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viernes, 31 de mayo de 2013

ANÁLISIS DEL DOMINGO - FUGITIVOS Y DEPREDADORES



Los aviadores dicen que la más alta velocidad de los aviones es su seguridad. Pero eso está por ver. Se asegura que la más alta velocidad que se consigue hoy en vuelos normales es de 800 a 950 kilómetros por hora. Es decir, en avión se puede atravesar España de norte a sur en una hora. Pero los aviones supersónicos de combate pueden conseguir hasta 7.000 kilómetros por hora. En unas horas, podemos desayunar en Madrid, comer en América y dormir en Asia.

Una velocidad es supersónica cuando es mayor que la velocidad del sonido; es decir, mayor que 1.225 kilómetros por hora. Muchos aviones de combate son supersónicos, y vuelan rompiendo la barrera del sonido. A veces lo hemos oído, pero no lo hemos visto. Están pensados para sorprender a ciudades con artillería aérea y a escapar sin ser advertidos. La naturaleza no ha conseguido entre sus aves de presa y de rapiña un ave que pueda compararse a este pájaro metálico y asesino.

Tienen prisa para sembrar el terror en los ancianos, mujeres y niños. Esos pájaros van a llevar a las ciudades abiertas e indefensas, no mensajes de amor ni besos de paz, sino toneladas de bombas químicas y, quizás muy pronto, misiles nucleares. Nada más eficaz para sembrar odio y muerte. Que lo diga la franja de Gaza, Palestina o Siria. El presidente sirio ya ha comunicado que él será el último en abandonar el barco.

Por tanto, nada más eficaz para sembrar terror eterno, porque dicen que el cañón se opone al cañón, pero al avión supersónico es muy difícil espantarlo con artillería. Llegan de improviso y las escuadrillas de defensa no pueden evitarlos. Es el mundo de los contrarios, de la afirmación y de la negación, de las tinieblas y de la luz, del cainismo y de la solidaridad. Dicen los gobernantes que hay que defender a la diosa patria y, para eso, hay que tener armas y ejércitos para  matar.

El avión es el símbolo del poder absoluto, del triunfo, del vehículo más rápido que el sonido y más pesado que el aire. Sus formas son elegantes y fantásticas, como inmensos insectos, como pájaros colosales. Pero habrá hombres que los estrellen contra las torres más altas. El avión se convertirá en el vehículo por excelencia para atravesar el mundo en pocas horas, el símbolo del poder y de la elegancia.

Mientras tanto, las grandes naves de lo periplos se transformaron en elegantes cruceros destinados a viajes de placer; y otros,  al transporte de carga y al contrabando. Las opulentas empresas lo convierte en cetáceos monstruosos, en grasosos petroleros, en barcos de contenedores inmensos y en submarinos destructores.

Los humanos nos pasamos la vida intentando triunfar, para conseguir el poder, el dinero y el bienestar. En el fondo, tenemos miedo a fracasar, a perder, a ser menos que los demás, a no cubrir lo que llamamos necesidades. Nos hemos convertido en fugitivos y depredadores. Sin embargo, el proyecto no puede ser más bello, más útil y más beneficioso para todos los seres que poblamos el mundo. Bastaría con desarrollarlo, distribuirlo y vivirlo en paz. Los aviones nos han convertido en fugitivos y depredadores.

                                                                              


JUAN LEIVA

El tiempo que hará...