran los huecos muertos de los ventanales de la torre solitaria del campanario donde los cernícalos adoraban al sol largo, desde lo más alto del pueblo. Yo creo que este árbol entró con nosotros en el colegio y se sentiría orgulloso como la nieve en la cumbre, el más alto, el primero, pensando más en las letras menudas de los niños que en los juncos y fresnos soleados de la ribera del Barbate, y si no lo hizo el mismo día, al menos lo podría haber hecho algún otro, buscando el agua de algún pozo perdido, como nosotros buscábamos la leche en polvo recién hecha en el diario amanecer de la luna. Fue creciendo con nosotros, soñaba con nosotros y se alimentaba de nuestras risas y nuestros juegos.
Estaba tras una puerta grande de madera vieja que se abría de vez en cuando para que el director entrara a hacer proyectos de futuro en los espacios de sus alrededores. En cada estación cambiaba de color, desde el florido de la primavera, hasta el gris triste de la bruma de las soledades. Casi a final de curso, solía darnos de vez en cuando sus flores blancas. Solíamos cogerles algunas cuando el maestro se hacía el despistado colándonos como furtivos rayos de luz en el patio de su entretenimiento y la guardábamos en nuestras maletas de madera. Decíamos que eran “flores de un día”. Si la coges hoy morirá mañana, solíamos comentar entre la chiquillería alborotadora de las horas del recreo. Mientras en la clase, América se agrandaba y España se nos llenaba de ríos y montañas la cabeza infantil. La pizarra se enredaba en nuestros cuerpos mostrándonos las consignas y los huesos de los que se componían el cuerpo humano (mientras más grande eras, más huesos tenías…) el cojito de la clase se lamentaba de no poder dar patadas a la pelota y tener que jugar siempre de portero, pero a pesar de todo, el aire estaba en nuestros labios, más puro que el silencio de la madrugada.
Este árbol de la inocencia estaba todo el día mirándonos, a veces cansado y otras pensativo, como un niño desnudo en las tarde de juegos. Aquel Magnolio vivió conmigo dos años. Vio como hice la Primera Comunión, cómo me fotografié en la escalinata de la Iglesia con Los Tarsicios y cómo fui haciéndome monaguillo a través de mi pícara vida infantil.
A mi me fascinaba su manera de crecer, su manera de estar en silencio y su manera de mirar tras la puerta como una criatura curiosa. Pienso que en su pensamiento de árbol, sentiría nostalgia de nuestros juegos y de nuestros murmullos escolares, a las seis de la tarde, cuando sonaba el silbato del Sr. Director y corríamos calle abajo, camino de la merienda y de las golondrinas.
Fue su tronco caliente a mi contacto cuando le arrancábamos alguna flor purísima, un Ángel blanco para un mar de ilusiones y de azules infinitos. Llegábamos a casa, la metíamos en un tarro y esperábamos que la cal infinita de sus pétalos se volviese oscura, como el sueño moruno de los gorriones. Era, como decía nuestro maestro, “la flor que nace y muere en el día”. También nuestra inocencia nacía cada día y moría en cada esquina de los acontecimientos. ¡Eran tan hermosas las tardes de sus pensamientos que aún mastico el tiempo mezclado con humo, visiones y perfumes!
Más tarde supe que aquel colegio, mi colegio, tenía su encanto y me gustaba y eso me trae a la mente el recuerdo y las palabras de un amigo que nos “machacaba” cariñosamente con un tal Juanito de los Ribera, que así se llamaba el compañero que el tiempo pudo poner en mi camino que si no correteó por allí, poco le habría faltado. El que hablaba conocía bien lo que decía porque era de la familia de los que fundaron el colegio, aunque antes de colegio fuera un convento y si yo había llegado a monaguillo y tarsicio… ¿por qué se extrañaban tanto mis amiguitos de que Juanito hubiese llegado a Obispo y a Santo?
Era lo que se llevaba en aquella época en Alcalá. Ahora se lleva otro estilo de vida, más entregada a la socialización y al prójimo por la vía de la política. No cabe duda que la santidad y la política van un tanto unidas. Al menos, eso me ha parecido oírle a una amiga mía, cuyo marido vive de la olla. La mística de la política. Casi nada.
En aquella época, todos nuestros conocimientos y nuestras neuronas, infantiles por supuesto, iban dirigidas al aprendizaje de cosas de la vida… de lo divino y de lo humano, que todo, según parece, va cogido de la mano.
Yo venía del Beaterio, otra institución religiosa, especializada en niñas, aunque siempre tenía unos cuantos “enchufados” que hacíamos el “parvulario migajero” sentado en un banquito al amparo de las monjas, de los escapularios de la Hermana Lourdes, una monja gruñona y regordeta y de las orejas de burro de nuestros castigos. Bartolo Barroso, Jaime Sánchez Elejalde y yo, éramos los que formábamos la “camada” de entonces y quizás algún que otro niño que mi torpe memoria, ahora, no acierto a recordar. Pasé antes por algunas otras escuelas para curtirme en las letras minúsculas, ya que las mayúsculas las teníamos “enrioladas”, pero fue siempre El Convento el colegio que más marcó mi vida en el aspecto de formación integral, quizás porque fue que nos hacía sentirnos ordenados y conjuntados y uno siempre ha defendido que sin orden no hay enseñanza.
Su fila, su consigna diaria, su izada de bandera, su correspondiente canto del Cara al Sol, hoy trasnochados y caducos que nos retrotrae a tiempos pretéritos no deseados, y de vez en cuando algún “koski” que se escapaba, sin querer, de la mano de algún pedagogo, pero eso a la vejez podemos decir que eran como recortes de hostias. Menos mal que jamás recibimos las hostias enteras.
La vida da las vueltas que el destino abarca con sus brazos. Lo mismo que se van los pájaros en otoño, también se van los tiempos y las palabras, las auroras y los amaneceres. Todo ocurría como si nada fuera igual de un día para otro. Una mañana era la leche en polvo para los niños de la posguerra y la alpargata, otro la mantequilla americana y eso, en todas las hojas del calendario y de todos los rocíos, hasta donde podía llegar el angustioso pájaro de la miseria y la caridad. Aquel tenía un componente de mano generosa y alboroto inocente de bocas desnutridas. Pero, lo que es la vida, al no conocer nada más que la miseria y la necesidad, éramos felices, ya vendría el “sabio” de turno y nos lanzaría aquello de que “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. ¡Cuánto nos hubiera gustado saborear la flor de los almendros y los besos perfumados del pan blanco!
Yo aprendía a leer en la zapatería de mis abuelos, ya me desenvolvía con las letras cuando llegué allí, pero creo que fue entre aquellas cuatro paredes donde empecé a aficionarme a la escritura. La escritura eran las cartas de amor que se enviaban a los soldados o los pedidos de material que hacía mi abuelo para abastecer la zapatería, la radio no daba para mucho y sólo conocía los libros de Aguilar, Álvarez y los cuadernos de raya que comprábamos en lo de Marujita Maura, en la Plazuela, en los que hacíamos de nuestro pulso una religión así como el lápiz, la goma y algún tintero perdido de algún amigo o familiar. Mi tintero, mi primer tintero, fue un regalo de doña María, una señora que me apreciaba y me quería y que se dejó caer en mi Primera Comunión con una pluma comprada y con un tintero Pelikán, azul marino, cuando en realidad lo que tenía que haber hecho era haberme regalado “un duro” como hacía todo el mundo cuando se hacía la Primera Comunión.
Siempre pensé que llegaría a ser escritor y lo adiviné en El Convento, en la SAFA, como se decía así, más en familia. Y lo averigüé no porque en mi casa se hubiese visto un ambiente de continua lectura y donde los libros se amontonaban en los corredores de las habitaciones y nos impedía pasar de un sitio a otro, como se suele decir, para darle interés cultural a la cosa.
Mi padre sólo leía libros de Julio Verne y el libro Corazón, que andaba por la casa como tantos papeles de envolver. Mi madre con el “embarazo” de mis hermanos siempre estaba liada con los cuentos de Sissi entre las manos… pero descubrí allí que llegaría a ser escritor… que a lo mejor no alcanzaría la fama con las letras, pero que sería feliz teniendo una pluma y un papel entre mis manos y eso lo aprendí, no como otros, leyendo a Homero, ni a Cervantes o al infinito y delicado Horacio, por citar algunos. Todos genios de la pluma y la palabra.
Yo diría que mi inclinación a la pluma me salió del Convento por algo más prosaico y vulgar. Yo supe que sería escritor, aunque fuera para mi intimidad, por la de veces que tuve que escribir, apoyado en los escalones de la escalera, eso tan poético como es “DEBO ESTAR CALLADO EN CLASE”.
Era una época donde los sistemas pedagógicos no estaban basados precisamente en la deducción, en el razonamiento, copiar era uno de los males menores que te podía ocurrir. He oído tantas veces eso de que la letra con sangre entra, que a veces hasta me parecía que “las tortas” eran mensajes sacados de la Pasión de Cristo. Por el coscorrón se redime la ignorancia… máxima pedagógica o complejo vitamínico para enderezar el lápiz y sacar a relucir lo mejor de tus letras. “La letra de los domingos”.
Tras “la flor de la inocencia” estaban encerrados muchísimos secretos infantiles, niños que tuvieron la oportunidad, casi única en su vida, de poder leer, escribir y rezar, aunque no se supiera bien que es lo que se decía, de saber que Hungría estaba siendo machacada por los que entonces eran los malos, todos queríamos ser amiguitos de un niño húngaro y rezábamos y rezábamos por la paz de Hungría. En realidad rezábamos por nosotros sin saberlo.
Nos encontrábamos a veces desnudos de palabras, intentando arrancarle a nuestros dedos lo mejor de nuestras caligrafías para que el maestro te eligiera y poder estampar tu tarea de clase en el cielo futuro de nuestras glorias en el cuaderno oficial, el que se le enseñaba al Sr. Inspector en las visitas escolares para gloria del maestro. Si lo hacías bien el maestro te felicitaba y ese día crecías un poco más. Cuando el maestro me eligió un día para tan alto honor, creo que crecí al menos dos dedos, pero ¡ay de mí!, cuando le eché dos borrones al dictado, esos dos dedos desaparecieron con ellos, dos de los que la naturaleza me había hecho crecer a base de “puchero y pringada”.
Después aprendí que un maestro podía enseñar cosas, pero no podía obligar a aprender, que la cultura y la enseñanza son como la vida, te la pueden dar, pero nadie puede vivirla para ti. Podían hablarnos de metas altas, pero no podían lograrlas para nosotros… Así era la SAFA, un colegio que no fue una universidad, pero siempre fue un semillero de chicos trabajadores, un colegio que sin quererlo o queriéndolo, quién lo sabe, que los jesuitas son muy listos, abrió puertas a infinidad de niños, unos a Andujar y otros a Úbeda, a las calenturientas tierras de Jaén, donde el olivo y los talleres han fabricado voluntades humanas, eso que tan “eufemísticamente” se dice hoy: “Buena gente”, los mismos que nos sentamos cada mes de Agosto en el patio de nuestro colegio a recordar y degustar el menú tradicional que Diego Mateo o Ángel Pizarro nos despacha. Y dicho en honor a la verdad, cada año se esmeran un poco más, que todo hay que decirlo.
Todos le debemos algo al Convento, porque desde el alumnado pasamos con el tiempo a la amistad personal de algunos profesores y he tenido la curiosa impresión que en cada época de mi vida el Convento o colegio de la SAFA se cruzaba en mi camino.
Desde el noviazgo de don Fernando Otálora con doña Paquita, pelando la pava, entre clase y clase, entre explicaciones y ejercicios hasta compartir después con ella asignatura y clase ya siendo profesor. Compartir con su marido colegio cuando era Director en el Villoslada de Cádiz y hasta casarme el cura, casi familia suya, que tuvo la delicadeza de buscarme porque me había perdido, no aparecer hasta momentos antes de la ceremonia. Compartir casi mesa con don José Palomino en trabajo, él en labores de inspección y yo en el internado de la Diputación, salir a tomar café, esperarlo en el bar para hablar de nuestras cosas. A Pepe Arjona, antiguo don José, de conversación agradable, sonrisa misteriosa y de pluma exquisita.
Hoy sigo viendo a los viejos y no tan viejos profesores. Algunos han cambiado de vida y de destino, otros ya no viven, pero los que permanecen en nuestras mentes, y son todos, disfrutan del cariño de los que un día estuvimos en sus manos pedagógicas.
Por todo ello, en este aniversario y casi como representación de muchos que no están, yo hoy le doy las gracias. Al fin y al cabo no hago nada más que devolverles un poco de lo mucho que ellos nos entregaron a nosotros.



Alcalá de los Gazules, 17 de Enero de 2012

1 comentarios:

Mª Carmen Requena dijo...

Un buen escritor, y la historia de la SAFA, que pena que no este mi padre para poder ver lo que sus alumnos estan haciendo por mantener viva su trabajo en Alcalá, mi felicitación

El tiempo que hará...