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lunes, 20 de mayo de 2013

EN PENTECOSTÉS



QUE TODOS SEAN UNO COMO NOSOTROS SOMOS  UNO”.  Estas palabras resumen la oración sacerdotal de Cristo que nos transmite San Juan.  Afirmación de la Trinidad y exhortación para la unidad de los cristianos. Realmente, toda operación de dispersión  es ajena a la Obra creadora. Y el retorno a una unidad es el destino del Mundo y de los hombres, tras el desorden y la confusión de la Historia 

Pero además, Pentecostés, prefigurado ya en el Evangelio del Apóstol Juan, está protagonizado por la  Tercera Persona, hasta cierto punto desconocida   por entonces. Dios, Uno y Trino, Dios que es un “YO” y un “NOSOTROS”, se hace presente a los hombres primero en  la persona del Hijo y luego en la del Espíritu. (¿Por qué?, podemos preguntarnos  ingenuamente, ya que toda pregunta inquisitiva acerca de los designios divinos, supone una ingenuidad, cosa ésta que con frecuencia se olvida).

El hecho es que  Dios quiere que sea el Espíritu Santo quien asista, informe  e insufla de verdad a la Iglesia. Porque Cristo funda la Iglesia y el Espíritu la institucionaliza.  La Religión sería nada, o muy poco, si después de la Ascensión todo quedase al arbitrio de los cristianos o  a la libre interpretación de los cristianos, cosa también que con prontitud se olvida...

Pero el Espíritu Santo, para la mayoría, sigue siendo en cierto modo la persona divina desconocida. Al Padre se le atribuye la Creación; ya hay pues indicios palpables para conocer al Padre. El Hijo se hizo visible e histórico: la información evangélica nos lo acerca sobremanera. ¿Y el Espíritu Santo? La gente estima su  cometido  como una presencia difusa...

Pero es real, absolutamente real, y su invisibilidad no empece en nada su eficacia.  Ajeno a los sentidos, no puede serlo para el espíritu, que como el mismo Espíritu es invisible. Pero la relación Espíritu Santo – espíritu, demanda un ahondamiento religioso, una profundización, una excavación en los fondos, cosa que los cristianos corticales, superficiales, no están dispuestos a hacer.

Y así, de esta manera, la Tercera Persona resulta  para ellos ignota: Algo, mas bien que Alguien   -en el sentir de tales cristianos- ,  a que se invoca en el  plano teórico; algo que forma parte de la constelación de dogmas en que  hay que  creer,  pero lejano, esquemático, desleído...

Y no hay error mayor. La Iglesia es construcción del Espíritu Santo. El la ha edificado piedra a piedra, dogma a dogma.  Y su dirección en lo eclesial no es virtual sino plenamente real. Muchos cristianos de hoy nos confunden cuando apelando a la Escritura  y  resobando sus textos, pasan por  alto la interpretación de la Iglesia que está inspirada por el Espíritu Santo. 

¿Qué orden y qué  justicia puede haber  en la Iglesia si ésta se tambalea a cada momento por efecto de los empujones dialécticos de la última hornada generacional?  El Espíritu da a la Iglesia autoridad  Y la conduce a la unidad.  Ansía un  nosotros  unánime de los hombres  -unánime en el Amor-  para el  NOSOTROS   inefable de la Trinidad.

La devoción al Espíritu Santo, pues,  no implica una mera consideración piadosa. Es una necesidad, puesto que es el Espíritu Santo quien directamente está al frente de la Iglesia.   Cristo Redentor ascendió a los Cielos para que nos viniese el Paráclito. ¿ El Espíritu Santo es el  continuador  de Cristo?  No, sino el plasmador, el modelador de su Enseñanza.

La Verdad es una. Pero la Historia suele manchar, obturar o enturbiar su perfil. La misma Iglesia visible  -como  encarnación que es-   adolece de defectos chicos y grandes. Entonces el Espíritu Santo define la Verdad, la actualiza en cada instante frente a todas las deformaciones. Que su presencia no  se haga perceptible, constatable a los sentidos, entra en la definición. Puesto que el Espíritu es espíritu... la Tercera  Persona no es tangible.

No obstante , nuestro tiempo, amancebado de materialistas, no quiere ver  en la creencia: nada más quiere ver con los sentidos.  Pero la videncia de los sentidos es falible, efímera,  inestable. Lo invisible gobierna lo visible. Y es más eficaz  lo oculto que lo palpable; es más verdad lo que es que lo que está, le viene su estar de su  es,  de su ser.

Son creencias y verdades  que no pueden olvidarse jamás.  Y  Pentecostés nos invita a su consideración profunda.



Juan  Pasquau


El tiempo que hará...