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sábado, 11 de febrero de 2012

EVOCACIONES ALCALAÍNAS

ENERO Y CASTAÑEROS DE ALCALÁ

Los castañeros de Alcalá eran un anuncio anticipado de la Navidad. Salían con su carrito, un anafe, el carbón, la sal, el saco de castañas y la olla de agujeros. Se tiraban casi tres meses vendiendo castañas en la calle, y se retiraban en enero, cuando comenzaba la odiosa cuesta. En Alcalá se hablaba siempre de “la cuesta de enero” como de los días más duros del año. Acababan las fiestas navideñas y se iniciaba una subida fría y difícil. Escaseaba el trabajo, se acababan las castañas y se vivía de los sueldos de tagarninas, de cardillos y de espárragos. Las castañas eran el regalo más seguro de la Naturaleza. “¡Castañas salaítas y bien tostás!” -gritaban los castañeros-. Las castañas nos calentaban las manos y el estómago. Eran nutritivas y sabrosas. Aparecían a final de octubre con los “Tosantos” y “Los difuntos”, y se acababan con el mes de enero.

El nombre de enero es romano, viene del bajo latín, “jenuarius”, que en latín clásico se decía “januarius”. Desde la reforma del segundo rey de Roma, Numa, enero pasó del undécimo lugar a ocupar el primer mes del año. Estaba dedicado al dios Jano, uno de los antiguos dioses de Roma, a quien se representaba con dos rostros opuestos, uno mirando hacia adelante, y otro hacia atrás. Su leyenda estaba vinculada a los orígenes de Roma y su templo estaba situado al norte del Foro Romano.

El castañero o vendedor de castañas era una figura costumbrista entrañable, que se veía en las esquinas más concurridas de Alcalá. Sus lugares favoritos eran la Alameda, la Plazuela y la Playa. Ahora se ven menos en los pueblos, casi han desaparecido. Pero en las grandes ciudades aparecen cada año, provocando blanquecinas y perfumadas columnas de humo. El puestecillo de castañas era modesto y simple, un anafe y una olla agujereada para tostar las castañas. Se le echaba bastante sal, para que salieran “salaítas y calentitas”. La sal, con las castañas en la olla ardiente, organizaba un formidable chisporreteo saltarín.

En Alcalá abundaban los castaños en Los Alcornocales. Su fruto es del tamaño de la nuez. El árbol es de hojas grandes provisto de pequeñas estípulas laterales, cubierto de una cáscara correosa de color pardo oscuro. Actualmente se come tostada y confitada. Entonces se comían crudas y tostadas. Por un real te daban un papelón de castañas, para comerla junto al brasero. También se secaban al humo y se llamaban castañas pilongas.

Ahora las castañas se compran en los supermercados y se asan con sal en una sartén con fuego de butano. Las castañas quieren fuego de carbón, una olla de agujeros y sal del “Prao”. Esas castañas de ahora no son las de Alcalá. Desde la Sauceda hasta Alcalá, se veían los castañares cargados de castañas. Todavía hoy se pueden ver los castaños al pie de algunas carreteras del Puerto Galis, pero en los pueblos han desaparecido.

Sin embargo, en la literatura se ha conservado el léxico castañero con sus expresiones populares y con metáforas muy afortunadas: “dar a uno la castaña” es chasquearlo, darle chasquidos como a los animales; “dar a uno para castañas”, es castigarlo; “sacar las castañas del fuego” es correr el riesgo en beneficio de otro; “dale castaña” es darle una paliza; “el hombre tiene nuez y la mujer castaña” es una paradoja picaresca… ¡Quién volviera a aquellas castañas “salaítas y bien tostás” de Alcalá.


JUAN LEIVA

El tiempo que hará...