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jueves, 24 de abril de 2014

PRESENTACIÓN PREGONERA DE SAN JORGE 2014, HERMANA ANA MARÌA CORDÓN FRANCO

  
Ilmo. Señor Alcalde, Dignísimas Autoridades civiles, eclesiásticas y militares, Señoras y Señores. Todos en la amistad.
 Hay veces en la vida que, por muchas vueltas que se le dé al diccionario o al caletre, no se encuentra la palabra justa para expresar lo que llevamos dentro, porque se entra de lleno en los vientos de la emoción, que viene a ser, en el pensar de Jean Paul Sartre, como una brusca caída de la conciencia en lo mágico. Más que presentar a la Hermana Ana María, entrañable Ana María,  vamos a figurarla –en una suerte de álbum sentimental–,  a través de un puñado de retratos escritos, para una leve aproximación a una persona besada por la divinidad.
     Todas las memorias están llenas de fotografías  como una encarnación de los recuerdos. Una realidad mágica abierta de par en par a la imaginación. Los retratos mirados como una emoción del tiempo y de las cosas.
      En los álbumes caben toda la vida y todos los vientos con sus fantasmas familiares. De modo que los recuerdos que emanan de cada retrato –de cualquier época–,  vienen dados desde el ahora mismo. Desde el preciso instante en que se miran.
     Vamos a abrir este álbum de la Hermana Ana María, en un prodigio de despertar el tiempo a golpe de recuerdos.
     El primer retrato: calle Ildefonso Romero, a la vera de la Plaza Alta. Un patio de vecinos. Humilde casa. A un suspiro o a un cantazo de tirachinas del Beaterio de la monjas. Allí entre la cal blanca, el geranio rojo y el aire limpio, viene al mundo alcalaíno –con toda su luz– la primera alegría remontada, la primera niña para Miguel Cordón –la vida entera pregonando la suerte– y Francisca Franco; luego llegan Paqui, Pepi y Miguel para completar la tetrarquía soleada del humilde y acogedor hogar. Corre el año 1966.
     Poco después, hay que pegar otro retrato en el álbum. Bautizo en la Parroquia. Oficia el padre Reverendo. La primera lluvia santa cae en la cabeza de una niña sorprendida más que atribulada. Por nombre Ana María, (en homenaje eterno a la Virgen y a su madre).
     Siguen cayendo las imágenes en sus vuelos. Cambio de casa. Esta vez  en la calle Sánchez de la Linde. Afluente del Carril, el lugar de las nacencias de personajes, tan en contrapunto y suertes, como Sainz de Andino y El Gran Potoco.
     Pronto llega otro momento para soplar de nuevo a los sueños: se ve a la niña, toda vestida de blanco, con la familia en comitiva por la calle pina y estrecha caminito de la Parroquia. Primera Comunión –preparada por la hermana Carmen–. Retrato vencido por el blanco: librillo anacarado y rosario de plata con cuentas de marfil. La niña preciosa, larga la melena con tanto brillo como su mirar, abre la sonrisa junto a los compañeros de ceremonia porque intuye la posteridad. Día grande con las campanas repicando a gloria bendita.
     La confirmación, día especial, con cachete del Obispo y la Hermana Julia como madrina y maestra de ceremonia. (Luego, el destino las iba a unir para siempre).
         Llegan las primeras letras en el Beaterio. Un suplicio para Ana María. Se acaba el aire de la calle y ahora portalibros, la calle arriba, en un mar de lágrimas más por miedo a lo desconocido que otra cosa. Pero pronto –es ley de vida–, le toma gusto y tranquillo a los nuevos vientos de las aulas y los rezos. Y los días de levantera con el baby hecho una pompa en la Puerta del Sol. En la mente siempre aquella caída en el recreo, con chichón incluido. Y el remedio infalible  aunque no muy divino: una moneda  de veinticinco pesetas (cinco duros) y un pañuelo apretado para bajar la incordiosa inflamación. Pero la niña nunca echa, ya al olvido, que alguna vez tuvo en la frente nada más y nada menos  el pañuelo de la Hermana Mayor. Ahí está el milagro. No se despintan las imágenes de la mente, las profesoras: Hermana María del Amor, Hermana Carmen, Hermana María de los Santos, Hermana Antonia María, Hermana Cristo Rey,  Hermana Inés, Hermana san José y las señoritas Silveria, Amalia, Auxiliadora, Josefa, Marí y Chari.
      Se repiten las imágenes de la calle de los juegos. El universo no rebasa la estrecha calle, cuesta arriba, con olor a hierbabuena y albahaca. La guerrilla con su prima Inmaculada Fernández, que vivía al lado, a un santiamén, por comerse la papilla – ¡tan rica!– del hermanillo chico. Queda atrás tiempo de cuentos infantiles. Cuando la madre  le cuenta Garbancito una y otra vez: “¿Garbancito dónde estás? “¡Aquí estoy!”. Tiempo de diábolo, hilachas qué color, el escondite: “la que no se haya escondío tiempo ha tenío”, tocadé, juegos reunidos, la cuerda: “Soltera, casada, viuda, monja ¿Cómo lo quieres? Fuerte y alzando”. Y la cantinela de la rueda: “Han puesto una librería con los libros muy baratos. María dame la capa que me voy a torear, que me voy a torear”. Tiempo de fantasías y travesuras a granel. Tiempo de dotar con alma a las cosas. De pequeños teatros con colchas o sábanas de telón...  Del álbum de Pipi Calzaslargas. Chicle Cheing y chicle Niña. Los recortables. Los cromos, pegados con engrudo, de la hermana Lourdes. Las chucherías. Los membrillos –una delicatesen- que vendían las monjas.  De las fantasías voladoras de  Mary Poppins  al ritmo y brillantina de la película Grease. De jugar a decir misas con todos sus avíos. De procesiones en sillita floreada: ¡Madre Mía de los Santos¡ ¡¡¡Agua!!!... ¡Ay…!  ¡Las imágenes a la par que la vida! Un continuo retrato en blanquinegro o a todo color.

     Ana María, siempre tímida y resuelta a la vez, pasó casi sin solución de continuidad, de las aulas del Beaterio al Instituto Sainz de Andino, dos atmósferas distintas para enfocar un nuevo retrato. Mientras los tiempos iban cambiando como en la canción de Bob Dylan (The times they are a changin). Nuevas formas, nuevos amigos, nuevas pulsiones; pero la punzada de la llamada de Dios le seguía apretando por dentro, con la misma inquietud de los primeros amores adolescentes. Alumna brillante. Época de muchas fotografías inolvidables. De recuerdos que no hay goma que los borren. De diversiones. Del cálido retrato en familia con el profesorado: Doña Elena Toscano –siempre doña Elena–, Isabel Velázquez, Mari Tere (de eterna memoria), Jaime Guerra, Manoli Lorente, Encarnita, Chan… Y la alegría de vivir compartida con los nuevos estudiantes y sobretodo con Sergio Romero, Mari Santos Romero, Nieves, Sebas… y las discusiones –sin la sangre al río; siempre con buen rollo– con Juan Carlos Gallego sobre asuntos religiosos.
     Siguen volando las fotos y los recuerdos como vuelan los globos al viento. Escuela Normal de Magisterio de Cádiz. Primer año, después se traslada a Puerto Real, siempre con el forillo natural de la Bahía de Cádiz. Forma parte de grupos de trabajo y colabora como guionista en obras de teatro. Varias matrículas de Honor. Sobresaliente en Música bajo el magisterio y el encanto de Pepita Marchante al piano. Todavía  al pasar por la Calle Ildefonso Romero, parece que se va a oír Para Elisa de Beethoven, interpretada por la inolvidable pianista alcalaína.
     Poco a poco, se va afianzando el camino hacia la vida religiosa. Viaja poco. En su mente siempre el viaje a Fátima.
     Las fotos siempre cálidas de sus viajes a Cádiz, donde reside al amparo de la abuela paterna durante los estudios. Con las cajas de cartón repletas de “presentes”: los molletes, la telera de pan del Mauro, los espárragos trigueros, la morcilla, la manteca colorá, el queso emborrao, las tagarninas, en fin: todas las cosillas de la tierra… Y que no se olvide el pavo, hacia un destino fatal, envuelto el pobre, en un saco de churra, con la cabeza fuera, con el mirar pánico y sorprendido, prisionero en el portamaletas del “Correo”, donde de vez en cuando se oye su canto desesperado glu, glu, glu.
     Foto para la orla de Magisterio (promoción 1987). Oposiciones, 1988.
     El álbum de juventud de Ana Mari se va completando con fotos y más fotos de la vida y el latido de Alcalá: Ferias, Carnavales, las navidades, La Semana Santa de su alma, La pasión de la Romería, la venida de la Virgen, los paseos, el baile, los actos sociales, las aventuras  y milagros compartidas con la amistad… Ni Ricardo el Fotógrafo, ni su hijo Emilio, dan  abasto para retratar tantos y tantos recuerdos juntos y conjuntos.
    Por fin llega el retrato más esperado: 14 de septiembre de 1988, entra en el Beaterio como Postulante, sólo unos días antes se lo comunica a la familia. Un año después toma los hábitos de novicia. Al año siguiente hace los votos temporales por tres años. Luego llegan los votos perpetuos. Es la Hermana Mayor la que le pone la alianza.
      Una fotografía grande que abarca toda la hoja del álbum. En el año 2006 llega la tristeza a la vez que la alegría, muere la hermana María del Amor y Ana María la sustituye como Hermana Mayor. Un retrato que brilla siempre con luz divina sobre el álbum.
    Acaba de arrancar la primavera de 2014, estoy junto con Isabel Velázquez –que fue su profesora de Historia– conversando con la Hermana Ana María en la cerca del Beaterio. La chiquillería juega bajo una luz radiante. Tengo frente a mí a una mujer frágil, de mirada clara, la sonrisa siempre pronta y el semblante a la par encendido –desde el interior– por unas nubecillas rojas que delatan su timidez que no la abandona. El reloj de la Parroquia da doce campanadas. Es la hora del Ángelus. Retrato en vivo de la Hermana Ana María que cuenta su devoción por la música clásica Mozart, Beethoven, Vivaldi y el canto gregoriano; pero también se decanta por José Luis Perales. El Arrebato, Alaska y los Pegamoides. Su amor por la poesía de Vicente Aleixandre, (parece venir en ese preciso instante  unos versos suyos: La esperanza es la tierra es la mejilla/ en un inmenso párpado donde yo sé que existo). Su encanto también por García Lorca  y san Juan de la Cruz con su Cántico Espiritual, entre otros grandes poetas. En el Arte… (recuerda los monigotes que hacía de niña). Se confiesa romántica. Apasionada de servir a los demás. Una mujer de hoy; aunque  viviendo en el mundo sin vivir en él, como la marca evangélica. La serenidad, el temple del alma. El disfrute de las cosas sencillas. En un suspiro deja caer al aire más alto del pueblo su sueño dorado: Viajar a Tierra Santa, a Jerusalén. De ese sueño pronto Ana María tendrá fotos para recordar.
     El  retrato fresco de  la Hermana Ana María, con el olor y murmullo de la primavera, recién nacida,  trasmina a una mujer que nunca le pesa la vida. Lejos de las hogueras de las vanidades. Comprometida con la causa de los pobres y necesitados. Que tan maravillosamente fusiona la religión con la belleza. Que lo mismo que sueña que se sueña, ama que se ama. En su rostro claro, se adivina la predestinación hacia Dios. La soberanía de la luz que le ilumina la faz acorde con la tranquilidad interior. Sobre su eje de inteligencia gravita un corazón jamás sofocado, siempre en ascuas hacia los demás. El amor –su sentimiento más poderoso– siempre escrito en el alma con letras grandes.
     Aquella niña traviesa, pizpireta y tímida –sin contradicción– que rueda por las escaleras, capaz de encerrar bajo llave a su hermana Pepi, se retrata hoy como la Hermana Mayor del Beaterio, Jesús María y José. La culminación de un sueño. Una niña eterna donde el tiempo no ha trabajado, abierta por igual a la alegría que al recogimiento, dispensadora siempre con su ramo de inocencia por dentro.
    La Hermana Mayor con sus retratos de familia ora con sus padres y con sus hermanas y hermano, ora con las hermanas actuales: Corazón de María, Inés, Isabel María, Antonia María, María de la Paz, Ely, Ana, Agnes, Ester María…algunas de ellas oriundas de tierras africanas, de Kenia, componen una deliciosa imagen ecuménica. Ora, con todo el cuerpo docente religioso y seglar; ora, con todo el alumnado; ora, con todo el personal de mantenimiento; ora con las ancianas residentes; ora con las visitas. El recuerdo imborrable de Isabel Pecino, cuyo delirio y locura divina  le hace sentirse y tratada, no como una  reina, sino como una reina de verdad. “Hola Majestad”. “Hasta luego Alteza”. Es su felicidad.
     Todos estos retratos fundidos en uno solo componen el gran mural de las personas que dan cada día vida y buenos vientos al Beaterio. Personas cuyas imágenes son sucesivas en el tiempo.
     Vamos a ir cerrando este álbum sentimental de la hermana Ana María con un retrato que nunca se me despinta de la emoción. Corre el año 1988, centenario de la Fundación del Beaterio. A un servidor se le encarga el cuadro conmemorativo que hoy luce y reluce en la Capilla del Beaterio. Se trata de un canto, desde la sencillez a todo color y atmósfera a la institución más elevada y querida de Alcalá. La obra la inaugura el Obispo don Antonio Dorado Soto. Por detrás del lienzo, como curiosidad firmaron las monjas del momento: María del Amor, Margarita, Pilar, Antonia María, María de la Paz, Inmaculada, María Antonia y Ana María jovencísima, casi una niña, (de postulante). Un retrato que iba a quedar para siempre oculto en el reverso del cuadro como esperando siempre una mano descubridora. En dicha obra trato de expresar toda la simbología que marca la memoria y la historia sagrada del Beaterio. Una obra que llevo siempre retratada por dentro.
     El recuerdo siempre vivo de María del Amor. El amor personificado. Una santa nuestra para los altares. Siempre de buen grado y dispuesta. Con la sonrisa retratada a la vez que el mirar  de agua clara. Tan excelente pintora. Tan sensible y humana. Ella toda luz, color y buen aire. Le prometo regalar a Julia, María del Amor, una coplilla de Carnaval del año 1927, compuesta por el Manco Hita, que desde aquellos tiempos no ha vuelto a sonar. Le hace mucha ilusión tenerla, pero la enfermedad trunca el deseo. De modo que, ahora mismo se la recito a sabiendas que, desde allí,  desde el manto color purísima del cielo, me vuela una sonrisa. Va por ti Julia:
                            
                             Nunca podemos olvidar
                       aunque pase mucho tiempo,
                        de la fiesta memorable
                        del invento del Convento.
        También en las bodas de Oro de la Hermana Mayor,
             que el día 26 de julio que con gusto se celebró.
                           Todos los alcalaínos
                       con mucha honra veneran,
                    que descanse en paz sus restos
                   y a allá en la Gloria nos espera,
                       por haber sido tan bueno,
                        Don Diego Ángel de Viera.

(Curiosamente, la Hermana Mayor referida en la coplilla, era Sor Telesfora de Santa María, que hoy comparte nicho en el recoleto y relimpio cementerio del Beaterio con María del Amor. Los designios de Dios.) Una última foto para la historia del pueblo que canta al Beaterio, y así siempre será, porque donde habitan Dios y todos los santos del cielo y las buenas acciones, allí nunca llega el olvido ni la muerte.
     Es llegada la hora, de que Ana María, la Hermana Mayor, abra otro nuevo álbum repleto de fotos e impresiones sobre la figura de san Jorge, tan santo de su devoción. Nos va a ofrecer una fotografía en gran formato, sobre lo que significa para ella el santo del caballo blanco y el dragón verdoso, que siempre le impresiona, desde la niñez.
     Ana María, no solamente siente el fervor religioso del patrón de Alcalá, no, sino que en ocasiones llega a correr las vaquillas –aunque siempre detrás, desde la retaguardia, ¡esa es la verdad!–. Una fiesta que más que retratar, la vas a bordar –a todo color– con los hilos más sutiles.
     Así que, Hermana Ana María, te vemos y te sentimos  pregonando –con toda la emoción– a la figura de san Jorge el patrón de tu pueblo y el de todos los alcalaínos… Tuyo es este flamante retrato escrito al compás de tu  soledad sonora y tu música callada. La palabra en el tiempo  viene a ser lo mismo –en el sentir machadiano– que la poesía. Para ti es la palabra. Tuya es.
                                           

Jesús Cuesta Arana

El tiempo que hará...