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jueves, 31 de octubre de 2013

ANÁLISIS DEL DOMINGO

Romanticismo: “Halloveen, Tosantos, Cementerio…”

La víspera de Todos los Santos, conocida como Noche de Brujas o Noche de Difuntos, ha tenido diversas interpretaciones a través de la historia, pero en todas partes ha gozado de gran popularidad. Hay mucho de romanticismo en estas celebraciones. Se desprende de las cavernas oscuras y profundas del hombre, significando ante todo una dilatación de la vida. A pesar de la tristeza, desesperación y males del siglo, los románticos se lanzaban a la vida con avidez y sentían como una embriaguez, un delirio placentero y doloroso, siendo el sustantivo favorito “orgía”. Hoy lo estamos viviendo en los adolescentes y en los jóvenes. Esto llevó a los románticos a la pasión: sufrían, pero gozaban con ello.

Los anglosajones la llaman Halloween “Noche de Brujas” y es una fiesta de origen celta, que celebran la noche del 31 de octubre. Canadá, Estados Unidos, Irlanda y el Reino Unido lo festejan con toda clase de ornamentos lúgubres y colores fúnebres: naranja, negro y morado.  Con menos raigambre se celebra en Argentina, Chile, Colombia, México, Perú y el conjunto de Latinoamérica.

Las poblaciones de raíces cristianas la llaman “Día de todos los Santos” y ”Día de los Difuntos”, con un trasfondo secular, pero con el fin de contemplar la legión de gente buena y de la propia familia, que han desfilado por nuestro mundo de forma anónima y sin esperar nada a cambio. Asimismo, es una manera de aceptar la muerte con principios esperanzadores desprendidos de la doctrina cristiana.

Las visitas a los cementerios son inexcusables para las generaciones mayores. El campo-santo y el adecentamiento de las tumbas se consideran una actividad obligada. No es sólo un sentimiento, sino un razonamiento de que es posible volvernos a encontrar otra vez. Las misas de difuntos se prolongan durante todo el mes de noviembre, para rememorar y orar por los difuntos.

Pero la mayoría de las costumbres profanas las imponía el romanticismo. Este movimiento literario contiene un complejo de tendencias y formas de índoles muy diversas, que dominan en toda Europa durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX. Se inicia en Inglaterra, pasa después a Alemania y, posteriormente, se extiende por toda Europa. En España, después de los intentos de aclimatación que hace Nicolás Bölh de Faber, de 1814 a 1818, penetra el romanticismo por Barcelona y Cádiz.

Los románticos viven del sentimiento y, para ellos, son intransferibles, privativos del que lo siente y casi incomunicables. Los románticos impregnan de sentimientos toda la vida. Por eso, la vida romántica se convierte más que en creación artística, en expresión vivaz y emotiva, de calor y cosa vivida. Las parejas en sus inicios viven románticamente, sin necesidad de nada con tal de estar juntos –contigo pan y cebolla-.

De ahí que muchos románticos solían vivir poco, no llegaban a los cuarenta años; pero no porque murieran jóvenes, sino porque vivían apresuradamente. Larra vivió veintiocho años; Espronceda, treinta y cuatro; Byron, treinta y seis, y así podríamos continuar con un elenco interminable. Cultivaban cuatro géneros literarios: la lírica, el drama, la novela histórica y la tragedia.


JUAN LEIVA



El tiempo que hará...