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viernes, 14 de diciembre de 2012

ANÁLISIS DEL DOMINGO



LA UTOPÍA DE LA SOLIDARIDAD

Hacía tiempo que no veíamos una reacción tan generosa como la que estamos presenciando en estos días prenavideños. Parece que lo que no habían conseguido los políticos ni las ONGs nos vienen por otros caminos más sencillos y auténticos: Y llegan así las colectas de Cáritas, las dadivas ocultas de los buzones de los pobres, las recogidas de alimentos en los supermercados, las entregas de ropas y mantas en las entidades benéficas, las llamadas de subsistencias en las parroquias, la lucha por recoger medicamentos no caducados para el tercer mundo, las recogidas de alimentos no perecederos en los colegios, las manifestaciones populares para ayudar a los discapacitados, las visitas a las cárceles para llevar esperanza a los desesperados, y tantas y tantas  muestras de solidaridad como están surgiendo por todas partes.

La solidaridad, a la que los cristianos llaman “Caridad”, es la gran utopía  que nos dejó Cristo para sentirnos hermanos de toda la Humanidad.  Es verdad que, si quisieran las grandes empresas, el hambre y la pobreza en el mundo quedaría reducida al 7% del producto interior bruto de los países ricos. Nos quitarían un peso de encima, pero la gran obra utópica de compartir la riqueza entre los hermanos, de quitar el dolor del mundo, de ayudar a los niños con necesidades especiales, de dar de comer a los que no tienen pan, de curar a tantos enfermos incurables, de crear colegios y hospitales en el tercer mundo, de levantar viviendas para todos, sería un entretenimiento; ni siquiera nos enteraríamos de que existe hambre en el mundo.

Cuando las multitudes seguían a Jesús buscando solución a sus males,  él decía: “No quiero despedirlos en ayunas ni sedientos de verdad y de bondad. Y fue dando a los discípulos el don de la solidaridad, y los discípulos a su vez los daba a la gente para que se alimentaran, curaran sus enfermedades y limpiaran su salud mental. Y añadía: “Los últimos serán lo primeros y los primeros los últimos”,  una extraña profecía que asegura el carácter utópico de la Buena Noticia Evangélica: anunciar la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, la buena noticia a los pobres y proclamar el año de gracia del Señor.”

Se quitarían las hipotecas sin fin y los banqueros condonarían las deudas, las cárceles levantarían las cadenas y todos tendrían derecho al mismo salario, a viviendas dignas, a las mismas vacaciones, a similares pensiones, a idénticos ahorros... Todo eso hecho por obligación o “por el qué dirán”, nos lleva a la sociedad sin corazón y tendríamos que comenzar de nuevo, dejando en manos de los gestores nuestros trabajos y esfuerzos como en los sistemas comunitarios. La utopía de la solidaridad, propuesta por Cristo no tiene titulares, alcanza a todas las personas de buena voluntad y surge de los corazones de carne, de las mentes libres, de las voluntades generosas. En medio de esta crisis desgarradora, esas personas nos devuelven la  esperanza, pues saben que vale más dar que recibir.

                                                                                             


JUAN LEIVA


El tiempo que hará...